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nanotecnologias : promesas dudosas...   Lista de mensajes  
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Nanotecnologías: promesas dudosas y control social
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Ignorancia, interés, sorpresa, alarma Cuando alguien que no se cuenta entre
los expertos en el campo de las nanotecnologías (es decir, la virtual totalidad
de la población del planeta) comienza a oír de ellas, probablemente pensará que
se las ve con un tema de tal complejidad técnica que ralla en lo arcano, si no
en lo simple y llanamente ininteligible. Desde la más pura ignorancia transitará
quizá hacia una fase de tibio interés a medida que vaya adquiriendo una cierta
familiaridad con las aplicaciones nanotecnológicas actuales. Sin embargo, de ahí
puede pasar rápidamente a la sorpresa e incluso a la alarma.
Hay disponibles descripciones bastante farragosas de innovaciones
nanotecnológicas que ya son una realidad o que se encuentran en fase avanzada de
investigación y desarrollo en varias áreas: mejoras en partículas catalizadoras,
recubrimiento de materiales, litografía a escala microscópica, pinturas o hasta
filtros solares. Todo esto parece hablarnos de mejoras útiles para la industria
y para ciertos aspectos de la vida moderna, mejoras que, con todo, no son por lo
general tan asombrosas como para despertar un desbordado entusiasmo en quien las
lee o escucha. Pero casi a renglón seguido le llega el turno a los
grandilocuentes discursos sobre las maravillas o catástrofes que nos acechan a
la vuelta de la esquina. Entre los portentos, se nos pinta un resplandeciente
futuro en el que (¡una vez más!) todas las enfermedades que aquejan a los seres
humanos serán erradicadas y, con un poco de suerte, hasta se podrá alcanzar la
inmortalidad (se entiende la del cuerpo, ya que la del alma
despierta mayores dudas en algunos). Entre las profecías catastróficas, la más
llamativa es la conocida como “plaga gris”, la predicción de que diminutos
robots, invisibles y descontrolados, se autoreplicarán hasta el punto de poner
en peligro la energía y la materia a nivel planetario. Con la extensión
velocísima e imparable de la plaga se pondría fin a la Humanidad, junto con el
resto de los seres vivos y la propia perdurabilidad física de la Tierra.
Con el escepticismo que despiertan tales escenarios paradisíacos o,
alternativamente, apocalípticos cuando se cuenta con una experiencia individual
o histórica más que ahíta de promesas y amenazas sin cumplir para cada nueva
“revolución” científica o tecnológica, pareciera que poco hay que tomar en serio
este asunto. ¿Se nos antojará como uno más de los divertimentos de ciencia
ficción que de tanto en tanto nos entretienen? De hecho, Michael Crichton, el
conocido autor de bestsellers con tramas basadas en la innovación científica y
tecnológica, publicó no hace mucho uno con el inquietante título de Presa. En el
libro, las nanotecnologías escapan al control humano y se convierten en una
amenaza para nuestra supervivencia, al convertirnos literalmente en apetecibles
presas de letales enjambres de nanopartículas. Crichton, al fin y al cabo, no
hace sino seguir la senda marcada por otras mentes creativas que, por ejemplo,
se inspiraron en la ingeniería genética para crear el ejército
de mortíferos clones de la Guerra de las Galaxias o bien en las tecnologías
informáticas para alumbrar los más recientes desvaríos mesiánicos de Matrix.
¿A qué, entonces, tanta alarma? Sencillamente, porque un número considerable
de las grandes compañías multinacionales de todos los sectores industriales y
los organismos públicos de los países desarrollados, especialmente Estados
Unidos, la Unión Europea y Japón, están destinando cuantiosos fondos a la
investigación en nanociencia y nanotecnología. Y cuando hay muchos –a decir
verdad, enormes cantidades de-- recursos de por medio, además en rápido aumento,
y cuando dichos recursos son empleados por algunos de los mejores centros de
investigación públicos y privados del mundo, es que la cosa va en serio.(2) Otra
cuestión es lo que podrán (o querrán hacer) con esos recursos y lo que se
quedará por siempre –para bien o para mal-- en el limbo de los diseños
tecnológicos.
A causa del estado parcialmente inicial de las innovaciones en el campo de la
nanotecnología y, tal vez por la aparente lejanía del tema para los no expertos,
las noticias sobre éstas apenas están comenzando a llegar durante los últimos
meses al público a través de los medios de comunicación. Casi no existen todavía
obras (en español o en otros idiomas) que aborden la cuestión de las tecnologías
nanoescalares teniendo como destinatarias a un público no especializado.(3) Y
prácticamente se pueden contar con los dedos de una mano los documentos que,
desde las ciencias sociales o la filosofía, estudian con una mínima seriedad las
consecuencias para la sociedad del desarrollo de las innovaciones
nanotecnológicas.(4)
Debido a la diversidad y gravedad de las repercusiones que las nanotecnologías
conllevarán para los ciudadanos de todo el planeta, en todos los órdenes de la
vida y en el medio ambiente --probablemente, en un futuro ya no tan lejano--,
requieren sin ninguna duda una reflexión apropiada desde los estudios de
Ciencia, Tecnología y Sociedad. Lo que sigue es una primera contribución a esa
tarea.
Nanotecnologías: ¿qué son? En principio, la nanociencia se dedica al estudio
de las propiedades de los objetos y fenómenos a escala nanométrica (un nanómetro
es la mil millonésima parte de un metro, o, si se prefiere, la millonésima parte
de un milímetro), mientras que la nanotecnología se ocuparía de la manipulación
“controlada” y producción de objetos materiales, instrumentos, estructuras y
sistemas a dicha escala. Sin embargo, la separación entre una ciencia pura que
sólo persigue un mejor conocimiento de lo inmensamente pequeño y lo que serían
sus aplicaciones tecnológicas no es ni mucho menos tan nítida como esa
distinción aparenta--y cada vez lo será menos--, debido a las transformaciones
experimentadas por la actividad científica durante estos últimos cincuenta años.
En realidad, nanociencia y nanotecnología constituyen un ejemplo perfecto de
estrecha interacción entre el conocimiento científico, especialmente el
suministrado por la física cuántica, y un conjunto de
complejísimas innovaciones tecnológicas, comenzando por los propios
microscopios de última generación que se emplean para el estudio de los objetos
de ese tamaño. A efectos de las consecuencias sociales de la investigación
científica y tecnológica, que es lo que nos preocupa aquí, podemos emplear la
expresión (por desgracia, carente de elegancia) “nanotecnociencia” para
referirnos a la investigación y desarrollo a escala nanométrica,
independientemente de que sea conducida por científicos, ingenieros o
tecnólogos. De hecho, desde el punto de vista de la política científica y del
beneficio empresarial, la investigación científica --la nanotecnología no es una
excepción— se encuentra claramente orientada a la consecución de conocimientos,
habilidades y procedimientos que redunden en productos de valor estratégico bien
comercial, bien para la seguridad del Estado: vigilancia, control, espionaje,
“defensa”....
La propia expresión “nanotecnología”, que significativamente es muchísimo más
empleada que la de “nanociencia”, resulta de por sí algo ambigua, tanto por la
delimitación de la escala de trabajo (usualmente se habla de una horquilla que
va desde 0.1 a 100 nanómetros), como por el tipo de tecnología que se incluye o
queda excluida por la definición. Respecto a la escala, y para hacernos una idea
del tamaño al que se trabaja, tengamos en cuenta que un nanómetro es unas diez
mil veces más delgado que un cabello humano. Otra comparación: en un nanómetro
sólo caben diez átomos de hidrógeno.
Pues bien, de momento la nanotecnología opera a nivel atómico y molecular,
pero en principio nada impide que el nivel de operación descienda hasta las
partículas subatómicas, los “ladrillos del universo”. Para advertir de las
posibles consecuencias derivadas de la manipulación de la materia en sus
elementos constituyentes, el Grupo ETC (una asociación independiente que
estudia, entre otros, los efectos sociales de la nanotecnología) prefiere hablar
de “tecnología atómica”.(5)
Además de la cuestión de la escala, las estimaciones sobre los resultados ya
obtenidos, las patentes y el volumen de inversión en nanotecnologías depende de
qué aplicaciones se contemplen. Existen desde hace décadas innovaciones
relativas a materiales que cabe considerar nanotecnológicas en tanto involucran
la manipulación de nanopartículas, pero existe una especie de acuerdo tácito que
liga el surgimiento de la nanotecnología a la manipulación precisa a escala
nanométrica que fue posibilitada por la invención de los microscopios
electrónicos a partir de los años ochenta del siglo XX. Es posible que a ello se
añadan también razones derivadas de las estrategias de financiación para excluir
aplicaciones nanotecnológicas que no sean consideradas nuevas y, en cierto
sentido, dignas de ser financiadas; y viceversa, algunos investigadores pueden
desear subirse al carro de la financiación afirmando que se dedican a
investigación nanotecnológica porque su escala de trabajo se encuentra por
debajo de una micra, si bien no realizan investigación molecular propiamente
hablando. En este punto las micromáquinas y la miniaturización en general son
casos controvertidos.
Sea como fuere, la investigación a escala nanométrica es relativamente
reciente. Los instrumentos necesarios (los primeros microscopios de barrido de
túnel) no fueron una realidad hasta hace algo más de dos décadas. Más reciente
es todavía la creación de empresas dedicadas a explotar las aplicaciones
nanotecnológicas: los últimos años del siglo XX vieron el comienzo del interés
comercial real por dichas tecnologías, a la par que los laboratorios obtenían
nuevos logros en términos de instrumentación, procesos y materiales
(especialmente los llamados “nanotubos” y “fulerenos”, hechos a partir del
carbono).
Debido a su objetivo de manipular la materia a esa escala tan minúscula, las
principales características del campo de investigación tecnocientífica que nos
ocupa son la interdisciplinariedad, la convergencia con otras tecnologías y su
impacto en investigaciones en principio no directamente relacionadas, como las
ambientales. En efecto, la nanotecnociencia requiere la colaboración en
conocimientos y habilidades de distintas especialidades científicas y técnicas,
como la física cuántica, la micro-electrónica y la ingeniería de materiales.
Asimismo, debido a la escala a la que se trabaja, se difuminan hasta cierto
punto las barreras que separaban la investigación sobre la materia viva y la
inerte, de modo que es concebible una convergencia de las nanotecnologías con
otras tecnologías, en especial la ingeniería genética, la robótica y la
inteligencia artificial (o incluso la ciencia cognitiva). Ya existen iniciativas
públicas y privadas para que esa convergencia sea un hecho en un
futuro más o menos cercano, lo que hace que las repercusiones de la
investigación nanoescalar resulten potencialmente mucho más importantes de lo
que llegarían a serlo con estrategias no tan inclusivas. Por último, la
micro-escala y la convergencia suponen un impacto potencial tremendo en
numerosas disciplinas científicas y especialidades tecnológicas. Por ejemplo,
los modelos sobre el funcionamiento de la Tierra y los procedimientos de
monitorización del clima pueden verse ampliamente afectados por el uso de nuevos
instrumentos computacionales y nanosensores obtenidos con ayuda nanotecnológica.
Como consecuencia inesperada, señalemos que el viejo anhelo positivista de la
unificación de las ciencias podría resucitar inesperadamente bajo una nueva
forma, pues tal parece que va camino de cumplirse por la vía tecnológica: las
nanotecnologías ofrecerían nada menos que la, digamoslo así, base definitiva --a
nivel subatómico, atómico y molecular-- sobre la que integrar los desarrollos en
física, química, biología y otras disciplinas científicas. Pero aquí rebasamos
lo estrictamente epistemológico. Podría decirse que con la nanotecnología
estamos tocando cuestiones ontológicas con la punta de un microscopio. La propia
naturaleza de los componentes básicos del mundo, materia en el pasado de
especulación filosófica, queda ahora expuesta a la exploración por medios
tecnológicos sofisticados. Manipular es conocer.
Nanotecnologías: ¿cuáles serán sus repercusiones reales y potenciales? Como
tantas otras veces ocurre cuando se asiste a los primeros pasos del desarrollo
comercial de una nueva tecnología, es difícil distinguir a primera vista entre
lo que son meros delirios asociados a las nuevas oportunidades de innovación
tecnológica (los profetas con sus proclamas evangélicas), la pura y lisa
propaganda (para ganarse a la opinión pública, obtener una financiación generosa
y favorecer el marco legal apelando a los grandes beneficios para la salud o la
calidad de vida), y las consecuencias perturbadoras que, aunque no son factibles
en el momento presente, pueden llegar a serlo con un esfuerzo adecuado de
financiación y de investigación. Los propios expertos siguen sin ponerse de
acuerdo sobre lo que será realizable a corto y medio plazo, no digamos ya en un
futuro distante. El debate gira fundamentalmente en torno a la posibilidad de
dar con sistemas de producción masiva de nanotubos y otros
ingenios nanoescalares que permitan la comercialización a gran escala, y por
supuesto, rentable, de múltiples productos. También se está dando una importante
controversia sobre si se convertirán en realidad no las nanomáquinas
auto-replicables y ensambladoras moleculares.
En estas líneas no vamos a intentar ofrecer un cuadro sistemático de
repercusiones reales o potenciales de las nanotecnologías. (Remitimos a quién
esté interesado al informe del grupo ETC, “la inmensidad de lo mínimo”,
disponible en su página web www.etcgroup.org.) Hay muchísimas cuestiones
interesantes que podrían ser abordadas, y que de hecho comienzan a serlo: desde
cómo la representaciones visuales de los nanorealidad están moldeando la
percepción e imaginación populares hasta la perturbadora transformación de lo
que entendemos por naturaleza, incluida la humana, que las innovaciones pueden
provocar. Sin embargo, con el fin de no dispersarnos y alargarnos más allá de lo
conveniente, lo que haremos es centrarnos en algunos aspectos de orden
socio-político que consideramos especialmente preocupantes y que se localizan en
un plano más básico que el de los efectos puntuales que las innovaciones
concretas produzcan. Son, en definitiva, interrogantes que se plantean sin
necesidad de
entrar a discutir desarrollos que hoy por hoy se tienen por ciencia ficción.
Todos los posibles “usos indeseados” y riesgos asociados a la nanotecnociencia
tienen que ver de una u otra forma con la cuestión central de quién toma las
decisiones. Como se repite una y otra vez, es iluso pensar que los riesgos y
dificultades que nos rodean pueden ser eliminados por completo. Pero lo que se
encuentra en juego es la propia capacidad de decisión sobre ellos. Es decir,
quiénes definen los riesgos y problemas, en qué términos, cuáles van a asumirse
voluntariamente y cuáles se valora que es mejor no hacerlo, qué prioridades se
van a establecer para minimizarlos o resolverlos, cuáles van a ser los medios a
emplear, etc. Los estudios de casos de otros muchos proyectos científicos y
tecnológicos emprendidos en el pasado lejano o en el inmediato ponen de
manifiesto que los ciudadanos se muestran cada vez más reacios, por razones que
se justifican con facilidad, a aceptar lo que conciben como imposiciones
inexplicadas (o inexplicables), en las que no aprecian ventajas
significativas para ellos como individuos, para el grupo al que pertenecen o
para el conjunto de la población y sí para el pequeño núcleo de quienes
emprenden tales iniciativas. Desde el rechazo a los aviones a reacción para usos
civiles (de los que el Concorde representó a la vez la primera innovación y la
postrera reliquia) hasta la reciente negativa de amplias sectores de la
población en todo el mundo a los alimentos transgénicos, los ejemplos abundan.
Por ello, con independencia de la naturaleza y gravedad de las consecuencias
que revista la implantación de las nanotecnologías, al final de lo que se trata
es de enfrentarnos a otro problema de dependencia tecnológica. Comenzando por
innovaciones amables (y, en apariencia inofensivas), es de prever que la
industria nanotecnológica vaya infiltrándose en todos los sectores de la
sociedad hasta quedar completamente “atrincherada”, como los cercanos casos de
las tecnologías informáticas y de las biotecnologías ilustran a la perfección.
La especial naturaleza de las nanotecnologías, al implicar la manipulación,
transformación y fusión de los componentes últimos de la materia inerte y viva,
propicia el que muchas de las consecuencias de su implantación puedan tener un
carácter irreversible, lo que aumenta la gravedad de las mismas. Pues lo
inofensivo o no de una innovación no hay que buscarlo sólo en los posibles
riesgos para la salud o el bienestar de las personas. La restricción de la
libertad de elección, la alteración de las formas de vida que juzgamos oportuno
llevar, la transformación irreversible del medio natural y social, en suma,
involucran efectos que pueden ser tanto o más negativos que otros riesgos de
mayor concreción y visibilidad pero, por ello mismo, en general más fácilmente
evitables.
Las luchas por el control monopolístico del mercado informático o por
establecer “patentes sobre la vida”, ¿no apuntan claramente a lo que al final no
es sino una cuestión de quién detenta el poder en el mundo actual? En una
realidad crecientemente globalizada, las espectaculares fusiones que promueven
grandes imperios empresariales y su imparable extensión geográfica, pero también
sectorial, a lo largo y ancho del planeta, junto a la tradicional alianza de lo
económico con lo político y lo militar, perfilan un panorama que no invita
precisamente a elaborar un discurso banal sobre la deslumbrante era
nanotecnológica que nos aguarda.
Es de prever que la imposiciones afecten a los habitantes de los países ricos
tanto como a los de los pobres, si bien no en igual medida. Comparemos la
situación con la de la industria de los productos modificados genéticamente. En
los países ricos, sus promotores se empeñan en que los consumidores de alimentos
y medicinas así transformadas acaben constituyendo el conjunto de la población.
En el resto de los países, las consecuencias se sufren más bien por la
contaminación de los cultivos no modificados, por la pérdida de competitividad,
por la quiebra de muchos de los pequeños agricultores que se pasaron a los
nuevos sistemas de producción anhelando mejorar su situación económica, por el
expolio de los bienes naturales como alimentos y fármacos tradicionales con el
despliegue por parte de las multinacionales una demoledora actividad de síntesis
y patente sobre tales bienes.... Aunque no conocemos todavía con exactitud la
variedad de nanoproductos que se comercializarán a medio
plazo, y ateniéndonos a la experiencia de introducción de otras innovaciones de
alta tecnología, no hay razones para pensar que vayan a beneficiar a los menos
favorecidos. Las posibles mejoras en materiales, medicamentos, tratamientos,
etc. tendrán un precio, precio que a pesar de lo que se está proponiendo por
parte de los divulgadores de las maravillas nanotecnológicas, no será tal que no
compense las inversiones efectuadas (y no lucre, en definitiva, a las empresas).
El abaratamiento de los precios requerirá en su caso una fuerte lucha, igual que
está sucediendo con el de ciertos fármacos. Además, la mayor parte de los
productos se orientarán a satisfacer las exigencias o caprichos de los
consumidores de cierto nivel adquisitivo, aunque no sean por fuerza los más
útiles para la población de la Tierra en general. Muchas de las consecuencias
indeseadas, aquellas que las regulaciones en el primer mundo penalicen o
prohíban, serán “exportadas” a otros países con menor capacidad de
maniobra.
Hay aquí asimismo una cuestión cultural importante, vestida bajo el ropaje de
la “transferencia tecnológica”. Los usos tradicionales de los países que no
pertenecen al club de los más favorecidos se ven amenazados cuando la agresión
contra los mismos se disfraza de un deseo bienintencionado de propiciar el
desarrollo de tales países mediante la transferencia de nuevos sistemas
tecnológicos. Sobran los desdichados ejemplos de imposiciones económicas y
culturales, cuyo fracaso es sistemáticamente atribuido por los “expertos” de los
países ricos a la incompetencia o mala voluntad de las personas así forzadas a
importar estilos productivos y culturales no por ellas deseados.
Y, además, tengamos en cuenta que hay algo tan serio como los efectos
negativos que traiga consigo el éxito en la introducción de las nanotecnologías
en diversos sectores económicos de todo el mundo. Nos referimos al eventual
fracaso que se produjera en un número significativo de programas de
investigación nanotecnológica. ¿Quién no conoce al menos alguna de las numerosas
historias de fiascos en el terreno de la innovación médica, biotecnológica,
informática o de las comunicaciones? Un número elevadísimo de empresas han
terminado en bancarrota al mostrarse incapaces de extraer el previsto
rendimiento de inversiones millonarias del capital privado. O pero aún,
cuantiosos fondos públicos destinados a tales innovaciones se han volatilizado
en tiempos de imprudente entusiasmo. Por supuesto, ello no quiere decir que no
haya que intentar nada nuevo por temor a que termine en un fracaso. Lo que
queremos es llamar la atención sobre los problemas de legitimidad que puede
ocasionar una
política económica y de la innovación sobre la que no se haya producido un
fuerte consenso social, por el que se asuman explícitamente los costes de los
experimentos fallidos, detrayéndolos de otras posibles asignaciones igual o más
beneficiosas para el conjunto de los ciudadanos.
Comenzar el análisis desde los estudios de ciencia, tecnología y sociedad
Numerosas declaraciones en torno al desarrollo de la nanotecnociencia
constituyen inmejorables ejemplos del tipo de discurso que se pone en marcha
cuando las oportunidades de explotar un sector estratégico de la innovación
tecnológica se toman en serio. Así, se repiten como un calco, machaconamente,
las expresiones de siempre, tales como “revolución”(6) o “nueva frontera”. Por
descontado, se da por hecho que un futuro dominado por las nanotecnologías es
inevitable, que la sociedad debe “prepararse” para dicho futuro; que existe, en
fin, una lógica implacable que liga investigación científica, aplicaciones
tecnológicas, desarrollo económico y bienestar social. La persistente retahíla
de tópicos, medias verdades y falsedades sobre el desarrollo tecnológico
(asociada ahora a las nanotecnologías) es tanto más enojosa cuanto que
disponemos de un conocimiento mucho más fidedigno de la actividad científica y
tecnológica, así como de sus complejas interacciones con la política, la
economía y la sociedad. Ese conocimiento ha ido creciendo a buen ritmo desde que
hace ya unas décadas se pusieran en marcha los que se conocen como “estudios de
Ciencia, Tecnología y Sociedad”. No es este el lugar para efectuar una
enumeración exhaustiva del cúmulo de valiosos resultados que, a pesar de las
naturales controversias entre los investigadores, los análisis realizados en el
citado campo han puesto de manifiesto. Pero es ineludible recordar al menos unas
cuantas ideas elementales que contrarresten un discurso a menudo viciado por
intereses no generalizables a la mayoría de los ciudadanos.
Para comenzar, nos servirán los comentarios de Fernando Briones, director del
Centro Nacional de Microelectrónica del Centro Superior de Investigaciones
Científicas (España) y reconocido experto en investigación nanotecnológica: “Los
peligros de la nanotecnología dependen de en manos de quién caiga, como todo en
la ciencia. De políticos, miliares, investigadores y otras genes de malvivir”(7)
Con estas (¿jocosas?) palabras, un reconocido experto en nanotecnología
despacha el asuntillo de las consecuencias de las innovaciones nanotecnológicas
para la sociedad. Tal parece como si las innovaciones tecnológicas no distasen
mucho de pertenecer a una clase de entidades, entre las que se incluyen el santo
grial, el arca de la alianza y otras de similar condición que cualquiera sumaría
sin dificultad a la lista. Poderosamente mágicos, tales objetos simplemente
están “ahí afuera”, esperando ser descubiertos por los buenos o por los malos.
Si los nazis dan con ellos antes que Indiana Jones, entonces el mundo estará
perdido. En el feliz caso contrario, podremos respirar tranquilos... de momento.
Un modo tan aparentemente banal de pronunciarse sobre las relaciones entre una
tecnología, sus impulsores y la sociedad en la que se inserta parece reflejar un
notorio desconocimiento de resultados que, repetimos, constituyen desde hace
mucho el abecé de cualquier texto introductorio a
estos temas. ¿Hay que recordar por enésima vez que las tecnologías no son
simples instrumentos “neutrales”? ¿que es motivo de confusión sostener que
primero se crean y luego son usadas bien o mal por unos u otros? Precisamente si
alguien debiera saber que tal manera de expresarse no es más que una fábula
conveniente para ciertos sectores es un experto que investiga en un desarrollo
tecnológico de primer orden. ¿De dónde provienen los fondos para poner en marcha
los programas de investigación? ¿Bajo qué condiciones se otorgan esos fondos?
¿Qué intereses y valores se imbrican en el diseño de una innovación técnica? Es
sin duda cierto que la mayor parte de las tecnologías modernas poseen un alto
grado de adaptabilidad, queriendo decir con ello que cabe derivarlas hacia
aplicaciones múltiples y en ocasiones heterogéneas a partir de un tronco
originariamente común. Pero tal no propiedad no oculta el hecho de que tras cada
innovación tecnológica hay uno o más programas de investigación y
desarrollo que establecen aquello que ha de buscarse prioritariamente y lo que,
por carecer de interés estratégico o económico (o incluso por razones
ideológicas), debe ser postergado y hasta activamente opuesto.
Más grave si cabe que la transmisión de viejos mitos sobre las condiciones de
implantación de una tecnología nueva, es la afirmación, también de Briones,
sobre la imposibilidad de controlar la innovación nanotecnológica: “No hay
ningún control posible. Es un sistema de libre competencia entre empresas,
laboratorios y científicos, no se puede ni plantear el intentar frenar nada.” Es
otra vieja idea: la de la inevitabilidad del desarrollo tecnológico, pero esta
vez no debido a una supuesta lógica interna, sino por simples y duras leyes de
competencia en un sistema neocapitalista. Entonces nos preguntamos: ¿para qué se
promulgan las leyes? ¿Qué objeto tiene la planificación institucional de la
investigación? La asignación de fondos públicos en un sector de la investigación
tecnocientífica ¿es arbitraria o responde a criterios? La historia enseña que no
hay mejor forma de detener un desarrollo supuestamente inevitable que cancelando
la financiación, suprimiendo los incentivos o
eliminando las regulaciones permisivas (o, en su caso, la ausencia permisiva de
regulación).(8)
La investigación nanotecnológica parece un caso típico de ciencia postnormal
que vienen estudiando desde tiempo atrás Silvio Funtowicz y Jerry Ravetz.(9)
Carece este género de investigación, en contraste con la tradicional, de un
paradigma consolidado que sirva de guía indisputable. Es verdad que la física
cuántica se encuentra “detrás” de la investigación sobre la realidad
nanoescalar. Sin embargo, hay muchos más saberes y tradiciones teóricas y
experimentales que inciden en la nano-tecnociencia y cuya integración dista de
ser sencilla. Además, la complejidad de los fenómenos es altísima y enorme el
grado de incertidumbre sobre la naturaleza y amplitud de los efectos. Sin
embargo, la índole de los problemas a resolver es tal que empujan a realizar
“apuestas” potencialmente graves para el medio ambiente, la seguridad, la salud
u otras dimensiones cruciales en la existencia de humanos y no humanos. Las
nanotecnologías poseen un omnímodo potencial de transformación material, en
principio muy superior a las de cualquier otra tecnología. Por consiguiente,
las decisiones que deben tomarse sobre su desarrollo e implantación adquieren
una relevancia nunca antes alcanzada. Ante esta situación, la evaluación y el
control no pueden descansar únicamente en manos de los expertos y los
responsables públicos. Por el contrario, debe extenderse también a todos los
ciudadanos potencialmente afectados; en el caso de las nanotecnologías eso
quiere decir: a todos. Y ello por razones de legitimidad democrática, pero
también de mejora de la calidad de los conocimientos sobre los efectos de la
implantación de las innovaciones nanotecnológicas; incluso por el cínico deseo
de que no susciten un amplio rechazo social. Con las acertadas palabras de
Ravetz, los expertos pueden enseñar a los que no lo son algo de su conocimiento
experto, pero los otros pueden enseñarles algo a los expertos precisamente sobre
lo que significa ser experto.(10)
Por desgracia, la argumentación dominante en materia de innovación tecnológica
–y las nanotecnologías no constituyen una excepción a la regla— continúa con el
convencimiento aparente de que no existe más que un discurso posible, el de los
expertos (y legitimado por ellos, el de los administradores públicos y
responsables políticos). De modo que cualquier otra interpretación sería
ingenua, incorrecta o acaso malintencionada. Ignora así lo que algunos
sociólogos de la ciencia y de la tecnología denominan “flexibilidad
interpretativa”: el significado de una tecnología variará de acuerdo con las
interpretaciones que de ella hagan los distintos “grupos implicados”.(11)
Pongámoslo de la manera más esquemática, únicamente con fines ilustrativos. Para
los científicos e ingenieros que se dedican a la investigación nanotecnológica,
ésta puede ser, ni más ni menos, que la oportunidad definitiva para hacer una
carrera profesional exitosa. Una generosa dotación de fondos allana el camino
cuando
se trata de alcanzar logros relevantes, reconocimiento de los pares y otras
mejoras profesionales de índole más material. Habrá alguno, ¿por qué no?, que
sinceramente piense que puede pasar de aprendiz de brujo a maestro de magia,
obteniendo el poder para controlar la materia hasta sus últimos reductos. Los
empresarios, por su parte, observan las cosas de una manera más cercana a lo
macroscópico y persiguen la oportunidad de dar con un nuevo filón (o,
alternativamente, les preocupa acabar encontrándose en situación de desventaja
en el mercado). Para los políticos, cuando caritativamente descartamos que parte
de ellos pueda no ser ajena a los intereses económicos involucrados en este
asunto, se trataría de no “perder el tren” o la “carrera” por la superioridad en
un campo estratégico para sus países. Conseguirían a un tiempo establecer el
control sobre una nueva área de poder público. ¿Qué representan las
nanotecnologías para el resto de la sociedad que hoy por hoy no se encuentra
directamente implicada?
¿Quién hace las preguntas? ¿Quién tiene el poder para establecer la agenda?
Señalemos con Langdon Winner que el caso de las nanotecnologías, como en
anteriores episodios de transformación tecnológica, la pregunta crucial que hay
que formular es: ¿quién define aquello que la transformación va a
involucrar?(12) En otras palabras, ¿quién, o quiénes, tienen el poder de
configurar la innovación tecnológica de tal modo que favorezca unos estados de
cosas en lugar de otros? ¿Y con qué propósito? La respuesta es: habitualmente,
son los promotores de la tecnología en cuestión quienes lo hacen. Son estos los
que “llevan la voz cantante”, además con una letra edulcorada, que tan sólo
ensalza los maravillosos beneficios que la tecnología reportará a la sociedad.
Todavía más importante: son quienes se pronuncian primero, planificando,
estableciendo la “agenda” para el desarrollo de la tecnología según sus propios
intereses, por lo que otras voces quedan en una posición de desventaja, pugnando
por un espacio en el que poder ser oídas, aunque sea en segundo lugar, y no
digamos ya, tenidas en cuenta. De ahí que sea perentorio que la sociedad civil
se haga oír cuanto antes, no dejando que la batuta se quede únicamente en manos
de políticos profesionales, empresarios, sectores de la administración y otros
grupos con fuertes intereses en ciertos aspectos de la nanotecnología en
detrimento de otros --por muy defendibles que en principio sean tales intereses
y muy acertado lo que tales grupos tengan que decir--.
Continuando con Winner, es evidente que la apelación al supuesto carácter
inevitable de ciertos particulares desarrollos del campo ha de ser contemplada
ante todo como una maniobra retórica que se orienta a despojar de credibilidad
el discurso de quienes tienen derecho a desempeñar también un papel relevante en
la toma de decisiones. La estrategia basada en los hechos consumados y en la
restricción de maniobra para quienes carecen de poder o lo poseen en grado muy
limitado se ha mostrado como una constante que, sin embargo, puede acabar
haciendo que el tiro salga por la culata a sus promotores. Sin un apoyo social
claro, e incluso teniendo que afrontar el riesgo de una opinión pública recelosa
o abiertamente hostil, que contemple ciertas innovaciones tecnológicas como una
imposición indeseada, la situación puede complicarse para quienes se las
prometían al principio muy felices. Recuérdense a este respecto los serios
reveses sufridos por la energía nuclear, la ingeniería genética y
las tecnologías de la información, por citar algunas de las más conocidas.
Cierto que esas tecnologías siguen estando ahí, y por lo general creciendo, pero
no deben minimizarse los problemas de aceptación social que deben afrontar.
Las redes nanotecnológicas En esta línea, una tarea que vale la pena
emprender es la de analizar las nanotecnologías mediante las herramientas
suministradas por un enfoque como el de Bruno Latour y Michel Callon, es decir,
en términos de redes que, en su despliegue, van entrelazando todo tipo de
elementos o actores: desde los “puramente” técnicos (científicos y tecnológicos)
hasta los que previamente se consideraban “externos”.(13) Lo que ahora se halla
fuera de una red nanotecnológica irá subsumiéndose dentro, mediante la
ampliación de la red, si es que ésta tiene éxito. De hecho, el éxito de las
redes nanotecnológicas dependerá de hasta qué punto consigan cohesionar
sólidamente una “masa crítica” de elementos relevantes que, además, deben actuar
de la manera adecuada, contribuyendo a la fortaleza de la red en lugar de
estorbarla: así, los enunciados técnicos, la financiación, las regulaciones (o
su carencia), el instrumental, las infraestructuras, los investigadores, el
tejido
empresarial, los consumidores, los trabajadores, etc., pero también los átomos
y las moléculas.
Si bien es casi inevitable, hablar en términos generales de la nanotecnología
como si constituyera una única realidad no sólo no resulta demasiado útil para
una mejor comprensión del fenómeno, sino que incluso puede ser causa de
distorsión. En efecto, facilita la persistencia del mito de la realidad
tecnológica entendida como un objeto sin fisuras, externo a la sociedad,
“neutral”, que ulteriormente se usará para fines valiosos o, por el contrario,
propagará efectos perniciosos (destructivos del medio ambiente, la salud o
incluso las vidas de las personas). De ahí la utilidad del enfoque de redes de
actores(14), que centra nuestra mirada en la creación y desarrollo de redes
concretas, diseñadas específicamente para alcanzar ciertas metas. Aunque el
diseño primero de cada una de las innovaciones incluidas en estas redes pueda
variar con el tiempo, como están concebidas para responder en cada caso a unas
metas y valores específicos, distan de poder ser despachadas como meras
herramientas neutrales. Así, pongamos por caso, ciertos proyectos de creación
de ingenios nanotecnológicos militares podrán, según el punto de vista, ser
considerados positiva o negativamente, dependiendo de quién los promueva y las
ideas de cada uno sobre el recurso a la fuerza en los conflictos modernos, pero
sólo por ingenuidad o cinismo se los tendrá por neutrales. El análisis debe ser
lo bastante específico para mostrar cómo se desarrolla cada “sistema
sociotécnico” en concreto, con qué recursos, con qué valores subyacentes, con
qué implicaciones.
En la actualidad, no es aventurado afirmar que las redes nanotecnológicas se
encuentran en una fase hasta cierto punto temprana, debido a que la
investigación y la financiación que las soporta son relativamente recientes.
Pero se están consolidando deprisa. Hay innumerables problemas técnicos que
resolver, sobre todo relativos a la producción a gran escala, y todavía el
público en general se siente por lo común poco implicado en el tema, pero ya se
están colocando los pilares de una campaña de marketing a gran escala. Por lo
demás, como la financiación aumenta a un ritmo vertiginoso, al tiempo que las
regulaciones siguen brillando por su ausencia, podemos decir que las redes
nanotecnológicas van camino de expandirse con rapidez (...a menos que un factor
o conjunto de factores clave, como el mencionado de la producción a gran escala,
padezcan una recalcitrante serie de fracasos técnicos o comerciales).
La situación será crítica cuando las redes hayan alcanzado un punto de
consolidación tal que, por utilizar la terminología de Callon, se tornen
irreversibles, o en la jerga al uso, se “atrincheren” dentro de la sociedad.
Entonces, en efecto, su permanencia y desarrollo continuado parecerán
inevitables, a riesgo, en caso contrario, de provocar un gravísimo colapso en
múltiples ámbitos de la estructura económica y social. Tal ya ha sucedido con
las tecnologías de la información y es casi seguro que esté sucediendo en estos
momentos con las tecnologías de manipulación genética. De ahí, repetimos, la
importancia de una concienciación e intervención sociales tempranas sobre los
programas nanotecnológicos. Pues ahora debiera ser el momento de discutir qué
deseamos que incluya esa red y qué preferimos que deje fuera.
Lo que se puede (y debe) hacer Por la naturaleza preliminar de este trabajo,
las recomendaciones no pueden ser sino tentativas, y, en general, se extraen de
la discusión anterior así como de la experiencia sobre evaluación de tecnologías
de que ya se dispone en la actualidad gracias a la valiosa labor realizada en
numerosos países durante décadas.(15)
Parece lógico demandar, como medida más urgente, que los gobiernos y el resto
de los sectores implicados (especialmente las empresas y los centros de
investigación) ofrezcan una información amplia, fiable y transparente a los
ciudadanos que permita a éstos formarse un juicio ajustado, hasta donde sea
posible, del conjunto de implicaciones que las innovaciones nanoescalares tienen
y tendrán previsiblemente en el futuro en todos los órdenes de la existencia.
Simultáneamente, quienes tienen competencia para ello deberían establecer unas
regulaciones mínimas y provisionales para el control de la investigación que
haga frente a los problemas de seguridad y para la salud que algunos productos
nanotecnológicos presumiblemente acarrean.
Mientras, debe promoverse por parte de los promotores e instituciones
políticas y sociales un amplísimo debate social recurriendo a todas las fórmulas
ya asentadas en la literatura sobre deliberación, participación ciudadana y
control democrático de las instituciones y políticas públicas. Por ejemplo,
paneles de ciudadanos que formen parte de comités auspiciados por los gobiernos
y los organismos internacionales, en los que el parecer de los no expertos pueda
ser escuchado y tenido en cuenta a la hora de tomar las medidas apropiadas
relativas a la investigación y comercialización de productos
nanotecnológicos.(16)
Ante la magnitud de las fuerzas que impulsan la nanotecnología, resulta
decisiva la articulación de los esfuerzos de los distintos actores sociales
(organizaciones no gubernamentales, sectores de la universidad, asociaciones de
consumidores, pacientes, agricultores, etc.) a todos los niveles para promover
una estrategia coherente, global y con posibilidades de éxito.
También es pertinente proponer, como ya están pidiendo distintas voces (entre
ellas las del grupo ETC) el empleo del principio de precaución, de manera que se
obtenga una moratoria en las aplicaciones comerciales, o si ello no es factible,
cuando menos el establecimiento de medidas que impidan prácticas peligrosas e
insuficientemente evaluadas.
En definitiva: no es una cuestión de si se es pro- o anti- nanotecnología. De
lo que se trata es de evitar el atrincheramiento tecnológico, mediante el empleo
del principio de precaución, la evaluación constructiva e integrada de las
nanotecnologías y una intervención temprana de la sociedad para su control.
Con este fin, una iniciativa necesaria es el fomento de los análisis y
evaluaciones de la nanotecnociencia desde los estudios de ciencia, tecnología y
sociedad, con un empleo riguroso de la metodología interdisciplinar. Ciertamente
la financiación de proyectos de investigación sobre los efectos sociales de las
nanotecnologías constituye un arma de doble filo, pues no es raro que tales
acciones acaben promoviendo una especie de cooptación de los grupos de
investigación por parte de los poderes públicos. Pueden emplearse para “lavar la
cara” a los megaproyectos y persuadir (o, según los eufemismos usuales,
“preparar”, “educar”) a la sociedad para el advenimiento de las nuevas
tecnologías, identificando posibles resistencias para una amplia aceptación
social de las mismas y neutralizando las voces más críticas. Con todo, vale la
pena correr el riesgo, pues sin financiación de algún tipo es prácticamente
imposible llevar a cabo investigaciones serias.
Conclusión: ¿los nuevos aprendices de brujo? Es comprensible que para muchos
investigadores resulte difícil resistirse a la atracción que producen las
perspectivas de dominar la materia hasta sus mínimos constituyentes. Respaldados
por cuantiosos fondos, y sin temor a estrictas regulaciones institucionales que
controlen su trabajo, pueden sentirse como nuevos aprendices de brujo en pos del
viejo sueño del control total de la naturaleza (a la par que obtienen mejoras
más tangibles en sus carreras profesionales). El anhelo de dominio completo de
la realidad, que primero confiara en las artes mágicas, hace ya algunos siglos
que se asoció a la empresa científica occidental casi en exclusiva. Como en el
cuento, donde el exceso de ambición llevó al aprendiz de brujo a no poder
controlar el caos que él mismo había desatado con sus conjuros, los desarrollos
en las nanotecnologías pueden conducir a consecuencias imprevistas y negativas
muy serias. No sería la primera vez que algo así
sucede en la historia de la tecnología(17). A decir verdad, ateniéndonos a la
experiencia pasada, es lo esperable. Pero el mayor temor no es a nuestro juicio
el que debamos padecer debido a que se cumpla el sombrío escenario de una
catástrofe planetaria (aunque tampoco es simplemente una hipótesis que
descartar). El mayor temor, por ser el más fundado y próximo, es el causado por
la alta probabilidad de que las promesas se “cumplan” en la forma de un control
imperfecto –por no decir chapucero-- de la materia por la tecnociencia, pero de
un control altamente efectivo por parte de las élites de la investigación, y
sobre todo de las grandes compañías multinacionales y de un puñado de estados
sobre las formas de vida y las propias existencias de los ciudadanos de todos
los países. Y ello frente a la legítima voluntad de éstos para decidir cómo
quieren vivirlas. De ahí que más que hablar de nuevos brujos, cuando
consideramos los fines de esas élites de investigadores, empresarios y
dirigentes, fuera más correcto idear apelaciones relacionadas con la dominación
de unos seres humanos por otros. Pero dejando aparte las frases más o menos
retóricas, lo primordial es tomar conciencia de la necesidad de un debate y una
evaluación a todos los niveles: desde el local, pasando por el regional y el
nacional, hasta alcanzar el mundial. La sociedad civil de todos los países posee
el derecho de participar en ese debate amplio, serio y continuado, así como de
tener voz efectiva en la toma de decisiones sobre el futuro de las
nanotecnologías, porque representa su propio futuro. Las nanoaplicaciones
abarcan potencialmente todos los ámbitos de la existencia y muchas de ellas se
proponen para ser empleadas a escala planetaria. El poder de los intereses
corporativos (abusivos para la mayor parte de las personas) que están en juego
es asimismo de orden global. Sólo la acción combinada de la ciudadanía del
planeta tiene opciones de hacerles frente con algún grado de éxito.
“El objetivo de la nanotecnología es construir el futuro, molécula a
molécula”(18). De esta manera tan expresiva lo expone un artículo sobre los
efectos sociales de las innovaciones nanotecnológicas. ¿Pero quiénes diseñan el
futuro que será así construido? Es alarmante constatar con qué frivolidad (o
interesado cinismo) un grupo reducido de individuos puede querer imponer un
determinado futuro al conjunto de los ciudadanos del planeta saltándose todo
debate, toda condición de representatividad y legitimidad y todo procedimiento
democrático. El desarrollo de las nanotecnologías no es ni mucho menos el único
caso reciente de imposición de la voluntad de unos pocos sobre la de muchos.
Debería, por el contrario, ser un caso de democrática determinación de la
voluntad de todos.
Documentación Ofrecemos una breve relación de recursos en la red virtual que
pueden ser de utilidad para quien se encuentre interesado en ahondar en el tema
de las nanotecnologías.
Grupo ETC (2003): La inmensidad de lo mínimo (www.etcgroup.org). Se trata de
un excelente informe de 91 páginas de la que es tal vez la asociación sin ánimo
de lucro que más ha hecho por difundir a un público no especializado las
características básicas de la nanotecnología, al tiempo que advierte de sus
efectos potenciales y de la necesidad de un amplio debate público.
Drexler, K. Eric: La nanotecnología: el surgimiento de las máquinas de
creación, Barcelona, Gedisa, 1993. Entre las escasísimas obras dedicadas a la
nanotecnología disponibles en castellano se encuentra esta traducción de Engines
of Creation. The Coming Era of Nanotechnolgy, obra publicada en 1986 (el texto
en inglés está en www.foresight.org). Eric Drexler es uno de los primeros
investigadores implicado en el desarrollo de ese campo, al tiempo que muestra
cierta preocupación por las consecuencias de la introducción masiva de las
innovaciones nanotecnológicas.
La Unión Europea tiene un portal con información dedicada especialmente a
nanotecnologías dentro del Servicio Cordis (Community Research & Development
Information Service): www.cordis.lu/nanotechnology. Además, patrocina la red
Phantoms (www.phantomsnet.com), para el desarrollo de las nanotecnologías.
La National Science Foundation, de los Estados Unidos, cuenta con un sitio
electrónico (www.nano.org) donde se presentan sus programas de investigación en
nanotecnología. Este organismo público también financia algunos proyectos de
análisis promovidos desde las ciencias sociales.
En la Universidad de Carolina del Sur se creó un grupo de investigación
interdisciplinar sobre la dimensión social de las nanotecnologías denominado
NIRT Team que ya ha elaborado interesantes documentos disponibles en
www.cla.sc.edu/cpecs/nirt/papers.html.
La Red Nacional de Nanotecnología (www.nanospain.net) es una red que coordina
los esfuerzos de los investigadores españoles en el campo nanotecnológico.
Notas: (1) Depto de Historia y Filosofía de la Ciencia, Facultad de
Filosofía, Campus de Guajara, 38200 La Laguna, Tenerife, España. Imparte
docencia e investiga en cuestiones de Ciencia, Tecnología y Sociedad. Entre sus
últimos trabajos se encuentra la edición del libro Tecnología, Civilización y
Barbarie (Barcelona, Anthropos, 2002) y la entrada “Efficiency” para la
Encyclopedia of Science, Technology, and Ethics, a cargo de Carl Mitcham, de la
editorial MacMillan. En la actualidad, es director del Centro de Estudios
Ecosociales de la Universidad de La Laguna.
(2) La cantidad total que se estima para el mercado actual de las
nanotecnologías, es decir, la suma de la financiación pública y privada a nivel
mundial, es de unos 45.500 millones de dólares (son datos del ETC Group a partir
de un estudio de NanoBusiness Alliance).
(3) En español, contamos básicamente con la traducción del libro pionero de
Eric Drexler: La nanotecnología: el surgimiento de las máquinas de creación,
Barcelona, Gedisa, 1993.
(4) Importantes excepciones son, desde la filosofía, las aportaciones
iniciales al tema que ha realizado Langdon Winner, recogidas en “Science Policy
and the Push for Nanotechnology” (revista electrónica Netfuture 145,
http://www.netfuture.org/2003/May2003_145.html). Desde una perspectiva más
cercana a las ciencias sociales tenemos los valiosos informes del Grupo ETC
(www.etcgroup.org). Citaremos algunas de sus tesis a lo largo de este trabajo.
Por lo demás, comienzan a ponerse en marcha en todo el mundo proyectos de
investigación social sobre las tecnologías nanoescalares, si bien a niveles
todavía muy insuficientes. La Unión Europea, en su Sexto Programa Marco,
contempla fondos para este tipo de investigación, y en Estados Unidos, la
National Science Foundation ha concedido ya algunas ayudas en esta línea.
Tenemos por ejemplo el caso de un grupo interdisciplinar de la Universidad de
Carolina del Sur, denominado NIRT Team que ya ha elaborado interesantes
documentos disponibles en
la página www.cla.sc.edu/cpecs/nirt/papers.html.
(5) Esta asociación sin ánimo de lucro es quizá la que más ha hecho por
alertar a la sociedad del conjunto de repercusiones que las innovaciones
nanotecnológicas pueden tener en la sociedad. Es imprescindible consultar el
sitio web donde se presentan los resultados de sus investigaciones:
www.etcgroup.org. La expresión “tecnología atómica” sonaría desde luego más
familiar a oídos del profano, y acaso despertara ciertas connotaciones
peyorativas relacionadas con el empleo de la tecnología nuclear con fines
pacíficos o militares. En cualquier caso, aquí continuaremos empleando las
denominaciones usuales: “nanotecnologías”, “tecnologías a escala nanométrica” o
“tecnologías nanoescalares”.
(6) En uno de los textos llega a leerse que “hablando con propiedad” las
nanotecnologías son revolucionarias, cuando sabemos que el término “revolución”
se emplea en el campo de la investigación científica y tecnológica con una
abusiva vaguedad que recuerda a todo menos a expresarse con propiedad. El
documento en cuestión se titula “Las nanotecnologías: el dominio de lo
infinitivamente pequeño” y está publicado por el Consejo de la Ciencia y de la
Tecnología de Quebec, además con un resumen en español
(www.cst.gouv.qc.ca/cst_esp.html#doc).
(7) Declaraciones recogidas en el diario El País, 4 de octubre de 2003.
(8) Otras declaraciones de Briones resultan cuando menos sorprendentes, aunque
no vamos a discutirlas aquí. Por ejemplo, cuando dice que “La unión de nano y
bio ya la inventó la evolución” o que hay aspectos optimistas en el desarrollo
científico y tecnológico debido a que la ciencia conlleva cultura: “hoy la mayor
parte de la cultura es científica”. Manifestaciones como esas son las que, según
nuestro parecer, contribuyen a confundir un debate necesario y a las que
concederemos el beneficio de la duda por suponerlas sacadas de contexto o
exageradamente extractadas de declaraciones más amplias e hipotéticamente más
claras. Al fin y al cabo, lo que nos interesa no es tanto una opinión particular
de un investigador en el campo, como el valor que puedan tener como síntoma de
un tipo de argumentación que juzgamos de todo punto inadecuado.
(9) Estos autores cuentan con numerosas publicaciones en las que explican y
emplean el concepto de ciencia postnormal. Varios de esos documentos son
accesibles en www.nusap.net.
(10) Frase extraída de “Models as Metaphors: A New Look at Science”, un texto
que se puede encontrar en www.nusap.net..
(11) El planteamiento clásico se encuentra en W. Bijker, Thomas P. Hughes y
Trevor Pinch (Eds.): The Social Construction of Technological Systems,
Cambridge, Mass., MIT Press, 1987. En la misma editorial se publicó también en
1995 Of Bicycles, Bakelites and Bulbs: Toward a Theory of Social Change, de W.
Bijker.
(12) Winner: “Science Policy and the Push for Nanotechnology”, en la revista
electrónica Netfuture 145 (www.netfuture.org/2003/May2003_145.html). El Grupo
ETC se hace las mismas preguntas. Véase el cap. 6 de su citado informe.
(13) El enfoque de redes de actores (actor-network) cuenta con muchos trabajos
de interés. Como introducción al mismo pueden valer dos textos. Uno, de Bruno
Latour: La esperanza de Pandora. Ensayos sobre la realidad de los estudios sobre
la ciencia, Barcelona, Gedisa, 2001. El otro, de Michel Callon: “Four Models for
the Dynamics of Science”, en S. Jasanoff et al.: Handbook of Science and
Technology Studies, Thousand Oaks, Ca.: Sage Publications, 1995.
(14) O más técnicamente, “actantes”, pues se pretende que englobe a humanos y
no humanos.
(15) Para una discusión más pormenorizada véase la sección 6, de
recomendaciones, del informe elaborado por el grupo ETC, La inmensidad de los
mínimo. Con sus inevitables baches, la historia de la evaluación de tecnologías
es la de una tradición asentada en los Estados Unidos y el norte de Europa, en
la que se han ido superando viejas confusiones y refinando los métodos
interdisciplinares a fin de proporcionar más evaluaciones completas y ajustadas
de las distintas innovaciones tecnológicas. En este proceso, ha sido de gran
importancia el reconocer la necesidad de una evaluación ex ante de las
innovaciones, en lugar de esperar a que estén ya implantadas. Igual de
importante se ha revelado el tomar conciencia de que para que esa evaluación no
quede limitada a la efectuada por los expertos, con los riesgos que ello
conlleva, se requiere la integración de los ciudadanos en todas las fases del
proceso. Una buena manera, entre otras, de introducirse en estos temas es
visitar la página
web (en inglés) de la oficina danesa de tecnologías:
www.tekno.dk/index.php3?language=uk.
(16) Es la recomendación ofrecida por Winner al comité del Congreso de Estados
Unidos para el desarrollo de las nanotecnologías. En cuanto a los métodos
disponibles para fomentar la participación ciudadana, la literatura
especializada es ya muy extensa. Lynn Frewer y Gene Rower son dos autores que se
han dedicado recientemente a una evaluación comparada de los métodos más
conocidos. Hay varios documentos suyos disponibles en Internet.
(17) Un ejemplo paradigmático es el empleo de las sustancias llamadas “CFCs”
en refrigeración y como propelentes. Cuando se introdujeron, eran vistos como
una solución tecnológica perfecta para sustituir las sustancias empleadas hasta
entonces, que acarreaban serios peligros. Pero los CFCs distaron de ser inocuos,
como se mostró décadas después cuando el agujero de la capa de ozono comenzó a
extenderse por el planeta.
(18) Michael C. Roco: “A Frontier for Engineering”. Mechanical Engineering;
Jan 2001, Vol. 123 Issue 1.

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