Ciudades para un futuro más sostenible
Boletín CF+S. Número 14. Diciembre 2000.
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Edita: Instituto Juan de Herrera. Av. Juan de Herrera 4. 28040 MADRID. ESPAÑA. ISSN: 1578-097X
Arquitectura, economía y ecología
http://habitat.aq.upm.es/boletin/n14/amvaz.html
Mariano Vázquez Espí
Ondara (España), septiembre de 2000 [1].
Las cosas que yo sé las sabe un tonto cualquiera ...
Kiko Veneno
¿Tiene sentido un análisis detallado de la economía y la ecología
en relación con la arquitectura? Está tan de moda lo ecológico
y lo sostenible que la pregunta puede parecer retórica. Sin
embargo, mi intención va más allá de una moda pasajera, de manera
que merece la pena examinar la cuestión con alguna profundidad.
En primer lugar, nótese el parecido entre ambas palabras. La raíz
común es el oikos griego, que se refiere al amplio campo
semántico encabezado por "casa". La economía, en su sentido
primigenio, vendría a ser el conjunto de reglas para el buen
gobierno de la casa. Debe notarse que para los griegos de la
antigüedad y para otras muchas culturas antiguas y vernáculas,
el referente de "casa" era (y es) mucho más amplio que el que hoy
manejamos en Europa. Hoy pensamos en nuestra casa individual,
separada del resto. Sin embargo, en esas otras culturas, en las
que la vida se apoyaba sobre estructuras comunales amplias (como
la familia, el clan, la comuna o la tribu), la "casa' era ante
todo la casa común y extendía su referencia al poblado, la ciudad
y el territorio. De este modo, "economía" era para los antiguos
economía doméstica: un conjunto de reglas, local y propio de cada
cultura, construido a través del tiempo y en permanente
evolución, y aceptado como forma de integración comunitaria
[Bookchin, 1974].
"Ecología" no tiene un referente tan claro en la Antigüedad
(quizá porque la humanidad no se había imaginado todavía fuera
de la Naturaleza, quizá porque todo era ecología).
Etimológicamente hubiera significado el "tratado de la casa", con
todas las connotaciones anteriormente indicadas. Tratado en el
sentido de explicación objetiva del funcionamiento y ser de la
"casa". Sólo recientemente, con el atrevimiento propio de la
moderna ciencia europea y con la consiguiente creencia en la
posibilidad de una explicación objetiva, cobró la ecología carta
de naturaleza.
Hay una segunda línea argumental para ligar la arquitectura a la
economía y a la ecología. Considérese, por ejemplo, el clásico
tratado de Vitruvio. Se oye decir a menudo que para Vitruvio la
arquitectura debía reunir tres cualidades, a saber, utilitas,
firmitas y venustas. Lo cierto es que estas tres cualidades nunca
fueron asignadas por Vitruvio a la arquitectura en general, sino
a ciertos edificios públicos en particular (cf. [Vitruvio
, 1970!]). Que la conocida como triada vitruviana haya tenido
semejante difusión es una historia larga (cf. [González, 1993]),
que tiene más que ver con la fascinación del número tres que con
cualquier argumento racional. De hecho, cuando Vitruvio se atreve
a intentar un análisis del arte sobre el que escribe, propone
entender la arquitectura como compuesta de cuatro elementos:
orden[2], disposición[3], proporción[4] y distribución[5]. La
distribución, en griego oikonomía, consiste "en el debido y mejor
uso posible de los materiales y de los terrenos, y en procurar
el menor coste de la obra conseguido de un modo racional y
ponderado". La economía doméstica queda incluida, por tanto, como
uno de los principios rectores de la arquitectura vitruviana, con
intensidad pareja a otros tenidos hoy por más arquitectónicos,
como la proporción o la simetría.
La proporción vitruviana tiene un sentido más amplio que el
actual, e incluye como principio rector la consideración de las
relaciones entre la parte y el todo. Estirando los conceptos,
este tema de la relación entre las partes y el todo es uno de los
centrales en la moderna ecología, y en consecuencia, una
hipótesis interesante es que nuestra actual ecología quedaría
incluida también para Vitruvio entre los principios rectores de
la arquitectura. La hipótesis es plausible: un análisis detallado
de la obra vitruviana pone al descubierto el uso de los conceptos
de disponibilidad, de autoconstrucción, de rechazo de la riqueza
pecuniaria[6], y de adaptación al lugar, al Sol, al viento o a la
luz.
Debe recordarse también que para Vitruvio, el punto de vista de
la arquitectura debe ser global, generalista, o en sus propias
palabras "la arquitectura abarca como en un círculo todas las
ciencias". Una interesante consecuencia de esto (generalmente
ignorada u ocultada) es que, para Vitruvio, "todos los hombres
y no sólo los arquitectos están en condiciones de juzgar lo
bueno". Esta línea argumental fue conservada por algunos
tratadistas posteriores, como Alberti y Fray Lorenzo de San
Nicolás, pero desafortunadamente la mayoría siguió por otro
camino (cf. op. cit.).
1. Renta y stock
Una de las enseñanzas que cabe extraer de la historia de la
arquitectura solar (véase [Butti et Perlin, 1980];
[Vázquez, 1999]) se refiere a la diferencia entre los conceptos
de renta y stock, y a las dramáticas consecuencia que acaecen
cuando un stock se consume como si fuera una renta. La evolución
de la técnica solar desde el siglo XVIII se ha interrumpido cada
vez que se descubre un nuevo combustible, abundante y barato en
apariencia, tal como el carbón, el petróleo, el gas natural o el
uranio. Los combustibles siempre aparecen como depósitos,
almacenes o stocks de materiales; y siempre se trata de
yacimientos finitos y limitados. Generalmente se trata de ahorros
producidos en el funcionamiento histórico del sistema Tierra-Sol.
Salvo el uranio, de un modo u otro todos son ahorros de energía
solar y/o geotérmica. El uranio, por otra parte, ha sido
calificado como ahorro de la energía de la gran explosión o
big-bang[7].
1.1. La economía doméstica
¿Qué puede hacerse con los ahorros que uno mismo ha reunido o que
ha recibido como herencia? Respuestas razonables a esta pregunta
pueden encontrarse en la economía doméstica de todos los tiempos
y lugares, particularmente en el pensamiento de las amas de casa.
Pueden darse dos situaciones típicas:
- Si la familia cuenta con otras fuentes de ingresos (rentas
del trabajo o del capital, por ejemplo), los ahorros pueden
emplearse en un gasto extraordinario, un gasto que no se repetirá
en breve plazo. Tanto da que sea un derroche (una celebración o
una fiesta) o una inversión (el arreglo de la casa o los estudios
de una hija).
- Si por el contrario la familia se ve abocada a "tirar de sus
ahorros" por falta de renta, intentará primero convertir los
ahorros en capital productivo (en un banco o en un negocio) y
ajustar su tren de vida a la renta que ese capital pueda
producir. De hecho, una elemental prudencia aconsejará emplear
una parte de la renta así obtenida en mantener intacto el
capital, y sólo con la parte sobrante sufragar la vida cotidiana.
Pero si, por el contrario, en cualquier economía familiar los
ahorros se emplean como renta, es decir, si se retira cada mes
lo necesario para los gastos de la manutención de la familia, el
ahorro acabará por desaparecer. La familia tendrá todavía
salvación si antes de que los ahorros se acaben por completo, sus
miembros han sido capaces de encontrar un modo de obtener rentas.
Si por el contrario todos se dedican a la dolce vita, la
catástrofe y la ruina acaban por llegar.
Todas estas reglas son razonables y bien conocidas. Los técnicos
solares del siglo XVIII en adelante, por ejemplo, no hacían sino
aprovechar los stocks de combustible que estaban siendo
consumidos para idear nuevas formas de emplear la renta de
energía solar, una actitud muy poco valorada por la mayoría de
sus contemporáneos. De hecho, no puede dejar de sorprender la
actitud de algunos economistas de notable fama y poderosa
influencia.
1.2. La ruptura de la Revolución Industrial
Examinemos el caso de John Maynard Keynes, por ejemplo. Entre
otras cosas, dejo dicho que si en una economía deprimida, se
dedican capital y esfuerzos a abrir agujeros en las calles para
luego cerrarlos, y todo ello se paga con ahorros, la riqueza y
el bienestar general aumentarán. Para Keynes, realizar un trabajo
con posible utilidad para luego destruirlo pagando ambas
operaciones con ahorros contribuirá al "crecimiento" económico.
Más adelante examinaré con detalle el significado de ese
"crecerá". Por el momento, examinemos el horizonte del
pensamiento de Keynes. Si piensan en el significado de su frase
en los términos de la economía doméstica dudo que puedan
encontrarle algún sentido razonable y quizás lleguen a la
conclusión de que Keynes debió volverse loco al escribirla. No
es difícil, sin embargo, encontrarle cierto sentido, aunque se
trata de una maniobra provisional: si un ahorrador, con riqueza
sobreabundante, paga a otros por hacer y deshacer, estos últimos
obtendrán algún ingreso y podrán ir tirando. Pero es fácil ver
que la situación no durará siempre, que los ahorros se acabarán,
y que además tendremos como resultado una calle llena,
alternativamente, de zanjas y de parches [Naredo, 1987:341-351].
Naturalmente, no ha de faltar aquí la voz del especialista
económico que trate de explicar la operación en lenguaje más
técnico. Podrá emplear frases del siguiente jaez:
La renta que los trabajadores reciben aumentará el consumo de
bienes y mercancías, sosteniendo así los beneficios del capital,
estos se reinvertirán productivamente y un ciclo económico
expansionista comenzará, etc.
Este es el tono habitual en las páginas económicas de la prensa
que debe tenerse por falso, a pesar de que su ininteligibilidad
le haga aparecer como sabio ante el profano. Discursos semejantes
pueden desmoronarse a condición de examinar con algún detalle y
atención el significado de la palabra "producción", que aparece
como pieza clave en el razonamiento anterior en la expresión
"reinversión productiva". Para ello volvamos a la historia de la
arquitectura solar. Sus periódicos abandonos han sido simultáneos
con la "producción" masiva de petróleo, carbón o gas. Pero ¿cómo
se produce petróleo? ¿En una fábrica? Nada de eso: el petróleo,
como el gas o el carbón se extraen de algún yacimiento recién
descubierto. De producirlo alguien, es la Naturaleza quien lo
hace, y todo nuestro conocimiento se reduce al de su sistema de
extracción. Este mal uso de la palabra "producción" se da también
si hablamos de mercancías u otros bienes distintos a las materias
primas. Para ver esto, lo más corto (desde luego más corto que
enredarse en una discusión técnica con los economistas) es acudir
al lenguaje más claro y experimentado de la física.
1.3. Economía física
Si ignoramos por el momento la posibilidad de transformar materia
en energía mediante procesos de fusión o fisión nuclear, la ley
de la conservación de la energía nos asegura que a lo más que
podemos aspirar es a transformar energía entre sus diversas
formas: calor, electricidad, etc. Pero nunca produciremos nada.
Además vivimos en un pequeño planeta aislado del resto del
universo en términos de flujo material[8], de manera que
básicamente lo anterior también es de aplicación a la materia:
sólo podemos aspirar a transformarla. En realidad producir, lo
que se dice producir, no producimos nada. De ahí la auténtica
sinrazón que supone el pensamiento de Keynes cuando se examinan
sus consecuencias a lo largo del tiempo.
En estos términos, el Sol, considerado en una escala de tiempo
astronómico, es también un stock, un capital que acabará por
agotarse. De hecho, se trata de una enorme central de fusión
nuclear con una diferencia notable respecto a las centrales que
se planea construir aquí en la Tierra (sin éxito por el momento):
se encuentra a una muy apropiada distancia de 150 millones de
kilómetros, de manera que sólo recibimos su útil flujo de
radiación, bastante libre de radioactividad, y desde luego
quedamos a salvo de sus residuos. Pero si consideramos nuestra
relación con el Sol en una escala temporal más adecuada a nuestra
duración, es decir, la escala biológica de la evolución de
nuestra especie, resulta claro que el Sol durará mucho más que
nosotros. De este modo, la radiación que nos llega cada día es
una suerte de renta vitalicia que nos ha sido regalada por la
Naturaleza y de la que en cierto sentido podemos disponer a
nuestro antojo. La energía solar (directa o indirecta) se
manifiesta ahora en su verdadera diferencia con la energía que
puede obtenerse de cualquier combustible extraído de la tierra:
la primera es una renta inagotable (en nuestra escala temporal),
mientras que la segunda es siempre un stock no renovable.
Las anteriores definiciones de renta y stock no son del todo
satisfactorias: se trata de definiciones relativas a la escala
de tiempo considerada y, en consecuencia, es posible plantear
situaciones hipotéticas en que el uso de combustibles sería
sostenible. Si, por ejemplo, el consumo de petróleo fuera menor
que la velocidad a que se produce en los yacimientos, el petróleo
podría considerarse como una renta inagotable, lo mismo que el
Sol, según las anteriores definiciones. Sin embargo, basta con
mirar con atención al resultado del uso de la energía para poder
construir definiciones más precisas: el actual uso del petróleo
(con independencia de su velocidad) produce inevitablemente
residuos que, mientras el planeta sea un sistema cerrado en lo
que se refiere a la materia, se acumulan. Por el contrario, los
residuos producidos en el Sol, necesarios para que recibamos su
energía, quedan fuera del planeta. Es por ello que el uso de la
energía solar puede ser limpio[9] (con independencia de que el
propio Sol pueda agotarse), mientras que la actual quema
indiscriminada y reiterada de petróleo es insostenible y sucia,
con independencia del volumen de yacimientos existentes. La
definición espacial de renta y stock resulta preferible a la
definición temporal, y en cualquier caso, apunta en distinta
dirección.
Espacialmente, la energía útil del Sol se perdería incluso si no
fuera utilizada por la vida para su despliegue en el planeta. Por
contra, los stocks de combustibles fósiles están convenientemente
"empaquetados" para durar: su consumo debería merecer usos y
objetivos dignos de su carácter de "piedras preciosas", lo que
contrasta con su actual despilfarro indiscriminado.
Ante este crucial asunto de la energía como flujo o como stock,
las civilizaciones que se fueron sucediendo en el planeta pueden
clasificarse grosso modo en dos categorías. Aquellas que
conscientes del carácter limitado tanto de la renta como de los
stocks energéticos, adaptaron sus consumos a la renta energética
realmente disponible. Y aquellas otras culturas, que podríamos
denominar de alza-y-caída, que descubrieron un nuevo stock y
vivieron alegremente hasta agotarlo, momento en el cual
desaparecieron (en general, después de haber hecho desaparecer
a todas aquellas otras culturas del primer tipo que tuvieron la
mala fortuna de ser sus vecinas).
2. Producción económica
Hemos visto que no tiene sentido hablar de producción material.
Sin embargo, sin el concepto de "producción económica" es
imposible siquiera leer un tratado de economía moderna. Como
muchos economistas se apresuraron a señalar en el siglo XIX (para
no caer en el ridículo) la producción económica no tiene nada que
ver con la materia o la energía, por el contrario debe de
entenderse en un plano fuera del mundo físico, en el universo del
"valor". Para entender como en los tiempos modernos se gestionan
los recursos es necesario en consecuencia examinar en detalle la
definición de "valor económico" actualmente en vigor.
2.1. Los axiomas de la economía política
De las innumerables formalizaciones de la economía política he
elegido la de León Walras, apoyándome en la siguiente afirmación
del prestigioso economista Paul A. Samuelson: "no hay más que un
sistema en el mundo y Newton lo ha encontrado (sic). De la misma
manera que no hay más que una concepción de conjunto del sistema
económico y es Walras quien tuvo la inteligencia (y la suerte)
de encontrarla"[10].
Primera definición de riqueza
Para comenzar sus Elementos de Economía Política Pura[11], Walras
define en primer lugar el objeto de su ciencia en un estilo
axiomático (intentando emular el estilo matemático). Así,
denomina "riqueza social al conjunto de cosas materiales e
inmateriales que, por una parte, nos son útiles y que, por otra,
no están a nuestra disposición más que en cantidad limitada". Y
las cosas son útiles "en tanto que respondan a una necesidad
cualquiera y permitan satisfacerla". Y, finalmente "las cosas se
encuentran a nuestra disposición en cantidad limitada desde el
momento en que no existen en cantidades tales que cada uno de
nosotros las encuentre... para satisfacer enteramente la
necesidad que cada uno tiene de ellas". Por tanto, el concepto
de la escasez tiene "un sentido científico, como... [la]
velocidad en mecánica o [el] calor en física... Un cuerpo, en
el lenguaje de la ciencia, tiene velocidad desde que se mueve y
calor desde que tiene una temperatura cualquiera. Lo mismo
aquí,... por abundante que sea una cosa es escasa... desde que
es útil y limitada en cantidad, exactamente como un cuerpo tiene
velocidad... desde que recorre un cierto espacio en un
determinado tiempo". Puesto que toda actividad humana trata con
cosas útiles y todo en nuestro planeta es limitado (dadas sus
dimensiones finitas) y, por tanto escaso[12], ya se ve que Walras
parece disponerse a ofrecernos una ciencia que responde
plenamente a su etimología: las reglas para gobernar la casa de
la especie humana, gestionando sensatamente la riqueza
disponible. A esta noción de riqueza y a los axiomas empleados
para establecerla los denominaré Riqueza. Arriesgaré aquí una
imagen para axiomas tan abstractos: amén de otras cosas,
pertenece a R todo aquello cuya abundancia nos alegra en lo más
íntimo sin existir ni necesidad ni utilidad inmediata, como en
las descripciones de los labradores para las buenas cosechas, la
fertilidad de los campos, la longevidad de una vieja ciudad...
Segunda y definitiva definición de riqueza
Y, sin embargo, todo es mentira. Tras este esfuerzo formalizador,
Walras añadirá tres precisiones fundamentales: "1) Las cosas
útiles limitadas en cantidad son apropiables... La apropiación
no recae más que sobre la riqueza social y recae sobre toda la
riqueza social. 2) Las cosas útiles y limitadas son valorables
e intercambiables... El valor de cambio, como la propiedad, no
recae más que sobre la riqueza social y recae sobre toda la
riqueza social. 3) Las cosas útiles limitadas en cantidad son
industrialmente producibles o multiplicables... La producción
industrial o la industria no recae más que sobre la riqueza
social y recae sobre toda la riqueza social." Así pues, "el valor
de cambio, la industria, la propiedad, tales son los tres hechos
generales de los que toda la riqueza social, la riqueza social
sola, es el teatro". Ya se ve que la nueva definición de riqueza
(que denominaré Producto) es, simple y llanamente, un modo muy
particular de Riqueza: la renta burguesa y crematística. A P sin
duda pertenece todo aquello que su carencia y/o su propiedad nos
asalta en las pesadillas: el automóvil que deseamos, la casa que
hay que vigilar, las acciones que suben o bajan más allá de
nuestra voluntad... Pero Walras insiste machaconamente en que
Producto es lo mismo que Riqueza (véase [Naredo, 1987:205-215]).
Carácter supersticioso de la economía estándar
Si sobre R podría haberse intentado construir una ciencia
económica universal, sobre P sólo puede construirse en el mejor
de los casos un conjunto de reglas para gestionar la empresa
capitalista. El potente motor ideológico de la economía política
a la vez que su falsedad básica reside en la ecuación (Riqueza
social) = (Producto monetario), claramente falsa pero
imprescindible para la justificación de la economía neoclásica
y su desarrollo posterior. El funcionamiento esquemático de este
motor es como sigue. Con P se construyen reglas de las que se
pretende haber demostrado su certeza al aplicarlas con éxito en
la gestión del limitado universo de la industria capitalista;
como falsamente se piensa que Riqueza=Producto, las mismas reglas
se aplican para gestionar la riqueza de la comarca, el país o el
planeta con la justificación de que R crecerá. Nada importaría
la falsedad si R se acrecentara al igual que lo hace P. Pero a
la vista de la situación global del planeta, espero estar
disculpado de demostrar que R no hace sino disminuir: el hambre,
el subdesarrollo, el agujero de ozono ... son síntomas de este
fenómeno que es, en suma, el desequilibrio económico (o, si se
prefiere, ecológico, véase [Fernández, 1993]).
Puede entenderse ahora que se hable de "crecimiento económico".
No se trata de un crecimiento material o energético, sino del
crecimiento del valor crematístico de aquellos particulares
objetos materiales o inmateriales que pueden cambiarse,
fabricarse y apropiarse. También puede entenderse que el
crecimiento económico poco o nada tenga ver con la satisfacción
de nuestras necesidades, pues estas tercamente se niegan a
abandonar el plano físico y material de nuestros cuerpos. Sin
embargo, el salto ideológico efectuado por Walras y otros ha
tenido tanto éxito en su invasión de la cultura industrial que
casi todo el mundo se entristece y vive una cierta sensación de
crisis si se anuncia que el Producto Nacional ha disminuido o no
ha aumentado lo suficiente. Y es por ello que merece la pena
acometer la penosa tarea de examinar minuciosamente el
funcionamiento real de dicha magnitud y su conexión con la
riqueza material.
2.2. El Producto Nacional
El Producto Nacional o Producto Interior Bruto (PIB) es la
magnitud central en los denominados Sistemas de Contabilidad
Nacional. Tales sistemas son sorprendentemente jóvenes (apenas
50 años) y fueron propiciados por Naciones Unidas y otras
instituciones. En ellos la mano de la escuela keynesiana se deja
notar. Se trata en parte de un instrumento para cuantificar la
capacidad de ahorro de la nación a fin de aplicar la regla
keynesiana anteriormente citada. Sus grandes capítulos se resumen
en las figuras clásicas de consumo, ahorro e inversión. Y, hecho
bien conocido, la tasa de crecimiento del PIB es la medida
primordial del "progreso" económico.
Uno de los aspectos más notables del sistema de medida del PIB
es que los recursos naturales no son considerados bienes
económicos. Para llegar a esta situación, un largo proceso de
maduración ideológica tuvo lugar, un proceso que merece la pena
examinar.
Evolución de las ideas económicas
Para los economistas clásicos, tales como David Ricardo o Karl
Marx, la renta económica se originaba como rendimiento de alguno
de los siguientes factores o actividades productivas:
- Extracción y consumo de recursos naturales
- Explotación de "recursos humanos" (el factor trabajo)
- Inversión de capital
La denominada revisión neoclásica de finales del XIX (llevada a
cabo por Walras y otros) redujo el origen de la renta a los dos
últimos factores, de manera que los recursos naturales
desaparecieron como bienes económicos. Si bien se mira estaba en
la lógica de sus axiomas: aunque la Naturaleza puede ser objeto
de intercambio y apropiación, no puede "fabricarse" de manera que
queda excluida de la riqueza social definida por el segundo grupo
de axiomas de Walras. Resulta irónico (pero así es) que todo lo
imprescindible para la vida biológica y la reproducción genética
quede excluido de la autoproclamada ciencia que estudia la
satisfacción de las necesidades de los seres humanos. En el plano
teórico, la escasez de recursos naturales importaba muy poco a
estos economistas.
El pensamiento de Keynes arranca desde la teoría neoclásica,
aunque su acento se deslizó notablemente hacia las rentas del
capital y el mejor uso de éste para la producción de riqueza
crematística. En este contexto debe considerarse la triada
anteriormente citada: consumo, ahorro e inversión. Siguiendo la
tradición keynesiana, las teorías construidas con la vista puesta
en el desarrollo del así llamado Tercer Mundo, acabaron por
eliminar el trabajo como origen de la renta económica. La razón
esgrimida es que en tales economías el trabajo era excedentario.
Al final de esta evolución sólo el capital, el bien económico
moderno por excelencia, recibe la consideración de productor de
rentas (incluyendo en lugar principal la inversión en
"tecnología"). De este modo, las construcciones industriales, los
equipos y otros bienes manufacturados se consideran productores
de rentas, y su depreciación por envejecimiento o malogro se
contabiliza como un cargo contra el valor monetario de lo
producido, disminuyendo en consecuencia la renta obtenida. Por
el contrario, los recursos naturales no se valoran del mismo
modo: su pérdida, aunque puede dar lugar a una reducción de la
producción futura, no implica cargo alguno contra la renta actual
(véase [Repetto, 1992]).
Resulta notable comparar este punto de vista, conclusión de una
evolución en la que han ido perdiendo importancia el trabajo y
los recursos naturales como bienes económicos, con la llamada
escuela fisiocrática francesa del siglo XVIII. Una escuela
económica que sólo reconocía como fuente de valor los productos
agrícolas. En el siglo XVIII sólo era intuído el papel del Sol
en el funcionamiento biológico del planeta. El propio concepto
de energía estaba por establecer. Sólo en el siglo XIX, la física
y la fisiología ofrecerían claves de compresión adecuadas para
estas cuestiones. A pesar de su creencia en la posibilidad de
producir materia, los fisiócratas seguían, después de todo, la
pista correcta, al considerar como rentas sólo aquellas rentas
vitalicias y gratuitas que la Naturaleza concedía a sus
habitantes. La evolución posterior del pensamiento económico no
pudo acabar en extremo más opuesto: negando todo valor monetario
a los recursos que vienen del Sol. (Más irónico resulta aún el
hecho de que, siendo los fisiócratas los primeros en formular el
concepto de producto neto o renta en un plano físico y en total
acuerdo con los principios de la economía doméstica sobre flujos
y stocks, con idéntica denominación se bautizara después una
magnitud que no puede ser más contrapuesta, véase
[Naredo, 1993:2].)
La extensión social del valor económico privado
En la formulación del PIB hay todavía otra falta de rigor
fundamental. Para examinarla hay que considerar la identidad
fundamental de la contabilidad que puede enunciarse como sigue:
"la diferencia de existencias [o stocks] entre dos puntos
temporales de un proceso debe igualar el flujo neto [consumo o
producción] en el período comprendido" [Repetto, 1992:8]. Por
ejemplo, la diferencia entre el activo monetario neto de una
persona al principio y al final de un año será igual a sus
ahorros (o dispendios) netos durante ese año. Una idea bastante
obvia que se aplica con rigor en la contabilidad de cualquier
propiedad industrial.
Pero cuando la contabilidad se extiende hacia fuera de una
propiedad particular, hacia la comarca o la nación, sólo se
contabilizarán aquellos bienes intercambiables, apropiables y
producibles, sin importar su influencia en la esfera física
exterior al universo del valor económico. Para tener una imagen
más tangible de como funciona todo el asunto, lo mejor será
considerar un ejemplo sencillo que incluya, sin embargo, todos
los ingredientes. Si un agricultor tala sus bosques y vende la
madera para reunir el dinero que le cuesta un nuevo granero, su
contabilidad privada reflejará la adquisición de un activo
productor de renta, el granero, y la pérdida de otro activo, la
parcela del bosque. El agricultor cree salir ganado de un modo
subjetivo, porque el granero es más valioso para él que la
madera. Después de todo, si no pensara así no realizaría la
operación. En cualquier caso, su contabilidad privada refleja las
entradas y salidas de su economía, cumpliendo con la identidad
fundamental de la contabilidad. ¿Qué ocurre con la contabilidad
nacional? En ésta, la renta y la inversión suben al ser
construido el granero, y también crece la renta por haberse
cortado la madera, no acusando en ningún lugar la pérdida de un
activo valioso.
Y lo que es todavía peor, si el granjero se gasta el producto de
la venta de su madera en unas vacaciones, a la vuelta será más
pobre y no podrá costearse el granero, pese a lo cual la renta
nacional seguirá registrando un beneficio, un aumento. Es
fundamental entender porqué el pensamiento local del granjero no
puede extenderse a la sociedad considerada globalmente. El
granjero podrá comprar otra parcela con árboles que talar; pero
cuando todo el país se encuentre sin bosques no podrán producirse
más. El granjero, entonces, podrá trasladar su actividad a otros
recursos sin quebranto del valor monetario de su patrimonio
(siempre y cuando hubiera dotado convenientemente sus fondos de
amortización). Pero el país no podrá hacer otro tanto y habrá de
soportar la catástrofe de haber perdido una de sus mejores
riquezas materiales. El concepto de amortización que sirve para
el granjero privado no sirve para gestionar sensatamente los
stocks valiosos para la sociedad [Naredo, 1993:3-4]. De hecho,
la gestión de stocks en el sentido primigenio de la economía
doméstica debe apuntar en la dirección de conservarlos y
mejorarlos, allí donde la propiedad y la economía neoclásica
apuntan hacia su liquidación.
Desarrollo económico y deterioro ecológico
Este singular sistema de medida de la riqueza ha sido impuesto
por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial
(BM) a los países denominados "en vías de desarrollo". La
política económica aplicada se basa usualmente en las "teorías
económicas para el desarrollo", que como vimos sólo reconocen en
el capital el origen de la renta. Desde el primer momento,
resulta irónico que se instruya a los países de baja renta en el
uso de un sistema de contabilidad nacional que prescinde casi por
completo de sus principales bienes: el trabajo de sus habitantes
y sus recursos naturales.
De hecho, este género de políticas ha tenido resultados
desastrosos en numerosos casos. Baste citar el ejemplo de Costa
Rica [Repetto, 1992]: desde que siguió las recomendaciones del
FMI, el PIB no dejó de crecer. Sin embargo la riqueza física real
no dejó de disminuir al mismo tiempo, consumiéndose más de la
cuarta parte de la selva tropical del país. Milagro de la
publicidad y de sus modernos medios, la imagen de Costa Rica como
país celoso de su medio ambiente se fue imponiendo en los países
europeos al mismo tiempo.
Pero la disminución real de la riqueza no sólo se refiere a la
disminución de la masa arbolada. Esto sólo fue el principio de
un proceso en cadena fácilmente comprensible desde la ecología:
la deforestación de grandes áreas de terreno en zonas de acusada
pendiente (que además no soportaron la agricultura industrial
durante mucho tiempo) trajo consigo la erosión y arrastre de
enormes cantidades de capa vegetal; en tal magnitud como para que
produjera la contaminación orgánica de la plataforma marina
continental, y la consiguiente devastación de los arrecifes
coralinos. Esta situación, junto a la sobrexplotación de los
bancos pesqueros (fomentada por la misma política que aconsejó
la tala de bosques), tuvo como consecuencia la disminución anual
de las capturas, por debajo incluso del nivel de subsistencia de
la pesquería tradicional y vernácula, una pesquería que había
permitido sobrevivir a varias culturas durante siglos en aquellas
costas centroamericanas.
¿Cuál fue el diagnóstico de la economía estándar, representada
por el FMI? Armado con un sistema intelectual tan poco riguroso
como el que hemos examinado, su diagnóstico no pudo ser más
desatinado: todo ocurría debido a un exagerado aumento de
pasivos, es decir, a la deuda externa. Para disminuirla la
política de explotación de los recursos naturales debía continuar
y aumentar. Resulta irónico que al diagnostico del FMI no le
falte una pizca de razón. En buena medida, el aumento de la deuda
externa es responsable de la devastación de los recursos, pues
sin la inversión extranjera en nuevas técnica agrícolas y
pesqueras nada de esto se hubiera producido: después de todo, las
técnicas tradicionales no hubieran sido capaces de producir tales
daños a los recursos naturales por sí solas (incluso si tal
hubiera sido el deseo de los habitantes de la región).
Resistencia cultural del paradigma neoclásico
Tras las críticas de Repetto y otros autores parecía a todas
luces necesario un cambio en el sistema de contabilidad. De
hecho, el Sistema de Contabilidad Nacional fue revisado en 1993.
Desafortunadamente, ninguno de los defectos que hemos examinado
fue corregido[13]. Cuáles sean los motivos, propósitos e intereses
responsables de esta situación nos llevaría a un análisis
psicológico, ético y moral de nuestra civilización que excede con
mucho el alcance de estas páginas.
Está tan arraigada en nuestra cultura la noción de que el
progreso y el bienestar humanos están ligados al crecimiento del
PIB, que merece la pena insistir, incluso hasta el aburrimiento,
en el despropósito de una medida semejante. Como ejemplo
significativo, nótese que el mayor consumo de combustible debido
a los embotellamientos de tráfico tiene el mismo efecto en el
Producto Nacional que cualquier otro consumo energético. Más
cerca de la arquitectura, puede señalarse también que la
demolición de un antiguo edificio para construir otro será parte
integrante de su valor económico, valor que acrecentará el
Producto Nacional. Si la edificación es de nueva planta y ocupa
terreno hortofrutícola, el Producto Nacional no experimentará
disminución alguna por esta pérdida de un suelo fértil y, por
tanto, valioso para la riqueza real. En definitiva, la
consideración pertinaz de la economía como un universo cerrado
y autosuficiente de bienes intercambiables, apropiables y
producibles tiene como consecuencia cierta precisamente la
generalización de la escasez de la riqueza material que soporta
el intangible e insensible valor del dinero moderno.
3. La crisis ecológica y sus consecuencias
sobre la economía
La magnitud de la crisis ecológica actual la ha instalado como
noticia habitual en las sopas mediáticas de todos los días: el
agujero de ozono, el desorden climático, el abismo monótonamente
creciente entre ricos y pobres (da igual que hablemos de países
o de personas dentro de un mismo país), la extinción de especies
y ecosistemas, son sus ingredientes principales. A fuerza de
malas noticias la formulación actual de la economía política ha
quedado en evidencia y su reformulación es una cuestión urgente,
pues a fin de cuentas las reglas económicas son el marco en el
que se produce la gestión de los recursos preciosos para el
despliegue de la vida humana. Resulta urgente encontrar nuevas
visiones comprensivas, claves de interpretación que primero nos
permitan "leer el partido" (si me permiten la gráfica expresión
futbolística), para después orientar nuestras tácticas y
estrategias hacia objetivos y acciones que consideremos
convenientes y cuyos resultados y procesos consecuentes puedan
ser previstos con un grado de precisión razonable.
Una teoría no es más que algo así como una red de pescador.
Dependiendo de la malla de la red, de su tamaño y de su forma,
el resultado de echarla al mar será la captura de peces de
distinta especie y tamaño. Pero cambiar de teoría científica no
es un asunto sencillo, pues la ciencia no avanza por simple
acumulación de saberes, sino más bien a través de procesos
evolutivos no exentos de catástrofes epistemológicas y
revoluciones violentas (véase [Kuhn, 1962]). Puede que en la
actual encrucijada tengamos que acostumbrarnos a prescindir de
una única teoría omnicomprensiva, y por el contrario emplear
distintas redes que nos permitan asomarnos a muy diversos planos
del mundo exterior.
Desde luego, la teoría económica corriente es incapaz de "pescar"
los problemas involucrados en la actual crisis ecológica[14]. Los
"peces" son aquí los recursos naturales, ignorados por los
sistemas de contabilidad al uso en el diseño de la política
económica. Para tener en cuenta tales recursos y su gestión, de
un modo conveniente, dos caminos se vislumbran en el horizonte.
El primero consiste en aplicar los conocimientos de las ciencias
de la Naturaleza a los problemas relativos al mundo físico
circundante a las sociedades humanas. El segundo consistiría en
extender a los elementos de ese entorno físico procedimientos de
valoración que permitan incluirlos en la lógica económica
corriente, que no puede razonar en otros términos distintos a
costes, precios y beneficios monetarios, reales o simulados.
Quizá estos dos enfoques deberían complementarse para lograr
resultados prácticos de interés a escala social, pero las
barreras académicas y mentales dificultan de momento su
convergencia [Naredo et Parra, 1993:XI].
Lo que está en discusión es sí, para resolver las nuevas
preocupaciones, el razonamiento económico ha de seguir girando
alrededor del núcleo de los valores mercantiles o si, por el
contrario, debe desplazar su centro hacia los condicionantes del
universo físico e institucional que lo envuelven.
3.1. Economía ambiental
La denominada economía ambiental se afana en extender a este o
aquel elemento de un medio ambiente azaroso y desordenado la vara
de medir de la propiedad y del dinero, a fin de someterlo a la
lógica del coste/beneficio. Estos intentos ponen de manifiesto
que el mercado no es el resultado de la autoorganización de los
individuos económicos (como se había pretendido hasta ahora),
sino que ha de tomar cuerpo sobre un marco institucional y unos
derechos de propiedad concretos y organizados previamente. De un
modo político desde luego y con muchas posibilidades concretas
y diferentes entre las que elegir.
¿Cuál es el precio de la última ballena? ¿Cuál es el precio de
la última mesa construida con madera de los bosques de la
Península Ibérica, como preguntaba un anuncio televisivo? Para
estas preguntas no hay modo de "calcular" una respuesta. De
hecho, hace falta demasiada buena o mala fe para postular que la
mera privatización de los recursos naturales acarrea por fuerza
su conservación, cuando la vida diaria ofrece continuas
evidencias en sentido contrario. Recuérdese por ejemplo que la
implantación en el siglo XIX de la propiedad burguesa de la
tierra, o con palabras de Jovellanos en su informe sobre la ley
agraria española, la implantación "del pleno derecho de los
propietarios al aprovechamiento de sus esquilmos", es decir, al
agotamiento de la fertilidad, coadyuvó a la deforestación de
España y al deterioro de sus suelos (cf. [Naredo et
Parra, 1993:XII]; [Fernández, 1996:207]). Recuérdese también
que en el anuncio televisivo mencionado se va a poner precio a
esa mesa simbólica precisamente porque, en la ficción, los
bosques de la Península han desaparecido hace tiempo.
La pregunta sobre "el precio de la última ballena" tiene su apoyo
último en la noción de "sustituibilidad" de los recursos
naturales por capital. Se trata de una noción clave de la
economía neoclásica. Pero una noción que se revela irreal a poco
que se considere la física de los objetos, los procesos y los
sistemas (cf. [Rueda, 1999]). A fin de cuentas, la última
ballena es insustituible y la pregunta sobre su precio, estúpida.
Las promesas propagadas desde la corporación
científico-industrial acerca de los futuros logros de la
ingeniería genética o del programa espacial buscan seguir
ampliando el espacio mental en donde seguir creyendo en la
"sustituibilidad" de unos recursos por otros.
Conviene recordar cual es el origen de la expresión "propiedad
privada". Para los primeros romanos privare significaba separar
excepcionalmente un bien de la comunidad y entregar su uso o
disfrute a un particular (véase [Capra, 1982]). El concepto, de
origen griego, presuponía su contrario en la vida de la polis.
Lo "común" era su base económica, y sólo ocasionalmente, por
motivos excepcionales, se constituía una propiedad privada. Desde
luego todo este rico sistema de relaciones comunitarias había
desaparecido enteramente en tiempos del Imperio Romano. No puedo
dejar de mencionar que, por ejemplo, fueron los conquistadores
españoles los que introdujeron el concepto moderno de propiedad
privada, un concepto ignorado por las culturas precolombinas
(véase [Sánchez, 1986]).
Mercados y sostenibilidad
En definitiva, la propiedad y el mercado no garantizan la
conservación de un recurso. Sólo un acuerdo entre los intereses
económicos y marcos institucionales con la realidad física de los
recursos podría permitir una gestión eficaz de los mismos.
Algunos acuerdos internacionales sobre bancos pesqueros son
buenos ejemplos de ello. Por el contrario, la propiedad privada
del suelo fértil no ha incentivado en muchos casos una relación
sensata entre la explotación y el futuro de lo explotado. Hay que
reconocer sin tapujos (procurando no olvidarlo) que la cuenta de
resultados y el plan financiero de una empresa pueden y suelen
reposar sobre operaciones extractivas o transformadoras que
tienen como objetivo último el agotamiento físico de un recurso,
evidenciando la habitual asimetría entre la viabilidad monetaria
de proyectos individuales y la inviabilidad física de su
extensión espacial y temporal [Naredo et Parra, 1993:XIII-XIV].
Es este último concepto el que debiera dar sentido a la
sostenibilidad: es sostenible aquello que pudieramos hacer todos
sin menoscabo de nuestro futuro[15].
La consecuencia lógica de este razonamiento es que el mercado
deja de ser la panacea que garantiza por sí sola el "óptimo
económico"[16], para convertirse en un instrumento entre otros a
fin de conseguir soluciones que se adapten a determinados
objetivos o estándares socialmente acordados sobre el entorno
físico. Esta consecuencia empuja al universo de lo económico,
hasta ahora replegado sobre sí mismo, a abrirse a la realidad
física, a sus modelos predictivos, a las opciones técnicas y a
los procesos de negociación y consenso social [Naredo et
Parra, 1993:XIV]).
3.3. El apoyo en la ecología
Una pregunta surge aquí inevitablemente: ¿aportan las ciencias
de la Naturaleza informaciones sobre el mundo físico en formatos
útiles para ser utilizados como guía de la gestión económica?
Desafortunadamente, no ocurre así en general. Sin embargo, la
conceptualización básica del funcionamiento de los recursos
naturales en el marco de la biosfera y del ecosistema ya está
hecha por la ecología, tanto en lo que concierne a la relación
de los organismos con su entorno como en términos de materiales,
energía e información. El flujo de energía que recibe este
planeta desde el Sol mueve los ciclos de materiales que discurren
entre los seres vivos y el medio inerte, de la misma forma que
una "corriente de agua hace girar las ruedas de un molino". Así,
la energía solar se degrada (lo que es inevitable según la
segunda ley de la termodinámica), a la vez que la materia
discurre en ciclos y/o espacios cerrados [Naredo et
Parra, 1993:XIV-XV].
De este modo, los planteamientos ecológicos y termodinámicos
globales establecen los "verdaderos límites" a la economía de los
recursos. Algunas consecuencias de esta visión global que,
desafortunadamente, no han calado en la opinión pública son la
imposibilidad del crecimiento económico continuo y la falta de
fundamento del concepto de desarrollo (incluso adjetivado como
"sostenible", al pairo de tanta moda "verde" como nos invade).
Sin embargo, para el paradigma económico neoclásico, el
crecimiento del PIB y magnitudes semejantes es una condición
necesaria e imprescindible para el desarrollo, el pleno empleo,
etc. Pero desde que tal crecimiento está fundado en la extracción
de recursos no renovables y agotables, tal crecimiento económico
no puede mantenerse indefinidamente.
Algunas enseñanzas de la biología
El modelo biológico más claro de la situación es un sencillo
experimento de laboratorio: se dispone en una placa petri una
solución rica en nutrientes. La placa (como nuestro planeta)
cuenta así con un stock no renovable y recibe un flujo de
radiación en forma de luz. Cuando se introduce en la placa una
pequeña colonia de bacterias heterótrofas, en principio estas
proliferan muy bien al socaire de la abundancia de alimento y la
ausencia de competidores, conforme a un modelo de brusco
crecimiento exponencial. Pero inevitablemente la población acaba
por hundirse no sólo por la escasez de alimentos, también en el
veneno de sus propios desechos [Parra, 1993].
Merece la pena citar aquí una de las hipótesis más plausibles del
origen de la vida bacteriana en la Tierra. Las primeras células
habrían sido, según esta hipótesis, heterótrofas como las
bacterias del experimento mental anterior. Si la vida se impuso
fue precisamente porque algunas de estas células primigenias
evolucionaron hacia organismos fotosintetizadores, capaces de
engranarse al flujo solar, a la renta energética gratuita. Las
heterótrofas, sin embargo, no perdieron utilidad por ello: en
particular el surgimiento de células "descomponedoras" capaces
de reciclar los residuos de las fotosintetizadoras resulta
igualmente imprescindible para el mantenimiento de la vida. A su
vez, las heterótrofas originarias quedaron al cuidado del control
de la población de las fotosintetizadoras. Se piensa que estos
tres elementos son los componentes mínimos de una "rueda de
noria" capaz de aprovechar el flujo solar (véase [Duve, 1988];
[Lovelock, 1992]; [Vázquez, 1999a]).
Un antiguo cuento chino explica bien y gráficamente las
consecuencias del carácter exponencial del proceso de crecimiento
sin límite. Imagínese una pequeña laguna artificial donde viven
nenúfares hipotéticos, capaces de reproducirse cada día, de tal
suerte que cada progenitor se convierte en dos descendientes de
igual tamaño. Cierto día, tan sólo la mitad de la superficie del
estanque está cubierta por los nenúfares. La otra mitad permanece
libre, la luz puede penetrar en el agua y otros seres vivos
pueden medrar en aparente armonía. Sin embargo, al día siguiente,
toda la superficie del estanque aparece cubierta por la población
de los nenúfares hiperreproductivos: la vida comienza a
extinguirse súbitamente.
Irónicamente, el fin de este ecosistema imaginario puede tener
poco que ver con el estallido catastrófico de las visiones
apocalípticas que pululan por los media. De ocurrir, puede que
el final se parezca más al de un globo que se deshincha que a un
globo que explota [Parra, 1993:12].
Cabe esperar que la especie humana en general y cada uno de sus
individuos en particular sean capaces de mostrar un grado de
actividad mental con mayor grado de reacción que el mostrado por
la población de bacterias en la placa petri del experimento, y
que entre todas seamos capaces de gestionar los recursos de otra
forma, y así evitar el proceso de envenenamiento aludido. Sin
embargo, el experimento mental anterior también subraya la
dificultad de que el peligro pueda ser advertido el "día antes"
por la simple observación de las señales del mundo físico. Evitar
el "día después" podría exigir en consecuencia un modo de
reflexión y de acción situado en coordenadas muy distintas del
pensamiento racional estándar (cf. [Vergés, 1999]).
3.4. Economía "ecológica"
Para que tal esperanza tenga fundamento comienzan a dibujarse en
el horizonte algunas condiciones necesarias, que pueden resumirse
en cinco principios [Estevan et Sanz, 1996]:
- Reconocimiento de los límites ecológicos. El reconocimiento
de la existencia de los límites ecológicos constituye al mismo
tiempo el punto de partida y el núcleo central del pensamiento
ecológico. Este principio se opone frontalmente a la
"reproducción infinita de los recursos naturales por capital y
trabajo", noción sobre la que hemos visto se apoya la economía
estándar.
- Titularidad colectiva de los recursos naturales. Para que
tales límites sean realmente respetados, la gestión económica
tiene que apoyarse en sólidos consensos sociales, establecidos
democráticamente a la escala local, regional o global, en que se
manifiesta cada problema. Esta constatación conduce directamente
a la exigencia de equidad en el reparto de los recursos, pues
sólo de ese modo puede lograrse el consenso social[17].
- Globalidad de los procesos físico-económicos. El análisis de
los fenómenos debe ser global tanto en el espacio como en el
tiempo: debe incluir todos los planos afectados por el fenómeno,
ya sean físicos o económicos; y desde que se inicia la
utilización o afección de recursos naturales para la producción
de un bien o un servicio, hasta que se expulsa el último residuo,
y ello con independencia de cuales sean las fronteras productivas
o sectoriales convencionales de la actividad económica que
aparece asociada en primera instancia al fenómeno.
- Interconexión de los valores monetarios, sociales y
ambientales. En cada proceso económico y, en general, en toda
actividad humana, se generan e intercambian efectos y recursos
cuyo valor se expresa en diferentes planos y dimensiones
económicas, sociales o ambientales. El análisis ecológico postula
la integración de todos los valores monetarios, sociales y
ambientales en un único esquema conceptual. Ningún recurso o
valor presente en el mundo físico puede ser considerado como
externo en este modelo de representación. En esta lógica, hay que
aceptar la existencia simultánea de diferentes sistemas de
"valores", cada uno de los cuales contiene recursos heterogéneos
que deben ser medidos en sus propias magnitudes físicas y deben
ser gestionados con objetivos y criterios específicos. En este
conjunto de sistemas, el monetario es uno más, junto a los
sistemas social y ambiental.
- Heterogeneidad, "irreductibilidad" o "inconmensurabilidad"
de las diferentes dimensiones o sistemas de valores. Como
consecuencia del principio anterior, los efectos o valores
ambientales y sociales no pueden ser reducidos a unidades
monetarias, ni pueden ser comparados directamente con los flujos
de valores de cambio, que sí muestran una expresión monetaria[18].
La cuestión de si estos principios son además suficientes conduce
a una cuestión de mayor calado epistemológico, a saber, ¿es
posible la gestión objetiva y racional de los recursos? El
análisis de sus implicaciones merece tratamiento aparte (véase
[Vázquez, 1997] y
[Vázquez, 1998]).
El papel de la técnica
De los anteriores principios se deducen condiciones particulares
para los técnicos modernos (actores de primera fila en el
despliegue de la civilización industrial):
- La paulatina sustitución de la contabilidad monetaria por una
contabilidad física múltiple, que permita gestionar una economía
de medios (la de Vitruvio, cf. [Vázquez, 1997a]).
- La asunción por cada agente social (y en particular por la
arquitectura y la ingeniería) del punto anterior, lo que le
permitirá una toma de decisiones consciente al menos de las
consecuencias globales de cada uno de los procesos locales
diseñados (el diseño del inodoro es paradigmático a estos
efectos).
- El uso de recursos renovables y renovados en los procesos de
construcción, y la producción exclusiva de aquellos residuos que
puedan ser engarzados como materia prima para otros procesos.
4. Un enfoque ecológico de la arquitectura
Si las teorías económicas evolucionaron en el sentido de perder
contacto con la realidad física de los recursos que alimentan los
procesos que dicen estudiar, ¿qué ocurre al respecto con la
teoría de la arquitectura? ¿Ha perdido también ese contacto con
la realidad física?
Aquí nos encontramos en la tratadística reciente con polos
opuestos, aunque la tendencia análoga a la de las teorías
económicas dominantes resulta mayoritaria. En esta tendencia
parece como si la arquitectura tuviera que renegar de su vínculo
con la construcción real a fin de conseguir valor artístico.
Podemos examinar, por ejemplo, dos diferentes actitudes respecto
al cobijo, que toma cuerpo en la cabaña primitiva, uno de los
temas centrales de la tratadística del siglo XIX, que reaparece
en el XX bajo la forma de la vivienda y el alojamiento.
Figura 1: La cabaña primitiva de Laugier.
Cuando el abate Laugier mira a la simplicidad de la cabaña
primitiva buscando el fundamento de la arquitectura, su análisis
resulta enteramente visual, aunque reconozca que el ser humano
tiene que disponer juntas las ramas para forma su cabaña:
No perdamos de vista su rústica cabaña. Puedo ver únicamente
columnas, un techo o un dintel y una cubierta a dos aguas,
formando en ambos extremos lo que llamamos un tímpano. Llego a
esta conclusión: en un orden arquitectónico sólo la columna, el
dintel y el tímpano pueden formar parte esencial de la
composición. Si cada una de esas partes está apropiadamente
emplazada y formada, nada más necesitaremos para hacer una
perfecta obra.
El grabado con que comienza el Ensayo sobre la arquitectura del
abate Laugier no muestra a constructor alguno en la primitiva
cabaña, tan sólo a la Arquitectura, con el compás en la mano,
quien transformará las características de la primitiva cabaña de
madera en piedra, de la que, supone, habrá de surgir la tradición
clásica, véase la figura 1.
Figura 2: La cabaña primitiva de Henry Thoreau.
En contraste, la visión de la cabaña primitiva que da Henry
Thoreau [Thoreau, 1854] nos muestra la vida humana como parte
de la naturaleza y no en oposición a ella. Es el proceso de
construcción y el comportamiento de la obra terminada lo que
interesa a Thoreau en la descripción de su propio y simple
refugio en Walden. La primitiva cabaña es examinada, no desde el
punto de vista de su apariencia abstracta, por el contrario lo
que describe es la cantidad necesaria de madera y otros
materiales, su coste en términos del trabajo de tala y
transporte, y cuanto de confortable resultará la cosa para vivir
y si será fácil de mantener y limpiar. El tono de la descripción
visual resulta enteramente diferente:
Tengo de este modo una sólida casa de piedra enlucida, de diez
pies de ancho y quince de largo, con columnas de ocho pies, con
un desván y un armario incorporados, una gran ventana a cada
lado, dos trampillas, una puerta en un extremo y una chimenea en
el otro.
En la cabaña de Thoreau puede uno, al menos, imaginarse que la
vida sea posible, lo que resulta claramente imposible en la de
Laugier. En palabras de Thoreau: "es la vida de sus habitantes,
y no las peculiaridades de su apariencia, lo que hace tales
cobijos tan pintorescos ...".
La arquitectura deberá elegir entre ambos polos: entre la
abstracción formal y lingüística, extrañados del mundo y de sus
habitantes; y la viviencia sobre la Tierra, considerando la "tela
de araña" de la cual los edificios forman parte, y el efecto que
la inserción de uno nuevo tendrá sobre esa red. La elección debe
hacerse a sabiendas de los insoslayables efectos físicos que la
actividad arquitectónica tiene sobre el rededor. Unos efectos que
pueden cuantificarse y de los que merece la pena mostrar algunos
ejemplos.
4.1. Destrucción atmosférica
El efecto invernadero y el agujero de la capa de ozono son dos
de los fenómenos más amenazantes de la contaminación atmosférica.
¿Cuál es la responsabilidad de los arquitectos y de aquellos que
administran y usan los edificios? El dato relevante aquí es, por
ejemplo, que esencialmente el 50% de los productos
cloro-fluor-carbonados fabricados en el mundo son usados en
edificios, ya sea como parte de sistemas de refrigeración y aire
acondicionado, en sistemas de extinción de incendios, y en
ciertos materiales aislantes. Los arquitectos y otros técnicos
podrían simplemente a través de la selección y especificación de
materiales, reducir el uso global de CFCs.
4.2. El agua
En los países industriales raramente se hace distinción entre el
agua para beber y el agua para otro propósitos relacionados con
la edificación. Los edificios usan prodigiosas cantidades de
agua, tanto durante su construcción como durante su uso. El
consumo doméstico medio es de 160 litros por persona y día en
Gran Bretaña y 220 litros por persona y día en los EEUU. Esta
última cifra se debe fundamentalmente a las enormes cisternas
usadas en los inodoros de los hogares de los países industriales.
Estas cifras pueden compararse con otras: el cuerpo humano
necesita un litro de agua diario para sobrevivir. Y el consumo
medio de agua en comida y bebida está cercano a los dos litros
por persona y día. El consumo doméstico es, sin embargo, sólo la
tercera parte del consumo total en Gran Bretaña, que alcanza la
cifra de 570 litros por persona y día. Esta elevada cifra es el
resultado de las grandes cantidades de agua usadas por la
industria y la agricultura química. Por ejemplo, una tonelada de
cemento requiere en el proceso total de manufactura 3.600 litros
(3,6 toneladas) de agua; una tonelada del coque usado en la
fabricación de acero necesita 18.000 litros de agua; una tonelada
de papel requiere 270.000 litros de agua, e incluso un litro de
cerveza exige 9 litros de agua en su producción. Fabricar un
automóvil precisa 75 toneladas de agua como media, una cantidad
que llenaría un depósito de 25 metros cuadrados de planta y 3
metros de altura, el volumen de un pequeño refugio [Vale et
Vale, 1991].
Intensidad del consumo
El consumo total de agua en Gran Bretaña, los 570 litros por
persona y día, pueden compararse con el agua que se produce en
la Atarjea de Lima, que según mis cálculos debe andar en los 100
litros por persona y día. Incluyendo el agua que se extrae de
pozos he estimado que el consumo total de agua en la megalópolis
de Lima debe andar en los 140 litros por persona y día. Una
extrapolación prudente a todo el Perú baja esa cifra cuando menos
a la mitad, hacia por debajo de los 80 litros de agua por persona
y día. Se puede apreciar claramente la diferencia entre un país
y otro.
Una vez que un edificio ha sido construido, su consumo de agua
dependerá de su función. En casas y oficinas el mayor consumidor
de agua es el inodoro, quien consume una tercera parte del total
del agua usado en el sector doméstico. Y según el diseño
arquitectónico corriente, internacionalmente admitido, se usa
para ello agua fresca, purificada y apta para beber, un agua
preciosa que es devuelta inmediatamente a las alcantarillas. El
espectro de consumo típico en un hogar europeo puede apreciarse
en la tabla 1.
Tabla 1.
Consumo doméstico típico de agua en Europa
|
Uso
|
Fracción del total (%)
|
|
Inodoro
|
32
|
|
Higiene personal
|
28
|
|
Lavandería
|
9
|
|
Limpieza
|
9
|
|
Preparación de alimentos
|
3
|
|
Jardín y automóvil
|
6
|
|
Pérdidas
|
13
|
Fuente: [Vale et Vale, 1991]
Menos de la mitad del consumo total requiere en realidad agua
potable, pero nuestros diseños fuerzan a sus habitantes a usar
agua purificada para todos los usos sin distinción. La
creatividad arquitectónica (si es que tal cosa existe en el
panorama europeo) bien podría emplearse en estos asuntos donde,
desafortunadamente, la repetición automática de recetas es lo
habitual.
Disponibilidad y contaminación
En agudo contraste con lo anterior, debe notarse que tan sólo la
millonésima parte del agua de la Tierra (en apariencia tan
abundante) está en los ríos. De esta pequeñísima fracción depende
la vida de los seres humanos. Con todo habría agua más que
suficiente como para abastecer una población de 5.000 millones
de personas a razón de 26.000 litros por cabeza [Vale et
Vale, 1991][19]. A pesar de esta aparente abundancia, en muchos
lugares el agua es un bien precioso por escaso. Las más de las
veces esta escasez es debida a la polución de los ríos,
utilizados gratuitamente por las empresas capitalistas como
vertedero de todo tipo de sustancias tóxicas, sin discriminación
alguna. Puesto que la polución de las aguas se produce por la
dilución de los residuos, resulta esencialmente correlacionada
con el consumo, de manera que son los paises autodenominados
desarrollados o sus industrias los principales responsables.
4.3. Energía
Desde fabricar automóviles hasta preparar una comida en un remoto
poblado africano son actividades que dependen del consumo de
energía. Pero la clase, la calidad y la cantidad de combustible
utilizado en cada actividad varían de un modo fantástico.
En el planeta, los flujos utilizados de energía solar (ya sea en
forma directa o indirecta, potencia hidráulica, viento, etc.)
representa la quinta parte del consumo energético global de
nuestra especie. Las otras cuatro quintas partes provienen de
stocks no renovables. Utilizando la imagen de Buckmister Fuller,
fueron puestos en los depósitos de la nave espacial Tierra cuando
fue construida, pero cuando la aguja indique que el depósito está
vacío, no existirá ningúna gasolinera a la que acudir[20].
El problema del agotamiento
La discusión acerca de si todavía el deposito está medio lleno
o está medio vacío puede continuar indefinidamente, con una
multitud de técnicos cruzándose disertaciones contradictorias en
sus congresos, a la vez que todos cobran buenas dietas e ingresos
de las corporaciones científicas para las que trabajan. Pero
mientras tanto el depósito sigue vaciándose sin que su consumo
esté guiado por algún propósito digno de tan preciosos
materiales. Pueden hacerse algunos cálculos significativos
tomando como referencia cualquiera de las múltiples estimaciones
que circulan sobre las reservas que quedan (véase la tabla 2).
Tabla 2.
Reservas de combustibles fósiles
|
Combustible
|
Reserva estimada (Mtec)
|
|
Carbón |
11.000.000
|
|
Petróleo
|
510.000
|
|
Gas natural
|
320.000
|
Mtec: millones de toneladas equivalentes de carbón.
El consumo mundial de energía es aproximadamente de 10.000
millones de toneladas equivalentes de carbón (Mtec) por año. Así
que una primera estimación conduce a que nos quedan reservas para
1.200 años si nuestra intensidad de consumo no aumenta en el
futuro. Sin embargo, hay aquí una trampa estadística resultado
de ignorar la
disparidad del consumo energético entre unas y
otras culturas: a fin de cuentas el despliegue de la civilización
dominante se lleva a cabo con la promesa de que toda la población
mundial podrá algún día disfrutar de la denominada "calidad de
vida" del ciudadano medio de los EEUU. Así que la pregunta
pertinente es ¿cuánto durarían las reservas del tanque de
combustible si toda la población actual disfrutara del prometido
paraíso? El cálculo no es muy complicado. Actualmente, el 5% de
la población consume un tercio del total de esa energía, de
manera que su consumo es de una intensidad diez veces mayor que
el resto. Si toda la población aumentara su consumo energético
a ese grado, el consumo mundial de energía sería actualmente de
unas 66.600 Mtec y las reservas durarían sólo unos 180 años
[21].
Todavía debe hacerse una corrección importante en esta
estimación: la gente que actualmente consume poca energía,
consume además energía limpia de manera que para acceder al
"paraíso prometido" cambiarán sus tradicionales fuegos y braseros
por cocinas eléctricas, el calor del Sol en sus patios
ajardinados y floridos por aparatos de calefacción y/o aire
acondicionado, etc. Este acceso al "paraíso" no sólo aumenta el
consumo, también requerirá energía para construirlo. Mi propia
estimación es que un mundo en el que de manera igualitaria todos
viviéramos como gringos se encontraría con el "depósito" vacío
a finales del siglo que viene (y esta estimación no se encuentra
entre las más pesimistas, véase
[Rifkin, 1989]). La conclusión
es clara: el estilo de vida industrial y autodenominado
"desarrollado" sólo persistirá
indisolublemente unido a la
explotación y a la pobreza de la gran mayoría de la población,
con total independencia de las buenas intenciones y deseos de las
instituciones y corporaciones internacionales. No es un asunto
político, se trata simplemente de un límite físico, inevitable
como lo es el paso del tiempo.
El problema del residuo
El problema del agotamiento de los combustibles, por grave que
las cifras anteriores muestran que es, es en realidad un problema
bastante menor: a fin de cuentas como especie biológica que
somos, tenemos una extraordinaria capacidad de adaptación y sin
duda sabríamos adaptarnos y cambiar de estilo de vida si las
condiciones físicas así nos lo impusieran (recuérdese que todos
los artefactos y facilidades que hoy tenemos por imprescindibles
eran desconocidos en la mayoría de los casos hace doscientos
años). El problema de verdad grave reside en que el uso de los
stocks de combustibles libera de manera inevitable sustancias que
fueron retiradas de la circulación hace millones de años. Y esas
sustancias liberadas no entran ahora a formar parte de ningún
ciclo biológico y, en consecuencia, pasan a ser residuos y
provocan contaminación de muy diversas formas. Es la diferencia
espacial fundamental entre stocks y flujos que merece la pena
recalcar: el flujo solar conserva los residuos a una distancia
muy conveniente, allí donde no pueden afectar al despliegue de
la vida. Los residuos con origen en stocks, por el contrario, van
cubriendo poco a poco de basura la superficie del planeta.
En el tiempo presente, la atmósfera contiene unos 700 mil
millones de toneladas de carbono y las reservas conocidas de
combustibles fósiles contienen por su parte 7.500 mil millones
de toneladas. Cada año el consumo de combustibles fósiles supone
arrojar a la atmósfera unos 6 mil millones de toneladas. Se trata
de una cantidad insignificante, apenas un aumento del 1% en la
concentración de carbono atmosférico. Y sin embargo suficiente
como para que desde mediados del siglo XIX se comenzara a
señalar, con más de cien años de antelación, su influencia en el
clima, que sólo recientemente empieza a ser reconocida
"oficialmente". (Es ésta una característica típica de los sistema
vivos: una alteración pequeña puede provocar cambios cualitativos
críticos.) Pero regresando a mi hipótesis anterior, a saber, que
con toda justicia, todos los habitantes del planeta pudieran
acceder al "paraíso": la consecuencia en términos de basura y
contaminación no puede ser más clara: partiendo de los 700 mil
millones de toneladas de carbono actuales, para finales del siglo
que viene la atmósfera contendría 8.200 mil millones, un
fantástico incremento de más del 1.000%. Se comprenderá que no
pueda evitar sonreír ante las discusiones pretendidamente
científicas acerca de si el "progreso" acabará o no por producir
un cambio climático y de cuales serán sus consecuencias. En
realidad, no parece probable que los amos del imperio permitan
que esta situación llegue a producirse: preferirán mantener a la
mayor parte de la población en su actual estado de postración,
retrasando una vez más el "paraíso" para un futuro más lejano.
El origen de los problemas
Queda claro que la actual tendencia debe corregirse en los
autodenominados países desarrollados, quienes con el 24% de la
población mundial son responsables del 77% de las emisiones
contaminantes básicas. Resulta irónico que puedan autodenominarse
"desarrollados" quienes son capaces de producir y tirar tanta
basura, pero ese es el concepto de "desarrollo" del que
disponemos (aunque se adjetive de "sostenible").
En los países europeos aproximadamente el 50% del consumo de
energía está en relación con la construcción y mantenimiento de
edificios y su gasto cae bajo la responsabilidad de los técnicos,
administradores y usuarios (entre los que se encuentran en lugar
principal, arquitectos e ingenieros). El uso de diseños y
edificios capaces de aprovechar los flujos energéticos limpios
contribuiría a eliminar una buena mitad de nuestros residuos. Sin
embargo, la creatividad está ausente en estos temas, una vez más.
4.4. Materiales
En su obra Las ciudades invisibles, Italo Calvino escribió este
célebre diálogo entre Kublai Kan y Marco Polo:
Marco Polo describe un puente piedra a piedra.
-¿Pero cual es la piedra que sostiene el puente?-pregunta Kublai
Kan.
-El puente no está sostenido por esta o aquella piedra,-responde
Marco-sino por la línea del arco que forman.
Kublai Kan queda silencioso, reflexionando. De repente,
dice:-¿Por qué me hablas entonces de las piedras? Es sólo el arco
lo que me importa.
Polo responde:-Sin piedras no habría arco.
Del mismo modo, los edificios no existen sin la materia, por más
que tantas arquitecturas dibujadas, impúdicamente epidérmicas,
banalmente lingüísticas, nos hayan acompañado a lo largo del
siglo. Muchos "maestros" del Movimiento Moderno sólo consideraron
los materiales para abrazar el hormigón, el acero o el vidrio y
despreciar todos los demás. Su elección fue una elección
puramente formal de aquellos materiales sobre los que podría
operar una supuesta libertad creadora [Vázquez, 1987]. En
palabras del arquitecto italiano Sant'Elia:
La casa de cemento, hierro y vidrio sin ornamentos grabados o
pintados, rica sólo en la belleza intrínseca de sus líneas y
morfología, brutal en su mecánica simplicidad, tan grande como
dicte la necesidad, y no sólo como permitan las ordenanzas, tiene
que alzarse desde el fondo del tumultuoso abismo.
¡Qué distancia nos separa de la distribución vitruviana que
predicaba la antigua economía doméstica, la sabia economía de
medios! Como en tantas ocasiones ha recordado Félix Candela
[Candela, 1985], la libertad creadora no se encontrará en el uso
de ilimitadas cantidades de energía y materiales para construir
obras más bien oníricas que pensadas. Tarea de poco mérito es
esa. Quien quiera afrontar un reto verdadero hará mucho mejor en
buscar hacer algo grande empleando los mínimos recursos en la
tarea. Y de todas formas quizá ya ni siquiera es necesario: en
una ciudad como Madrid con doscientas cincuenta mil viviendas
vacías y con su población estabilizada o en disminución, ¿qué
sentido tiene seguir construyendo bloques de pisos?
Coste energético de la construcción
En estos términos materiales, quizás sucios para algunos artistas
exquisitos, puede no sólo apreciarse, también cuantificarse la
distancia y el relativo mérito de la arquitectura corriente
comparada con aquella otra arquitectura vernácula (de firma
desconocida pero no anónima) que hizo siempre de la necesidad
virtud y no escala de medida como propone Sant'Elia. Puede para
ello compararse los contenidos energéticos de esa triada mágica
de cemento, hierro y vidrio con la tierra sola, la madera o la
piedra. Se apreciará que uno o dos órdenes de magnitud separan
los materiales vernáculos de aquellos otros considerados como
"modernos". La responsabilidad de los diseñadores es aquí, una
vez más completa, pues como puede verse en las tablas 3, 4, 5 y
6, la energía consumida por la construcción de un edificio es una
parte no despreciable comparada con la energía consumida durante
su uso[22].
Tabla 3.
Energía incorporada en los materiales de un edificio
|
Tipo de edificio
|
Energía (kWh/m2)
|
|
Doméstico
|
1.000
|
|
Oficinas
|
5.000
|
|
Industrial
|
10.000
|
Fuente: [Vale et Vale, 1991]
Tabla 4.
Consumo anual de energía en edificios
|
Uso
|
Energía (kWh/m2)
|
|
Oficina
|
195
|
|
Fábrica
|
222
|
|
Almacén
|
195
|
|
Escuela
|
195
|
|
Tienda
|
195
|
|
Hotel
|
361
|
Fuente: [Vale et Vale, 1991]
Tabla 5.
Energía para la fabricación de materiales
|
Material
|
Energía (kWh/kg)
|
|
Arena, grava, tierra, piedra
|
0,01
|
|
Madera
|
0,1
|
|
Hormigón
|
0,2
|
|
Hormigón ligero
|
0,5
|
|
Yeso
|
1,0
|
|
Ladrillo
|
1,2
|
|
Cemento
|
2,2
|
|
Fibra mineral
|
3,9
|
|
Vidrio
|
6,0
|
|
Plásticos
|
10
|
|
Acero
|
10
|
|
Plomo
|
14
|
|
Cobre
|
16
|
|
Aluminio
|
56
|
Fuente: [Vale et Vale, 1991]
Tabla 6.
Energía mínima teórica en piezas comprimidas poco
esbeltas
|
Material
|
Coste estructural
|
|
Acero
|
0,44
|
|
Hormigón en masa
|
0,16
|
|
Tierra (adobe, tapial)
|
0,09
|
|
Madera
|
0,01
|
Fuente: Elaboración propia a partir de la tabla 5.
Conclusión
El ambiente construido se relaciona de forma precisa con el fuego
y el agua, el aire y la tierra, y su interacción con cada uno de
estos elementos involucra una transferencia de energía. Podemos
elegir (tanto las personas con formación técnica como las
profanas) si cada una de estas transferencias consumirá parte de
los stocks preciosos que conserva el planeta, transformándolos
en residuos, o si por el contrario se apegará a los flujos de
energía gratuita que nos llega del Sol. En un mundo amenazado por
el desorden, cada transferencia de energía debe ser analizada
cuidadosamente a fin de determinar sus implicaciones y averiguar
si se trata de una transferencia necesaria.
Quizá quepa todavía la esperanza de que el actual consumo
ordinario de los stocks de recursos se transforme en un consumo
extraordinario con el objetivo de alcanzar una nueva cultura
industrial apegada a la renta solar. Queda por ver si el
paradigma técnico nacido con la Revolución Industrial (después
de poner orden en sus sistemas de medida) estará preparado para
esta labor o si por el contrario será necesario un salto, que nos
lleve hacia adelante pero en la misma senda por la que transitaba
Vitruvio mucho más atrás en el tiempo.
Queda por ver también, si la conciencia humana tendrá suficiente
sensibilidad como para elegir la senda sensata o si por el
contrario preferirá morir entre sus propios excrementos y
vómitos.
Referencias
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estado de la cuestión. (Madrid: Fundación Argentaria. Colección
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Vitruvio (1970!) Los diez Libros de Arquitectura. (Barcelona:
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Fecha de referencia: 15-11-2000
1: Conferencia dictada en Lima en 1995, en la Facultad de
Arquitectura y Urbanismo de la U.N. Federico Villarreal. En la
presente edición, corregida y aumentada, he conservado el enfoque
`latinoamericano' del original.
2: Relación de cada parte con su uso.
3: "Las especies de disposición [...] son el trazado en
planta, en alzado y en perspectiva."
4: "Concordancia uniforme entre la obra entera y sus
miembros".
5: Sus dudas al respecto son bastante intensas, pues cuatro
páginas más adelante divide la arquitectura en tres partes:
Construcción, Gnómica y Mecánica. Por interesante y sugerente que
sea, no debe olvidarse que este tratado es el
único tratado
clásico que nos ha llegado, y la probabilidad de que sea lo mejor
de su época es pequeña.
6: Vitruvio escribe en el apogeo del Imperio, cuando la
cultura `doméstica' griega y romana habían sido abandonadas.
7: Según otros sería ahorro de otras estrellas que explotaron
muchísimo tiempo atrás.
8: Salvo las estrellas fugaces y algún otro objeto que nos cae
encima, y ocasionales naves espaciales que enviamos fuera. Para
una descripción exacta debe tenerse también en cuenta la
posibilidad de expulsar gases atmosféricos, tales como el
hidrógeno, véase
[Lovelock, 1992].
9: La denominación de `energías limpias' es la apropiada,
aunque en el vocabulario
políticamente correcto no se acepta,
prefiriéndose el cajon de sastre de `energías renovables', donde
con poco esfuerzo cabe hasta la incineración de residuos, pues
¿no se renuevan todos los días nuestros cubos de basura? Véase
[Estevan, 1998].
10: "Economics and history of ideas",
The American Economic
Review, marzo de 1962, pp 3-4.
11: La edición de los
Elements d'economie politique que se
cita es la cuarta, publicada en 1900 y reimpresa por Librairie
Générale de Droit et Jurisprudence, Paris, 1952.
12: Ignorando por el momento la subjetividad de lo
útil y lo
necesario; recuérdese que tras la relatividad general también son
subjetivos el
espacio y el
tiempo.
13: Expresamente lo reconoce así Kevin O'Connor, miembro del
Departamento de Estadística del FMI, véase el boletín de esta
institución del 28 de febrero de 1994.
14: No falta aquí quien sigue defendiendo ante toda evidencia
el actual estado de cosas. El argumento es como sigue: "cuando
la
economía de mercado se aplique universalmente sin trabas, es
decir, cuando en la práctica el
Producto monetario sea igual a
la
Riqueza social, los problemas se solucionarán y ambas (ahora
la misma) se acrecentarán por igual. Porque el problema no reside
en que las reglas derivadas de
R=
P sean falsas sino en que no
producirán los efectos deseados hasta que no se consiga que
P sea
igual que
R". Las muy modernas nociones de
desarrollo sostenible,
economía ambiental,
monetarización del medio ambiente, etc, son
los primeros retoños de quienes hacen esta objeción, hijos que
precisamente empiezan a considerarse la alternativa al Estado del
Bienestar (en proceso de liquidación). Sin embargo, el hecho es
que la aplicación durante años de la
economía política estándar
ha conseguido que lo que era
Riqueza social vaya pasando poco a
poco a ser
Producto monetario. Si hace unos doscientos años el
aire puro en las ciudades, por supuesto limitado, era tan
abundante que su
escasez walrasiana era prácticamente nula y
había para todos, en nuestros días resulta cada vez más
escaso
y raro. Más aún, ahora se
produce en forma de urbanizaciones
periféricas que se
venden y que por tanto son
apropiables. A
quien piense que el ejemplo es trivial (y no lo es), no le ha de
costar gran esfuerzo encontrar otros objetos materiales o
inmateriales cuya
escasez no ha dejado de aumentar en vez de
disminuir, desde que entraron en el universo de lo
producido, lo
vendido, lo
apropiado (Milton Friedman propuso privatizar las
ballenas, a fin de asegurar su conservación dado que han acabado
por ser
escasas, demostrando un rigor
lógico poco común entre sus
colegas neoliberales). De la identificación final de
P con
R no
se obtendrá otra cosa que una escasez apabullante y general.
15: Un modo práctico de plantearse la sostenibilidad de un
proyecto o de una idea ha sido sugerido por Margarita de Luxán.
Consiste en preguntarse "¿qué pasaría si todos hiciéramos lo
mismo?".
16: Merece la pena una digresión sobre este concepto que
aparece con tanta frecuencia en las discusiones económicas y
técnicas. Su raíz es una intuición genial de Adam Smith, su
famosa
mano invisible: dejados los actores económicos a su libre
albedrío se alcanzará un
equilibrio que mejorará la situación de
todos. (Mención aparte merecería el estudio de la falsificación
del pensamiento de Adam Smith por sus epígonos neoliberales:
Smith no sólo sostuvo que el precio de las cosas era incalculable
en sentido literal, se opuso vigorosamente a la nueva forma de
propiedad que, andando el tiempo, dio lugar a la sociedad anónima
y a la empresa multinacional, y también advirtió que quizá la
actuación de la
mano invisible pudiera resultar catastrófica y
no conducir a las utopías por él deseadas; véase, por ejemplo,
[Galbraith, 1987];
[Chomsky, 1993];
[Aguilera, 1996]). La
intuición es genial porque Smith entrevió la existencia de un
equilibrio económico único y
duradero 150 años antes de que fuera
matemáticamente demostrada por Arrow y Debreu en 1954 (por ello
recibieron el premio Nobel). Aceptando ciertos supuestos
iniciales acerca de la naturaleza de la oferta y la demanda
(representadas por
funciones continuas y derivables: hermosas
construcciones matemáticas), la demostración es impecable aunque
se limita a afirmar que existe
al menos un equilibrio, pero no
responde a preguntas más interesantes: ¿será
único? ¿será
duradero? ¿puede alcanzarse desde cualquier posición de partida?
Además los propios supuestos son tan absolutamente irreales (por
supuesto, se basan en
P y no en
R) que la aplicabilidad de la
mano invisible a la gran mayoría de las situaciones reales es
nula: con otras descripciones apenas un poco más realistas de la
oferta y la demanda desaparece el
equilibrio económico único
deseado por Smith, sustituido por
muchos equilibrios posibles
mejores o peores (en los que ya no siempre todos los actores
salen ganado y entre los que, por tanto, hay que optar
políticamente), incluso por el
caos en situaciones muy comunes
en las cuales no puede hablarse siquiera de
equilibrio duradero.
La contrademostración del teorema de Arrow y Debreu resulta ser
tan impecable como la anterior (aunque a lo que parece no da
derecho al premio Nobel) a la par que más simple, hasta el punto
de poner en duda que las reglas de la
economía política estándar
puedan resultar siquiera útiles para gestionar la empresa
capitalista en situaciones no improbables (las crisis financieras
son un ejemplo de ello). La exaltación cada vez más universal y
ciega de la
lógica del mercado como panacea reguladora de la vida
social, nos acabará por dejar en manos del azar, fuera de
control; véase
[Guerrien, 1992];
[Naredo, 1987:447--448].
17: Las formulaciones de la economía ambiental que intentan
extender el universo del valor económico a los recursos vía su
monetarización (impuestos ecológicos, ecotasas, etc) no fomentan
esa equidad, por el contrario la destruyen. Los monetariamente
ricos siempre podrán acceder a los recursos escasos aunque este
acceso este fuertemente gravado por impuestos. De hecho, cuanto
más fuerte sea el gravamen, menos equitativo será el disfrute de
un recurso determinado.
Merece notarse, de todas formas, que las situaciones son
extraordinariamente diversas: un consumo bastante lujoso como es
el del transporte aéreo está libre de impuestos especiales sobre
carburantes y sobre el valor añadido, al revés que otros medios
más "populares", fuertemente gravados, como es el caso de los
combustibles para automóviles. (Los combustibles menos gravados
por impuestos se consumen en los EEUU, estado cuya posición
dominante en el tráfico aéreo le permite imponer este singular
estado de cosas.)
En consecuencia, en el establecimiento de nuevos marcos
institucionales vía impuestos, debería prestarse especial
atención a sus efectos sociales: en particular, a aquellos que
puedan incidir sobre el aumento o la disminución de la equidad
en el acceso a los recursos.
18: Esta expresión numérica de todas formas dista de ser
inequívoca. Mención aparte merecería la existencia de los
mercados financieros y de los mecanismos espúreos de creación del
dinero. Sólo en los breves paréntesis históricos en los que el
dinero se encarnaba en metales y en los que para averiguar el
valor de la moneda se pesaba ésta (con independencia de su valor
facial) tiene sentido pleno la magnitud monetaria. Véase
[Naredo
et Valero, 1999].
19: Para contrastar este y otros datos puede consultarse el
número monográfico de
Investigación y ciencia titulado
La gestión
del planeta Tierra (n. 158, 1989).
20: La imagen de la Tierra como una nave espacial no está
exenta de equívocos, que podemos ignorar de momento, pero véase
[Lovelock, 1992].
21: Para contrastar estos datos y obtener información
adicional, consúltese el número monográfico de
Investigación y
ciencia de noviembre de 1990:
La energía que la Tierra necesita,
n. 170.
22: Para un análisis más detallado, véase
[Vale et
Vale, 1991].
Ciudades para un futuro más sostenible
Boletín CF+S. Número 14. Diciembre 2000.
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Actualizado: 01 07 2002