ACOSO PSICOLÓGICO
Basado en trabajos del etólogo Konrad Lorenz, Heinz Leymann (1986), define mobbing como el fenómeno social en que una persona o grupo carente de ética ejerce -en general pero no exclusivamente en el lugar de trabajo- una violencia psicológica sutil pero extrema, a base de actos de hostigamiento frecuentes y persistentes contra un único individuo
quien, a consecuencia, es arrojado a una situación de soledad e indefensión prolongada. Como efecto de la alta frecuencia y larga duración de estas conductas hostiles, tal maltrato se traduce en un enorme suplicio psicológico, psicosomático y social de tremendas secuelas.
En forma sistemática y recurrente y durante un período prolongado -al menos una vez por semana y por más de seis meses- un estilo de comunicación hostil -de los que el más sutil es de modalidad pasivo-agresiva- es administrado intencionadamente con la finalidad de demoler las redes vinculares y comunicacionales de la víctima o víctimas, destruir su reputación, perturbar u
obstaculizar sus tareas y lograr finalmente que esa persona o personas acaben -en caso de serles posible- abandonando el lugar. Para ello aplica tácticas y técnicas aparentemente anodinas, difíciles de identificar: insinuaciones, alusiones malintencionadas, mentiras y humillaciones, sobrenombres, entrelineados y cosas semidichas, que hacen posible desestabilizar a alguien o incluso destruirlo sin que su círculo de allegados se percate de ello y pueda intervenir. Se trata de un comportamiento premeditado, ejecutado según una estrategia minuciosamente preconcebida con un objetivo claro y concreto: la anulación de la víctima.
Anular mediante conductas
orientadas a humillar, violentar e intimidar a quien las sufre, recortando su capacidad de comunicación e interacción con los compañeros (agresión extremadamente sutil en cuanto perversa), degradando su actividad laboral y dirigiendo contra él críticas infundadas y mentiras relativas a sus responsabilidades y hasta su vida personal, busca conseguir a mediano o largo plazo que la víctima se retire; el acoso psicológico tiene como objetivo intimidar, apocar, reducir, aplanar, amedrentar y consumir emocional e intelectualmente a la víctima, con vistas a eliminarla de la organización o a satisfacer la necesidad insaciable de agredir, controlar y destruir que presenta el hostigador, quien aprovecha la situación institucional para canalizar sus impulsos y tendencias psicopáticas. Cuando un proceso de acoso se instaura, la víctima es estigmatizada: se dice que el trato con ella es imposible, que tiene mal carácter o que está loca; se opina que su manera de ser es causa de
conflicto y la gente olvida cómo era antes y cómo es en otros contextos; se le hostiga para empujarlo a comportarse de un modo reprensible. Una vez que a la víctima se le saca de sus casillas no es extraño que se convierta en lo que se quiere convertirla.
Los mobbers o psicoterroristas no se centran –como cabría esperar- en sujetos serviciales, sumisos y disciplinados, sino sobre todo en personas éticamente inconformistas que, fundados en su inteligencia y formación, cuestionan los métodos y fórmulas de organización impuestos. Las víctimas de agresión suelen ser personas eficientes, atractivas y algo seductoras, a las que el agresor -temeroso
de perder protagonismo- considera peligrosas o amenazantes. Otra característica es la predisposición de la víctima al trabajo en equipo, a colaborar con sus compañeros facilitándoles información, instrumentos y medios en pro de objetivos colectivos. El ataque suele producirse cuando algún miembro de la institución -en algunos casos personas carismáticas y hábiles para las relaciones sociales- no acata liderazgos informales y pautas de sometimiento tácita o expresamente aceptadas por el resto. Lo que desencadena la conducta de acoso es una rencorosa irritación y envidia por los éxitos, méritos y cualidades de la víctima (inteligencia, capacidad, popularidad, ecuanimidad, etc.).
En cuanto al acosador, algunas cualidades que presenta son: exagerada centralización en sí mismo y necesidad compulsiva de aprobación, admiración y reconocimiento debida a carencias afectivas; alteración del sentido ético, carencia de sentido de culpabilidad (perversos, psicopáticos, intolerantes a las críticas); suele estar dotado de gran carisma e histrionismo, y por lo común se convierte activamente en líder informal; es competitivo pero profesionalmente mediocre y suele tener complejo de inferioridad; es agresivo, cobarde, mentiroso, compulsivo y tiene gran capacidad de improvisación. Le domina el miedo a perder sus privilegios o status, lo que le empuja a eliminar drásticamente cualquier potencial obstáculo o competencia.
En lo que hace al entorno, un porcentaje alto de los componentes -sujetos caracterizados por baja asertividad, falta de autonomía y autoeficacia, escasa confianza en sí mismos, tendencia al sometimiento y a la dependencia- se identifican con el agresor y se convierten en cómplices activos cuando justifican, celebran e incluso emulan su comportamiento. Detrás de esta actitud suele haber expectativas de algún tipo de beneficio o seguridad, o al menos temor de sufrir igual destino.
Existe además un entorno silencioso: suele estar compuesto por quienes se llevaban bien con la víctima, y en general han tomado mayor o menor distancia, en una actitud que puede caracterizarse como “temor al contagio”. Curiosamente nunca ven ni oyen nada:, y tienden a minimizar la magnitud del problema, convirtiéndose así en cómplices pasivos del hostigamiento.
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Gabriel Amos Bellos
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