Martes 20 de setiembre del 2005
:: JAVIER VALLE RIESTRA :: Atalaya democrática
:: La inmortalidad de Víctor Raúl (1)
Caso extraño el suyo; el de alguien que deja un melgar profundo tras su tempestuoso paso por la tierra sin haber llegado al poder. Todos los hombres de la estructura caudillesca e intelectual de, para mí, siempre Jefe, llegaron al Gobierno. Allí están en el Olimpo Lenin, Mao, Bonaparte, Bolívar, Trotski, Perón, Mussolini. Quizás, él, esotérico, visionario, premonitor, lo vaticinó en su antológico discurso del ocho de diciembre de mil novecientos treinta y uno cuando dijo:
Quienes han creído que la única misión del aprismo era llegar a Palacio, están equivocados. A Palacio llega cualquiera porque el camino de Palacio se compra con oro, o se conquista con fusiles. Pero la misión del aprismo era llegar a la conciencia del pueblo antes que llegar a Palacio. Y a la conciencia del pueblo no se llega con oro ni con fusiles.
Salvo el espejismo de supralegalidad insular que fue la Constituyente, Haya no llegó al poder. Todos esos años están jalonados por Sánchez Cerro, el de la zoocracia y el canibalismo, según More; por Benavides, inclemente en el acosamiento de Haya, que lo enfrentaba y afrentaba desde las catacumbas de Incahuasi sin más armas que un mimeógrafo, panfletos y simbólicas molotov; por Prado, frívolo, bancócrata, último virrey; por José Luis Bustamante y Rivero, comodatario del poder que olvidó, pese a su sagacidad jurídica, quién era el dómine; por Odría, taciturno tiranuelo manipulado por una oligarquía arcaizante, y vesánica; por Fernando Belaunde, que pese a su pureza personal, resultó electo por coacción y no por acción en franca inteligencia con el militarismo; por Velasco, la figura más negra del aquelarre castrense, repetidor incruento del sacrificio del Perú; Morales Bermúdez, hamletiano personaje, ubicuo, indeciso, católico pero seguidor de la herejía maniquea, castigado a borrar con los pies lo que hace con la mano; Fujimori, destrozador de la institucionalidad republicana en virtud del voto de la oclocracia, y Toledo, un aventurero que fingió de apóstol.
Pero todos estos mandones de la historia peruana protagonizaron un antiaprismo policial, mandando a los compañeros al paredón, al ostracismo o la lobera, intentando, al mismo tiempo, fingir aprismo social. Sánchez Cerro con las masas y las damas de la Parada. Benavides con el Seguro Social. Prado con su ficticio democratismo rooseveltiano. Odría con sus obras públicas y la participación de los trabajadores. Fernando Belaunde imitando al APRA en su búsqueda de interpretación autóctona de la realidad; plagiando el vocabulario, las siglas, la escenografía partidaria y hasta rodeándose de versiones mediocres de los grandes nombres del PAP, como Seoane. Y Velasco, ¡no se diga! Hablando de antiimperialismo (vociferante en público y obsecuente en privado); de Reforma Agraria (sin tierra para quien la trabaja); de González Prada (sin saber si era filósofo, escritor o botánico); expoliando El Comercio (aunque fuese para hacer miroquesadismo político sin los Miroquesada). El gran expropiado fue así el APRA. Nos imitaron sin citarnos. Nos copiaron sin poner comillas.
En vísperas de salir desterrado en mil novecientos veintitrés dijo: “Sólo la muerte será más fuerte que mi decisión de ser incansable en la cruzada libertadora”. Esta es la muerte que Haya nunca consideró fin sino episodio. Esa es la muerte de la que hablaba con familiaridad, como cuando relataba haber sabido en sueños desde su calabozo penitenciario los nombres de los compañeros fusilados en Trujillo. La muerte, la vida eterna, la magia, lo cósmico es lo que viene. Al hablarnos en “Ex combatientes y Desocupados” de la tumba pétrea de Karl Marx y el cadáver embalsamado de Lenin, nos dice “que la política moderna muestra que la fuerza de lo mágico debe renovarse” y que allí “está la ciencia de la moderna momificación para vencer a la muerte, detener la disolución y presentarnos al gran hombre eternamente fresco, permanentemente visible, siempre presente”. Y es aún más preciso en su discurso de Trujillo:
Porque, compañeros, esa es la gran lección que yo les debo a los muertos, a los mártires. Porque ellos me dicen desde sus tumbas: “Nosotros somos tus maestros. Anda más allá. Lleva tu partido hasta donde nosotros quisimos conducirlo. Haz de tu partido una religión. Haz de tu partido una huella eterna a través de la historia”.
El APRA seguirá siendo, mientras no llegue al poder en tono revolucionario, cristianismo de catacumba y no catolicismo que pacta con Emperadores. El APRA debe hacer crujir los dientes de los prevaricadores, de los ladrones de fondos públicos, de los derechistas mafiosos, de los militaristas responsables de crímenes contra la Democracia. No. No venimos a vender indulgencias plenarias. No venimos a amnistiar canallas. No venimos a traer la paz ni a blanquear sepulcros. Venimos a dar guerra y a echar fariseos. Queremos un país limpio. Queremos un país libre. Queremos un país sano. Un país moderno. Queremos acabar con los apóstatas que se disfrazan de apóstoles para predicar un evangelio pseudo-izquierdista luego de mil abjuraciones en orgías paganas con la burguesía decadente. No queremos ensayos socioeconómicos a costa del pueblo. Queremos hacer aprismo, y eso comienza por la toma de conciencia de nuestro espacio y de nuestro tiempo. Somos un país sateloide; un distrito del mundo; aprovechemos en bien de los pueblos lo que de positivo exista en ese mundo imperfecto; controlemos lo negativo, enervémoslo. Las grandes masas esperan de sus nuevos conductores la verdad que siempre les dijo Haya. Y la verdad, sin academismos ni retórica, es que los peruanos de hoy quieren libertades, trabajo, comida, colegios, servicios comunales. No hay hombre si hay hambre. Y no hay líder si no hay presente que se conjugue con un pasado. Si no hay consecuencia entre lo que se dice, lo que se hace y lo que se piensa.
Hace veintiséis años nos dejó nuestro más grande pensador viviente. Con Epicuro podremos decir, en esta hora de indecible dolor, que la muerte no es un infortunio para quien muere, sino para quien sobrevive. El pueblo peruano ha estallado en lágrimas. Hubiera querido que el antiaprismo profesional tuviese un solo rostro para escupirlo por sus culpas en esta frustración, en el truncamiento temporal de una obra. Igual le pasó a Moisés cuando Dios le impidió entrar en la tierra prometida diciéndole “dirige tus ojos hacia el occidente, el septentrión, el mediodía y el oriente y contémplala con tus ojos, pues no has de pasar este Jordán. Lo hará Josué”.
¿Quién será nuestro Josué? No lo sé. Quien lo sea no se empine sobre su mediocridad mortal y recuerde Deuteronomio 34, versículo 10:
No ha vuelto a surgir profeta semejante a Moisés, con quien cara a cara tratase Dios ni en cuanto a las maravillas y portentos que Dios le mandó hacer en la tierra de Egipto contra el Faraón y contra todos sus servidores y todo su territorio ni en cuanto a su mano poderosa y a tantos terribles prodigios como él hizo...
Quienes han creído que la única misión del aprismo era llegar a Palacio, están equivocados. A Palacio llega cualquiera porque el camino de Palacio se compra con oro, o se conquista con fusiles. Pero la misión del aprismo era llegar a la conciencia del pueblo antes que llegar a Palacio. Y a la conciencia del pueblo no se llega con oro ni con fusiles.
Salvo el espejismo de supralegalidad insular que fue la Constituyente, Haya no llegó al poder. Todos esos años están jalonados por Sánchez Cerro, el de la zoocracia y el canibalismo, según More; por Benavides, inclemente en el acosamiento de Haya, que lo enfrentaba y afrentaba desde las catacumbas de Incahuasi sin más armas que un mimeógrafo, panfletos y simbólicas molotov; por Prado, frívolo, bancócrata, último virrey; por José Luis Bustamante y Rivero, comodatario del poder que olvidó, pese a su sagacidad jurídica, quién era el dómine; por Odría, taciturno tiranuelo manipulado por una oligarquía arcaizante, y vesánica; por Fernando Belaunde, que pese a su pureza personal, resultó electo por coacción y no por acción en franca inteligencia con el militarismo; por Velasco, la figura más negra del aquelarre castrense, repetidor incruento del sacrificio del Perú; Morales Bermúdez, hamletiano personaje, ubicuo, indeciso, católico pero seguidor de la herejía maniquea, castigado a borrar con los pies lo que hace con la mano; Fujimori, destrozador de la institucionalidad republicana en virtud del voto de la oclocracia, y Toledo, un aventurero que fingió de apóstol.
Pero todos estos mandones de la historia peruana protagonizaron un antiaprismo policial, mandando a los compañeros al paredón, al ostracismo o la lobera, intentando, al mismo tiempo, fingir aprismo social. Sánchez Cerro con las masas y las damas de la Parada. Benavides con el Seguro Social. Prado con su ficticio democratismo rooseveltiano. Odría con sus obras públicas y la participación de los trabajadores. Fernando Belaunde imitando al APRA en su búsqueda de interpretación autóctona de la realidad; plagiando el vocabulario, las siglas, la escenografía partidaria y hasta rodeándose de versiones mediocres de los grandes nombres del PAP, como Seoane. Y Velasco, ¡no se diga! Hablando de antiimperialismo (vociferante en público y obsecuente en privado); de Reforma Agraria (sin tierra para quien la trabaja); de González Prada (sin saber si era filósofo, escritor o botánico); expoliando El Comercio (aunque fuese para hacer miroquesadismo político sin los Miroquesada). El gran expropiado fue así el APRA. Nos imitaron sin citarnos. Nos copiaron sin poner comillas.
En vísperas de salir desterrado en mil novecientos veintitrés dijo: “Sólo la muerte será más fuerte que mi decisión de ser incansable en la cruzada libertadora”. Esta es la muerte que Haya nunca consideró fin sino episodio. Esa es la muerte de la que hablaba con familiaridad, como cuando relataba haber sabido en sueños desde su calabozo penitenciario los nombres de los compañeros fusilados en Trujillo. La muerte, la vida eterna, la magia, lo cósmico es lo que viene. Al hablarnos en “Ex combatientes y Desocupados” de la tumba pétrea de Karl Marx y el cadáver embalsamado de Lenin, nos dice “que la política moderna muestra que la fuerza de lo mágico debe renovarse” y que allí “está la ciencia de la moderna momificación para vencer a la muerte, detener la disolución y presentarnos al gran hombre eternamente fresco, permanentemente visible, siempre presente”. Y es aún más preciso en su discurso de Trujillo:
Porque, compañeros, esa es la gran lección que yo les debo a los muertos, a los mártires. Porque ellos me dicen desde sus tumbas: “Nosotros somos tus maestros. Anda más allá. Lleva tu partido hasta donde nosotros quisimos conducirlo. Haz de tu partido una religión. Haz de tu partido una huella eterna a través de la historia”.
El APRA seguirá siendo, mientras no llegue al poder en tono revolucionario, cristianismo de catacumba y no catolicismo que pacta con Emperadores. El APRA debe hacer crujir los dientes de los prevaricadores, de los ladrones de fondos públicos, de los derechistas mafiosos, de los militaristas responsables de crímenes contra la Democracia. No. No venimos a vender indulgencias plenarias. No venimos a amnistiar canallas. No venimos a traer la paz ni a blanquear sepulcros. Venimos a dar guerra y a echar fariseos. Queremos un país limpio. Queremos un país libre. Queremos un país sano. Un país moderno. Queremos acabar con los apóstatas que se disfrazan de apóstoles para predicar un evangelio pseudo-izquierdista luego de mil abjuraciones en orgías paganas con la burguesía decadente. No queremos ensayos socioeconómicos a costa del pueblo. Queremos hacer aprismo, y eso comienza por la toma de conciencia de nuestro espacio y de nuestro tiempo. Somos un país sateloide; un distrito del mundo; aprovechemos en bien de los pueblos lo que de positivo exista en ese mundo imperfecto; controlemos lo negativo, enervémoslo. Las grandes masas esperan de sus nuevos conductores la verdad que siempre les dijo Haya. Y la verdad, sin academismos ni retórica, es que los peruanos de hoy quieren libertades, trabajo, comida, colegios, servicios comunales. No hay hombre si hay hambre. Y no hay líder si no hay presente que se conjugue con un pasado. Si no hay consecuencia entre lo que se dice, lo que se hace y lo que se piensa.
Hace veintiséis años nos dejó nuestro más grande pensador viviente. Con Epicuro podremos decir, en esta hora de indecible dolor, que la muerte no es un infortunio para quien muere, sino para quien sobrevive. El pueblo peruano ha estallado en lágrimas. Hubiera querido que el antiaprismo profesional tuviese un solo rostro para escupirlo por sus culpas en esta frustración, en el truncamiento temporal de una obra. Igual le pasó a Moisés cuando Dios le impidió entrar en la tierra prometida diciéndole “dirige tus ojos hacia el occidente, el septentrión, el mediodía y el oriente y contémplala con tus ojos, pues no has de pasar este Jordán. Lo hará Josué”.
¿Quién será nuestro Josué? No lo sé. Quien lo sea no se empine sobre su mediocridad mortal y recuerde Deuteronomio 34, versículo 10:
No ha vuelto a surgir profeta semejante a Moisés, con quien cara a cara tratase Dios ni en cuanto a las maravillas y portentos que Dios le mandó hacer en la tierra de Egipto contra el Faraón y contra todos sus servidores y todo su territorio ni en cuanto a su mano poderosa y a tantos terribles prodigios como él hizo...
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