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(para mis amigas musulmanas)

Un crimen y un error

El 'tirar a matar' y su desvergonzada justificación
llevan a Occidente a la frustración y a la derrota

Opinión - 16/08/2005 | Juan-José López Burniol

Fuente: El Periódico
Judgement at Nuremberg es una de las mejores películas
de Stanley Kramer. Fue estrenada en España, allá por
el año 1962, bajo el tramposo título de ¿Vencedores o
vencidos? Narra uno de los juicios celebrados en
Alemania, en 1948, para depurar las responsabilidades
de personajes del régimen nazi que actuaron desde y en
un segundo nivel. Concretamente, las de cuatro jueces
que, desde su alta magistratura, aplicaron con rigor
implacable las leyes infames sancionadas por el Tercer
Reich.
La película me impresionó hace cuarenta años, lo mismo
que al revisarla mucho tiempo después. La protagoniza
Burt Lancaster, que da vida a la figura del juez
Ernest Janning. Es una de sus mejores
interpretaciones, en la que encarna --con precisión y
sobriedad-- al prototipo de funcionario judicial de
estirpe prusiana, sólido en su formación, imbuido de
un profundo sentido de Estado, respetuoso hasta el
extremo con las formas, celoso de la dignidad de su
función y también proclive a abstraerse de la
singularidad del caso concreto en aras de la
supremacía de la norma. Janning es de esta clase de
jueces.
De las escenas de la película, una ha permanecido casi
intacta en mi memoria. Hacia el final, cuando ya se ha
probado que los encausados contribuyeron con sus
sentencias a consolidar un régimen criminal, Janning
siente la necesidad de justificarse ante el presidente
del tribunal que le juzga, un americano --Dan Haywood,
encarnado por Spencer Tracy-- de tradición y maneras
muy distintas a las suyas, pero al que ha llegado a
admirar por la forma discreta, profunda y
soterradamente humana, con la que ha conducido el
proceso. Janning solicita ser escuchado por Haywood en
privado. Tras dudarlo, éste accede. Llegado el momento
del encuentro cara a cara, Janning le dice a Haywood
que él sólo ha aplicado una ley por cuyo cumplimiento
debía velar, dada su condición de magistrado, que ha
actuado como un funcionario estricto, y que no es como
la chusma nazi que todo lo holló con sus excesos.
Haywood le mira y queda pensativo. Es un americano
típico de cuando Norteamérica no había perdido aún su
inocencia, un hombre corriente de los que pasean por
Main Street, la calle mayor que fijó para siempre
Sinclair Lewis. Tras una pausa, Haywood levanta
lentamente la cabeza, mira a Janning y le responde que
es culpable y que su responsabilidad comenzó el día
fatídico en que condenó por primera vez a un inocente,
a sabiendas de que su sentencia --pese a ser
formalmente legal-- era radicalmente injusta.
HAYWOOD acertaba. No hay más justicia que la justicia
del caso concreto. Ahí se halla la razón profunda de
la grandeza de la civilización occidental: su
afirmación de que cada persona, en sí misma
considerada, es el sujeto único e irrepetible de su
propia historia, por lo que no se puede privar de la
vida a nadie en aras de un pretendido interés
colectivo superior, más allá de los estrictos límites
de la legítima defensa. Así se ha desarrollado, siglo
tras siglo, la triple raíz de la cultura europea
--filosofía griega, derecho romano y teología
cristiana--, fructificando bajo la forma de unos
derechos humanos que --vertebrados por los principios
de libertad, igualdad y solidaridad-- han constituido
el impulso profundo del desarrollo social y del
progreso económico de Occidente.

Todo esto viene a cuento de una tremenda noticia
llegada desde Londres. El comisario jefe de Scotland
Yard, sir Ian Blair, ha pedido disculpas por la muerte
del brasileño de 27 años Jean-Charles de Menezes,
abatido a tiros por la policía en una estación de
metro de Londres al ser confundido con un terrorista
suicida. No obstante, Blair no ha descartado que
hechos como los del viernes puedan volver a ocurrir ya
que, según ha señalado, la policía seguirá aplicando
su nueva política de "tirar a matar" a los sospechosos
de preparar o cometer atentados, "para proteger" a los
ciudadanos.
Lo peor de esta historia no son los hechos, pese a ser
terribles, sino su pretendida justificación con el
desvergonzado argumento de que todo vale "para
proteger a los ciudadanos". Porque, desde que el
fuego, el dolor y la sangre alcanzaron al corazón del
imperio americano, Occidente ha iniciado, bajo el
liderazgo de los dos grandes países anglosajones y con
olvido de sus raíces culturales, un camino que pasa
por la utilización sin complejos de la violencia no
sujeta a norma y que conduce al enrocamiento en
defensa cerrada de los propios intereses. La injusta
guerra preventiva contra Irak, la venganza de
Guantánamo y la muerte de De Menezes son etapas de la
ruta equivocada que hemos tomado.
ESTÁ CLARO que hay que luchar contra el terrorismo; y
que hay que hacerlo desde la convicción de que, más
allá de la voluntad firme de eliminar las situaciones
de injusticia que pueden propiciar su aparición, todos
los terroristas son potencialmente unos nihilistas que
no atienden más razón que la de la fuerza. Pero esta
fuerza --que sólo se hace efectiva mediante la
violencia-- ha de ser legítima, es decir, ha de estar
sujeta a norma. De lo contrario, se comete un crimen y
se incurre en un error, porque el respeto a la ley es
el eje axial de nuestra cultura, sin el cual dejamos
de ser nosotros mismos.
En la aparente fortaleza de la injusticia provocada
por la violencia no sujeta a norma, se halla el inicio
de toda decadencia. Por ello, si hoy doblasen las
campanas, deberían hacerlo no sólo por el pobre De
Menezes, muerto para nada, sino por todos nosotros,
que, al ser infieles a las raíces de nuestra cultura,
estamos comenzando a andar el camino que conduce
inexorablemente primero a la frustración y después a
la derrota.
Fecha Original:09/08/2005





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