A veces me pongo a pensar en mi educación. Después de la Segunda Guerra Mundial, fui a la Universidad de Chicago durante algún tiempo. Estudié en el Departamento de Antropología. Por entonces enseñaban que no había diferencia alguna entre unas personas y otras. Debían enseñarlo todavía.
Otra cosa que nos enseñaban era que nadie era ridículo, ni malo, ni desagradable. Poco antes de morir mi padre me dijo:
— Mira, hijo, no escribas nunca una novela con un personaje malo.
Y yo le contesté que ésa era una de las cosas que había aprendido en la universidad, después de la guerra.
Kurt Vonnegut Jr., (1969): Matadero Cinco, o «La cruzada de los inocentes»: Una danza forzosa con la muerte por un miembro de la cuarta generación germanoamericana, ahora cómodamente instalado en Cape Cod (aunque fumando en exceso), quien, como soldado americano «hors de combat» y prisionero de guerra, fue testigo del bombardeo de Dresde (Alemania), antaño llamada «la Florencia del Elba», y que sobrevivió para narrar la historia. Barcelona: Editorial Bruguera, 1977. Pág. 21.