La imaginación del signo
Roland Barthes
1962
Todo signo incluye o implica tres relaciones.
[Las relaciones semiológicas]
En primer lugar, una relación interior, la que une su significante a su significado; luego, dos relaciones exteriores: la primera es virtual, une el signo a una reserva específica de otros signos, de la que se le separa para insertarlo en el discurso; la segunda es actual, une el signo a los otros signos del enunciado que le preceden o le suceden.
[La relación simbólica]
El primer tipo de relación aparece claramente en lo que suele llamarse un símbolo; por ejemplo, la cruz "simboliza" el cristianismo, el muro de los Federados "simboliza" la Commune, el rojo "simboliza" la prohibición de pasar; llamaremos pues a esta primera relación, relación simbolica, aunque no sólo aparezca en los símbolos sino también en los signos (que son, hablando aproximadamente, símbolos puramente convencionales).
[La relación paradigmática]
El segundo plano de relación implica la existencia para cada signo, de una reserva o "memoria" organizada de formas de la que se distingue gracias a la menor diferencia necesaria y suficiente para operar un cambio de sentido; en "lupum" [al lobo], el elemento -um (que es un signo, y más concretamente un morfema) sólo manifiesta su sentido de acusativo, en tanto que se opone al resto (virtual) de la declinación (-us, -i, -o, etc.); el rojo sólo significa la prohibición en cuanto se opone sistemáticamente al verde y al ámbar (es obvio que si no hubiera más color que el rojo, el rojo se opodría, a pesar de todo, a la ausencia de color); este plano de relación es pues el del sistema, llamado a veces paradigma; llamaremos pues a este segundo tipo de relación, relación paradigmática.
[La relación sintagmática]
Según el tercer plano de relación, el signo ya no se sitúa en relación a sus "hermanos" (virtuales), sino en relación a sus "vecinos" (actuales); en homo homini lupus [el hombre es el lobo de los hombres], lupus [lobo] mantiene ciertas relaciones como homo [el hombre] y homini [de los hombres]; en la indumentaria, los elementos de un atuendo se asocian según determinadas reglas: ponerse un jersey, una chaqueta de cuero es crear entre estados dos piezas una asociación pasajera pero significante, análoga a la que une las palabras de una frase; este plano de asociación es el plano del sintagma, y llamaremos a la tercera relación, relación sintagmática.
[Las conciencias semiológicas]
Ahora bien, parece que cuando nos interesamos por el fenómeno significante (y este interés puede proceder de horizontes muy diferentes) nos veamos irresistiblemente impulsados a centrar este interés en una de estas tres relaciones, más que en las otras dos; tan pronto "vemos" el signo bajo su aspecto simbólico, como bajo su aspecto sistemático, como bajo su aspecto sintagmático; a veces es por ignorancia pura y simple de las relaciones vecinas: el simbolismo durante mucho tiempo ha sido ciego a las relaciones formales del signo; pero incluso cuando las tres relaciones han sido advertidas (en lingüística , por ejemplo), cada cual (o cada escuela) tiende a fundar su análisis en una sola de las dimensiones del signo: hay desbordamiento de una visión sobre el conjunto del fenómeno significante, de modo que parece ser que puede hablarse de conciencias semiológicas diferentes (se trata, desde luego, de la conciencia del analista, no de la del usuario del signo).
Ahora bien, de una parte, la elección de una relación dominante implica en cada ocasión una determinada ideología; y por otra parte diríase, que a cada conciencia del signo (simbólica, paradigmática o sintagmática), o, al menos por la primera de un lado, y las otras dos del otro, corresponde a un determinado momento de la reflexión, ya sea individual, ya sea colectiva: el estructuralismo, en concreto, puede definirse como el paso de la conciencia simbólica a la conciencia paradigmática: hay una historia del signo, que es la historia de sus "conciencias".
[La conciencia simbólica]
La conciencia simbólica ve el signo en su dimensión profunda, podríamos casi decir: geológica, puesto que para ella, el escalonamiento del significado y del significante es lo que constituye el símbolo; tiene conciencia de una especie de relación vertical entre la cruz y el cristianismo: el cristianismo está bajo la cruz, como una masa profunda de creencias, de valores y de prácticas, más o menos disciplinada al nivel de su forma.
La verticalidad de la relación comporta dos consecuencias: de una parte, la relación vertical tiende a parecer solitaria: el símbolo parece erguido en el mundo, e incluso cuando se afirma su multiplicidad es bajo la forma de un "bosque", es decir, de una yuxtaposición anárquica de relaciones profundas, que sólo se comunican, por así decirlo, por sus raíces (los significados); y de otra parte, esta relación vertical aparece forzosamente como una relación analógica: la forma se parece (más o menos, pero siempre un poco) al contenido, como si en fin de cuentas estuviera producida por él, de modo que la conciencia simbólica quizás a veces encubre un determinismo mal liquidado: hay pues privilegio masivo de la semejanza (incluso cuando se insiste en el carácter inadecuado del signo).
La conciencia simbólica ha dominado la sociología de los símbolos, y, desde luego, una parte del psicoanálisis naciente, a pesar de que el propio Freud haya reconocido el carácter inexplicable (no analógico) de determinados símbolos; por otra parte ésa es la época en la que reina la palabra misma de símbolo; durante todo ese tiempo, el símbolo dispone de un prestigio mítico, el de la "riqueza": el símbolo es rico, y éste es el motivo, se dice, de que no pueda reducírsele a un "simple signo" (hoy podemos dudar de la "simplicidad" del signo): en él la forma está incesantemente desbordada por la fuerza y el movimiento del contenido; lo que ocurre es que, de hecho, para la conciencia simbólica, el símbolo es, más que una forma (codificada) de comunicación, sobre todo un instrumento (afectivo) de participación.
La palabra símbolo hoy ha envejecido un poco; suele reemplazársela por signo o significación. Este deslizamiento terminológico traduce un cierto agotamiento de la conciencia simbólica, sobre todo en lo concerniente el carácter analógico del significante y del significado; a pesar de todo esta conciencia sigue siendo típica, mientras la mirada analítica no se interesa (sea por ignorarlas o por oponerse a ellas) por las relaciones formales de los signos entre sí, pues la conciencia simbolica es esencialmente negación de la forma; en el signo, lo que le interesa es el significado: para ella, el significante nunca es más que un determinado.
[La conciencia paradigmática]
Desde el momento en que las formas de dos signos se comparan, o al menos se ven de un modo algo comparativo, se da la aparición de una cierta conciencia paradigmática; incluso al nivel del símbolo clásico, que es el menos desligado de los signos, si se presenta la ocasión de advertir la variación de dos formas simbólicas, las otras dimensiones del signo se descubren repentinamente; éste es por ejemplo el caso de la posición entre Cruz Roja y Media Luna Roja: de una parte Cruz y Media Luna dejan de mantener una relación solitaria con su significado respectivo (cristianismo e islamismo), todo se incluye eun un sintagma estereotipado; y de otra parte forman entre sí un juego de términos distintivos, cada uno de los cuales corresponde a un significado diferente: ha nacido el paradigma.
La conciencia paradigmática define pues el sentido, no como el simple encuentro de un significante y un significado, sino, según la bella expresión de Merleu-Ponty, como una verdadera "modulación de coexistencia"; sustituye la relación bilateral de la conciencia simbólica (incluso cuando esta relación está multiplicada), una relación (al menos) cuadrilateral, o más exactamente, homológica.
La conciencia paradigmática es lo que ha permitido a Cl. Lévi-Strauss (entre otros resultados) renovar el problema totémico: mientras la conciencia simbólica busca en vano los caracteres "plenos", más o menos analógicos, que unen un significante (el tótem) a un significado (el clan), la conciencia paradigmática establece una homología (la expresión es de Cl. Lévi-Strauss) entre la relación de dos tótems y la de dos clanes (aquí no se discute la cuestión de saber si el paradigma es forzosamente binario). Naturalmente, al retener del significado sólo su papel demostrativo (designa el significante y permite descubrir los términos de la oposición), la conciencia paradigmática tiende a vaciarlo: pero no por ello vacía la significación.
Evidentemente, es la conciencia paradigmática la que ha permitido (o expresado) el desarrollo extraordinario de la fonología, ciencia de los paradigmas ejemplares (señalado/no-señalado): ella es la que, a través de la obra de Cl. Lévi-Strauss, define el umbral estructuralista.
[La conciencia sintagmática]
La conciencia sintagmática es conciencia de las relaciones que unen los signos entre sí al nivel del discurso mismo, es decir, esencialmente obligaciones, tolerancias y libertades de asociación del signo.
Esta conciencia ha marcado dos trabajos lingüísticos de la escuela de Yale, y fuera de la lingüística, las investigaciones de la escuela formalista rusa, especialmente las de Propp en el dominio del cuento popular eslavo (debido a lo cual puede esperarse que ilumine un día el análisis de los grandes "relatos" contemporáneos, desde el "suceso" a la novela popular).
Pero sin dusa ésta no es la única orientación de la conciencia sintagmática; de las tres conciencias, sin duda es ésta la que puede mejor prescindir del significado: más que una conciencia semántica es una conciencia estructural; sin duda éste es el motivo de que sea la que más se acerca a la práctica: ella es la que permite imaginar conjuntos operacionales, dispatchings, clasificaciones complejas: la conciencia paradigmática ha permitido el fecundo retorno del decimalismo al binarismo; pero es la conciencia sintagmática la que permite verdaderamente concebir los "programas" cibernéticos, del mismo modo que permitió a Propp y a Lévi-Strauss reconstruir las "series" míticas.
[Las imaginaciones semiológicas]
Quizás un día sea posible reemprender la descripción de estas conciencias semánticas, tratar de vincularlas a una historia; quizás un día pueda hacerse la semiología de los semiólogos, el análisis estructural de los estructuralistas. Lo que aquí queríamos simplemente decir es que hay probablemente una verdadera imaginación del signo; el signo no es tan sólo el objeto de un conocimiento particular, sino también el objeto de una visión, análoga a la de las esferas celestes en el Sueño de Escipión, o próxima a las representaciones moleculares de que se sirven los químicos; el semiólogo ve al signo moverse en el campo de la significación, enumera sus valencias, traza su configuración: para él el signo es una idea sensible.
En las tres conciencias (aún pasablemente técnicas) que acabamos de tratar, hay pues que suponer un ensanchamiento hacia tipos de imaginación mucho más amplios, que podríamos encontrar movilizados en otros muchos objetos distintos del signo.
[La imaginación profunda: la imaginación simbólica]
La conciencia simbólica implica una imaginación de la profundidad; vive el mundo como la relación de una forma superficial y de un Abgrund [abismo] multiforme, masivo, poderoso, y la imagen se remata con una dinámica muy fuerte: la relación de la forma y del contenido está incesantemente impulsada por el tiempo (la historia), la superestructura desbordada por la infraestructura sin que nunca pueda llegar a captarse la estructura misma.
[La imaginación formal: la imaginación paradigmática]
La conciencia paradigmática, por el contrario, es una imaginación formal; ve el significado ligado, como de perfil, a algunos significantes virtuales, de los que es a un tiempo próximo y distinto; ya no ve (o ve menos) el signo en su profundidad, lo ve en su perspectiva; la dinámica vinculada a esta visión es la de una llamada: el signo es citado fuera de una reserva terminada, ordenada, y esta llamada es el acto soberano de la significación: imaginación de agrimensor, de geómetra, de propietario del mundo, en el que se encuentra a gusto, puesto que el hombre, para significar, sólo tiene que elegir entre lo que se le presenta ya preestructurado, ya sea por su cerebro (en la hipótesis binarista) ya sea por la finitud material de las formas.
[La imaginación funcional: la imaginación sintagmática]
La imaginación sintagmática ya no ve (o ve menos) el signo en su perspectiva, sino que lo prevé en su extensión: sus vínculos antecedentes o consecuentes, los puentes que lanza hacia otros signos; se trata de una imaginación "estemmática", la de la cadena o de la red; la dinámica de la imagen es también aquí la de un ensamblamiento de partes móviles, sustitutivas, cuya combinación produce sentido, o más generalmente un objeto nuevo; se trata pues de una una imaginación propiamente fabricativa, o también funcional (el término es felizmente ambiguo, puesto que remite a la vez a la idea de una relación variable y a la de un uso).
[Las obras de la imaginación del signo]
Tales son (quizá) las tres imaginaciones del signo. Sin duda es posible vincular a cada una de ellas un determinado número de creaciones diferentes, en los órdenes más variados, pues nada de lo que se construye hoy en el mundo escapa al sentido.
[Las creaciones simbólicas: las obras profundas]
Para seguir en el orden de la creación intelectual (reciente), entre las obras de la imaginación profunda (simbólica), se podrá citar la crítica biográfica o histórica, la sociología de las "visiones", la novela realista o introspectiva, y de una manera general, las artes o los lenguajes "expresivos", postulando un significado soberano, extraído ya sea de una interioridad, ya sea de una historia.
[La creaciones paradigmáticas: las obras formales]
La imaginación formal (o paradigmática) implica una atención aguda a la variación de una serie de elementos recurrentes; se vinculará pues a ese tipo de imaginación el sueño y los relatos oníricos, las obras fuertemente temáticas y aquellas cuya estética implica el juego de ciertas conmutaciones (las novelas de Robbe-Grillet, por ejemplo).
[Las creaciones sintagmáticas: las obras funcionales]
La imaginación funcional (o sintagmática) alimenta finalmente todas las obras cuya fabricación, por ensamblaje de elementos discontinuos y móviles, constituye el espectáculo mismo: la poesía, el teatro épico, la música serial y las composiciones estructurales, de Mondrian a Butor.
1962, Arguments
Artículo publicado originalmente en Arguments, 1962. Esta versión castellana tomada de Roland Barthes (1964): Ensayos críticos, Barcelona: Editorial Seix Barral, 1983 (BUCV, Sala de Humanidades, PN710 B2755).
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