Crónicas de ciudad capital
1.
Forcejeo. Las miradas se enfrentan, odio y miedo arden en sus pupilas. Gritos. "Suéltala o te mato", "hijueputa ladrón". Jadeos entrecortados por las gotas de sudor que ruedan hasta las bocas. Sudor salado en una boca que tiembla reseca. A la distancia se escuchan motos. Desesperación, "no me van a coger". Por entre pasajes y espacios de luz rompe el silencio de la noche al rasgar veloz el aire. Dos luces lo persiguen, lo rodean, lo pierden. Atraviesa su espacio natural para internarse en un lugar que no domina. En un parqueadero lo reencuentran las luces. "Ríndase, al suelo", "No me maten yo soy de San Luís, yo soy de San Luís", "al suelo o disparamos". Un destello aparece en un apartamento, pequeñas sombras de las ventanas cercanas. Expectación, murmullo, disparos. Uno, dos tres, cuatro, ¡impacto! Sangre en el cemento, lágrimas en el rostro. Lo arrastran hacia la microvan que alumbra la escena. Quien disparó, revólver humeante en mano, dirige el levantamiento del baleado. Ríe con ganas. "Ese tipo es un atleta, lo venimos persiguiendo desde San Luís". Los policías se retiran, la sangre empieza a secarse. En Chiminangos son las 4:30 de la madrugada.
2.
Las primeras luces del día dan inicio a la alborada, es el cumpleaños del barrio, lugar donde Leonardo Mosquera han vivido los últimos 17 años. No son muchos los que están celebrando pero entre ellos los dueños originales de apartamentos. Se conocen entre si, son amigos, brindan entre cerveza y cerveza por los tiempos idos y sólo unos pocos por los que vendrán. Pasan de los 50 años, sus caras secas denotan unas vidas difíciles, las sonrisas escasean. Leonardo reparte pólvora entre sus conocidos y con un fósforo enciende un cigarrillo Mustang y un volador que huye esperando escapar del mundo. Varios lo siguen mientras en el cielo la luz blanca de la mañana empieza a brillar. Las guitarras alegran con canciones inolvidables: "en una llamarada se quemaron nuestras vidas, quedando las pavesas de aquel inmenso amor...". Los jóvenes, ausentes, su celebración es por la noche. Las conversaciones se acaban, ya se recordó la inauguración del barrio realizada por Turbay Ayala y los problemas de seguridad. El presidente de la Junta de Acción Comunal aparece en la cancha con las ancianitas que hacen ejercicio. Es 22 de diciembre, domingo, no hay prisa por volver a las casas, aún quedan cervezas y parece ser que hará un día caluroso. Leonardo prende otro cigarrillo y abstrae su mirada en el cielo.
3.
"Buenos días". Mientras habla, espanta con un trapo rojo las moscas de la carne. "Yo vengo del Tolima desplazado por la violencia política que existía hace 30 años. De tanto rodar llegamos a un refugio en Palmira donde hoy está situada la Casa de la Cultura, allí... a la orden señora qué desea..." "...allí nos dieron posada y nos ayudaron a salir de nuevo adelante. Tenía 14 años, empecé a trabajar y pronto conseguí una bicicleta de mensajero, así pude ahorrar hasta comprar esta casa" -una tienda con una cachucha azul de aluminio donde todo es recomendable, con excepción del sifón situado al lado. "Si señor los plátanos están frescos, la carne también". Sus ojos castaño claro son luminosos, algo ensombrecidos por las horas de insomnio o algún conflicto, los dientes opacos, menos blancos que su cabello. Ramiro, el tendero, conversa con su cliente, le cuenta un poco de la historia de su vida. Esposa e hijas lo observan descansar un segundo, secarse el sudor de la frente, arreglarse la manchada camisa de trabajo. "Buenos días, qué le puedo ofrecer".
4.
Leonardo dirige su vista al cuarto piso del bloque 22c. Tras cinco meses de vivir allí, la obra negra que recibió ha ido desapareciendo. Mosaicos verde manzana reemplazan al cemento del baño, tubos de agua defectuosos fueron sellados y acondicionados. El charco antes llamado sala es hoy comedor de seis puestos. Falta pintar la fachada y algunos terminados interiores. Camina cuidadoso por la escalera en espiral, se agarra de la baranda metálica, pisa suave los escalones de cemento. Abre la puerta y contempla todo con sonrisa parca, su esposa saliendo de la cocina exclama, suspira: "sí, ahora esto parece una casa".
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Publicado por elperol para EL PEROL el 4/09/2008 08:00:00 AM