Testimonio de viejo aficionado
Un ‘americano’ de la ‘Barra del Gúasimo’
1973
Aclaremos. En mi familia la pasión por el equipo América nada tiene que ver
con el fútbol. Es una característica hereditaria, como el conservatismo en los
Borreros, la inteligencia en los Lleras, el ‘buen humor’ de los Velascos, la
interminable estatura de los Barberenas. Asistí con mi hermano mayor, quien
fuera el primer arquero del equipo, a la fundación del América. Institución
que, como la ciudad de Cali, ocurrió en dos sitios: en el portón de la casa de
Pepe Piedrahita y en una banca de la entonces llamada Plaza de Armas, frontera
al Cuartel del Pichincha, cuya almenado edificio de nobles ladrillos fue
derruido sin que aun no se sepa por qué. Los Bonillas Aragones comos
‘americanos’, tanto como liberales, tercos, buenos amigos y mejores enemigos y
cerreros. Mi hija Ximena, a quien el fútbol como tal le importa un pito,
asiste al Campín cuando juega el América, para llorar con increíble masoquismo,
con las indefectibles derrotas. Ha gritado más estimulando a
Barbi Ortiz y al negrito Riascos, que al doctor Carlos Lleras y al torero Paco
Camino, que ya es mucho decir.
Sin embargo, creo que hace por los menos diez años no veo jugar al América. Y
si no fuera porque su divisa, por obvias razones, es para mí inolvidable, ya no
sabría cual es su color. La razón es muy sencilla. Yo, que comencé a ser
‘americano’ de la ‘Barrra del Gúasimo’ del viejo Estadio de ‘Galilea’, vi perder
al América muchas veces, pero cuando sus hombres daban el espectáculo, exhibían
sus saberes académicos y sudaban la camiseta.
Pero concurrir al estadio a ver perder a unos mal llamados deportistas para
quienes el equipo no es parte entrañable de su viga sino solo el patrón que los
contrata, no es cosa que me atraiga. No lo digo por todos, pero prefiero
limitarme a preguntar a las seis de la tarde de cada domingo por cuántos goles
perdimos.
Yo creo que el América está inadecuadamente presidido. Alberto Anzola es uno
de los más perfectos y cumplidos caballeros que haya conocido. Ejecutivo de
gran inteligencia, ha triunfado en todas sus empresas, menos en esa. A pesar de
que ama la camiseta escarlata, tanto como yo. Pero acontece que Alberto habla
un idioma distinto del que se usa en el fútbol. M e imagino que conversa con
los jugadores con el mismo léxico que usa para exponer ante la Junta Directiva
del Ingenio Manuelita sus proyectos financieros e industriales. Y eso ni lo
entienden los futbolistas, ni les gusta. Sin intención alguna peyorativa, -Dios
me libre de hacerlo-, ellos son la versión moderna de los antiguos gladiadores
que combatían con las fieras en el circo romano y que por eso eran llamados los
bestiarios.
Por todo lo anterior, si tuviera alguna influencia en el América haría lo
posible para que tuviera realización el proyecto de entregarlo a Anibal Aguirre
Arias y a las personas que él escogiera. Anibal es para mi el mejor dirigente
de fútbol profesional que tiene el país porque posee las tres AAA
indispensables: amor a esa actividad; astucia no propiamente indígena pero sí
antioqueña que es peor; y autoridad sobre esas indómitas tropillas. No olvido
que él y Adolfo Pedernera (uno de los pocos genios que en el fútbol han sido),
llevaron al América al borde del campeonato, que hubiera obtenido si un
malandrín no se los roba.
He dicho lo anterior, que sale de mis hábitos de escritor, por lo que dije al
comienzo de esta nota. Podría repetir con el cambista carioca aquello de ‘Oh
Flamengo que me haces llorar’…Ni más ni menos.
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