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TERCER PUESTO
Zaira María Amaya Lesmes
Revista CROMOS
Nació en Bogotá y es Bióloga egresada de la Universidad de los Andes. Realizó una
especialización en el Centro de estudios de Periodismo CEPER de la Universidad de
los Andes y luego asistió a cursos extensivos de Manejo Ambiental y Periodismo
Científico en Harvard Extension School, Boston USA.
Realizó una pasantía de la especialización con el Magazín Dominical de El
Espectador con Fernando Garavito. Se ha desempeñado en el cubrimiento de medio
Ambiente, Ciencia y realiza crónicas de temas variados como Política y educación y
reportes especiales para la revista CROMOS.
GENES A LA CARTA
Transgénicos. Suena a todo menos a desayuno, almuerzo o comida. A finales del
mes se decidirá si se concede la licencia - por primera vez – para producir y
comercializar un producto trasngénico en Colombia. Esta vez es el clavel azul, pero
después puede ser el maíz o la papa que usted come diariamente.
A lindo los claveles azules!, y no todos son teñidos con anilina. Muchas veces los
floreros de su casa, llenos de claveles, tienen algo de petunia aunque usted no las
vea. Si, entre sus genes los claveles llevan un inserto de gen de petunia y, gracias a
este, la flor adquiere el color azul. Igual que el maíz de las arepas del desayuno:
quizá contenga un gen de una bacteria que hizo que no fuera atacado por alguna
plaga cuando estaba en el campo. O la papa que resiste cualquier helada porque le
han metido un gen del salmón. Bueno, al fin de cuentas lo que importa es que la flor
se vea bonita o que la arepa esté rica, dice uno.
Pero, si usted supiera que lo que come tiene algo de bacteria o que eso que le
sirvieron tiene partes de planta y partes de animal, seguiría tan tranquilo? Este es el
gran debate que lleva más de dos año en Europa y que está llegando a nuestro país.
En febrero, la prensa le hizo eco a la denuncia de Greenpeace por el barco que llegó
a Cartagena cargado de maíz importado, posiblemente transgénico, pero el asunto
no trascendió. Se oyó el término por unos días, pero después se lo tragó el olvido.
Es un hecho que al país puede estar entrando una cantidad considerable de
organismos Modificados Genéticamente (OMG) es el término oficial para los
productos que hayan sido alterados por técnicas de ingeniería genética – puesto que
el 70 por ciento del maíz y el 80 por ciento de la soya que consumimos son
importados, en su mayoría de Estados Unidos, en donde este año se espera que la
totalidad de la soya sea transgénica. Cualquier restricción al ingreso de productos
agrícolas a un país va en contravía de los acuerdos sobre agricultura de la
Organización Mundial del Comercio (OMC), así que no hay una legislación que exija
que se conozca el origen de los productos o que se especifique si son o no
transgénicos. Un 60 por ciento de los alimentos procesados, por ejemplo, contienen
soya, desde la comida para bebes hasta los aderezos para ensaladas. Aunque ha
habido una gran presión de la sociedad y las Organizaciones No Gubernamentales
de algunos países – principalmente de la Unión Europea – para que exija el
etiqueteado de los OMGs, esta condición tampoco funciona para el comercio
internacional.
En Colombia se empezó a legislar sobre el tema hace menos de un año y se han
dado pasos importantes. La creación del Consejo Técnico Nacional de Bioseguridad
permite que un grupo conformado por miembros del gobierno, de la academia y de
asociaciones privadas decidan qué OMGs se pueden investigar, producir y
comercializar en el país. Es precisamente este Consejo el que decidirá a finales de
este mes si se aprueba la producción del clavel azul transgénico. "Yo como técnico y
experto le daría la licencia sin problema al clavel", dice el presidente del Consejo y
Coordinador de la unidad de Recursos Genéticos y Bioseguridad del Instituto
Colombiano de Agricultura (ICA), Rodrigo Artunduaga.
Y es que cuando el producto no es para consumo humano no tiene tantas
implicaciones, y menos si no es una especie nativa del país – si lo fuera habría
posibilidad de que se cruzara con otras variedades – como sucede en este caso.
Todos los residuos tendrían que incinerarse para evitar cualquier contaminación o
que se conviertan en alimento de animales. Pero cuando los productos pasan a la
mesa familiar, la cosa es a otro precio y las dudas sobre los efectos en la salud
humana no son pocas.
La licencia para producir el primer transgénico en Colombia podría ser el paso inicial
de una larga cadena, pues hay otros cuantos en espera, aunque los demás solicitan
el permiso para producción con fines experimentales en campo, no de
comercialización. El Centro Internacional de Agricultura tropical CIAT, por ejemplo,
ya tiene en invernadero una variedad de arroz resistente al virus de la hoja blanca,
un problema muy frecuente en Latinoamérica que mata el cien por ciento de la
cosecha cuando ataca.
Fedepapa y la Federación de Cafeteros también están en lista y la variedad de café
resistente a la broca suena muy favorable para los agricultores del país. "Tenemos
que reconocer que somos una aldea global, y que si un producto le representa
ventajas al agricultor, lo siembre, prohíbase o no", dice Artunduaga refiriéndose a la
prohibición que existe en Colombia de sembrar granos importados como semilla.
En Brasil, por ejemplo, prohibieron la siembra de OMG en el estado más agrícola el
país, y hace dos meses encontraron 800 mil hectáreas de soya trasngénica porque
los cultivadores sembraron el grano importado. Jairo Cerón, investigador del Instituto
de Biotecnología de la Universidad Nacional – en donde se hizo la primera planta
transgénica del país: tabaco resistente a un herbicida – asegura haber visto hace
unos años cultivos de algodón transgénico en Cereal y de maíz en Palmira. Aunque
ni las empresas ni las entidades estatales lo reconozcan, no es raro haberlos
encontrado, pues antes de diciembre de 98 no existía la legislación. El principal
riesgo para la salud humana al consumir alimentos transgénicos es el adquirir
resistencia a antibióticos. A la planta se le introduce un gen que le da resistencia a
algún antibiótico. Esta podría pasar a quien se come el transgénico y de esa forma,
si por alguna razón le formularan un antibiótico similar para trancar una infección o
tratar alguna enfermedad, este no le haría ni cosquillas.
Los cambios por azar – mutaciones - son incontrolables en la transferencia de
genes y podría crearse resistencia a toda una gama de antibióticos utilizados en
medicina. Ahora, "si de mutaciones hablamos, qué se puede decir de los alimentos
normales que se riegan con las aguas del río Bogotá, llenas de todo tipo de
sustancias tóxicas y mutagénicas", dice Orlando Acosta, director del Departamento
de Ciencias Fisiológicas de la Universidad Nacional de Bogotá.
Otro argumento en contra del consumo de estos alimentos es que pueden producir
alergias o aumentar las que ya existen, pero para eso, según Acosta, se requiere
una predisposición de la persona hacia determinada sustancia. Es lo mismo que
sucede con cualquier alimento normal. "Habría que hacer pruebas, pero a todos los
alimentos, transgénicos o no, pues todos pueden contener sustancias alergénicas",
dice y cuenta que aunque no se pueden predecir los efectos a largo plazo, la
evidencia preliminar indica que no hay diferencia.
El potencial alergénico de estos productos es una de las principales razones por las
que se pide que se marquen con una etiqueta. Aunque se conoce la presión de las
multinacionales para que no se legisle a favor de esta medida, Alvaro Manera, de
Monsanto Colombia – una de las cinco empresas que controla el mercado de
transgénicos en el mundo, asegura que ellos piensan que el etiquetado debería ser
obligatorio si el potencial alergénico se debe al proceso biotecnológico. Pero ya se
sabe que comprobar tal cosa es casi imposible. "Monsanto defiende el derecho de la
gente de escoger, pero están tan seguro de la tecnología que los saca al mercado",
dice, y agrega que los estudios precios a los que se someten los productos duran
aproximadamente cinco años.
Y ahí viene otra parte de la controversia. La mayoría de científicos coinciden en
afirmar que e requiere mucho más tiempo para hacer las pruebas que lleven a una
certeza total y que permita predecir los efectos a largo plazo. El caso más polémico
fue el del científico Arpada Pusztai, que después de encontrar resultados
preocupantes sobre los efectos de la alimentación con papa transgénica en ratas,
pidió más recursos y más tiempo para continuar el estudio, pero no sólo le fue
negada su petición, sino que al divulgar en una entrevista de televisión sus
hallazgos, fue despedido del Instituto Rowett, el centro de investigaciones donde
había trabajado durante 37 años.
Y es que detrás de las investigaciones está una gran inversión, casi siempre de las
mismas empresas que producen las semillas y la tecnología y una afanosa carrera
de los países desarrollado de competir en el mercado internacional. Es significativo
que en los últimos años se hayan dado todo tipo de alianzas, fusiones y
adquisiciones entre las productoras de semillas y pesticidas. El 23 por ciento del
comercio global de semillas lo controlan las cinco principales empresas: Monsanto,
Novartis, SuPont, Aventis y AstraZeneca, y manejan prácticamente el 100 por ciento
de las semillas transgénicas. Las predicciones anuncian que las ganancia de esta
industria superarán los 3.000 millones de dólares en el año 2.000. además las
mismas empresas controlan dos tercios del mercado de plaguicidas. Esto último es
como si el dueño de un hospital comprara la funeraria y el cementerio del lado: gana
si se alienta el paciente, pero no deja de ganar si se muere. Mas del 70 por ciento de
los OMGs que se producen en el mundo son para resistencia a herbicidas o
plaguicidas, es decir, que se puede aplicar el químico sin que la cosecha se afecte,
puesto que a la planta de interés ya no le hace daño. De esta manera, Monsanto le
vende al agricultor las semillas de soya resistente al glifosato, y de paso le hace
firmar un contrato en el que se compromete a fumigarlo con Roundup – la marca
comercial del glifosato que ellos mismos producen – y a no utilizar la semilla que
bote la planta para sembrar una segunda cosecha. Ahora, Múnera asegura que las
plantas resistentes a herbicida requieren menor cantidad de fumigaciones y que así
el agricultor está ahorrando costos, pero por lo general lo que sucede es que quien
siembra las semillas transgénicas – obviamente más caras que las normales –
quiere proteger sus plantas y prefiere fumigarlas sin piedad. No ahorra dinero, pero
los costos ambientales sí son mucho más altos. Claro, si se pudiera realmente
disminuir el uso de pesticidas las ventajas tanto para el ambiente como para la salud
del consumidor serían inmensas.
Es aquí en donde aparece la gran brecha entre los países que producen la
tecnología y los que cada día se ven más obligados a comprarla. Si Colombia quiere
producir un arroz a un precio competitivo a nivel internacional, y los países
desarrollados siembran semillas transgénicas y obtienen una mayor producción, no
quedan muchas opciones. Ahora, se supone que esta tecnología tiene como fin
saciar el hambre del mundo y prepararse para el aumento de población de los
próximos años. Y probablemente esto podría funcionar, pero todo depende de en
manos de quien caiga y sobre todo del uso racional y la legislación clara y enérgica
que se imponga no sólo en cada país sino en las reglas del juego del mercado
internacional.

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