DOS INÉDITOS DE ROBERT LOUIS STEVENSON
Las fábulas de Stevenson [image: Añadir a Mi
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presenta dos fábulas inéditas del creador de Robinson Crusoe, un género en
el que el autor inglés derrochó originalidad y sobre el cual tenía su propia
teoría: sorprender al lector con audacia e ingenio pero sin ofrecer
soluciones fáciles o únicas al problema planteado. El relojero y El mono
científico, modelo esta última de ingenio e ironía, son los dos títulos que
reposaban en los fondos de la colección Beinecke de la Universidad de Yale.
Ambos publicados en The Times Literary Supplement (TLS). ANTONIO IRIARTE
BABELIA - 04-02-2006
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Una de las obras más originales y menos conocidas de Robert Louis Stevenson
(1850-1894) son sus *Fábulas,* una heterogénea colección de relatos breves
publicadas póstumamente por su amigo y mentor Sidney Colvin. Pese a su
relativa oscuridad, estas piezas han tenido siempre grandes admiradores.
Así, Jorge Luis Borges declaró a menudo cuánto les debía, como a RLS en
general, y en los últimos años de su vida llegó a publicar en colaboración
con Roberto Alifano una traducción de las *Fábulas* (Legasa, Buenos Aires,
1983), en cuyo prólogo afirmaba que, si bien se trataba de "un libro
lateral" en la obra del autor escocés, también era "una breve y secreta obra
maestra" en la que estaban toda "su imaginación, su coraje y su gracia".
Como género literario, sostenía Stevenson, una fábula había de sorprender al
lector por su audacia, y debía combinar siempre lo onírico con lo alegórico,
o un apólogo moral, pero sin ofrecer soluciones fáciles o únicas al problema
planteado. Corresponde al lector permanecer siempre alerta, para intentar
ser justo en un mundo injusto. No se conoce la fecha de composición de las *
Fábulas:* por su correspondencia, se sabe que RLS escribió las primeras
hacia 1874. Quizá sólo añadiera textos muy de vez en cuando durante los diez
años siguientes, aunque relatos como *Will el del molino* de 1878 o *
Markheim* de 1885 participan del espíritu de las fábulas. En el invierno de
1887-1888 redactó unas cuantas más y debió de pensar que tenía suficientes
para su publicación en libro, pues firmó un acuerdo con la editorial
Longman's en mayo de 1888. Durante sus viajes por el Pacífico y su
instalación última en Samoa, el proyecto fue postergado, aunque al menos dos
de las fábulas conocidas datan de esos años.
Las dos fábulas que aquí se presentan, *El Relojero* y *El mono
científico,*habían permanecido inéditas hasta ahora en los fondos de
la colección
Beinecke de la Universidad de Yale, aunque los especialistas conocían su
existencia. El profesor Ralph Parfect, del King's College de Londres, acaba
de editarlas en una revista académica *(English Literature in
Transition,*1880-1920, volumen 48, IV, 2005) y en el suplemento
literario del
* Times* del 20 de enero pasado. Son los únicos manuscritos que se conservan
del conjunto de fábulas y claramente formaban parte de una copia autógrafa
completa, sin fecha, pues las páginas de los relatos van numeradas,
respectivamente, de 15 a 19 y de 22 a 25. Pudiera tratarse de la que manejó
Sidney Colvin para su publicación original en la revista *Longman's Magazine
* en agosto y septiembre de 1895, y luego en volumen al año siguiente. En
opinión de Parfect, fue Colvin quien omitió estas dos fábulas, acaso por
parecerle inacabadas (es cierto que carecen de moraleja final en verso, pero
sólo tres de las veinte fábulas publicadas incluyen una), o faltas de una
última revisión (se aprecian en ellas algunas inconsistencias), o incluso
porque temía que el tono irreverente con que tratan de la religión y de la
ciencia hubiera podido deslucir la fama póstuma del autor (pero entre las
fábulas que editó Colvin hay otras no menos irreverentes o críticas con las
ideas de la época). Sea como fuere, su publicación permite añadir al canon
stevensoniano dos pequeñas joyas, que tratan temas que conservan plena
vigencia, y en las que el subversivo humor del autor y su exigente postura
ética destacan con su característica brillantez.
Antonio Iriarte, traductor de las obras de Stevenson en España.
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DOS INÉDITOS DE ROBERT LOUIS STEVENSON
FRAGMENTO LITERARIO
*El mono científico* [image: Añadir a Mi
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BABELIA - 04-02-2006
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Ellos dicen que nosotros no sufrimos y que somos lo que llaman autómatas;
así que yo tengo perfecto derecho a decir lo mismo de ellos
Resulta dudoso que exista algo como el bien o el mal, ¿de dónde sacaríamos a
tus criminales? -repuso el doctor
En cierta isla de las Antillas, había una vez una casa y junto a ella, un
bosquecillo. En la casa moraba un viviseccionista, y en los árboles una
tribu de monos antropoides. Vino a suceder que uno de éstos fue capturado
por el viviseccionista, que lo tuvo un tiempo metido en una jaula en su
laboratorio. Allí, el mono tuvo ocasión de espantarse mucho de lo que vio,
pero también de interesarse profundamente por todo lo que oyó. Como tuvo la
fortuna de escaparse en una fase temprana del experimento (que tenía el
número 701), y de volver con los suyos con apenas una ligera herida en una
pata, en conjunto pensaba que había salido ganando.
Nada más volver, dio en llamarse a sí mismo doctor y empezó a importunar a
sus vecinos con una pregunta: "¿Por qué no son progresistas los monos?".
-No sé qué significa progresista -dijo uno, y le arrojó un coco a su abuela.
-Ni lo sé, ni me importa -dijo otro, columpiándose de una rama próxima.
-¡Oh, calla ya! -gritó un tercero.
-¡A paseo con el progreso! -dijo el jefe, un viejo conservador partidario de
la fuerza física-. Intentad portaros mejor siendo como sois.
Pero cuando el mono científico consiguió estar a solas con los machos más
jóvenes, le escucharon con más atención.
-El hombre no es más que un mono que ha medrado -explicó, colgando de la
cola de una rama alta-. Al no disponer de un registro geológico completo,
resulta imposible decir cuánto le tomó ascender, y cuánto nos tomaría a
nosotros seguir sus pasos. Ahora bien, acometiendo enérgicamente *in medias
res* un sistema mío propio, creo que conseguiremos asombrar al mundo. El
hombre ha perdido siglos enteros con la religión, la moral, la poesía y
otras zarandajas; tuvieron que pasar más siglos hasta que llegó a la ciencia
como es debido, y sólo se ha iniciado en la vivisección anteayer. Nosotros
lo haremos al revés, y empezaremos por la vivisección.
-¿Y qué es eso de la vivisección, por todos los cocos?
El doctor explicó en detalle lo que había presenciado en el laboratorio, y
algunos de sus oyentes se mostraron encantados, pero no todos.
-¡Nunca había oído nada tan bestial! -exclamó un mono que había perdido una
oreja en una riña con una tía suya.
-¿Y para qué sirve? -preguntó otro.
-¿Es que no lo veis? -dijo el doctor-. Viviseccionando a los hombres,
descubriremos cómo estamos hechos los monos, y así progresaremos.
-¿Y por qué no viviseccionarnos unos a otros? -preguntó uno de los
discípulos, de ánimo disputador.
-¡Qué vergüenza! -exclamó el doctor-. No pienso quedarme sentado escuchando
estas cosas; por lo menos, no en público.
-¿Pero y si se trata de criminales? -preguntó el disputador.
-Resulta sumamente dudoso que exista algo como el bien o el mal: así pues,
¿de dónde sacaríamos a tus criminales? -repuso el doctor-. Además, el
público no lo permitiría. Y los hombres sirven exactamente lo mismo: es el
mismo género.
-Parece cruel para los hombres -dijo el simio con una sola oreja.
-Para empezar -dijo el doctor-, ellos dicen que nosotros no sufrimos y que
somos lo que llaman autómatas; así que yo tengo perfecto derecho a decir lo
mismo de ellos.
-Eso son tonterías -intervino el mono disputador-, y además, resulta
autodestructivo. Si no son más que autómatas, nada pueden enseñarnos de
nosotros mismos; y si nos pueden enseñar algo acerca de nosotros, ¡por todos
los cocos!, entonces tienen que sufrir.
-Soy de tu opinión en buena medida -dijo el doctor-, y de hecho ese
razonamiento es bueno sólo para las revistas mensuales. Admitamos que
sufren. Bueno, pues lo hacen en el interés de una raza inferior necesitada
de ayuda: nada puede haber más justo. Y además, sin duda haremos
descubrimientos que les resultarán útiles a ellos mismos.
-¿Pero cómo vamos a descubrir nada -inquirió el disputador-, cuando ni
siquiera sabemos qué tenemos que buscar?
-¡Que me corten la cola -gritó el doctor, irritado hasta perder la
compostura-, si no eres el mono de mente menos científica de todas las Islas
de Barlovento! ¡Saber *qué* buscar, estaría bueno! La verdadera ciencia no
tiene nada que ver con eso. Se va viviseccionando, por si acaso; y si se
descubre algo, ¿no es uno mismo el primer sorprendido?
-Tengo un último reparo -dijo el disputador-, y mira que no es que no piense
que podría resultar bien divertido, pero los hombres son fuertes, y además
tienen esas armas suyas.
-Por consiguiente, cogeremos bebés -concluyó el doctor.
Esa misma tarde, el doctor volvió al jardín del viviseccionista, sustrajo
una de sus navajas por la ventana del tocador y después, en una segunda
expedición, se llevó a su bebé del moisés de la habitación de los niños.
Se armó un buen jaleo en las cimas de los árboles. El mono de una sola
oreja, que era un tipo bondadoso, acunó al bebé en sus brazos; otro le llenó
la boca de nueces, y se dolió al ver que no se las comía.
-No tiene sentido común -dijo.
-Ojalá no llorara -dijo el mono de una sola oreja-, ¡se parece muchísimo a
un mono!
-Basta de niñerías -dijo el doctor-, dadme la navaja.
Pero al oír esto, el mono de una sola oreja perdió el ánimo, le escupió al
doctor, y huyó con el bebé a la copa del árbol de al lado.
-¡Anda y viviseccionate a ti mismo! -gritó el mono de una sola oreja.
Toda la tribu empezó a perseguirlo, chillando; el jaleo atrajo al jefe, que
andaba por el vecindario, espulgándose.
-¿Qué está pasando? -gritó el jefe. Y cuando se lo hubieron contado, se pasó
la pata por la frente, y empezó a dar voces-: ¡Por todos los cocos! ¿Qué
pesadilla es ésta? ¿Cómo pueden unos simios rebajarse a tamaña barbaridad?
¡Devolved ese bebé a su sitio!
-No tienes una mente científica -le dijo el doctor.
-No sé si tengo una mente científica o no -replicó el jefe-, pero sí tengo
un palo bien gordo y como le pongas una zarpa encima a ese bebé, te romperé
la cabeza con él.
Así que llevaron al bebé al jardín ante la casa. El viviseccionista (que era
un estimable hombre de familia) se llenó de contento, y fue tal su alivio,
que emprendió tres nuevos experimentos en su laboratorio antes de que
hubiera acabado el día.
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DOS INÉDITOS DE ROBERT LOUIS STEVENSON
FRAGMENTO LITERARIO
*El Relojero* [image: Añadir a Mi
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BABELIA - 04-02-2006
El culto del relojero vino a sustituir a otras religiones más tempranas,
como la adoración del agua, de los antepasados o la bárbara adoración del
manto de la chimenea
Había una garrafa sobre una mesa en el centro de la habitación. Durante casi
una semana, no había entrado nadie; la criada era descuidada y el agua
llevaba sin cambiarse un mes. La raza de animálculos dominante había
alcanzado así una gran antigüedad y estaba muy avanzada en los estudios
científicos. Su principal pasión era la astronomía: los filósofos se pasaban
los días contemplando los cuerpos celestiales; la sociedad se solazaba
discutiendo las teorías enfrentadas. Dos ventanas, la una que daba al este y
la otra al sur, les otorgaban dos años solares de distinta duración; el
segundo se mezclaba con el primero, el primero volvía a suceder al segundo
después de un intervalo de oscuridad. Muchas generaciones surgieron y
perecieron durante la noche; la tradición que defendía la existencia de un
sol se debilitó, hasta el punto de que algunos pesimistas llegaron a
desesperar de su regreso, y la luna, que por entonces estaba llena,
confundió a algunos de los más sabios. No fue hasta el sexto largo año solar
que surgió un animálculo de intelecto sin rival, que dio al traste con la
ciencia anterior y dejó un legado de los que invitan a la controversia.
Su hipótesis podría ser llamada Teoría de la Habitación. En parte, era
errónea: la habitación no estaba llena de agua potable; tampoco eran sus
paredes de la misma sustancia que el tapete de la mesa. Pero en la mayoría
de los puntos, la teoría casaba toscamente con los hechos. Su autor había
calculado hasta el millonésimo decimal la posición relativa de la garrafa,
la mesa, las paredes, los ornamentos del manto de la chimenea, y el reloj de
ocho días de cuerda, pues sus métodos e instrumentos eran exquisitamente
refinados. Hasta ahí, sus méritos eran reconocidos hasta por los más
escépticos. Pero el filósofo era un hombre de mente devota y obediente, y
había optado por aceptar una leyenda de su raza, y edificar sobre ella. En
los días primigenios, antes de que se hubiese desarrollado la ciencia, se
decía que el espacio oblongo amarillo de la pared norte se había abierto, y
que un objeto, enorme más allá de todo lo concebible, había aparecido, y se
había desplazado visiblemente en el espacio durante varias generaciones. Al
meteoro lo acompañaba en su órbita una luz: según algunos, más deslumbrante
que el sol; apenas más brillante que la luna según otros. Al tiempo, truenos
e inexplicables convulsiones hacían temblar la garrafa; se oía crujir los
costados del cielo; una detonación final marcó el momento de la
desaparición. Cuando los animálculos se hubieron recuperado de la impresión,
advirtieron que el espacio oblongo amarillo de la pared norte había retomado
su apariencia natural. Tal era el relato de los historiadores más críticos y
serios; en boca de los ignorantes, la cosa se desarrollaba de otra manera.
"En los viejos días caníbales -decían-, un animálculo de grandura inaudita
atravesó la pared; sostenía el sol en una garra; sus movimientos al nadar
hicieron temblar la garrafa entera; antes de salir, le hizo algo al reloj".
Para asombro de la sociedad, fue esta versión popular la que el filósofo
aceptó. Un coloso portador de luz similar al observado pasaba a fechas fijas
ante las paredes exteriores de la habitación; su tránsito por delante de una
ventana primero, y luego por delante de la otra, explicaba los años solares.
Pero el filósofo iba aún más lejos; en el Kosmos animalcular había un rasgo
de anormalidad superlativa: el reloj, con su péndulo, su esfera, y sus
manecillas. Generaciones de observadores habían probado más allá de toda
duda que el péndulo se balanceaba, las manecillas se arrastraban alrededor
de la esfera, el fenómeno de las campanadas se producía a intervalos
aproximadamente iguales, y que era por lo menos posible postular una
relación entre dichos intervalos y la procesión de las manecillas. Desde el
primer momento, la atención quedó suspendida del reloj: la prueba de que la
creación tenía un propósito se hallaba en él; el creador, que en sus demás
obras hablaba de forma oscura, parecía expresarse con su auténtica voz en el
reloj. Así, teísmo y ateísmo se enzarzaron a cuenta de la cuestión del
Relojero. El Newton animalcular era Relojerista, y se atrevió a aventurar
que el coloso que llevaba la lámpara alrededor de la habitación se vería
forzado a regular sus movimientos según la hora del reloj.
Entre los piadosos, los interrogantes del filósofo pronto fueron erigidos en
doctrinas de la iglesia. Se identificó con el sol al coloso de la leyenda, a
ambos con el hacedor del reloj. El culto del relojero vino a sustituir a
otras religiones más tempranas, como la adoración del agua, de los
antepasados o la bárbara adoración del manto de la chimenea; se le
atribuyeron al relojero todas las virtudes, y todo comportamiento
animalcular digno y decoroso quedó agrupado bajo la rúbrica de "Conducta
Relojera". El otro partido, entretanto, alzaba un clamor por el
animalculomorfismo. El filósofo había declarado que el agua ocupaba todo el
espacio. Nada había sido menos demostrado, nada era más difícil de probar;
más allá de la piel interior de la botella, el agua cesaba y, de ser así,
¿dónde estaba el Relojero? La vida implicaba la presencia de agua, el
pensamiento implicaba la presencia de agua. Nadie que no viviese en el agua
podría concebir la idea del tiempo, ¡cuanto menos hacer un reloj! Examinad
vuestras hipótesis (decían los relojeristas) y veréis en lo que quedan: ¡una
criatura acuática viviendo fuera del agua! ¿Pueden acaso unos animálculos
razonables distraerse con tamaña absurdidad? Y aun admitiendo lo imposible
-admitiendo (por hacer avanzar la discusión) que existan vida y pensamiento
más allá de las paredes de la garrafa-, ¿por qué no se manifiesta el
Relojero? Le sería fácil comunicarse con los animálculos; al hacer el reloj,
le hubiera resultado sencillo poner en la esfera signos inteligibles -la
cuadragésimo séptima proposición, por ejemplo- o incluso (de haberle
importado) alguna medida de la huida del tiempo. En lugar de eso, a
intervalos toscamente próximos a la igualdad, aparecen marcas sin sentido,
probablemente resultado de la ebullición. Así pues, si existe un relojero,
habrá que considerarlo una criatura frívola y maligna que hizo la garrafa,
la mesa y la habitación con la única intención de regodearse con las
tribulaciones de los animálculos. Estas opiniones encontraron su expresión
más violenta en boca de los poetas de la época. La infame *Oda a un
Relojero,* que hizo estremecerse a la sociedad entera, empezaba
aproximadamente así: "Enormes son tus pecados, / Tanto como una garrafa
entera. / Relojero, yo te desafío. / Tu crueldad es mayor que un jarrón
sobre la chimenea, / y redonda como la esfera del reloj. / Eres fuerte,
estás lleno de vanagloria; / Eres taimado e inventas relojes. / ¡Vanas son
tu fuerza y tu astucia! / Con que un solo animálculo de recto pensar te mire
a la cara, / Confundido quedas entre tus instrumentos. / Palideces, y te
ocultas en la trastienda".
De manera universal, se consideró que el poeta había ido demasiado lejos. Si
existía un Relojero, no cabía imaginar que dejase pasar sin castigo estas
manifestaciones; cabía temer incluso que toda la garrafa se viera envuelta
en su venganza. El poeta, tras un juicio en el que se enorgulleció de sus
horribles sentimientos, fue condenado y destruido en público; este acto de
rigor refrenó el espíritu librepensador durante algunas generaciones.
Se esperaba con ansiedad el alba del séptimo doble año solar. Cuando se
acercó el momento, todos los telescopios de la botella se orientaron hacia
la ventana del este o hacia el reloj; en cuanto hubo pasado, y en tanto se
ultimaban los cálculos, muchedumbres enteras aguardaban ante las puertas de
los astrónomos, algunos en oración, otros cruzando irreverentemente apuestas
acerca del resultado. Éste no fue concluyente. El reloj y el sol no estaban
acompasados de forma precisa: hasta para los más ardientes de los fieles
resultaba imposible cantar victoria. Pero la discrepancia era pequeña: y los
librepensadores más firmes eran conscientes de una íntima duda. Los piadosos
intentaron disimular su decepción en obras como *El Relojero revelado en
todas sus obras, Vindicación del Relojero,* y *Verdadera ciencia de hacer
relojes, expuesta y justificada;* los librepensadores magnificaron su
victoria en trabajos de características muy distintas. Conforme iban pasando
las horas, y una generación sucedía a otra, fue evidente que la fe se había
resentido. La creencia en un Relojero disminuyó de forma continua; pronto,
incluso el reloj mismo, con sus movimientos declinantes y su irregular
regularidad, se convirtió en objeto de chanzas.
En ese preciso momento, se vio abrirse el espacio oblongo amarillo de la
pared norte; entró el relojero, y procedió a darle cuerda al reloj.
La revolución fue absoluta: animálculos de toda edad y posición atestaron
los lugares de culto; la garrafa vibró con los salmos, y no hubo criatura
racional de un extremo de la botella al otro que no hubiese sacrificado
cuanto poseía por poder serle de ayuda al relojero.
Cuando hubo acabado de darle cuerda al reloj, el relojero se fijó en la
garrafa, y como quiera que se sentía muy sediento después de las cervezas de
la noche anterior, la apuró hasta las heces. Las tres semanas siguientes,
tuvo que guardar cama, enfermo; el médico que lo atendió hizo que se saneara
a fondo el suministro de agua de esa parte de la ciudad.
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Saludos,
Lobrea
Dr. Luis O. Brea Franco
Santo Domingo, D. N.
República Dominicana
Teléfono: 809-850-9580
[Se eliminaron del mensaje las partes que no eran texto]