Las Hermanas Mirabal
Por Ylonka Nacidit-Perdomo
"Si me matan, yo sacaré mis brazos de la tumba y seré más fuerte"
Minerva Mirabal (1926-1960).
En 1924, 1926 y 1935 nacen en las lejanas comarcas de Ojo de Agua,
en la provincia Salcedo, República Dominicana, Patria, Minerva y
María Teresa Mirabal Reyes, conocidas como Las Hermanas Mirabal, ya
que la historia de sus vidas representa el más eximio símbolo de la
subjetividad femenina ante la opresión de la cultura patriarcal.
Enfrascadas en un ámbito profundamente familiar, en una época
hermética dentro de un panorama político desolador, las hijas del
matrimonio formado por Enrique Mirabal y Mercedes Reyes, encarnan
desde el pasado al porvenir promisorio -para la mujer dominicana-
las voces que fueron capaces de desarticular un sistema
autoritario y despótico.
En Ojo de Agua conocieron del imperativo de la necesidad de la
libertad y el derecho a las palabras; moldearon sus almas y el deseo
amoroso de derribar los perjuicios hacia la participación política
de la mujer, y la hegemonía de un ser adicto a la violencia. Sus
miradas justicieras son el árbitro benevolente para conocer cómo la
incertidumbre es la cara oscura que aflige a los pueblos en
sumisión. Desesperada, angustiada por el sufrimiento de la Nación,
Minerva Mirabal es escogida por el destino para marcar el antes y el
después de una dictadura atroz.
La historia contemporánea de la República Dominicana recoge con
vehemencia, y una inmensa resonancia, la vida de estas tres mujeres
que a mediados del siglo XX, unidas por un mismo ideal, representan
como figuras emblemáticas la más hermosa propuesta de libertad.
Ellas enfrentaron al autoritarismo, alimentaron al pueblo de una
lucha épica coherente, escucharon el llamado de la Patria, y
escribieron con su existencia una crónica infinita de heroísmo,
abriendo una ventana al mundo para renovar las consciencias
dormidas y el confinamiento del pensamiento femenino.
Condenadas a la marginalidad política y a la exacerbada represión,
por las furias del tirano, fueron transgresivas del orden y del
totalitarismo, ofrecieron a la sociedad sus esperanzas como madres,
esposas e hijas, y encauzaron sus energías desde su cotidianidad a
poner fin a un régimen opresor.
Su vil asesinato, el 25 de noviembre de 1960, produjo incredulidad;
un crimen tan horrendo desplomó precipitadamente los cimientos del
último César del Caribe, estremeciendo a la comunidad internacional
ante una barbarie de tal naturaleza ordenada por las huestes del
caudillo. No hubo tregua desde entonces en la lucha por la
libertad, y las coordenadas de la justicia arrasaron con los
enemigos. Sucedió que estas próceres, heroínas, mártires idas a
destiempo, tienen hoy el privilegio de ser eternas, recordadas por
sus nombres, generación tras generación y en la memoria universal.
Las Hermanas Mirabal son nuestras inmortales próceres, heroínas de
peculiar inteligencia, dotadas de un carisma irrepetible y único,
cuyo amor por la Patria revela sus profundas virtudes de sacrificio
y entrega.
Exaltaron la equidad y el principio de igualdad, sellaron y
plasmaron con su muerte una historia que vive aún, renovándose
constantemente día a día, para guiar a los pueblos del mundo por los
caminos de la democracia y la participación, con una antorcha de luz.
El impacto de su muerte marcó en el siglo XX la lucha de la mujer
enfrentada a las fuerzas del poder político hegemónico.
Iluminaron "la rigidez de los papeles femeninos en una sociedad
marcada por el régimen patriarcal"; su acción enlazó los espacios de
lo público y lo privado porque actuaron como protagonistas
principales en el momento más crítico que conoce la historia
contemporánea de la República Dominicana.
El tránsito de sus vidas ha motivado múltiples estudios biográficos,
novelas, melodramas, recopilaciones poéticas, así como diversas
manifestaciones artísticas y estéticas, y más recientemente filmes.
Excepcionales mujeres, nobles, torturadas en un tortuoso vía crucis
de dolor, dieron el más noble ejemplo de civilidad, venciendo el
miedo y la mordaza impuesta sin flaquear ante el enemigo, marchando
en el último trayecto de su vida, el fatídico 25 de noviembre de
1960, a la gloria eterna que sólo la Patria amada entrega a sus
mejores hijas. No en vano Minerva Mirabal dijo como epílogo a su
sacrificio: "si me matan, yo sacaré mis brazos de la tumba y seré
más fuerte", inmortal frase que como emblema publicamos y recogimos
en la edición del 2001 de la Secretaría de Estado de la Mujer, del
tríptico "Día Internacional para la Eliminación de la Violencia
contra la Mujer".
En medio de los avatares de la historia, luego de la ejecución de
este crimen de indudable opresión genérica, proliferan y se
multiplican las voces que expresan la condición de la mujer, las
caras de la censura, los moldes de la represión gubernamental y las
máscaras de las propuestas patriarcales que marginan a la mujer de
las esferas del poder público.
La muerte de Las Hermanas Mirabal, sin lugar a dudas, condujo
al despertar de una conciencia provocada en los movimientos de
mujeres en diversas partes del mundo, enfrentándolas al momento de
provocar un cambio de paradigmas, y en los perjuicios sobre género,
produciendo el advenimiento de un escrutinio sobre los problemas
legítimos de la mujer, enfocándose concretamente en sus
experiencias, en diferentes culturas, sociedades e historias.
Las evidencias documentales revelan que Las Hermanas Mirabal no
pudieron escapar del acoso, al intersticio del orden jerárquico, a
una máquina atroz y represiva, cuyos horrores hicieron despertar a
los dominicanos a la autodeterminación.