Sobre la obra “1958 llorando a Elena” de Fania J.
Herrera/José Enrique Méndez Díaz
El diálogo como sujeto discursante es la estructura
literaria en la obra narradora: “1958 Llorando a
Elena” de Fania Jeannette Herrera, donde los atisbos
de su memoria cohesionan el realismo onírico que rige
el principio temático en su escritura.
La Coherencia y articulación de las frases y del
texto rige la organicidad semántica de la obra de la
sanjuanera Fania Jeannette Herrera.
Las creencias y prácticas mágico-religiosas de la
región sur de la República dominicana “la herejía de
un maniquí”, es parte del principio temático en la
obra. El montaje recoge como fuerza dramática
principal la concepción fundamental del campesino,
creencias, las cosas que le rodean: naturaleza,
religión, familia, etc.
Llorando a Elena 1958, es la obra ganadora del Primer
lugar en el 1er. Concurso Regional Sur de Literatura
Auspiciado por la Sociedad Literaria y Cultural
ATHENE, Inc., 1985.
Fania Jeannette Herrera Es una de las narradoras más
prometedoras del Sur. Nacida en San Juan de la
Maguana. Además de escribir cuentos, escribe poemas
para ser tomados muy en cuenta en la producción
poética de la mujer en la República Dominicana.
Fania Jeannette Herrera logra "tener alma de tigre
para lanzarse contra el lector", (..). . Al dar su
salto asesino hacia el tema, el tigre de la fauna
literaria está saltando también sobre nosotros
veamos:
1958 llorando a Elena
Fania Jeannette Herrera
San Juan de la Maguana
¡Ay Elena Galvá, te moriste!, y yo aún no
puedo creerlo porque me parece verte sentada en tu
balcón, en tu rústica mecedora de guano y madera sin
pulir, con tu aire de gran señora de este y todos los
dominios, moviendo descompasadamente tu abanico de
mano, combatiendo sin mucha convicción el fuerte
sopor canicular. ¡Ay mi Elena!, matrona del barrio
porque sí, generala de cinco estrellas, acostumbrada a
mandar y a ser obedecida. Modista de purísimas beatas
y hambreadas meretrices. Ni siquiera ahora, que
finalmente puedo verte en medio de esta confusión y
griteríos puedo creerlo; aparte de que no me ayuda tu
condición de muerta hermosa. Al contrario, te
recuerdo como te veía en mi niñez; altiva, con tus
voluminosas tetas de paridora magnífica con las que
alimentase nueve vástagos que según las malas
lenguas, nadie Elena, osaba decírtelo no sólo por tu
bien puesta y filosa lengua, como por aquello de que
el último se suponía hijo del teniente Santos
Ventura, terror y azote de esta barriada; vivero de
comunistas y refugio de ladrones en esa difícil Era.
¡Carajos Elena!, nunca pensé que te
morirías, ni lo creería nadie que te hubiese visto
como te vi yo: porte regio y fogoso instinto de gata
en celo. Rara mezcla de Doña Julia y Tongolele.
Sé que ahora resurgirán los comentarios, y
hasta creo probable que Mireya se alegre de que te
hayas muerto antes que ella por lo mucho que la hacías
sufrir cuando mandabas el amemao de Cholo a ponerle en
la vellonera de la esquina aquella canción en la que
Toña la Negra hacía galas de toda su quejumbrosidad,
y ella claro, jugando su papel de madre abnegada y
esposa del no menos respetable Don Gaspar Ramírez, se
estrellaba la cabeza en las paredes de pura rabia, sin
poderte decir lo mucho que te odiaba, mientras la
sirvienta de su casa, ajena a la barrial trama
canta-maullaba, “de
mu-jer-a-mu-jeeeeer-loluuuuu-cha-re-mos...”
¡Ay Elena! de ella, serpiente silenciosa,
vino toda tu desgracia y la fama de loca que te fue
dejando sola y hasta la gran vergüenza que te hizo
pasar el Padre Sebastián cuando te dejó en la fila con
la boca abierta, como lagarto hambriento, sin darle la
hostia, mientras detrás de ti cantaba el coro con
mística alegría aquello de: “Piedad Señor, piedad
Dios mío...” Todo porque le dijeron al Padre que se
te había ocurrido la herejía de un baniquí para
enviar al señor el último de los cuatro niños que se
te murieron, desechando con esto los santos y legales
oficios de la Santa Madre Iglesia, dueña per secula
seculorum de todas las almas, en este y todos los
confines habitables del universo, amén.
A través de la mantilla pude ver la
satisfecha sonrisa de Mireya, mientras nerviosamente
corría las cuentas del rosario que le trajo monseñor
Williamson de Tierra Santa en discreta y anglosajona
atención a su generosidad caribeña de sacos de arroz
y chivos berreadores a la puerta del convento.
Creo que fue a partir de ese momento,
cuando empezó a caer tu poderío y tu reclusión
voluntaria. Se fueron tus hijos y no vi jamás a tus
ahijados que eran tantos como chulos y ladrones había
en el barrio, ni volviste a las reuniones de las
Consagradas Hijas de María, ni al mercado, más que
vestida, enmarcada en tu ceñido María Victoria,
pañuelo de gasa al cuello, “buscanovio” en la frente y
tu hermoso canasto curazoleño al brazo. No, no
volviste a parte alguna y cada vez que se abrían
menos tus puertos y más las ventanas de tu casa, hasta
que finalmente me prohibiste abrir ambas, y me quedé
de buenas a primeras en franco encierro contigo, mi
emperatriz en chancletas en tu tropical castillo de
tablas de palma, alambrado de púas y zinc de medio
uso. Todo está tan vivo y fresco en mi memoria como
los árboles de tu modesto jardín todas las primaveras,
como lo era puntual agua de coco al atardecer y tu té
de Mejorana o Juana la Blanca al acostarnos y nuestra
fiel miseria de guisos de verdolaga y sandalias
recomendadas con hilo nylon; y mi increíble estupor
cuando en uno de esos lejanos días encontré la
letrina convertida en capilla; llena de velas, santos
y “trabajos” por todos los rincones. Con mi
consecuente renuncia a cagar teniendo detrás de mí a
un amenazante San Elías, ceño duro, espada en alto,
sabiendo que me observaba. La Gran Anaísa-de fastuoso
atuendo y constelada de joyas- en la más animal de
mis facetas. De este modo la función más natural e
íntima de mi vida se convirtió de pronto en un acto
sacro en el que convergía ni más honda vergüenza con
un increíble miedo.
Algo me consolaba por entonces, un hecho
simple; empujar una puerta, solo empujar, y dejar
atrás aquel fétido cuarto cargado de un denso humo
gris y de hileras de llamitas encendidas a quien sabe
cuántas memorias, para caer de golpe, como por
encanto, a un aire limpio, transparente, preñada del
olor del limoncillo, atravesar la veredita de blancas
piedras entre lirios y crotos, sangre de Cristo y
topetones y el aleteo vivaz e impaciente de las
mariposas. Hasta el revolotear de las gallinas me
llenaban de un modesto júbilo. Eso, hasta que
llegaron los torrenciales aguaceros de mayo, con los
que las flores se caían y la vereda se sumergía. ¡Y
qué risa me daba entonces verte caminar
dificultosamente con las chancletas enlodadas! Con
ese paso de, “donde vas mi cojita”, que mira un fli,
que mira un fla”, con un candil en la mano y la
destartalada sombrilla en la otra, elegante todavía;
aunque envejecida ya, más por la amargura que por
años. Matrona vaporosa, como salida de un cuento de
magia, yendo y viniendo como las arañas, acrecentando
sin parar tu galería de ánimas; a tal punto, que ya
era imposible orinar sin mojar las yaguas y los
amarres de Oliborio o el rostro tan circunspecto de
San Miguel Arcángel. ¡Quién sabe cuántos milagros te
eché a perder!.
Recuerdo con cuanta aparatosidad
depositabas el candil, y olvidada la sombrilla,
volvías a la casa todo lloviznada; como ángel bañado
de rocío, hablando en voz alta, poblando la
humedecida tarde de risibles ditirambos a La Virgen y
venenosas indirectas a Mireya “la fatal esa que me
fuñe la vida”. ¡Ay Elena! ¡Elena!.
Fue para las fiestas de San Juan cuando
decidí dejarte; cuando millares de mariposas y
caballitos del Diablo revoloteaban como dementes en
los patios y en las calles; cuando el tronar de los
atabales llenaba las casas; estremecía el piso, los
muebles y mi alma.
Entonces tú y yo nos asomábamos a las
rendijas y nos dábamos pellizcos de alegría al ver los
abigarrados colores de la multitud campesino, y desde
dentro zapateábamos y cantábamos al compás de sus
ritmos. Tú, sobabas con éxtasis mágicos “resguardos”,
y a mí se me escapaban risitas nerviosas y, dicen que
Liborio ha muerto, ay, ay, ay...” Corríamos
nuevamente como aves desesperadas a colocar una y otra
vez los ojos en otras rendijas más propicias y, “lo
que le pasa a Liborio, e’ que no come pendejá, oooooé,
ay ombe”. Repicaba furioso el Palo Mayor y seguían
volando los insectos. A veces, brevemente, se posaban
en las flores o copulaban repetidamente ante mis ojos
con hermoso descaro, sus pendidos en el aire. De
repente: sentí deseos de elevarme por encima de la
roja llamarada de los flamboyanes y el gris azul de
los almendros, lejos de ti, Elena, y de tu mundo hecho
de incoherentes historias de ciguapas aulladoras y de
amantes confundidos por el tiempo. De tu mundo de
santitos vengadores y afligidas diosas, y sobre todo
Elena, quise alejarme de tu voz, que por los años dirá
por estos rincones: “hago mi altar en la letrina
porque la vida es mierda”
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