HACIENDO QUE LA BONDAD PREVALEZCA SOBRE LA RAZÓN
`Sun After Dark', Pico Iyer
Aunque el Dalai Lama es cada vez más famoso como orador, pues queda en
evidencia en cuanto empieza a hablar, que su verdadero don es el saber
escuchar. Y aunque en la actualidad es muy celebrado en el mundo por
su habilidad de dirigirse a audiencias tan grandes como las de un
concierto de Bon Jovi, su fortaleza especial es dirigirse a veinte mil
personas – budistas, abuelas y niños, por igual – como si estuviera
hablando con cada uno de ellos en el idioma que mejor puedan entender.
Hoy en día, las máximas del Dalai Lama se coleccionan y empaquetan
como libros para llevar en el equipaje de mano, como temas para
calendarios y consignas publicitarias, pero, creo, que el corazón de
este hombre existe en silencio. En lo más profundo de su ser, este
ser que se sienta cada día al amanecer, ojos cerrados, recitando
plegarias con todo su corazón por sus opresores chinos, su pueblo
tibetano y todos los seres sensibles, está solo.
Sin embargo, lo curioso de la vida del Decimocuarto Dalia Lama – algo
que, de inmediato, la hace parecer una parábola y un koan – es que él
ha debido vivir su destino espiritual prácticamente en todo el mundo
por más de medio siglo, (y, de hecho, en un mundo político cuyo dios
es Maquiavelo). Su historia es casi un enigma sin tiempo sobre la
relación entre los medios y los fines: para proteger a seis millones
de personas, y para preservar una cultura peculiar y largamente
protegida que se encuentra a solo años de su extinción, él tiene que
posar para interminables fotografías con modelos y dejar que sus
charlas sean transmitidas en los clubes de baile de Londres. Hasta
cierto punto, él ha debido acceder directamente a la confusión y el
caos de la Era de las Estrellas para cumplir con sus deberes
monásticos. La simple interrogante que lleva consigo a todas partes,
es si el mundo estropeará su esfuerzo en lo más profundo antes de
lograr su misión: después de todo, en tres siglos, nunca antes, ningún
Océano de Sabiduría, Portador del Loto Blanco y Protector de la Tierra
de las Nieves, sirvió de editor invitado para la revista francesa Vogue.
No hace mucho tiempo fui a visitar al Dalai Lama en Dharamsala, tal
como lo había hecho a intervalos regulares desde mi adolescencia.
Tomé el tambaleante vuelo de Indian Airlines desde Delhi a Amritsar,
en sí una zona de guerra restringida (porque alberga la fortaleza Sikh
del Templo Dorado), y desde allí tomé un taxi por cinco horas para
subir las colinas del Himalaya. En la medida que me acercaba al
asentamiento distante, ubicado en una saliente sobre un pequeño pueblo
– las calles tan llenas de motonetas, bicicletas y vacas que, a
menudo, difícilmente nos podíamos mover (por razones de seguridad, el
Dalai Lama debe ir en auto durante diez horas por tales caminos cada
vez que desea tomar un vuelo) – apareció Dharamsala, y luego
desapareció, como una promesa de liberación, o algún lugar que
realmente no existía. La mayor parte del tiempo – un auto que
colapsaba en el camino montañoso, un grupo de aldeanos arreglándoselas
para empujarlo, la noche cayendo, y cada viraje parecía alejarnos de
la hilera de luces a lo lejos –, estaba seguro de que nunca llegaríamos.
Sin embargo, apenas se llega al lugar polvoriento y destartalado, uno
se da cuenta que se encuentra muy lejos de un cuento de hadas, más
bien, en el reino del sufrimiento, la vejez y la muerte. Las ventanas
están rotas y los senderos a medio pavimentar en la pequeña ciudad
lluviosa, donde el Dalai Lama ha tenido su hogar por más de media vida
hasta hoy; incluso, los alegres gritos y canciones de los huérfanos en
la Villa de Niños Tibetanos a un lado de la ciudad, tienen un aire
levemente nostálgico, en tanto el sol se pone detrás de las montañas
cercanas. Al llamar a la oficina del Dalai Lama, se escuchará que
"Todas las líneas están ocupadas", o que el número de cinco dígitos
cambió ayer. A veces, mis llamadas se cortaban a media frase, entre
un montón de estática; en ocasiones, me ponían en espera – sin fin,
aparentemente – escuchando el tema "El puente de Londres se va a caer".
Por ende, quizás, es el lugar perfectamente paradójico para un hombre
humilde que vive solo, cuando no está siendo solicitado por Goldie
Hawn o Harrison Ford. En la antesala de su sala de estar, después de
haber sido revisado por un guardia tibetano y luego uno indio, uno se
sienta bajo un diploma de Ciudadanía Honorífica del Condado de Orange,
un premio del Rotary Club de Dharamsala, y una placa conmemorando un
profesorado honorífico de la Universidad Estatal de Kalmyk. Máscaras
ceremoniales, deidades hindúes y la Piedad sobre uno. En una pared
hay una foto inmensa y antigua de la capital tibetana de Lhasa,
mostrando que el palacio donde el Dalai Lama vivió alguna vez, ahora
se encuentra rodeado de discotecas, burdeles y una nueva prisión
china, con altos edificios empequeñeciendo las antiguas casas tibetanas.
El Dalai Lama tiene el don particular de ver el bien en todo y no
verse afectado por locura que gira a su alrededor; siempre es
absolutamente humano y totalmente él mismo. A veces, mientras se
espera para verlo, su nuevo y exuberante amigo, un pastor alemán muy
juguetón, entra corriendo a la sala y comienza a saltar sobre un grupo
de monjes tibetanos que se encuentran aquí por un asunto serio,
lamiendo los rostros de los maestros budistas sobresaltados antes de
salir jugando al jardín nuevamente. A veces, un par de hipíes
ingleses está a su servicio, pues el Dalai Lama está dispuesto a
recibir consejo e instrucción de cualquiera (y sabe – tal es el
patetismo de su vida – que, incluso, el viajero más desorganizado,
puede saber de primera mano más sobre el Tíbet contemporáneo y la
condición de su pueblo, que él mismo). Cuando un fotógrafo le pide
que se quite los lentes, pose con esta expresión, se siente de esta o
esa manera, él toma ese momento para preguntarle al joven sobre lo que
vio cuando fotografió los levantamientos en Lhasa hace tantos años atrás.
Al sentarme frente a él en su sala de grandes ventanas, mirando sobre
lomas cubiertas de pinos y el valle abajo – thangkas a todo nuestro
alrededor en las paredes – el Dalai Lama se acomoda, se sienta con
piernas cruzadas en su sillón y me sirve té. Siempre se da cuenta
antes que yo cuando mi taza está vacía. Mientras habla, se mueve
hacia delante y atrás, un hábito adquirido, uno nota, tras décadas de
penosas y largas horas de meditación, a menudo en el frío. Y parte de
este poder que a uno lo desarma (resultado, sin duda, de toda esa
meditación y la dialéctica que posee), es que lanza hacia su persona
un criticismo más duro que incluso el de sus enemigos más feroces.
Cuando vio por primera vez a Shoko Asahara, me cuenta un día
(refiriéndose al hombre que luego planeó poner el mortal gas sarin en
el sistema del metro en Tokio), él se conmovió genuinamente con la
aparente devoción del hombre hacia el Buda: las lágrimas habrían
empañado los ojos del maestro japonés cuando habló de Buda. Pero, el
haberse reunido con Asahara fue, dice el Dalai Lama rápidamente, "un
error. ¡Por causa de la ignorancia! Esto lo prueba" – y se larga a
reír a toda garganta – "¡Yo no soy un Buda Viviente!" Otro día,
hablando sobre los problemas del Tíbet actual, él se refiere al hecho
de que hay "demasiadas postraciones allí", y luego, en una explosión
contagiosa de risa nuevamente, se da cuenta de que debiera haber dicho
"demasiada prostitución" (de hecho, aunque, como él sabe, "demasiadas
postraciones" pueden resultar en realidad un problema aun mayor). Le
encantaría delegar parte de su responsabilidad a sus diputados, dice
francamente, "pero, incluso si algunos de los ministros de mi gabinete
desearan dar charlas públicas, nadie vendría".
El resultado es que todo viene a él. El Dalai Lama es justamente
famoso por su incesante calidez, optimismo e indulgencia – "el hombre
más feliz del mundo", como le llama un periodista amigo – aunque, su
vida ha enfrentado incluso más dificultad y tristeza que la de nadie
que yo conozca. Él está representando los intereses de seis millones
de personas muy sencillas y privadas de derechos civiles en contra de
una nación de 1.2 billón, a la que casi todo el mundo está tratando de
hacerle la corte. Es el invitado de una gran nación con sus propios
problemas, y que le estaría muy agradecida si simplemente se quedara
tranquilo. Él viaja por el mundo constantemente (con un "certificado
de identidad" amarillo para refugiados), y, aunque considerado por la
mayoría como un líder al nivel de la Madre Teresa o el Papa,
formalmente es excluido como Muammar Qaddafi o Kim Jong II. Se
siente entusiasmado ante su encuentro con la Reina Madre del Reino
Unido – pues recuerda que en su niñez veía cortos noticiosos con ella
atendiendo a los pobres de Londres tras los bombardeos – pero el mundo
se entretiene más con Sharon Stone.
Y así, el serio líder espiritual es tratado como una estrella pop, y
el doctor de metafísica es solicitado por alguien de cualquier
cultura, al enfrentar algún problema en su vida. Como monje, él
parece más que feliz de ofrecer lo que pueda, tanto como pueda, pero
nada de esto le ayuda a la liberación de su pueblo. Le pregunto un
día sobre cómo se ve comprometido Tíbet por la complicidad con los
medios masivos, y él me mira sagazmente y con una mirada penetrante.
"Si hay personas que usan a los tibetanos o la situación tibetana para
sus propios propósitos", dice él, "o si se asocian con alguna
publicidad para su propio beneficio, hay muy poco que podamos hacer.
Pero lo importante para nosotros es no vernos involucrados en esta
publicidad, o asociarnos con esas personas por nuestros propios
intereses".
El razonamiento agudo es típico en él, incluso cuando no se refiere al
acertijo en que se encuentra. Precisamente, para satisfacer su
mandato interno y externo, el Dalai Lama está obligado a moverse en el
mundo de manera incesante. Tiene que oír a un reportero preguntándole
cómo quisiera ser recordado – lo que es, en el contexto budista,
similar a preguntarle al Papa qué piensa de Jennifer López.
("Realmente perdí la paciencia", me dice él sobre la pregunta, "aunque
no lo demostré"). Debe responder por cada escándalo que toca a
cualquiera de los tantos tibetanos y grupos tibetanos en el mundo – a
menudo, altamente respetados. Y debe tolerar y referirse a cada
controversia que surge cuando su imagen es utilizada por Apple
Computer, o cuando los jóvenes tibetanos se burlan de él como un
antiguo pacifista entusiasta que no ha hecho nada por ayudar a Tíbet
en cuarenta años.
Día tras día, al conversar en las tardes de un otoño radiante, con los
monjes practicando el debate ritual fuera de su puerta principal, las
capas de nieve brillando a la distancia, y las esperanzas de Tíbet
vivas y palpables en el aire alrededor de la desgastada ciudad de
exiliados, el momento en que el rostro del Dalai Lama, en cierto modo,
se iluminó más, fue cuando habló de unos monjes católicos que conoció
en Francia, que viven en completo aislamiento por años y años, y
"permanecen casi como prisioneros" mientras meditan. "¡Maravilloso!",
exclama él, dejándole a su visita deducir que, si abandonado a su
propia suerte, así es como le gustaría estar.
A estas alturas, después de dos autobiografías del Dalai Lama y dos
películas importantes en Hollywood contando la historia de su vida,
los aspectos ajenos al mundo de la vida del Dalai Lama son bien
conocidos: su nacimiento en un establo en el Tíbet rural, en lo que se
conocía localmente como el Año del Chancho de Madera (1935); su
descubrimiento por parte de un grupo de monjes encargados de su
búsqueda, quienes habían sido guiados hacia él por una visión en un
lago sagrado; las pruebas aplicadas a un ser de dos años de edad,
quien, misteriosamente, saludó a los monjes de la lejana Lhasa como su
líder y en el dialecto de estos. Sin embargo, lo que no siempre
resulta atractivo de esta mezcla de cuento popular y drama al estilo
Shakespeare, es que el tema predominante de su vida, diría un budista,
es el perder.
Para alguien que ve el mundo en términos de gloria temporal, es la
historia agitada de un niño mendigo de cuatro años que asciende al
Trono del León para gobernar uno de los tesoros más exóticos sobre la
tierra. Para alguien que vive de veras la filosofía que el Dalai Lama
representa, podría sonar distinto. A los dos años, perdió la paz de
su tranquila vida en una casa de madera y piedra donde dormía en la
cocina. A los cuatro, perdió su hogar y su libertad de ser una
persona común, al ser nombrado jefe de estado. Luego después, perdió
parte de su familia también y la mayoría de sus lazos con el mundo en
general, tras embarcarse en un curso formidable de dieciséis años de
estudios monásticos, y a los seis años, se vio forzado a elegir a un
regente.
El Dalai Lama ha escrito con una calidez característica sobre su niñez
alejada del mundo en el frío Potala, su palacio con casi mil
habitaciones, donde jugaba con los barredores del palacio, instaló un
proyector manual en el que pudo ver las películas de Tarzán y Enrique
V, y vencía a su único compañero de juegos – su hermano inmediatamente
mayor, Lobsang Samten – sabiendo que nadie se atrevería a castigar a
un niño considerado encarnación del dios de la compasión (y, además,
un rey). Sin embargo, la característica abrumadora de su niñez fue su
soledad. A menudo, recuerda él, salía al techo de su palacio y
observaba a los otros niños de Lhasa jugando en la calle. Cada vez
que su hermano partía, él recuerda "estando de pie en la ventana,
mirando, mi corazón lleno de pesar mientras él desaparecía a la
distancia".
El Dalai Lama nunca ha fingido no tener un lado humano, y aunque es
ese lado el que se regocija con cada cosa que cruza su camino, a
veces, es también ese lado el que no puede dejar de afligirse. Cuando
los chinos, recién unificados por Mao Zedong, atacaron las fronteras
en el este de Tíbet en 1950, el muchacho de 15 años fue obligado a
asumir rápidamente el liderazgo temporal y espiritual de su país,
perdiendo así su juventud (si no su inocencia), y los últimos
vestigios de libertad. En su adolescencia iba en viaje a Beijing,
haciendo a un lado los deseos de su pueblo temeroso, para negociar con
Mao y Zhou En-lai, convirtiéndose, no mucho después, en el segundo
Dalai Lama que salió de Tíbet, cuando pareció que su vida estaba en
peligro.
A los veinticuatro años, pocos días después de completar sus estudios
de doctorado, y haber sobresalido oralmente frente a miles de monjes
que lo evaluaban, perdió su hogar para siempre: la "Gema que cumple
los deseos", como se le conoce entre los tibetanos, tuvo que vestir de
soldado y huir por las montañas más altas en la tierra, esquivando
aviones chinos y montado en un yak. El drama de esa pérdida vive
dentro de él todavía. Una tarde asoleada le pregunté sobre el momento
más triste de su vida, y él me dijo que usualmente sólo se conmueve
hasta las lágrimas cuando habla de Buda o piensa en la compasión – o
escucha, como lo hace constantemente - las historias y súplicas de los
refugiados aterrorizados que salieron a escondidas de Tíbet para venir
y verle.
"Generalmente, (dijo él, en su modo firme y prudente) la tristeza,
creo, es relativamente manejable". Pero antes de decir algo al
respecto, miró a la distancia y recordó: "Dejé el Palacio Norbulingka
esa noche tarde, y algunos de mis amigos cercanos y un perro quedaron
atrás. Luego, en cuanto crucé la frontera a India, recuerdo mi última
despedida, principalmente a mis guardaespaldas. Ellos enfrentarían
deliberadamente a los chinos, y cuando se despidieron de mí, estaban
determinados a regresar. Entonces, eso significa" – sus ojos se
nublaron – "que ellos estaban enfrentando la muerte o algo parecido".
En los treinta y nueve años desde entonces, nunca ha vuelto a ver la
tierra en que nació para gobernar.
Yo también recuerdo ese drama: el viaje de cuentos de hadas del niño
rey del Reino Prohibido fue el primer evento mundial que me impresionó
cuando estaba creciendo; poco después, cuando mi padre fue a India a
saludar al tibetano recién llegado, regresó con una foto de él siendo
niño pequeño, la que el Dalai Lama le dio tras mencionar a su hijo de
tres años en Oxford. Desde entonces, como muchos de nosotros, me he
topado con el líder tibetano en todas partes que voy – en Harvard,
Nueva York, en los cerros de Malibu, en Japón – y he tenido la
experiencia incluso más particular de verlo infiltrarse de alguna
manera en los mundos menos pensados: el que fue mi profesor de
Virginia Wolf en la escuela de estudios superiores apareció en mi vida
nuevamente como editor de un libro de las charlas del Dalai Lama sobre
el Evangelio; en las Olimpíadas, un viejo amigo y escritor de deportes
para el New York Times comenzó a recordar cómo cubrió al Dalai Lama en
la primera gira del Tibetano a Estados Unidos en 1979, y lo encontró
fantástico porque era tan humilde. "Suena como si te considerara
parte de la familia", dijo una vez un amigo, cuando le dije que el
Dalai Lama y su hermano, igual de travieso, me llaman "Pinocho". Pero
en realidad, su don radica en el considerar a todo el mundo como parte
de su familia.
Al mismo tiempo, el mundo en sí no siempre estuvo muy interesado en
los detalles de su lejano país o en una tradición que parece
pertenecer a otro mundo. Cuando Tíbet solicitó ayuda en contra de
China a la recién formada Organización de las Naciones Unidas, fueron
el Reino Unido e India, sus dos patrocinadores ostensibles quienes
argumentaron en contra de siquiera escuchar la moción. Y,
recientemente, en los años 80, recuerdo, las conferencias de prensa
del Dalai Lama en Nueva York se encontraban casi desiertas; una vez,
cuando organicé un almuerzo para él con un grupo de editores, uno de
ellos me telefoneó un par de días antes para cancelarlo, porque nadie
quería realmente venir a la oficina un día lunes sólo para conversar
con un monje tibetano. Cuando lo visité por primera vez en Dharamsala
en 1974, realmente me sentí como si estuviera mirando a uno de los
depuestos emperadores de China o Vietnam, sentado en un lejano exilio.
Mientras estábamos sentados bebiendo té en su cabaña modesta y
colorida, por la habitación pasaban nubes provenientes de la lluvia
afuera – todo lo que podíamos ver a través de las grandes ventanas era
bruma y gris – y parecía como si realmente estuviéramos sentados en el
cielo, al menos una milla por sobre cualquier cosa que se sintiera real.
Incluso, una de las paradojas de la vida del Dalai Lama – el koan de
responder a su deber espiritual en el mundo – es que, al parecer, fue
su entrenamiento monástico lo que le permitió ser una presencia tan
atractiva y carismática en el mundo. En sus primeros años en India,
el Dalai Lama utilizó el abandono del mundo para organizar su
comunidad en exilio y para escribir la constitución de su país (en
parte para hacer presente su propia denuncia). Incluso el exilio
podía ser una liberación, decía él: lo liberó del antiquísimo
protocolo que lo mantenía esposado en Tíbet, y unió a los grupos
eternamente en pugna en una causa común. Aunque, él utilizaba su
tiempo libre particularmente en largos retiros de meditación,
disfrutando de una soledad que nunca podría haber tenido en Tíbet (o
puede tener en Dharamsala, ahora).
Robert Thurman, el profesor de estudios tibetanos en Columbia (y padre
de la actriz Uma), recuerda haber conocido al Dalai Lama por primera
vez en 1964, cuando lleno de ambiciones espirituales interrogó al
joven tibetano sobre shunyata, o vacuidad, mientras el Dalai Lama lo
interrogaba a él, no menos entusiasmado, sobre Freud y el sistema
bicameral estadounidense. "Fue entretenido", dice Thurman, usando la
expresión que a menudo la gente utiliza al referirse al Dalai Lama.
"Ambos éramos jóvenes entonces". A la vez, las respuestas que el
monje daba con sus sólo veinte años a preguntas teológicas complejas
no eran mejores, siente Thurman, que aquellas otorgadas por monjes
superiores.
Sin embargo, cuando el líder tibetano emergió de sus retiros y vino al
mundo – Thurman lo vio en su primera gira a los Estados Unidos en 1979
– "Casi me desmayé. Su calidez y magnetismo personales eran tan
fuertes. En el pasado, obviamente, él tenía el carisma ritual de ser
el Dalai Lama, y siempre ha sido encantador e interesante, y muy
ingenioso. Pero, ahora, él había abierto un manantial interior de
energía, atención e inteligencia. Era glorioso".
E, incluso, ese aire de responsabilidad – la palabra que siempre
enfatiza con el mismo vigor es "compasión" – nunca lo ha abandonado.
Recuerdo haber ido a verlo el día después que obtuvo el Premio Nóbel,
cuando tocó que estaba (como tan usual en su vida) en un rancho
suburbano en Newport Beach. Lo que me impactó en esa ocasión fue que,
en cuanto me vio, me condujo rápidamente (como lo hubiera hecho con
cualquier visitante) a una pequeña habitación y pasó los primeros
minutos buscando una silla en la que yo pudiera estar cómodo – como si
yo fuera el nuevo laureado Nóbel y él, el periodista intruso.
Pero lo que recuerdo también de ese momento es que, incluso cuando el
mundo lo estaba celebrando – telegramas y faxes llenando una
habitación en el primer piso – él no podía salir de su premura. "A
veces", confesó él, "me pregunto si mis esfuerzos tienen realmente un
efecto. A veces, siento que a menos que haya un movimiento mayor, los
grandes temas no cambiarán. Pero, ¿cómo dar inicio a este movimiento
mayor? Inicialmente, debe venir de la iniciativa individual".
Él concluyó que la única forma sería mediante "un esfuerzo continuo,
un esfuerzo incesante, siguiendo objetivos claros con esfuerzo
sincero". Dijo que cada vez que salía de una habitación, intentaba
apagar la luz. "En cierto modo, es absurdo. Pero si otra persona
sigue el ejemplo, luego cien personas, se logra un efecto. Es la
única manera. Las naciones más grandes y los líderes más poderosos no
se preocupan. Entonces, nosotros los seres humanos pobres debemos
realizar el esfuerzo".
Viéndolo ahora, lo encuentro mucho más metódico que en esos días (y,
por supuesto, mucho más fluido en inglés); cuando los grupos de la
televisión vienen a entrevistarlo, él sabe cómo aconsejarlos sobre
dónde ubicar sus cámaras (y cuando comienza a hablar, rápidamente nota
que mi grabadora se está moviendo sospechosamente rápido). Sigue tan
jovial como antes, pero sí parece más determinado a hablar a partir de
su lado serio en la medida que los años pasan y que Tíbet se acerca
más al olvido. Cuando antes solía saludarme con un namaste indio,
ahora lo hace estrechando la mano, frotándola con la propia, como para
transmitirle algo de su calidez.
Mientras conversamos, - cada tarde a las dos, día tras día – se saca
sus lentes y estriega sus ojos; sus asistentes dicen que en los años
recientes, por primera vez, lo han visto cansado, su cabeza inclinada
hacia atrás en su sillón (este hombre que usualmente se ve dispuesto a
la conversación, como trayendo toda su atención y vigor con sus
pequeños ojos). Ahora no cuenta con mucho tiempo para la práctica
espiritual, me dice él – sólo cuatro horas al día (sus deberes
aumentan en la media que se vuelve un monje más avanzado). Todavía
gusta hacer "algún trabajo de reparación de relojes e instrumentos
pequeños", y todavía adora cuidar de sus flores. Una de las
respuestas más largas y animadas que me ofrece surge cuando le
pregunto por sus "cuatro gatos pequeños". Pero en estos días, el
verdadero recreo que se puede tomar es escuchar el servicio mundial de
la BBC, al que, confiesa alegremente, es adicto.
Ésta es la tendencia de un carácter cautivador, juvenil, lleno de
curiosidad; pero también es la confesión de un hombre cuyos deberes
están casi completamente atados al quehacer del mundo, minuto a
minuto. Una cosa que el Dalai Lama no es, es ser ajeno al mundo. Él
puede explicar detalladamente por qué la causa tibetana se encuentra
más débil que la de los palestinos, o cómo la globalización está, a lo
más, impulsando un tipo de Budismo en mufti. Sus referencias casi
siempre provienen de las noticias más recientes del día, y ve todo –
desde la caída del Muro de Berlín hasta la tragedia de Ruanda – tanto
para observar cómo el hecho ilumina alguna teoría metafísica, como
para ver qué otro tipo de enseñanza imparte. El exilio le ha
permitido, le dirá, volverse un estudiante del mundo en una forma en
que ningún Dalai Lama anterior pudo, y ver un planeta que él y los
Dalai Lamas anteriores a él, sólo podían observar a través de las
cortinas de un palanquín. El mejor aspecto de sus viajes es que puede
fijar reuniones con científicos y sicólogos, y líderes Hopi, todos los
que, él cree, pueden ayudarle a refinar su entendimiento de su propia
tradición. Los budistas pueden y deben aprender de los católicos, los
físicos, incluso, de los comunistas, rápidamente le dice a sus
seguidores sobresaltados – y si las palabras del Buda (mucho menos las
del Dalai Lama) no surgen de la evidencia, éstas deben descartarse de
inmediato.
Ésta es una razón por la que le interesa mucho más hacer preguntas que
dar respuestas, y se siente mucho más cómodo como un estudiante (lo
que ha sido, en el contexto del Budismo Tibetano, la mayor parte de su
vida) que como un maestro. Es también por ello que yo diría que su
cualidad soberana es la atención: observar al Dalai Lama entrar a un
auditorio repleto, o sentarse en una larga ceremonia monástica que
tiene a muchos otros cabeceando, se le verá mirando alrededor con
viveza por lo que pueda captar: un amigo al que saluda
inconscientemente, algún pequeño detalle que traerá una sonrisa a su
rostro. La alerta es el punto donde el niño algo travieso y el monje
rigurosamente entrenado convergen, y aunque el mundo responde
ampliamente a su corazón – por lo que irradia, más su aire de
amabilidad y bondad – el centro específico de él viene nada menos que
de su mente, y las facultades analíticas perfiladas en una de las
tecnologías metafísicas sofisticadas del mundo. Hasta ahora, he visto
que es bastante común que el Dalai lama recuerde una frase que usted
le dijo hace siete años, o complete una frase que comenzó noventa
minutos atrás, mientras amarra sus firmes botas montañeras. A veces,
en grandes encuentros, reconocerá un rostro que vio por última vez en
Lhasa hace cuarenta años. Una vez, mientras conversábamos, de pronto
él recordó algo que un inglés le había dicho veinte años atrás – sobre
el valor de decir a veces "No sé" – y me preguntó de manera
indagatoria, qué pensaba al respecto.
Una vez más, la ironía aquí es que la atención que ha cultivado con la
meditación – durante retiros y a manos de maestros muy estrictos – es
lo que le ha ayudado en sus viajes; el entrenamiento espiritual tiene
una aplicación constante y práctica en el mundo – ésta es una de las
lecciones de su vida y su ejemplo. La mayor parte del tiempo está
hablando a personas que no saben nada de budismo e incluso con
aquellos que pueden ser hostiles a éste. Ha adiestrado el arte de
hablar de manera simple y ecuménica, desde el corazón, enfatizando,
como lo hace, "la espiritualidad sin fe, simplemente siendo un buen
ser humano, una persona afectuosa, una persona con sentido de
responsabilidad". Hablándole a sus monjes, imparte charlas
filosóficas que pocos de nosotros podríamos seguir; hablándole al
mundo, él se da cuenta de que lo más importante es no correr antes de
poder caminar. El título de uno de sus libros habla de no "iluminar"
el corazón, sino, simplemente, "encenderlo".
Hasta cierto punto ha sacado provecho de su difícil situación, en
parte aprendiendo de las religiones occidentales y las prácticas de
meditación en otras tradiciones, como los anteriores Dalai Lamas
escasamente pudieron hacerlo. Y también ha tenido que lidiar con una
amplia estampida hacia el budismo para el que el mundo puede no estar
preparado (a tal punto que, en la medida que pasan los años, él le
dice más y más a los occidentales que no se vuelvan budistas, sino que
simplemente permanezcan en su propia tradición, donde hay un riesgo
menor de caer en motivaciones mezcladas y, sin duda, una menor
tendencia a la confusión). Escucharle hablar en todas partes desde
San Pablo a Chicago, Philip Glass dice: "La palabra `Buda' nunca
surgió. Él habla sobre compasión, él habla sobre un vivir recto. Y
esto resulta muy poderoso y persuasivo en las personas porque está
claro que él no está allí para convertirlos".
En breve, el pragmatismo vence al dogmatismo. Y la lógica no cede
ante nada. Un día él me dice, con los ojos brillando con el deleite
de un estudiante inmerso en uno de los debates rituales de Tíbet, "de
5.7 billones que conforman la población mundial, la mayoría de ellos
son ciertamente no creyentes. No podemos discutir con ellos, decirles
que han de creer. ¡No, imposible! Y, hablando de manera realista, si
la mayor parte de la humanidad permaneciera no creyente, no importa.
¡Ningún problema! El problema es que la mayoría ha perdido o ignora,
los valores humanos profundos – la compasión, el sentido de
responsabilidad. Esa es nuestra mayor preocupación. Pues cuando hay
una sociedad o comunidad sin valores humanos profundos, ni una sola
familia humana puede ser feliz". "Por lo tanto, dice triunfante, la
bondad es más importante que la creencia".