12 de Noviembre de 2006. XXXII Domingo del tiempo ordinario B
1Re 17, 10-16; Heb 9, 24-28; Mc 12, 38-44
Creer en la providencia Divina y ser generosos
Homilía 1
1.- En una de las últimas parroquias al sur de la diócesis, estuve de párroco durante aproximadamente 3 años y medio. Era una de las parroquias más pobres. En varias ocasiones tuve que conseguirme algunos pollitos para criar y comer, lo mismo unas ovejas de donde tomaba leche y carne. También vendía abono para las plantas. Así podía mantenerme. La gente daba muy poco y de vez en cuando veía algunas familias caritativas, fieles de la parroquia, que me invitaban a comer en sus casas.
2.- Aprendí del obispo que me ordenó sacerdote que siempre que daba algo en limosna, lo diera de mi propio bolsillo. Ocurrió que vino una señora de muy lejos a pedir algo para comer y completar el pasaje, me llamó la atención que viniera de tan lejos, a una hora de allí y a esa parroquia que tenía la misma carretera de entrada por donde tenia que salir. Le hice varias preguntas recuerdo. Era de aproximadamente 60 años. Al averiguar cuanto tenía, solo encontré 21 bolívares. Se los entregué pensando que ella necesitaba más que yo, confiaba en la providencia de Dios y que podía conseguir antes del fin de semana, lo necesario para comer. No pasó dos días en que me llegó a la casa parroquial otra señora con un frasco en una bolsa, llena de monedas, me los entregó y dijo: "padre, esto es para que lo gaste en el santísimo.
3.- Antes de ser sacerdote, estando en el noviciado con los jesuitas, el maestro de novicios y tres más, íbamos a un monasterio que estaba en construcción. Observé en las últimas veces cuando se oficiaba la misa, algunas ovejas y también se oían gallinas y gallos.
4.- La superiora que siempre nos recibía nos contaba cosas, entre ellas que un día antes de ir nosotros, llegó un mendigo pidiendo para él y su familia, algo de comer. La madre nos decía: que le entregó lo poco que tenían, dejando desamparadas y sin comer a las religiosas que eran una docena. Al fin y al cabo nos sirve de ayuno y pensando que Dios proveerá. Al otro día, llegó un carro lujoso que su conductor era rico, llama a la superiora y le entrega miles de bolívares en un cheque para que termine la construcción y ore por él. Pensé en aquellas palabras bíblicas que dice: "quien da, recibe el ciento por uno y la vida eterna"
5.- A casi un año después de morir mi madre, yo trabajaba en un taller de carpintería, ganaba poco, compraba lo que podía de los alimentos a mis hermanos que éramos 11 conmigo y les hacía trabajar en los quehaceres de la casa. Mi padre escaseaba la ayuda a la casa, pues, no le permitíamos que trajese otra mujer como esposa a la casa como pretendía. En ese período, llega a tocar en la puerta una persona que suplicaba cualquier cosa para alimentar a su familia, aunque sea unos plátanos, pues, con tristeza decía que no tenía trabajo, y pasaba momentos difíciles. Me pareció muy sincero porque no pedía dinero ni exigía cantidades o algo en particular. Me conmovió su rostro en la cara y su gesto sencillo.
6.- Entré en la casa busqué y me di cuenta lo poco que tenía, no tenía casi nada, solo un pote de avena, busqué más y dije: "Dios mío, qué le doy" Le di el pote de avena y otro alimento que no recuerdo qué. Cuando se lo entregué, entendí aquellas palabras del evangelio que dicen: "hay mas gozo en dar que en recibir". Ya que la expresión que mostró esa persona en su rostro fue de una alegría inmensa que me contagió, me alegró de que estuviera contento por lo que recibió, a pesar de lo insignificante que era. Le di gracias a nuestro Señor Jesucristo por permitirme servir de esta manera.
Estas son las experiencias que las viudas dadivosas de las lecturas de hoy, me hicieron recordar. Como nuestro Señor Jesucristo interviene por los necesitados, se hace presente a trabes de sus humildes y dispuestos instrumentos.
Homilía 2
1.- En la Eucaristía de hoy las mujeres juegan un papel predominante y positivo. Se trata de mujeres viudas, con toda la precariedad que ese término traía consigo en los tiempos remotos del profeta Elías (siglo IX a. C.) y de Jesús. No pocas veces la viudez iba unida a la pobreza, e incluso a la mendicidad. Sin embargo, los textos sagrados no presentan estas dos buenas viudas como ejemplo de pobreza (eso se sobreentiende), sino como ejemplo de generosidad. En los tres años de sequedad que cayó sobre toda la región, a la viuda de Sarepta le quedaban unos granos de harina y unas gotas de aceite, para hacer una hogaza con que alimentarse ella y su hijo, y luego morir. En esa situación, ya humanamente dramática, Elías le pide algo inexplicable, heroico: que le dé esa hogaza que estaba a punto de meter en el horno. La mujer accede. Hay una especie de instinto divino que la mueve a obrar así. Es el don de la generosidad que Dios concede a los que poco o nada tienen.
2.- Antaño en algunas comunidades en las casas había un cuarto de huéspedes. Cuando lo comento, me dicen que ahora resultan muy caros los metros cuadrados de cada hogar, particularmente en las ciudades grandes. Y, añado yo, que por eso es tan frecuente tener una residencia en la ciudad y una vivienda en el campo, en la montaña o en la playa. Pero en ninguno de estos lugares hay un espacio para el forastero. No extrañe, pues, que nunca entre en casa el Profeta Elías, o el mismo Jesucristo. No se le deja entrar, no tiene espacio reservado. Y una casa donde no tiene sitio nuestro Señor, es una casa muy pobre, es un hogar sin porvenir, que se irá desmoronando de pena
3.- Hay personas, -ojala entre ellos estemos nosotros- que hacemos lo que podemos. Que no presumimos ni de ser mejores, ni tampoco peores que los demás. Eso sí: creemos que Jesús se fija en la bondad del corazón, y por ello mismo, intentamos en las pequeñas cosas de cada día, en los más insignificantes detalles, que Dios sea creíble no por lo que damos (aunque demos) sino por el cómo lo damos: con sencillez, sin ostentosidad, sin vanidad y sin hacer demasiado ruido.
4.- Los dos dones que se nota en la viuda de Sarepta son la generosidad y la fe, quien no duda en dar una hogaza a Elías a costa de su propio último sustento. Es también la actitud de la viuda observada únicamente por Jesús, que deposita todo su haber en la alcancía del templo, por más que fuera una nimiedad.
5.- Nuestro Señor, no nos pide que demos mucho o poco, sino que lo compartamos todo. A eso se refería san Pedro cuando decía: "nosotros lo hemos dejado todo por ti" Los Hechos de los Apóstoles nos relatan que en la primera comunidad cristiana nadie pasaba necesidades porque los que tenían lo traían a la reunión de la comunidad y se compartía entre todos.
6.- Es un ejemplo de la generosidad de los pobres que a veces, ante la mirada divina, son mucho más ricos que los que tienen de sobra. Al fin y al cabo esa es la verdadera riqueza, la de la generosidad en el dar por amor a Dios. Bien dice el Señor que mejor es dar que recibir. Aparentemente resulta una paradoja, pero de cara a Dios así es. Quien da, movido por la caridad, recibe del Señor el ciento por uno y la vida eterna. Ojala lo entendamos y lo practiquemos, ojala seamos tan generosos como la pobre viuda. Siendo como era pobre y necesitada, al igual que el salmo 145,8 que dice sustenta al huérfano y a la viuda. Estos dos grupos humanos, junto con los emigrantes o extranjeros, constituyen una de las primeras preocupaciones de Dios. El gesto brilla con luz nueva y esplendorosa, precisamente porque se sitúa más allá de la obligación, en el plano de la generosidad amorosa para con Dios. El contraste entre la actitud de la viuda y la de los ricos que echaban mucho, pero de las sobras de sus riquezas, ennoblece y hace resaltar más la generosidad de la mujer.
7.- También La generosidad de las dos viudas que se habla en las lecturas de hoy, mana de la generosidad misma de Dios, que se nos manifiesta en Cristo Jesús. Generosidad de Jesús que se ofrece de una vez para siempre en sacrificio de redención por todos los hombres: nada ni nadie queda excluido de esa generosidad. Generosidad de Jesús que, como sumo sacerdote, entra glorioso en los cielos para continuar desde allí su obra sacerdotal en favor nuestro: continúa en el cielo su intercesión generosa y perenne por todos. Generosidad de Jesús que vendrá, al final de los tiempos, sin relación con el pecado, es decir, como Salvador que ha destruido el pecado y ha instaurado la nueva vida. En su existencia terrena Jesús era muy consciente de que no había venido al mundo para condenar sino para salvar.
8.- Muy poco se ha dado, por decir el caso, dar de su propio bolsillo 200 millones de dólares para un hospital, o ha creado una fundación con fines de investigación o fines educativos dotándola de millones de dólares... Esto es muy bueno, y ojala haya muchas personas generosas, que están dispuestos a vaciar su bolsillo para que otros seres humanos reciban educación o puedan ser atendidos dignamente en un hospital. Es el caso de algunos artistas que tienen ahora como moda, adoptar niños de algunos países, o algunos ricos como Hill Gates, dando millones para la investigación del Sida y otras obras de beneficencia. Sin disminuir la importancia de la cantidad, quiero subrayar que según el Evangelio más que la cantidad vale la actitud. Es decir, si esos millones los han dado con verdadero amor y en acto de servicio; más aún, si el haber dado esos millones le ha supuesto renuncia. Por ejemplo, prescindir de un viaje en crucero, o dejar de comprar a su esposa un diamante precioso evaluado en varios millones de dólares, o tal vez vivir con mayor austeridad su vida de cada día. Cuando la generosidad no sólo afecta al bolsillo, sino también al corazón, es más auténtica. Por eso, quien da poco, pero es todo lo que puede dar, y lo da con toda el alma, ésa persona es generosa, y su generosidad, a los ojos de Dios, vale igual que la del rico que se ha desprendido de millones de dólares. Cristiano, si tienes mucho, da mucho; si tienes poco, da de ese poco, pero tanto en un caso como en otro, hazlo con toda la sinceridad y generosidad de tu corazón. A los ojos de Dios eso es lo que más cuenta. Es de esperar que también a tus propios ojos.
9.- No está mal que nos examinemos y preguntemos: ¿Estoy dando todo lo que puedo? ¿Estoy dando todo lo que el Espíritu Santo me pide que dé? ¿Estoy dando como debo dar: desprendidamente, generosamente, sin buscar compensaciones? Son muchos los que tienen necesidad y se beneficiarán de nuestra generosidad.
10.- Hoy no podemos dejar de pasar de largo el testimonio de aquellas personas que, todos los días, depositan su moneda en el arca de nuestra felicidad (padres, hermanos). Hoy no podemos olvidar a los que echan su pequeña limosna en diversos lugares de misión en nombre de Jesús de Nazaret (los misioneros). Hoy, como el Señor, nos fijamos en el testimonio de catequistas, caritas, colaboradores de la parroquia… que –sin excesivo protagonismo- depositan su tiempo (¿no es moneda valiosa?) para que Jesús sea conocido, amado y tenido en cuenta.
11.- Hoy, el evangelio nos lo indica, hacemos memoria de tantas personas que dan de lo poco que tienen (su tiempo y su misma vida) para que el templo del espíritu de tantas personas, sea rejuvenecido por la gracia de Dios: el Papa, los obispos, los sacerdotes, religiosas/os, agentes de pastoral, formadores, etc.
12.- De lo que tenemos y somos- hagamos una ofrenda sincera, alegre y testimonial de nuestra vida cristiana. La pobre viuda del Evangelio se ha salido de sus páginas y se pasea por nuestras calles. Y tal vez está junto a nosotros mientras esperamos que el semáforo se ponga verde. Tener fe, esperar contra toda esperanza. Aceptar los planes de Dios, por extraños que sean. Obedecer a la voluntad de Dios, entonces aguardar serenos y confiados. El agua caerá a su tiempo y la tierra dará su fruto. Y lo que es más importante, en el corazón habrá brotado la esperanza, habrá brillado la fe, se habrá encendido el amor... Haznos comprender, Señor, que todo eso vale muchísimo más que tener todos los campos verdes y el ganado alimentado.
13.- "Alaba, alma mía, al Señor..." (Sal 145, 7) De nuevo la Iglesia pone en nuestro corazón sentimientos de profunda gratitud, y en nuestros labios palabras de alabanza porque Dios mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, pone en libertad a los cautivos, abre los ojos al ciego y endereza a los que se doblan. Y así es efectivamente. Cuando Dios se hizo hombre, cuando Jesús estuvo entre nosotros pasó por la vida haciendo el bien, curando toda dolencia y enfermedad, resucitando a los muertos, defendiendo a los oprimidos, devolviendo el salud a los paralíticos, la paz a los atormentados... Pero sobre todo pasó perdonando los pecados, y murió en una cruz para salvar a todos los hombres que creyeran en él, a quienes aceptaran su inmenso amor. Y esto vale más, infinitamente más, que todos los milagros y prodigios que pudiéramos imaginar.
14.- En el salmo encontramos uno de los puntos que merece hablar de ello por la mucha enseñanza que necesitan los cristianos sobre ese asunto: nuestro peregrinaje. En cierto modo, todos somos emigrantes, habitantes en tierra extranjera. Todos caminamos, hacia una patria distinta de ésta, la definitiva y eterna. Nómadas que no tienen morada fija, por mucho que nos empeñemos en instalarnos y echar raíces. Día llegará en que tendremos que dejarlo todo, en que seamos desarraigados.
15.- Pero el Señor nos protege, nos guarda, nos acompaña durante nuestro largo viaje. Esta idea, esta realidad, ha de animarnos a viajar serenos y tranquilos, contentos a pesar de los obstáculos que se interpongan. Además, sigue diciendo el salmo: "el Señor reina eternamente, tu Dios, de edad en edad". Él no pasa nunca, él permanece. Con su compañía entrañable, nuestro peregrinaje será siempre llevadero, incluso gozoso.
16.- Como sabemos, "el destino de los hombre es morir una sola vez. Y después de la muerte el juicio" (Hb 9, 27) Un destino común, un final idéntico. Antes de llegar a él, los caminos de los hombres se bifurcan, se cruzan, marchan paralelos, se alejan o se acercan, o no se encuentran nunca. Pero al final todas las sendas humanas terminan en lo mismo, en la muerte. Somos como ríos que desembocan en el mar, "que es el morir". Y después de la muerte, el juicio. Nada más llegar a la región de ultratumba se verifica el balance de nuestra existencia. Un rendir cuentas de nuestro vivir, un pasar por la imparcial justicia de Dios... Somos como actores que acaban de terminar su actuación en "el gran teatro del mundo". Actores que, una vez finalizada la comedia humana, han de entregar cuanto utilizaron en el escenario de la vida y rendir cuentas de su gestión, para recibir el premio o el castigo por su buena o mala representación.
17.- Ahora estamos todavía a tiempo, ahora estamos aún en escena. Es tiempo de salvación. Ahora podemos rectificar nuestra conducta, corregir nuestros yerros, poner enmienda a nuestros desafueros... Ojala sepamos aprovechar el tiempo que nos queda y nos comportemos correctamente, antes de que baje definitivamente el telón.
18.- Tengamos confianza porque nuestra miseria de cada día, nuestros pecados pueden tener el perdón de Dios, para vivir convencidos de que nuestro padecer tiene un valor redentor, la cruz de cada día: El trabajo, la renuncia, el dolor, el cansancio, la angustia, todo cuanto puede atormentar nuestros sentidos, todo eso adquiere con Cristo el alto valor de su propia cruz: el precio de nuestra salvación, la medicina, amarga si se quiere, que nos devuelve la salud del alma. Esa salud que es mil veces más preciosa que la del cuerpo y especialmente el sentido de nuestra vida.
19.- Tenemos una grave obligación como es la de mostrar el buen camino a los demás. Por eso hay que empeñarse con alma y vida en ser proyector de luces y no de sombras. Dar a manos llenas la buena doctrina, aprovechar todas las ocasiones y todos los recursos para difundir la Verdad.
21.- El Señor quiere enseñarnos la modestia y generosidad. Dios evalúa la conducta de sus hijos, de una manera muy distinta a la nuestra. ¿Qué opinaría entonces ante el lujo y la ostentación de ciertos estamentos religiosos, sacralizados por nuestra eximia voluntad? Rechazaría igualmente muchas celebraciones del Bautismo y la Primera Comunión. Sería muy severo con el despilfarro que acostumbramos en las bodas y quinceaños, y qué no decir de nuestros templos. Por no hablar de otros eventos y edificaciones, que insultan descaradamente alguna de nuestras comunidades desangradas y hambrientas. Acumular es una gran desconfianza en Dios, cuando se va mas allá de la prevención y un corazón generoso no hace cálculos.
22.- En cambio, la modestia de los diarios deberes, realizados con amor, nos coloca en la galería de notables, según el Evangelio. Allí encontramos al conductor cortés con los usuarios, al ascensorista paciente, las amas de casa cuyos cansancios nunca son noticia, la cajera del supermercado simpática y atenta, el electricista y el mecánico decente, la muchacha de servicio educada y honesta, el repartidor de periódicos alegre y cumplidor, el sacerdote amable y mayor náufrago en su confesionario, la maestra rural que sabe más de Dios que de los libros. Una amplia letanía que podríamos terminar con aquellas religiosas que, durante el Concilio Vaticano II, les remendaron los calcetines a los obispos.
23.- Qué tontos somos, qué malos negociantes. No nos damos cuenta de que lo poco que entregamos se nos devuelve centuplicado, revalorizado con valor de eternidad. Ayúdanos, Señor, a darnos por completo, a darte, de un modo o de otro, cuanto tenemos y somos... Nos cuesta creer que tú seas muy poderoso, muy rico, muy dadivoso y magnánimo al corresponder, el ciento por uno y la vida eterna. No comprendemos que nadie te puede ganar en generosidad. Ten compasión de nuestra torpe y absurda tacañería. Y ayúdanos, te repito, a saber abrir generosamente nuestro corazón y nuestra cartera.