17 de Septiembre 2006 XXIV Domingo del tiempo ordinario B
Is. 50, 5-9ª; Salmo 116; Sant. 2, 14-18; Mc. 8, 27-35
¿Podrías hablar y actuar inspirado de Dios?
1.- Nunca antes, la Iglesia ha tenido tantos medios para incentivar y popularizar a Jesucristo y su enseñanza y al mismo tiempo, cada vez ha encontrado mas dificultades para que hoy se interesen y vivan la rica vida, pasión y muerte de Jesucristo, hacer un encuentro vital con su personalidad; siendo que El camina con nosotros, está con nosotros, nos ayuda y nos ama.
2.- ¿Cómo podríamos responder "Quién dice que soy yo? Jesucristo quería evaluar el nivel de asimilación y comprensión de su mensaje. El grado de adhesión a su persona. ¿Cómo hacemos los cristianos el mensaje de Jesucristo? ¿Qué saben y viven de las bienaventuranzas, los catequistas? Los laicos ¿me conocen realmente y me buscan? ¿Cómo me presentan los sacerdotes y las religiosas? ¿Qué imagen tienen de mí las nuevas generaciones, particularmente los jóvenes? ¿En los hogares dan testimonio de vivir en el Espíritu? ¿Qué hacen todos por mi reino? ¿Qué dices y haces por mí? La respuesta que quiere Jesucristo de nosotros es una afirmación vivencial, entendida; vida en el Espíritu. Por cierto, el Papa Benedicto, el domingo pasado señaló una verdad muy grande: "difundir a Jesucristo es más importante que toda la ayuda de emergencia o al desarrollo que iglesias ricas ofrecen a los países pobres".Yo modestamente añadiría: difundir a Jesucristo y sus enseñanzas es mas importante que los sacramentos, todas las formalidades y rúbricas litúrgicas.
3.- Cuando en el monte de los olivos le buscan los soldados armados, Jesús contesta: "Yo soy" Cada cristiano ha de ser como Cristo. Diciendo con el profeta: yo no me he rebelado, ni me he echado atrás; en el compromiso con todas las consecuencias de evangelizar. Entonces llorar, callar, rezar. Caminando, y cayendo, por ese camino que la sabiduría divina y el amor hondo de Dios nos ha señalado como nuestro camino de la Cruz, nuestro Vía Crucis personal. Sin quejas, sin complejo de víctimas, serenos, fuertes... Si el Señor me ayuda, ¿quién podrá condenarme? Es como un desafío que brota de los labios del hombre justo. Una firmeza inconmovible que le mantiene de pie... Es la fuerza de Dios.
4.- Y lo que era débil se vuelve fuerte. Y lo que aparecía como insuperable, se supera finalmente. San Pablo se hace eco de estos sentimientos: Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Este es el secreto de la fortaleza en la dificultad: creer firmemente en el amor de Dios, en su poder sin límites. Y así, apoyados en él, sostenidos por él, caminar decididos al encuentro de esas mil dificultades que jalonan nuestra vida. Y al sentirlas llegar, buscándonos entre las sombras del miedo, responder serenos: ¿A quién buscan? Aquí estoy. (Pon atención también el salmo). La cruz no hay que buscarla fuera. Está junto a nosotros, cuando reconocemos las debilidades, cuando los asuntos o programas no salen bien, cuando llegan las injusticias, la opresión, las acusaciones falsas, el dolor, la enfermedad y la soledad. No se trata de mera resignación, sino de ver en todo eso la liberación, la purificación. Así encontraremos la vida eterna. Con aceptación y conocimiento, digamos como Pablo a los Gálatas: "Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz del Señor en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo."
5.- El pacifista de la India R. Tagore cuenta cómo un rey expulsó de su territorio a un ermitaño, por no honrar al nuevo y majestuoso templo de la capital. El viejo ermitaño seguía orando, inclinado sobre la hierba, con los ojos hacia el cielo. -"llegará el momento en que me adoren en Espíritu y en Verdad" dice Jesucristo-. El ermitaño contestó: ¡Dios no está allí. Tú lo desterraste del corazón hace ya tiempo. Gastaste muchos kilos de oro en levantar esa maravilla! El fuego devastó la región y los pobres vinieron en vano hasta tu puerta. ¡Miserable, te dice Dios. No quieres dar casa a tus hermanos y pretendes levantar la mía!
6.- ¿Qué expresan de Jesús los que piensan que con bautizarse, comulgarse, confirmarse y tener el consorcio matrimonial, ya han hecho un gran favor a Dios o la Iglesia? Si hubo un defecto, un pecado, que Cristo fustigó y rechazó de una manera particular, fue el de la hipocresía. Sobre todo la que se da en el campo religioso. El aparentar ser una persona piadosa ante los demás, y estar podrido a los ojos de Dios, era algo que Jesús no podía soportar. (Contar lo del abogado con su nueva oficina)
7.- El servirse de la religión como una careta para aparecer como una persona digna y honorable, el usar la oración o la limosna como una máscara tras ocultar la verdadera y sucia personalidad, la falsa religiosidad, la fe carente de obras, la piedad vacía, el culto ostentoso y carente de espíritu, el amor hecho tan sólo de palabras, la entrega que no pasa de promesas y propósitos, nunca o mal cumplidos... Todo eso le causa al Señor una especie de repulsa letal. Cuando lo importante y lo decisivo es hacer todo bien delante de Dios; buscar el beneplácito divino que ve hasta lo más recóndito de nuestra mente y de nuestro ser. (Leer salmo 138 139)
8.- Malo será que llenemos nuestra iglesia, nuestra parroquia, nuestras dinámicas de grupo, nuestras acciones sociales, nuestros calendario con puntera técnica, ciencia, métodos, medios, dinero y dejemos a un lado lo que es medular en nuestro campo evangelizador: vivir y ser difusores del amor de Dios, de la persona de Jesús, de su mensaje de salvación, de la gran familia que somos y vivimos en la iglesia; los bautizados, muchos de los cuales viven como si no fueran bautizados.
9.- Sin embargo hay muchas personas que sin ser cristianos viven como si lo fueran, pues llevan a la práctica el mandamiento del amor al prójimo necesitado. Y todo esto sin saberse "de memoria" el nombre de los mandamientos. Son los llamados por el gran teólogo K. Rahner "los cristianos anónimos".Ser cristiano sigue siendo lo que fue para Jesús: Una cuestión incomoda y peligrosa, una cuestión de vida o muerte, un asunto que lleva, frecuentemente, a la muerte.
10.- Puede que nos ocurra como al montañista soso, que después de ascender y descender de una gran montaña, le preguntaron: ¿Qué viste desde allá arriba, como se ve el horizonte? El contestó: la verdad es que como iba tan pendiente de subir, llegar y de las cuerdas, no me percaté de lo que hay alrededor. No disfrutó de todas las sensaciones y paisajes que se ven desde una cumbre.
11.- Debemos anunciar un evangelio encarnado en lo cotidiano. Si nos consideramos discípulos de Cristo hemos de salir del templo, del "Sancta Sanctorum", hay que negarse a sí mismo, cargar con su cruz de cada día y seguir sus huellas, para situarnos en el Atrio de los Gentiles. Hemos de repetir "Tú eres el Mesías", desde otros códigos y criterios más existenciales y humanos.
12.- ¿Qué comentar de tu historia Señor, cuando prefiero cualquier novela u oír comentarios azarosos?
¿Qué decir de tu mensaje, cuando prefiero otras cuñas publicitarias, criterios musicales y de películas?
¿Qué expresar de tus caminos, cuando elijo senderos menos comprometidos?
¿Qué decir de tus enseñanzas, cuando soy tan poco aplicado contigo?
¿Qué indicar de tus miradas, cuando miro hacia las sensualidades?
13.- Porque si verdaderamente tuviéramos la definición cabal y verdadera de lo que es eres Tú, no nos alejaríamos de Ti, dando –tantas veces—prioridad a muchas cosas absurdas de este mundo.
Ayúdame Señor, a ponerte en el centro de mí hogar
14.- A dar razón de mí fe, como Pedro cuando preguntas: "¿Uds. también quieren dejarme? Y con entereza y convicción, desde la propia vivencia e iluminación del Espíritu, responder: "Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios"
Quiero buscarte, aunque algunos o algo se empeñen en despistarme
A rezarte, aunque me cueste centrarme en la oración
A conocerte, aunque me resulte difícil reconocerte y oírte.
Ayúdame a gritar a los cuatro vientos, tu propia identidad, tu revelación: ¡TU ERES EL SEÑOR!
Y, entonces, significará algo importante: que te he encontrado, Señor