16 de Abril de 2006 Domingo de Resurrección ciclo B
1 El Jueves pasado celebramos a través de todas las manifestaciones del culto, el amor, el sacerdocio y la Eucaristía. Ambos sacramentos se complementan y Jesucristo los instauró, en la última cena, para devolver a Cristo "amor por amor", es lo que debemos procurar, para que Él sea verdaderamente "vida de nuestras vidas". No olvidemos nunca las siguientes palabras de san Pablo: "Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma el pan y beba del cáliz".
2 De igual manera al celebrar el "día del amor fraterno", damos esencia a la justicia, que busca el respeto de todos los derechos humanos para cada persona; en esto brota el sentido de la verdad, que ilumina la mente del hombre y le saca de sus cegueras y obcecaciones; aquí germina el sentido de la libertad, que rompe las ataduras de todo pecado y de las cadenas y manipulaciones, que atan al hombre; de allí arranca el sentido de la solidaridad, que intenta satisfacer las necesidades fundamentales, para que el ser humano pueda llevar una vida digna; esta es la fuente del amor, que da fuerzas para tratar al prójimo como un hermano, hijo del mismo Dios.
3 Es imprescindible que amemos a nuestra comunidad, es decir a aquellas personas con las que compartimos habitualmente la fe y la celebración de la Eucaristía. El amor a la parroquia se asienta principalmente aquí. Es evangélico que profesemos un amor especial a aquellas personas y comunidades que comparten con nosotros un carisma. El amor a la Iglesia universal y local. La preocupación por los problemas del mundo, especialmente la justicia y la paz y lo que hoy en día se habla, un mejor trato a los inmigrantes.
4 Como constatación de ese amor, he de preguntarme: ¿qué tiempo les dedico a los pobres de Dios, qué recursos económicos, intangibles y materiales les ofrezco, qué nivel de ayuno, abstinencia y austeridad me exijo, cuales y cuántos de mis cualidades pongo a su servicio, qué aprendo en mi relación con ellos? Todos somos iguales. Pero a ellos le hemos puesto "más desiguales que otros". El evangelio me pide que sean "más iguales".
5 Para la Iglesia, ha subrayado el Papa Benedicto XVI: la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y a su esencia. El cristiano tiene que luchar por la justicia, por el orden justo de la sociedad. El amor-caridad siempre será necesario incluso en una sociedad más justa. Siempre es necesaria la atención personal, el consuelo y el cuidado de la persona.
6 Amar no es exclusivamente dar, es sobre todo darse, entregarse al otro, participación personal en las alegrías, necesidades y sufrimientos del otro. En la celebración de la institución del sacerdocio ministerial, el sacerdote debe ser puente que transmita la misericordia de Dios y todos sus dones. Al final de nuestra vida seremos compasivamente examinados sobre nuestra misericordia pastoral y sobre la imagen de Dios que ofrecemos a nuestras comunidades con nuestro comportamiento.
7 Y para identificarte y ser fiel pregúntate a quien debes amar más en tu vida, a quien debes hacer un favor, a quien abrazar o acariciar. En el beso a un anciano solitario en la caricia a una criatura, en el favor a un compañero despreciado, en el loco, el enfermo terminar, amar al enemigo, al que nos traiciona, al que blasfema, así nos sentiremos muy próximo a Jesús.
8 Y no te olvides de pensar en el sacerdocio. Olvídate de lo que pienses de los curas que conoces. Imagínate que estás en un rinconcito del Cenáculo y que oyes como el Maestro dice: haced esto… ¿te lo dice a ti, has hecho una oración por ellos?
9 Entre el pueblo judío solo los esclavos lavaban los pies a sus amos. Si no había esclavos en una casa, cada uno limpiaba el polvo del camino de sus pies por si mismos. Cuando Jesús, anudándose una toalla a la cintura, decide lavar los pies a sus discípulos sabe lo que hace: se convierte en esclavo de sus apóstoles y de todos nosotros. Por eso Pedro se escandaliza. Comprende perfectamente el gesto y con su habitual sinceridad se opone a que Jesús, su Maestro, le lave a él los pies. Este episodio es de una gran belleza plástica como nos lo narra el Evangelista San Juan. Su evangelio se escribió muchos después de los otros tres Sinópticos y por eso Juan pudo meditar más ese significado de servicio de Jesús a los hombres y mujeres de todos los tiempos.
10 La Magdalena, iba con perfumes y llorando camino del sepulcro del Jesús que le había cambiado la vida y se la había llenado de alegría, entusiasmo y esperanzas. ¡Pero qué impresión tan fuerte cuando vio el sepulcro abierto y las vendas depositadas y plegadas sobre el sepulcro! Juan 20,1.
11 Corriendo ha ido a anunciar lo que ha visto, a los Apóstoles. Pedro y Juan escuchan y reciben el mensaje de María Magdalena y van corriendo al sepulcro. "Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero; vio y creyó". Sólo en esta ocasión dice el Evangelio que alguien cree en la Resurrección al ver el sepulcro vacío. El evangelista tiene en cuenta que la mayoría de sus lectores a quienes no se les ha aparecido Cristo Resucitado, han de creer sin haberle visto, como se lo dijo luego al apóstol Tomas. Juan quiere demostrar que si él ha creído sólo por haber visto el sepulcro vacío, y antes de sus apariciones personales, no es necesario verle resucitado, para creer en la resurrección.
12 Fue un hecho inesperado, insólito, nuevo, alegre: "No había aún entendido la Escritura que dice que El había de resucitar de entre los muertos". Los Apóstoles se fueron. Y María se quedó junto al sepulcro, llorando... "Se volvió hacia atrás y vio a Jesús allí de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: "Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?". Jn 20,11. Cristo se aparece a una mujer, porque como fue una mujer la causa del pecado de Adán, ha de ser una mujer la que anuncie a los hombres la resurrección y por tanto, la liberación del pecado. Porque a la mujer se le había quitado su dignidad humana, sus derechos y deberes de igualdad con el hombre
13 "Jesús le dijo: Suéltame, que aún no he subido al Padre; ve a mis hermanos y diles que subo al Padre mío y de Uds." Jn 20,17. María deja alejarse a su Amado. San Juan de la Cruz cantará con voz sublime el alejamiento del Amado: "¿Adónde te escondiste, Amado, - y me dejaste con gemido? -Como el ciervo huiste - habiéndome herido, - salí tras ti clamando - y eras ido".
14 Una riqueza, que no hay que perder, la evangelización de la alegría. Porque hay un riesgo y es que el escenario de los temas de la Pasión prevalezca sobre el de la Pascua, exultación y fiesta, que en los primeros siglos del cristianismo, antes de la institución de la Cuaresma, representaba el período privilegiado de los sacramentos, la catequesis y la liturgia. En el mundo de hoy nos damos cuenta cada vez mejor que evangelizar el goce y la alegría no es menos importante que evangelizar el dolor. Se piensa tantas veces que Dios es enemigo de la alegría, que con Dios todo placer, toda fiesta, toda explosión de alegría es pecado. No es verdad.
15 El sepulcro vacío es el perfil de esa irrefrenable aspiración humana al goce, la alegría y la felicidad de la resurrección, tal y como lo entiende Dios. La resurrección de Cristo es la máxima afirmación de que el fin de la vida no es el sufrimiento y la renuncia, sino la alegría y el gozo. Jesús ha roto la cadena del placer que genera sufrimiento y la ha sustituido con el sufrimiento que genera placer (Cantalamessa)
16 De este modo, la alegría tiene la última palabra, y no el sufrimiento. ¡Tenemos una necesidad enorme de hacer resplandecer ante los ojos de nuestros contemporáneos el rostro del Resucitado! Es mas importante el Domingo de Resurrección, pues, vana sería nuestra fe, que el Viernes de su pasión y muerte
17 San Ignacio aconseja: el intenso moverse" contra la desolación: Dado que en la desolación no debemos mudar los primeros propósitos, mucho aprovecha el intenso mudarse contra la misma desolación, así como es en instar mas en la oración, meditación, en mucho examinar y en alargarnos en algún modo conveniente de hacer penitencia. EE 319
18 Los apóstoles son testigos de la resurrección porque han visto a Jesús, el que bien conocían. Vieron que no estaba entre los muertos, sino vivo entre ellos, conversando con ellos, comiendo con ellos. "Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, no los de la tierra" Col. 3,1.
19 Proclamemos que "este es el día grande en que actuó el Señor: sea el día de nuestra alegría y de nuestro gozo" Salmo 117. Exultemos de gozo con toda la Iglesia, porque éste es el gran día de la actuación de las maravillas de Dios. "¿De qué nos serviría haber nacido, si no hubiéramos sido rescatados?" (Pregón Pascual).
20 Y así como Cristo ha resucitado, nos resucitará a nosotros. Vivamos ya ahora como resucitados que mueren cada día al pecado. La resurrección se va haciendo momento a momento. Es como el crecimiento de un árbol, que no crece de golpe, sino imperceptiblemente. Tendremos tanta resurrección cuanta muerte. Con el auxilio de la gracia siempre actuante en nosotros. "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, Ven, Señor Jesús".