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adjunto al presente un texto que ha llegado a mis manos y lo
considero interesante y reflexivo.
Un abrazo fraterno
César Pocaterra
TODO
EMPALABRADO
Mariano Arnal
Estoy leyendo a Aristóteles (en este momento, la Política), que
escribió más de 400 obras; un enciclopedista como lo sería
un milenio
más tarde San Isidoro de Sevilla. La obra de ambos tiene un gran
parecido, pues con ser importante en cuanto a su contenido, no es esa
su principal virtud, sino el constituir materiales esenciales para la
construcción de la mente. Uno y otro transforman las cosas, las
recrean en cierto modo mediante las palabras, condición
indispensable
para que puedan entrar en la mente. El valor de la obra de
Aristóteles y san Isidoro no radica tanto en las cosas que
dijeron,
como en la capacitación de la mente para decir cosas: la dotaron
del
material necesario para operar, imprimiendo así un avance
sustancial
en su funcionamiento.
¿Qué hace Aristóteles que no haya hecho ningún
filósofo hasta
entonces y que ninguno después de él haya vuelto a hacer? Pues
lo más
grande que hizo fue PONER LAS COSAS EN PALABRAS. Del mismo modo que
para que pueda ser procesada por el ordenador cualquier materia tiene
que llegar el ANALISTA para que éste la convierta en materia
informática, así también para que la mente humana pudiera
procesar
las realidades inaccesibles que tenía ahí fuera (la
política, la
ética, la lógica, la física, etc.), Aristóteles las
descompuso en
elementos aptos para ser procesados por la mente. Tomó las
PALABRAS y
organizó en ellas las COSAS.
¿Qué es pues la ingente obra de Aristóteles? ¿Dónde
radica su
genialidad? La clave vuelve a estar en hacer accesibles las cosas
mediante LAS PALABRAS. Fue capaz de DECIR LAS COSAS, de trasladarlas
de la realidad a la mente. Y para eso tuvo que descubrir o inventar
un diseño de la realidad procesable por la mente. Miremos el
cielo,
contemplemos el universo: si no hubiese empleado la humanidad
billones de horas en diseñar el cielo, en cargar las estrellas de
razones y de relaciones; si no hubiese dibujado con ellas
constelaciones a su vez sostenidas en más amplias razones
guardadas
en mitos; si no hubiese acertado a poner el cielo en palabras, nunca
hubiese podido nuestra mente alcanzar las estrellas y penetrar en los
misterios del universo, recrearse en ellos y utilizarlos nada más
y
nada menos que para crear el tiempo y con él los almanaques, y
andar
seguro sobre la tierra guiándose por las estrellas .
Pues eso hizo Aristóteles en materias que no admitían ser
razonadas,
que ahí estaban como la fuerza de la gravedad antes de que la
diseñara y la explicara Newton, antes de que éste nos
proporcionara
las PALABRAS y las razones para poder hablar de ella. Ahí estaba,
pero no para la mente. Eso es lo que hizo Aristóteles con tantas
cosas que ahí estaban: unas con poquísima entidad para la
mente,
otras sin ninguna. Se ocupó del funcionamiento de la razón en
sus
tratados de Lógica, atendiendo a la analítica, la
interpretación, a
refutar a los sofistas. Abordó la física abarcando en ella el
cielo,
la meteorología, la vida y la muerte, el movimiento, la
reproducción,
los sentidos, la juventud y la vejez, la longevidad y la brevedad de
la vida, la vigilia, el sueño y los sueños, la vida de los
animales,
su anatomía y fisiología. En las ciencias prácticas se
ocupó de la
ética y de la política; profundizó en la retórica y en la
poética, y
creó ex novo la filosofía primera o metafísica. Un caudal
inmenso de
materia para la mente.
LAS ALTAS CUMBRES DE LA RAZÓN
Pero Aristóteles no fue una montaña altísima que se levanta
en la
llanura, sino un pico más elevado al que aúpa todo un sistema
montañoso. Toda la Hélade se dedicó a construir un mundo
para la
mente. El ocio que les proporcionaba la esclavitud ajena les
empujó a
enriquecer su espíritu: dieron un salto gigantesco desde la
barbarie
a la suprema inteligencia. Esa era la mayor riqueza de los griegos:
las ocupaciones reinas eran la filosofía y la política. De
ahí para
abajo, descendía la calidad de la actividad humana.
Es que tuvieron que inventar el vivir. Una vida que si no podía
contarse, no existía. El eje de toda la vida pasó a serlo la
palabra,
la razón. Por eso ponen como únicas actividades nobles la
filosofía y
la política, de la cual la guerra no es más que un instrumento,
como
la retórica. La vivencia y la convivencia: he ahí los dos
parámetros
en que se mueve el pensamiento griego. Si las cosas no tienen un modo
explicable (desenrollable) de ser vividas y entendidas, no son nada.
Por eso ha de pasar todo por el filtro de la razón. Aristóteles
busca
siempre razones en las cosas (logouV (lógus)). Y su razonamiento
es
como el teológico.
El cristianismo fue capaz de afinar a tal punto la herramienta de la
razón (la cumbre fue la filosofía escolástica, heredera
directa del
aristotelismo), que no tuvo mayor dificultad en llegar a la
cuadratura del círculo, a la unidad trina, a la
transubstanciación, a
la resurrección de la carne, a donde fue necesario llegar. Como
Aristóteles defendiendo la esclavitud.
Es que la razón es una necesidad de nuestra mente, no una
necesidad
de las cosas. Somos nosotros los que necesitamos convertir las cosas
en pensables. Y eso no es más que la culminación del proceso
por el
que las hicimos todas audibles. Son muy pocas las cosas que se hacen
oír por sí mismas, las que tienen sonido propio o voz propia y,
como
emanación de ella, vocablo o nombre propio. Y sin embargo nosotros
somos capaces de hacer audibles todas las cosas. Las evocamos ante
nuestros semejantes reproduciendo su sonido; cosa que no podemos
hacer con su imagen. Podemos hablarle a otro tantas cosas? Pero no se
las podemos mostrar visualmente. Pues ese mismo es el proceso por el
que las convertimos en pensables, en objeto adecuado para la
razón.
Y tanto hemos perfeccionado la herramienta, hemos sido capaces de
crear tantos y tales mundos con sólo nuestra razón, que al
final le
hemos asignado un poder por encima de las cosas. Como si la razón
presidiera y ordenara la realidad. Ahí estuvo Sócrates, con sus
seguidores los ?matemáticos? que rendían culto a la razón
numérica,
subordinando el mundo al número, a su armonía. Y su
discípulo Platón
dio el salto definitivo a la razón convertida en palabra-idea; y
luego penetró el platonismo en el cristianismo, elevando la
Palabra (?
Logos? en griego, ?Verbum? en latín) a la condición de Dios.
?Dios
era la Palabra?.
Recordemos que el LOGOS griego es antes razón que Palabra, y que
esa
es en todo caso la interpretación latina. A tan altas cumbres
llegó
la Razón en su carro triunfal: la PALABRA.