Evangelio: Jn 6, 24-35 Cuando la multitud vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús. Y al encontrarle en la otra orilla del mar, le preguntaron: —Maestro, ¿cuándo has llegado aquí? Jesús les respondió: —En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los signos, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado. Obrad no por el alimento que se consume sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó Dios Padre con su sello. Ellos le preguntaron: —¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios? Jesús les respondió: —Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado. Le dijeron: —¿Y qué signo haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? Nuestros padres comieron en el desierto el maná, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo. Les respondió Jesús: —En verdad, en verdad os digo que Moisés no os dio el pan del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que ha bajado del cielo y da la vida al mundo. —Señor, danos siempre de este pan –le dijeron ellos. Jesús les respondió: —Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.
Vivir las obras de Dios
Jesús es la franqueza misma. Ese amor suyo a la verdad, que –bien es sabido– le condujo hasta la muerte, queda manifiesto asimismo en el pasaje que recuerda san Juan en su evangelio y hoy nos ofrece la Iglesia. Vosotros me buscáis no por haber visto los signos, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado. A Jesucristo no le engañaban; no era amor a su Persona lo que despertaba entusiasmo en cuantos le seguían, ni el reconocimiento en Él de un poder y majestad hasta entonces nunca vistos. Algo tan vulgar como el hambre o, muy posiblemente, la posibilidad inconfesable de hartarse sin esfuerzo arrastraba a casi todos a seguirle en aquellos días.
Reaccionan algunos ante el divino reproche, como si de modo natural tuvieran incorporado el convencimiento de que no es bueno tanto interés por las propias cosas. Ven, con evidencia, que han de servir a su Creador: ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?, le preguntan. Se les había manifestado en un instante, con nítida claridad, que su primera y decisiva obligación era configurar la propia existencia según el proyecto original que sólo Dios –Creador del hombre– había determinado. Las obras de Dios; llevar a cabo en cada instante lo que Dios quiere, como Dios quiere. Se trata, muy posiblemente, de realizar lo mismo de siempre: esa ocupación habitual, ordinaria, que nos corresponde en función de la familia, del trabajo, de la relación habitual con la gente, incluso en los momentos del necesario descanso y la diversión. Todo eso como Dios manda.
Enseña Nuestro Señor que no cualquier modo de comportarse es grato a Dios, por mucho que sea libre y pacíficamente escogido por el hombre, incluso con gusto. Con frecuencia, en efecto, como sucedía con aquellas multitudes anónimas e interesadas con frecuencia que seguían a Jesús, los hombres podemos actuar sin el necesario referente divino, único sentido puede hacer digno del hombre nuestro quehacer. Por satisfacer un apetito; por desarrollar una capacidad; por cumplir un deber humano, el que sea; por el propio bienestar o el de los nuestros... Son motivos, nobles todos ellos, pero insuficientes para nosotros, los hombres, habiendo sido capacitados en nuestro mismo origen para la Gloria de Dios: tenemos capacidad para dar gloria de Dios y, por voluntad suya, como hijos adoptivos por Jesucristo, también somos capaces de participar en su propia Gloria.
Lo anterior no es sino consecuencia inmediata de la respuesta de Jesús a la pregunta que acabamos recordar. Ellos le preguntaron: —¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios? Jesús les respondió: —Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien Él ha enviado. Quien Él ha enviado es Jesucristo, el propio Jesús de Nazaret, el Hijo de María Santísima, el mismo que les hablaba, y venía insistindoles de mil modos y demostrado su divinidad con innumerables milagros.
La fe en Jesucristo es lo primero e imprescindible para la santidad. Que Jesús es Dios, está claro; pero, como consecuencia, sus palabras, sus enseñanzas, nos son imprescindibles para la salvación. Tú tienes palabras de vida eterna, confesó Pedro, y Jesús confirmó la afirmación. Lo único que nos puede salvar es vivir de acuerdo con su doctrina. Así, pues, la obra de Dios que hemos de llevar a cabo es siempre la misma. Y consiste en hacer que nuestra vida, cualquiera que sea su condición o situación, nuestra edad o estado, discurra de acuerdo con el Evangelio. El criterio de todo quehacer, será el de Dios, si queremos ser santos, es decir, el de quien Él ha enviado.
Es muy posible que una tendencia espontánea, consecuencias más bien animal de procurar el mínimo esfuerzo, el mayor confort, el quedar bien ante las demás..., nos lleve a pensar sólo en nuestras cosas, sin referencia alguna a Dios ni tal plano sobrenatural que el el propio del hombre por creación. De ese modo nada más se cuenta con la propia capacidad y sólo se aspira a objetivos que, por elevados que sean, no pasan de ser mundanos. Jesús, en cambio, anuncia otra vida. Otro orden superior de existencia que ha sido, para el hombre, por Dios establecido: con un alimento que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, asegura.
—Señor, danos siempre de este pan, acabaron por pedirle. Jesús les respondió: —Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed.
¿Sabemos nosotros alzar la mirada de lo inmediato y meramente interesante para cada uno, y contemplar también –y sobre todo– en lo cotidiano la permanente ocasión de amar a Dios que, al cumplir su voluntad, se nos ofrece?
Sin duda, la Llena de Gracia contemplaba en cada instante una oportunidad de amar a su Dios. Que, como Ella, no queramos dejar pasar esas ocasiones.
Evangelio: Jn 6, 1-15 Después de esto partió Jesús a la otra orilla del mar de Galilea, el de Tiberíades. Le seguía una gran muchedumbre porque veían los signos que hacía con los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Pronto iba a ser la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús, al levantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, le dijo a Felipe: —¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos? –lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer. Felipe le respondió: —Doscientos denarios de pan no bastan ni para que cada uno coma un poco. Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: —Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos? Jesús dijo: —Mandad a la gente que se siente –había en aquel lugar hierba abundante. Y se sentaron un total de unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes y, después de dar gracias, los repartió a los que estaban sentados, e igualmente les dio cuantos peces quisieron. Cuando quedaron saciados, les dijo a sus discípulos: —Recoged los trozos que han sobrado para que no se pierda nada. Y los recogieron, y llenaron doce cestos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Aquellos hombres, viendo el signo que Jesús había hecho, decían: —Éste es verdaderamente el Profeta que viene al mundo. Jesús, conociendo que estaban dispuestos a llevárselo para hacerle rey, se retiró otra vez al monte él solo.
El amor humano de Jesús
Muchas veces y de diversos modos hemos considerado el amor incomparable de Jesús, y meditado en las manifestaciones de ese amor y sus consecuencias en favor nuestro. En definitiva, Jesús, el Hijo de Dios encarnado en las entrañas de María Santísima, hombre entre los hombres para redimirnos, sin dejar por ello de ser Dios, quiso hacernos partícipes de su divinidad a partir de su muerte en la Cruz. Pero esta verdad, que deslumbra la inteligencia del hombre y sobrepasa de modo absoluto el más elevado anhelo suyo de felicidad, quiso Jesucristo que la aprendiéramos precedida de otras manifestaciones de su amor que fueran humanamente tangibles. Es muy probable que nadie hubiera confiado en sus promesas de amor, si no hubiera manifestado ya de algún modo amor por los hombres durante su vida mortal.
Es de sobra conocido por todos el espectacular milagro que para hoy nos ofrece la liturgia de la Iglesia. Miles de personas son alimentadas por Jesús, que cuenta sólo con unos pocos panes y unos peces. El prodigio es notorio y pone de manifiesto, sin posible discusión, su poder sobrenatural. En cierta medida, aunque posiblemente gran parte de aquella multitud no entendió el genuino sentido del milagro, sí sirvió, sin embargo, para poner de manifiesto el poder y la autoridad sobrenaturales de su autor: las palabras exigentes que simultáneamente le escuchaban contaban con el refrendo de sus milagros. Las suyas son palabras de Dios –concluye el propio Cristo más de una vez– porque sólo Dios es capaz de las obras que Él hace.
Siendo éste el principal sentido de los milagros de Jesús: manifestar a todos su divinidad, y que había venido, como Dios y hombre, en favor de los hombres, no pocas veces hace Jesús prodigios dejando claro que lo que le impulsa a ello es la compasión que siente ante el dolor humano o, como el caso que hoy contemplamos, la necesidad de la gente. Jesús se preocupa ante la evidente indigencia humana y, en consecuencia, actúa con eficacia. Diríamos que le mueve la compasión. No se queda en lamentarse, ni en acompañar consolando en el sufrimiento. No le basta comprender que son muchos los que, por desgracia, sufren en bastantes situaciones de ese estilo, ni que el dolor, por desgracia, es lo propio de aquel triste caso. Comprende, en efecto, la tragedia que aquella viuda en Naín, según cuentas san Lucas, que acaba de perder todo: a su único hijo, y lo resucita. Y hoy contemplamos que Jesús, al levantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, le dijo a Felipe: —¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos? Porque algo, desde luego, se podría pensar para que comiera aquella gente. De poco serviría argumentar lo evidente: que cada uno era responsable de su problema, sin duda, libremente asumido al seguirle, o que en absoluto era responsable de la situación. En el mejor de los casos, un caos considerable estaba garantizado –así habían venido las cosas– si no intervenía con eficacia. Pero el gran amor de Jesús le lleva a sentirse responsable de ellos sólo porque le seguían.
Por lo demás, en buena lógica, cuando todavía no se tiene suficiente visión de las realidades sobrenaturales y, en consecuencia, no es posible captar su auténtico valor, las personas entendemos el amor ofrecido por la gratuidad y abundancia de los dones, meramente materiales, que quien dice amarnos nos otorga. Suele ser un segundo momento cuando aprendemos el valor propio de la generosidad, del olvido de sí, de sacrificarse en favor de otros..., modos éstos superiores de amar que, por su excelencia, engrandecen de verdad a quien los ejercita, y mucho más que la posesión de bienes meramente terrenos. Pero, ¿cómo comprender que nos quiere y cómo seguir su ejemplo y el consejo de quien pudiendo salir con eficacia –por su capacidad– al paso de nuestro conocido dolor parece ignorarlo a efectos prácticos?
El apóstol san Juan es muy claro en esto con los primeros cristianos: el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, que ame también a su hermano. Porque el amor no es sino el de Cristo. En esto hemos conocido el amor –prosigue el apóstol y evangelista–: en que él dio su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios? Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad.
Querríamos llevar hasta el exceso –de ser posible– nuestro amor a Dios, por la gratitud que sentimos y pues está en ello la esencia de la santidad. Si el apóstol san Juan pone como condición de auténtico amor transcendente a Dios el amor efectivo a los hermanos, el propio Cristo parece identificar en uno ambos amores: en verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis. Y en verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también dejasteis de hacerlo conmigo. Palabras de Jesús ciertamente nítidas y tajantes, concordes, por lo demás con la teología paulina que ve otro Cristo en el cristiano: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí, afirma.
Santa María nos ilumine maternalmente para que sepamos amar a su Hijo en los demás.
Evangelio: Mt 20, 20-28 Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró ante él para hacerle una petición. Él le preguntó: —¿Qué quieres? Ella le dijo: —Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesús respondió: —No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? —Podemos —le dijeron. Él añadió: —Beberéis mi cáliz; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto por mi Padre. Al oír esto, los diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús les llamó y les dijo: —Sabéis que los que gobiernan las naciones las oprimen y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos.
El divino ideal
En la celebración del apóstol Santiago, intentamos meditar en las palabras conclusivas de Nuestro Señor de la escena evangélica que, para hoy, nos ofrece la Liturgia de la Iglesia. Palabras, como siempre, definitivas por su importancia para nuestra vida de cristianos. En este caso, se refiere expresamente Jesús a una característica imprescindible, como actitud de fondo y condición, en quienes quieran ser grandes para Él. Queda claro, una vez más, que los criterios mundanos de valoración no se corresponden con los criterios divinos. Los hombres, demasiado preocupados por sí mismos, olvidados a menudo del sentido genuino y trascendente de su existencia, y ajenos –en la práctica– al querer de Dios, parecen haber perdido el interés por los verdaderos valores, y se desviven –en cambio– por objetivos que les apartan de su fin y también de su felicidad, aunque no puedan sospecharlo.
Jesús no quita la razón a la buena madre de Santiago y de Juan. Sus deseos son claramente inmejorables: desear el mayor bien para sus hijos, y nada puede ser comparable a la máxima proximidad con Dios. Pero debe corregir Jesús, sin embargo, la rivalidad entre los apóstoles, que entienden mal –a lo humano– la grandeza en el Reino de los Cielos. Ellos, por el momento, se ilusionan tan sólo con una grandeza de "tejas abajo". Los hombres, en efecto, hemos adulterado el sentido de la bondad, del mérito, del valor: ya no tienen para la mayoría, en una primera y espontánea apreciación, su genuino y original significado. La fama, el bienestar, el poder; que tantas veces son compatibles con la maldad moral y el egoísmo, y con la falta de caridad –esencia de la perfección cristiana–, han venido a suplantar a los verdaderos bienes, que hacen bueno al hombre. Dios nos espera –simplemente buenos–, aún a costa de no tener esos otros "valores", que tanto atraen desordenadamente como consecuencia del pecado.
No tiene que ser así entre vosotros, reprende a los Apóstoles. Las palabras de Jesucristo son inequívocas. En lo sucesivo, los discípulos del Señor no verían un ideal en las ilusiones tan frecuentes de la mayoría. Lo de ellos tendría que ser tantas veces lo menos apreciado, lo que por regla general muchos consideran sin valor y, en la práctica, despreciable. Lo bueno sería servir; lo valioso para el Reino de los Cielos poner todo lo propio, hasta la vida, en servicio los demás: de la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos.
Se hace muy necesario meditar con detenimiento esta afirmación de Jesucristo, de modo particular en nuestros días, por el concepto dominante de persona, que contrasta sobremanera con el ideal del Señor. Supone este divino ideal ciertamente una ruptura, que podría parecer muy violenta, con los modos de actuación y los planteamientos vitales más frecuentes. Dejando a un lado la descripción de las diversas variantes en este sentido, que dependerán de distintas culturas y regiones, centrémonos –por ser más prácticos– en el consejo imperativo de Cristo: quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. Se tratará para el cristiano, de empeñarse decididamente en un servicio que busque el bien, el desarrollo y progreso del otro, lo mejor en todo momento para los demás. Su cabeza y su corazón –nuestra cabeza y nuestro corazón, si queremos ser buenos cristianos–, no querrán dirigirse sino a las necesidades y el mejor bien de los que nos rodean y de todo el mundo. El propio bien suyo –su felicidad, su alegría, su salud, su éxito– no le preocupa al cristiano: confía esperanzado en la Eterna Bienaventuranza, mientras se consume, como una discreta brasa, calentando eficazmente su entorno.
San Josemaría utilizó con frecuencia esta imagen: Tú has de comportarte como una brasa encendida, que pega fuego donde quiera que esté; o, por lo menos, procura elevar la temperatura espiritual de los que te rodean, llevándoles a vivir una intensa vida cristiana. Porque, en el fondo, el único verdadero interés nuestro debe ser "pegar" a otros al Señor. En esto quiere consistir el servicio cristiano en el mundo. Con un profundo respeto a la libertad individual, ofreceremos gratuitamente a todos lo mejor que es posible ofrecer: la verdad de la fe. Ese servicio consistirá, las más de las veces, en el ejemplo sencillo de una vida coherente con el Evangelio, y en la explicación, atractiva a la medida de cada uno, de la doctrina de Jesucristo.
Santa María, nuestra Madre, es la Reina de los Apóstoles. Su intercesión poderosa nos hará fieles imitadores de los primeros discípulos, que aprendieron a ser apóstoles, como Ella, de labios de su Hijo.
Evangelio: Mc 6, 30-34 Reunidos los apóstoles con Jesús, le explicaron todo lo que habían hecho y enseñado. Y les dice: —Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer. Y se marcharon en la barca a un lugar apartado ellos solos. Pero los vieron marchar, y muchos los reconocieron. Y desde todas las ciudades, salieron deprisa hacia allí por tierra y llegaron antes que ellos. Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.
El orden en el amor
Como ovejas que no tienen pastor, señala el evangelista en el pasaje que la Iglesia ofrece a nuestra consideración para este domingo Alude así al estado de desvalimiento de aquellas gentes. Jesús se compadece. Podría muy bien haber pensado ante todo en otros más capaces, con menos dificultades, con más medios y capacidad de influir, pero no. De hecho, la enseñanza reiterada de los pastores de la Iglesia es que Jesús se fijó en los más necesitados y se entregó en persona materialmente a ellos. Es lo normal, para un alma que ama, salir al paso primero del dolor, la indigencia y el mal que se puede remediar ya en los que están más próximos. Si nos interesan todas las almas –un mar sin orillas es nuestro apostolado, afirmaba san Josemaría–, no podremos ser consecuentes con esta convicción dejando sufrir a quienes tratamos mañana y tarde.
Aunque todos conocemos ambientes, tal vez distantes, en los que abunda el dolor y que sería necesaria una enorme cantidad de solidaridad para comenzar a poner remedio a esas situaciones, muchas veces ignoradas, que nos han sobrecogido al conocerlas, también muy cerca de nosotros las personas sufren. Lo sabemos, pero parece que tuviéramos que poner un singular esfuerzo para reconocerlo en concreto y, más aún, para sentir alguna conmoción que sea efectiva. Los que son víctima de la ignorancia y sus consecuencias, posiblemente la peor de las pobrezas; los marginados por las cambiantes injusticias, dependiendo de lugares y momentos; los que han padecido el infortunio de un destino humanamente adverso sin culpa propia, por ruina, enfermedad, abandono, etc., son algunos ejemplos de gentes sufrientes con las que convivimos.
Sabemos que están ahí. Quizá, sobre todo, abundan los ignorantes de Dios, incapaces de vivir hacia la vida eterna, que es el único destino plenamente gratificante para el hombre, aunque, la propia ignorancia conlleve a no echarlo de menos. ¿Acaso nos importa poco? Pues, no hay lugar para la disculpa: "qué puedo hacer yo estando tan distantes los indigentes", dien algunos. Muchos hay, ciertamente, distantes, como alejados de Cristo había también muchos necesitados hace 20 siglos. Pero, como entonces, podremos verlos también cada uno a nuestro lado. Necesitados en el cuerpo o en el espíritu en el propio edificio, al cruzar por la calle de siempre, en nuestro lugar de trabajo, incluso en la propia casa.
Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, dice san Marcos. De inmediato se dio cuenta. Y, no ya de que estuvieran verdaderamente necesitados, como ovejas sin pastor, sino de que podría ayudarles, pues, de hecho, puso de inmediato manos a la obra: se puso a enseñarles muchas cosas. "Obras son amores, y no buenas razones", solemos afirmar hoy. Ya lo advertiría san Juan, el apóstol y evangelista: si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios? Seamos, pues, sinceros con nosotros mismos, que la medida de nuestra santidad está en los detalles concretos con los que aliviamos, de hecho, las indigencias que contemplamos. Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad, concluye san Juan.
Más difícil posiblemente sea –aunque no nos falta la luz de Dios– notar la ausencia de relieve sobrenatural y trascendencia en la vida de nuestros prójimos. Siin embargo, en la medida en que crece el amor de Dios, aumenta asimismo el celo santo que procura que sea amado por muchos: ¡Qué compasión te inspiran!... Querrías gritarles que están perdiendo el tiempo... ¿Por qué son tan ciegos, y no perciben lo que tú —miserable— has visto? ¿Por qué no han de preferir lo mejor? —Reza, mortifícate, y luego —¡tienes obligación!— despiértales uno a uno, explicándoles —también uno a uno— que, lo mismo que tú, pueden encontrar un camino divino, sin abandonar el lugar que ocupan en la sociedad.
Las palabras de san Josemaría nos pueden ayudar a concretar qué haremos por éste, por aquél... Los conocemos por amistad, compañerismo, parentesco, etc. e intentaremos lo más oportuno en cada caso. La Gracia de Dios no nos ha de faltar para que nos salgan de los labios las palabras que el interesado necesita. En todo caso, habremos ido por delante, "preparando el terreno" con oración y mortificación: las primeras y más eficaces armas del apóstol. Luego, el tiempo y la correspondencia libre en cada caso deben hacer el resto. Salió el sembrador a sembrar..., decía Nuestro Señor en la parábola. Después cada semilla fructficaba a su modo según sus disposiciones. Lo nuestro es sembrar.
Día 16 Memoria Obligatoria: Nuestra Señora del Carmen
Evangelio: Mt 12, 46-50 Aún estaba él hablando a las multitudes, cuando su madre y sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él. Alguien le dijo entonces: —Mira, tu madre y tus hermanos están ahí fuera intentando hablar contigo. Pero él respondió al que se lo decía: —¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: —Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.
Como María
Celebramos en este día a nuestra Madre del Cielo, Santa María. Y los versículos de san Mateo que hoy nos ofrece la Iglesia parecen ideales para que consideremos la grandeza de la Madre de Dios. Como sabemos, esa alabanza de Jesucristo que parece dejar de lado precisamente a su Madre es, sin embargo, la proclamación pública, ante cuantos le escuchaban en aquel momento y, para siempre ya, imborrable en su Evangelio, de la excelencia sin igual de María Santísima. Aquella mujer, llena de Gracia, que había consentido dócilmente a cuanto Dios quisiera de Ella era, sin duda, la destinataria primera de la alabanza que hace Jesús: todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en manos Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi Madre. Nadie como Ella, en efecto, había querido y sabido cumplir la voluntad del Padre que está en los Cielos. Por lo demás, no es menos cierto que María sea simultáneamente hermano, hermana y madre de Jesús.
Pero, aprovechemos esta celebración para brindar a María nuestro deseo eficaz de cooperar, con Ella, en el ofrecimiento de nuestro mundo a Dios. Ante todo, es necesaria la entrega del corazón. Que nuestros afectos se dirijan al Señor y que alentemos propósitos de servirle; de buscar que otros quieran ponerle también en el centro de sus vidas. Queramos que nuestros sentimientos, como los suyos, deseen ver a Dios –Amor nuestro– honrado, amado por los corazones de todos los hombres. Buscaremos, pues, que los amigos y conocidos concreten pautas de vida que sean manifestación de su piedad, señales eficaces de que desean amar a Dios sobre todas las cosas. La contemplación de esa relación de María con Dios y de Dios con Ella es, sin duda, estímulo animante para cada uno y para todos.
Ave María, escucha la doncella de Nazaret. Un ángel –¡nada menos!– de parte de Dios se dirige a María. Lo cual indica, sin duda, tanto la categoría del mensaje, de quien lo recibe y, como es evidente, de su autor: la Trinidad Beatísima. Y Dios nos habla también a cada uno del mejor modo: según nuestras personales circunstancias. Fácilmente sabemos lo que nos dice Dios y, sobre todo, que es Él, quien se dirige a cada uno: un suceso que nos hace pensar, una lectura, una conducta, un comentario, una festividad como la de hoy... Algo, en suma, que nos interpela y nos sitúa ante Dios, conocedor de las conciencias. Pero volvamos a contemplar a nuestra Madre, con la ilusión de volcarnos en afectos agradecidos a Dios, por su bondad con los hombres, y a Ella misma, por su correspondencia a la Gracia divina y el ejemplo de su impecable correspondencia.
Con mucha frecuencia valdrá la pena hacer así la oración, contemplando, pidiendo, tal vez, únicamente amor: más amor, que sea eficaz –con obras– por Santa María y por Dios mismo. Un amor a la medida del que nos enseña Nuestro Padre y el Cielo, cuando se dirige a María. Lo hace con un saludo amable, grato, que no sobrecoge y menos aún asusta. Así actúa también Dios con cada uno. Para Él siempre somos niños. ¡Qué queramos, siempre también, ser niños y nada más en la presencia de nuestro Dios. No debe asustarse el niño pequeño cuando llega su madre o su padre y lo besa.
¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y... no me he vuelto loco?, solía afirmar san Josemaría. Tampoco nosotros nos queremos acostumbrar. No queremos vivir como si no tuviera importancia el amor que Dios nos tiene. Por eso agradeceremos de modo expreso su cariño. No queremos valorar nada tanto como ese amor. Deseamos que sea el fundamento de nuestra alegría, de nuestra seguridad en medio de todo lo que pudiera venirnos de este mundo, el fundamento de nuestro consuelo para los peores momentos. No serán otros, por cierto, que los que Dios, en su amor inmenso, tenga a bien consentir.
Y mientras María escucha las palabras de Gabriel, nos podemos imaginar a Dios atento, pendiente de Ella, aguardando su reacción que tendría tanta trascendencia. Porque le importamos mucho a Dios –tan grande su amor por la humanidad–. Diríamos que Dios había puesto mucho en juego con su plan salvador: María, llena de Gracia, concebida sin pecado para ser, así, la más digna de las madres; el Espíritu Santo dispuesto a descender sobre Ella; y el Hijo a punto de tomar carne humana en su cuerpo de mujer. Nacería luego, a los nueve meses como los demás hombres –la podría llamar verdaderamente Madre– y podría asimismo llevar a cabo la Redención.
También nosotros deseamos vivir bien despiertos frente a las realidades sobrenaturales. A nuestra medida, hay mucho en juego con nuestra conducta: De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides— dependen muchas cosas grandes, asegura el autor de Camino. Se trata de la voluntad de Dios, Omnipotente, que triunfa a través de sus hijos los hombres y, por eso, nunca hay en esa voluntad cosas de poca importancia, triviales, vulgares. Vivamos permanentemente a luz de esta verdad. Con este convencimiento alumbrando nuestra existencia, nuestros planes, dificultades, proyectos, ilusiones, presente, futuro y pasado. En una palabra: con la escena de la Anunciación en nuestra mente y en nuestro corazón.
No queramos que se detenga la contemplación nuestra de María, llena de Gracia, jamás. Queramos, en cambio, que sea más intensa en sus fiestas. Por su cuenta, como Madre buena, sabrá hacernos inmensamente felices o, lo que es lo mismo, más amantes de los planes de Dios.
Mc 6, 7-13 Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus impuros. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas. Y les decía: —Si entráis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún sitio no os acogen ni os escuchan, al salir de allí sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos. Se marcharon y predicaron que se convirtieran. Y expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
Todos apóstoles
Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, declara el apóstol san Pablo en la primera carta a su discípulo Timoteo. Y observamos, en estos versículos de san Marcos que para hoy nos ofrece la Iglesia, ese deseo salvador divino, en la actitud y palabras de Jesús con sus discípulos. Pues, no solamente Él, en persona, difundió el Evangelio de salvación. Hizo más, una vez aleccionados oportunamente sus discípulos, los envía por las distintas ciudades, pertrechados de poderes sobrenaturales, para que también ellos pudieran atestiguar, con prodigios, la autoridad de la doctrina que, de su parte, predicaban.
Parece que Jesús quiere dejar claro, a aquellos a quienes había constituido mensajeros de su palabra, que no llevarían a cabo su misión por sí mismos, con sus fuerzas humanas personales, ni gracias a sus talentos; sino gracias al auxilio divino. Nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas. Hasta llevar un bastón nos resulta aleccionador: no siendo necesario cargar con provisiones, pues, cada día tiene su propio afán y Dios, que se ocupa de los lirios del campo, cómo no se cuidará de sus enviados, sí parece necesario lo imprescindible para el caminante: el bastón y las sandalias, en aquella época.
Pero, una vez con lo necesario para ser capaces de transmitir las enseñanzas de Jesús, el apóstol no precisa nada más. Únicamente el sustento y cobijo cotidiano para seguir cada día con su misión. Es más, toda su actividad va finalmente encaminada al fin exclusivo de la difusión del Evangelio, es decir, procurar que otros encarnen con sus vidas el ideal que Cristo vino a traer al mundo: nuestra existencia como hijos de Dios.
La vida de todo cristiano, cualquiera que sea su estado, su condición social, lo mismo sanos que enfermos, es, por vocación, una vida apostólica. Os he os he elegido, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. Queramos sentirnos activamente comprometidos, protagonistas –todos– excepcionales de esa elección. Las ocupaciones familiares, profesionales, sociales de todo tipo, la diversión y el descanso de una persona normal, corriente, no son un obstáculo. Más bien, al contrario, esas circunstancias, mientras, de suyo, no sean ofensivas a Dios, pueden ser el medio oportuno de encuentro con las almas destinadas a la vida eterna en Jesucristo.
La santidad está al alcance de cualquiera, que no se ocupe en una actividad de pecado, aunque nunca se lo haya planteado por el momento, sin necesidad de llevar a cabo cambios profundos en la organizació animado n de su vida. Las mismas ocupaciones corrientes de todos los días pueden y deben ser santas; y éste es, sencillamente, el mensaje que todo cristiano corriente debe difundir en su entorno familiar, profesional, social de todo tipo. Vivir como hijos de Dios, orientados hacia la Eternidad Bienaventurada, debe ser cosa de todos. ¡Alegraos siempre en el Señor!, os lo digo del nuevo: ¡alegraos!, animaba el Apóstol a sus filipenses. Nuestra vida puede y debe ser en todo caso de alegría contagiosa, también cuando en ella hay contrariedades, que no faltan en ningún humano. Pero el optimismo alegre de ser hijos de Dios es bálsamo que suaviza todo dolor, tónico que fortalece cualquier debilidad, vino generoso que deleita en el quehacer cotidiano. Así es la bondad de Dios, que no abandona a sus enviados.
La tarea del apóstol es grandiosa, fascinante. Reclama, sin duda, lo mejor de cada uno, para que, con la gracia divina sea máximamente eficaz. Has de prestar Amor de Dios y celo por las almas a otros –afirma san Josemaría–, para que éstos a su vez enciendan a muchos más que están en un tercer plano, y cada uno de los últimos a sus compañeros de profesión. ¡Cuántas calorías espirituales necesitas! —Y ¡qué responsabilidad tan grande si te enfrías!, y —no lo quiero pensar— ¡qué crimen tan horroroso si dieras mal ejemplo!
Los discípulos, enviados por Jesús hace veinte siglos, se exigieron a sí mismos con fortaleza. Así se espera, también para extensión del Reino de Dios y gloria de su Iglesia, de nosotros en ese tiempo. Y la disposición para el sacrificio, y no querer tener otro objetivo en la vida que el apostólico, se hacen asimismo hoy tan necesarios como entonces. Como entonces a aquellos primeros, nos mueve si no ponemos obstáculos, y mueve las almas de quienes tratamos, el Amor de Dios. La oración de contemplación es, por ello, el motor muestro y el camino por el que deben discurrir nuestros familiares, amigos y conocidos para llegar a entusiasmarse con ese Dios que es compasivo y misericordioso, y guarda en Sí para sus hijos tantas delicias de su Amor.
Bienaventurada porque has creído, le dijo Isabel; y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, confirma María. Para que aprendamos que todo el sacrificio posible, si es para Dios, se hace alegría en nuestro corazón.
Evangelio Mc 6, 1-6 Salió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Y cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos de los que le oían decían admirados: —¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos?¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él. Y les decía Jesús: —No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra, entre sus parientes y en su casa. Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por su incredulidad.
Ser santos en la vida corriente
Por los versículos de san Marcos que nos ofrece para considerar en este domingo la Liturgia de la Iglesia, podemos saber que los paisanos de Jesús lo tenían, en efecto, como un hombre corriente. Pero sucedía entonces, como en nuestros días, que la gran mayoría de las personas tenían escaso conocimiento de las verdades reveladas. También hoy sucede con frecuencia que quienes se dedican junto a colegas, compañeros y amigos a ocupaciones corrientes de trabajo, familia, diversión, etc. son poco versados en la ciencia de Dios. Resulta, de eso, también hoy admirable encontrarse a un cristiano corriente que tiene una buena formación doctrinal católica.
Posiblemente también en el círculo de nuestros familiares, amigos y conocidos les llamaría la atención --si no les ha sorprendido ya-- vernos piadosos, además de buenos trabajadores; conocedores del evangelio --sin vergüenzas--, además te enterados de los vaivenes de la política local e internacional; con tiempo para ellos --para cada uno--, y con tiempo también para la frecuencia de sacramentos y para la oración. Y todo eso a costa, eso se, de la propia comodidad, del ocio y de las pérdidas de tiempo, que para muchos se han convertido hoy en un derecho. En este sentido las cosas parece que han cambiado poco en veinte siglos.
Hoy como ayer, salir de la mediocridad que reina en el saber y en el hacer, porque la comodidad excesiva o pereza es un pecado capital que a todos nos tienta, es logro victorioso de algunos luchadores. Toda una "industria" sabe aprovechar la debilidad humana y mantenerla, para manejar mejor a las personas, uniformadas así por la ley del mínimo esfuerzo. Los beneficios de la hábil explotación son ingentes por la comercialización de cientos de artículos que nutren y activan más y más los apetitos meramente humanos del gusto y el confort. A la vista de todos está el lujo y el placer que disfrutan en unos pocos y muchos más pretenden: capricho superfluo y, sin embargo, nuevo dios que acapara la mente, el corazón y la sensibilidad de tantos y tantos.
Los criterios de éxito, de poder, de categoría y calidad de vida o de dignidad y grandeza humanas, de esa cultura, incluyen valores solamente terrenos. Pocas veces, en efecto, se piensa en un gran hombre privadamente justo, heroico, generoso, valiente, esforzado, humilde... Si no es famoso de algún modo, si no triunfa con un éxito reconocido, es difícil que en la sociedad en que vivimos se le considere un ejemplo a seguir. Un "gran hombre" es famoso, desata la admiración de las multitudes, incluso pone de moda su forma de ser por alguna razón exitosa, aunque personalmente esté cargado de vicios --que puede no estalo--, con independencia, en cualquier caso, de su calidad humana y espiritual. Algo tan poco meritorio como la caprichosa fortuna o unas condiciones naturales físicas extraordinarias, puede hacer a alguien admirable y envidiable incluso para algunos.
Deberíamos habituarnos --si es que reconocemos que podemos ser en ocasiones un poco superficiales en el modo de valorar las personas-- a calar en el fondo auténtico de la gente, en la medida de lo posible. Sin duda, es necesario primero y ante todo conocernos bien la nosotros mismos. Contemplar nuestra vida y su conducta --como contenido que da valor y categoría al ser persona de cada uno-- desde una conciencia sobrenatural, divina. Con esa luz nos será fácil juzgar de nosotros mismos ante todo, y de los demás de modo secundario pero acertadamente, ya que nos interesa, por muy diversas razones, saber cómo son en realidad nuestros semejantes.
Las palabras de san Marcos que hoy se nos ofrecen, ponen de manifiesto que Jesús, en aquella ocasión, siendo como siempre la perfección misma de categoría humana no cayó bien a sus paisanos. Fue, según parece, porque esperaban de Él algo llamativo: el éxito clamoroso como condición para que sea reconocida la virtud. No se deja Jesús impresionar por las pretensiones de aquéllos: no munda su conducta para ganarse seguidores. Ciertamente, tampoco sería más más cierto lo que acababa de enseñarles por hacer, además, algún prodigio extraordinario como esperaban. Por la elocuencia de sus palabras y la coherencia incontestable de sus razonamientos, ya habían reconocido la verdad de su doctrina: ¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado...? Sólo quedaba ya --y por parte de ellos-- asentimiento a las palabras de Jesús, pues las reconocían cargadas de verdad --aunque fuera para ellos nada más por el momento, el artesano, el hijo de María-- y poner por obra su enseñanza.
También nosotros queremos actuar siempre con esa sencillez de Jesús, pues es suficiente con que contemple Dios nuestras buenas obras para sentirnos en llenos de paz. No queramos sentir sobre todo el beneplácito de los hombres. No necesitemos una justificación ante ellos de nuestra conducta: basta con que la recta conciencia no nos acuse ante Dios. Del mundo no pocas veces sentiremos incomprensión, cargada como ésta la sociedad de ideales e intereses de mero confort, útiles a corto plazo, plausibles para una mayoría --eso sí-- poco dada al esfuerzo.
La Madre de Dios y de los hombres, que en su admirable y humilde sencillez todo lo refiere a su Creador, nos asista a cada paso y permanezcamos sólo atentos a lo que a Él le agrada.
Evangelio: Jn 20, 24-29 Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: —¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió: —Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré. A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: —La paz esté con vosotros. Después le dijo a Tomás: —Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: —¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: —Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.
Un permanente acto de fe
En estos días de la historia que nos han tocado parece imponerse, con una fuerza cada día más imperiosa, la teoría de que debemos vivir únicamente de cara a la realidad palpable. El ámbito estrictamente humano de los fenómenos constatables por el propio hombre sería el único relevante para nosotros. Lo que no se puede medir, aquello de lo que no se puede tener una experiencia sensible, por mucho que se afirme, aunque haya sido aceptado antes por innumerables generaciones, en realidad hoy es para muchos irrelevante. El hombre del siglo XXI, para no ser tachado de iluso, ignorante o retrasado debe olvidar –dicen– la palabra a creer. La falta de fe es una actitud que pretenden imponer hoy algunos en ciertos sectores culturales.
Los relatos evangélicos quedan, por tanto, al margen de esa moderna concepción de la vida humana y del mundo. Se argumenta que –con independencia de si están cargados de razón y de justicia– como narran sucesos extraordinarios, nada convincentes para la razón humana, no se pueden aceptar. Los Evangelios serían falsos puestos que contienen relatos que el hombre no puede entender. Pero, claro, si se acepta la afirmación anterior el hombre se coloca a sí mismo como árbitro absoluto evaluador de toda realidad y verdad y, en rigor, todo terminaría entonces donde acaban las capacidades humanas. Es la consecuencia necesaria si sólo es real lo cognoscible por el hombre.
Nada más insólito, por alejado de la experiencia, que la vida actual de quien estuvo muerto y enterrado. Pero Tomás no se pudo negar a la resurrección de Jesús: lo estaba contemplando con sus ojos y palpando con sus propias manos. Y el apóstol convencido se desdice públicamente ante los demás, que habían sido testigos hacía poco de su engreída seguridad: si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré, había declarado.
Pero esa lección de Cristo, con ocasión de la incredulidad del apóstol, parece haber sido olvidada por algunos que se dicen en nuestros días maduros. Con una pretendida elocuencia y sabiduría, que más bien parece ingenuidad infantil, afirman tozudamente: "si no lo veo, no lo creo". Y Jesús, que tiene "palabras de vida eterna", para la Eternidad y para todos nuestros días, sigue diciéndonos hoy: bienaventurados los que sin haber visto hayan creído y no seas incrédulo sino creyente. ¿Acaso podrían engañar a Tomás de modo unánime el resto de los Apóstoles? Nada más absurdo ¿No podría por sí mismo haber comprobado que el sepulcro estaba vacío? Sin duda y con poco esfuerzo. María, la Madre de Jesús, le hubiera confirmado de inmediato, llena de gozo, la Resurrección de su Hijo, de haberle preguntado, pero no lo hizo.
También ahora algunos parecen muy convencidos, con la seguridad que les brinda su exclusivo criterio. En realidad, no es precisamente de hoy ese apego desmesurado a lo propio, que impide al sujeto reconocer lo verdadero y valioso de lo demás. Pero la pérdida que supone esa triste actitud es especialmente lamentable cuando el otro, a quien no se atiende, anuncia con verdad a Dios.
Se hace muy necesaria en nuestros días una vida humana de fe. Necesita el hombre vivir libre del prejuicio de que la fe empequeñece, recorta la libertad intelectual, disminuye el señorío propio, resta capacidad de iniciativa, nos convierte en elementos informes de una masa impersonal, etc. Muy por el contrario, conocer a Dios, creer a Dios, y de modo particular cuanto ha revelado acerca de los hombres, eleva al creyente sobremanera respecto a los que desconocen cuanto a Dios se refiere.
Los imperativos de la fe, esos compromisos que reconoce el creyente al aceptar a Dios como Padre, condicionan ciertamente –he aquí el problema inconfesable– la vida personal de todos. Por lo mismo que el que tiene fe considera decisivo reconocer a Dios y es bien consiente de la tremenda laguna intelectual que supone para el hombre no advertir su presencia. Sólo el que cree y vive la fe sabe, por otra parte, de la paz de tener a Dios como Padre de los hombres, que ha querido amarnos lo indecible, manifestando ese cariño de modo efectivo y permanente. El hombre de fe es consciente de que Dios lo ha hecho capaz de llevar a cabo acciones relevantes ante Él –de categoría divina– con sólo cumplir su voluntad. Lo que condiciona, pues, la vida del creyente en cuanto tal, más que como requisitos condicionantes negativos, se contempla a los ojos de la fe como ocasiones de auténtico engrandecimiento y acceso a la divinidad, y permanente ocasión de alegría y agradecimiento.
La Madre de Dios y de los hombres, maestra de fe, de esperanza y de amor, nos colme de su alegría –le pedimos–, para saber contagiar a otros –a muchos– del entusiasmo inigualable de creer en Dios.
Día 29. SOLEMNIDAD: SAN PEDRO Y SAN PABLO, apóstoles
Evangelio: Mt 16, 13-19 Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntarles a sus discípulos: —¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos respondieron: —Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas. Él les dijo: —Y vosotros, ¿quién decís –que soy– yo? Respondió Simón Pedro: —Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: —Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielo.
A la grandeza y la felicidad por la obediencia
En la Solemnidad, en que celebramos a los apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia, podemos fijarnos en el ejemplo de fidelidad leal a Jesucristo que brilla sobremanera en estos dos hombres. Ellos quisieron que su vida no fuera sino lo que el Hijo de Dios determinara. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que todo el interés de Pedro y de Pablo, aun siendo de caracteres bien distintos, según se muestra con evidencia en los relatos del Nuevo Testamento, fue identificarse con el querer de Cristo; es decir, obedecerle. El máximo deseo de cumplir en detalle la voluntad de Jesús, identifica, en ese sentido, a ambos Apóstoles; y no sólo a ellos, sino a todos los santos, pues, ninguno puede serlo al margen de la voluntad de Dios.
Cuando parece que un cierto ideal de la persona consistiría en desenvolverse en la vida guiado únicamente con el propio criterio, sin más punto de referencia que el parecer personal; cuando bastantes consideran definitivas sus opiniones, y suficientes –por ser suyas– para configurar su vida del mejor modo posible; nos ofrece hoy la Iglesia –Nuestra Madre–, para edificación de todos los fieles, el estímulo de la obediencia. Cuantos deseamos conducirnos con la segura esperanza de la Vida Eterna, no lo haremos de acuerdo con nuestro parecer, ya que la Eterna Bienaventuranza no es un proyecto humano. Comprendemos, en efecto, fácilmente que no es una decisión del hombre nuestra existencia en este mundo ni la Vida Eterna, en intimidad con Dios, que conocemos por Revelación.
Pedro, habiendo conocido el extraordinario e inalcanzable poder y majestad de Jesucristo, se mantiene inamoviblemente fiel al Maestro, cuando bastantes le abandonan porque no comprenden sus palabras. Señor, ¿a quién y iremos? –le responde–, Tú tienes palabras de Vida Eterna. Así se expresa el Príncipe de los Apóstoles en el crítico momento –para muchos– de la deslealtad. Cuando aparecen haber perdido sentido los milagros realizados; cuando su vida admirable y sus palabras, cargadas de autoridad, no significan nada para la mayoría, Pedro confía aún en Jesús. Su persona será para él siempre merecedora de toda confianza: hay que creerle siempre y obedecerle. El criterio de Cristo tendrá en todo momento para este apóstol una autoridad absoluta. Las palabras de Jesús y sus deseos tienen mucha más fuerza para él que sus propios pensamientos.
De manera semejante se manifiesta Pablo, el Apóstol de las Gentes. A partir de su asombrosa conversión, su vida entera queda vertebrada por la persona de Jesucristo. Para mí, vivir es Cristo, declara. Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús, pide a sus fieles de Filipo. Poco interés tenía para San Pablo autoafirmarse en esta vida. Lo único que vale verdaderamente la pena es ser como su Señor, vivir su vida. Hasta llegar a decir, con un santo orgullo: ya no soy yo quien vive, que es Cristo quien vive en mí. En poco tenía, pues, los planes personales, las propias ilusiones y proyectos –por muy suyos que fueran–, si eran diferentes a los imperativos divinos que movían toda su persona.
Parece muy claro, por lo demás, que la mayor hazaña o reflexión de cualquier hombre, por decisiva que parezca, no pasa, en la práctica, de ser algo necesariamente vinculado a lo caduco, como el mismo hombre. De hecho, son muy pocos en proporción las mujeres y los hombres que han pasado a la historia. En cambio, identificados con Dios, que en Jesucristo nos hace posible conocer su voluntad, aunque los hombres tengan poca relevancia para el acontecer humano, se hacen eternos e inapreciablemente valiosos: al modo de la divinidad. Muchos han logrado, sin fama ni espectáculo, acrecentar su vida absolutamente –no ya para el mundo–, porque con toda sencillez procuraron vivir según el querer divino.
Obediencia: que en nosotros se haga Su Voluntad: hágase Tu voluntad en la tierra como en el Cielo, rezamos con la oración que Cristo nos enseñó. Pidámosle que, en efecto, cada día sea para todos más decisivo, no tanto hacer lo que queremos, cuánto lo que Él quiere; firmemente convencidos de que no nos hace mejores ni más grandes en la vida salirnos con "la nuestra", sino que Dios se salda con "la suya" en nosotros. Comprobaremos, a partir de esta docilidad, que nos va mejor además en las relaciones interpersonales. Guiados por intereses personales, que con demasiada frecuencia son egoístas, tenemos sobrada experiencia –por desgracia– de la sociedad tensa que de ordinario hemos de soportar. También por lograr una convivencia en paz, nos conviene dejarnos conducir por los mandamientos de nuestro Creador. Siendo el autor del hombre, tiene la ciencia exacta –la ley moral– para el más correcto desenvolvimiento humano.
El hombre más feliz y perfecto es aquel en quien mejor se cumple la voluntad de nuestro Creador y Señor. Así es nuestra Madre la más maravillosa de las criaturas: hizo en mí cosas grandes el que es Todopoderoso, puede afirmar. Implorando su asistencia maternal sabremos imitarla.
Día 24. SOLEMNIDAD: LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA
Evangelio: Lc 1, 57-66.80 Entretanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. Y sus vecinos y parientes oyeron la gran misericordia que el Señor le había mostrado y se congratulaban con ella. El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre dijo: —De ninguna manera, sino que se llamará Juan. Y le dijeron: —No hay nadie en tu familia que tenga este nombre. Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Y él, pidiendo una tablilla, escribió: «Juan es su nombre». Lo cual llenó a todos de admiración. En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios. Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; y cuantos los oían los grababan en su corazón, diciendo: —¿Qué va a ser, entonces, este niño? Porque la mano del Señor estaba con él. Mientras tanto el niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y habitaba en el desierto hasta el tiempo en que debía darse a conocer a Israel.
Gracia divina y correspondencia humana
Juan el Bautista, cuyo nacimiento hoy celebramos, es un ejemplo, entre tantos, de correspondencia a las gracias de Dios, fiel a su vocación: a lo que, incluso antes de nacer, esperaba de él la Trinidad Beatísima. Recordemos, como afirma san Pablo, que Dios nos ha escogido, antes de la constitución del mundo, para que seamos santos y sin mancha en su presencia, por el amor.
El designio divino de la Redención del hombre preveía un precursor que anunciase la llegada del Hijo de Dios encarnado. El evangelista San Marcos recoge la profecía: conforme está escrito en Isaías el profeta: "Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino". "Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas".
La aparición de Juan, el "Precursor", era señal inequívoca de la inminente llegada del Mesías. Tenían, en efecto, razón los paisanos de Zacarías e Isabel, padres de Juan cuando decían: —¿Qué va a ser, entonces, este niño? Porque la mano del Señor estaba con él.
Y es que nuestro Dios siempre asiste con su Gracia poderosa a sus elegidos, para que puedan cumplir lo que de ellos espera. Su nacimiento había sido anunciado proféticamente desde antiguo y al propio Zacarías, su padre, un ángel le advirtió de su nacimiento. Y esto, a pesar de su incredulidad, pues no era razonable –pensaba Zacarías– que tuvieran un hijo con edad tan avanzada, será para ti gozo –le dijo el ángel–; y muchos se alegrarán con su nacimiento, porque será grande ante el Señor. No beberá vino ni licor, estará lleno del Espíritu Santo ya desde el vientre de su madre y convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios; e irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la prudencia de los justos, a fin de preparar al Señor un pueblo perfecto.
No le faltarían a Juan la luz ni la energía necesaria para cumplir su misión. Dios mismo se hacía garante de su capacidad: quedaría lleno del Espíritu Santo desde antes de nacer, y así sería poderoso e infalible como Elías, que –bien lo sabían todos los judíos–, unido Dios, había salido siempre victorioso y de modo espectacular, incluso, frente a los mayores poderes de su tiempo que se oponían al único verdadero Dios.
En su Providencia, Dios había cubierto de gracias muy singulares, a quien habría de cumplir una misión única y decisiva en orden a la Redención humana. El nacimiento de Juan fue acompañado de fenómenos del todo extraordinarios. El Bautista venía, así, al mundo –lleno del Espíritu Santo– con el importante bagaje sobrenatural que lo capacitada para una gran misión. Pero consideremos, en todo caso, que, guardando la debida proporción, así actúa siempre Dios con todos los hombres. Lo que espera de cada uno depende de las circunstancias personales, de la capacidad nuestra, que tenemos como todo lo demás, recibida de Dios. No es injusto, pues, Dios ni arbitrario, y el amor con obras que le debemos no debe ser sino el desarrollo de los talentos que nos ha concedido. Esas parábolas del señor de la casa que se marcha y distribuye sus bienes entre unos criados y reclama a su regreso el fruto correspondiente, deben estar habitualmente presentes en nuestra mente.
No se trata, sin embargo, de vivir como atemorizados, con el pensamiento de que nos pedirán cuentas y que hay que exigirse, no nos vayan a castigar. Nos pedirán cuentas, por supuesto; pero no es Dios, Nuestro Padre, una autoridad amenazante, como si sólo le importara el resultado fáctico de nuestra conducta. Imaginémonos, más bien, a un padre que, con toda ilusión, concede a su hijo lo necesario para el trabajo que le encomienda, y que sólo espera ponerse contento viendo el progreso del hijo; que logra las metas que se propone y se propone lo que es su verdadero bien, lo que el padre le ha sugerido –porque lo quiere, porque lo conoce–, de acuerdo con su capacidad, pensando sólo en el bien del hijo y sabiendo sus gustos, sus aficiones, su carácter y lo que en definitiva le producirá más alegría.
Contemplando a Juan el Bautista, resalta de inmediato la idea de vocación: la llamada de Dios a cada persona, que cada uno debemos responder. No ha surgido entre el los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista, declaró Jesús. Son las palabras que, aparte de poder resaltar las cualidades objetivas concedidas al "Precursor", ponen de manifiesto sin duda, su libre y fiel correspondencia al designio divino. No parece que Jesús pudiera alabar, y menos de modo tan solemne, a quien únicamente hubiera recibido muchos talentos, sin mérito alguno de su parte, a menos que hubiera respondido a ellos con libre generosidad, dando el fruto que Dios esperaba, correspondiendo de modo heroico a su vocación.
Encomendemos nuestros buenos deseos de correspondencia a lo que el Señor nos pide en nuestra vida y cada mañana y cada tarde, a la Madre de Dios, Madre nuestra del Cielo, como quiso Jesucristo. Responder a la vocación es entrega, servicio, docilidad y, como es respuesta a Dios, grandeza, plenitud de vida. Así, María es la esclava del Señor y la Reina del mundo.
Evangelio: Mc 14,12-16.22-26 El primer día de los Ácimos, cuando sacrificaban el cordero pascual, le dicen sus discípulos: —¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? Entonces envía dos de sus discípulos, y les dice: —Id a la ciudad y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidle, y allí donde entre decidle al dueño de la casa: «El Maestro dice: “¿Dónde tengo la sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?”» Y él os mostrará una habitación en el piso de arriba, grande, ya lista y dispuesta. Preparádnosla allí. Y marcharon los discípulos, llegaron a la ciudad, lo encontraron todo como les había dicho, y prepararon la Pascua. Mientras cenaban, tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, se lo dio a ellos y dijo: —Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando el cáliz, habiendo dado gracias, se lo dio y todos bebieron de él. Y les dijo: —Ésta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba de nuevo en el Reino de Dios. Después de recitar el himno, salieron hacia el Monte de los Olivos.
La Vida que nos corresponde
Celebramos hoy a Jesucristo ofrecido en alimento de nuestra vida sobrenatural. Los judíos no podían creer lo que oían: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?, protestaban a Jesús. Hacía falta tener una fe como la de Pedro para aceptar de Cristo esa capacidad de donación. Sin embargo, su amor completo y hasta el fin, como explicará san Juan, le lleva siendo Dios, no sólo a dar su vida en redención por el mundo, sino también a anticipar sacramentalmente el sacrificio de su cuerpo y su sangre, dejándolo para el cristiano como tesoro de vida eterna hasta el final de los tiempos.
De diversos modos, había ya revelado Jesús que la vida del hombre debe ser más que una vida humana, que no nos basta con continuar como antes de su venida al mundo, por perfecta que pudiera llegar a ser esa existencia muestra. Según expone san Juan al comienzo de su Evangelio, la vida del hombre logra un profundo incremento con la Encarnación del Hijo. Vino a los suyos –explica–, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios.
Es, pues, otra vida –la de hijos de Dios–, distinta de la meramente humana que es fruto de la generación de la carne. Ésta, la natural y más notoria, tiene un origen y unos fines terrenos. Es la que contemplamos en nosotros mismos y en muchos a los que vemos nacer y morir en la historia; y, entretanto, influidos por el ambiente e influyendo en él, sus días se suceden mientras procuran –y procuramos– bienestar, paz, alegría, el goce de los apetitos, etc.; lo que para muchos sería el ideal de una vida feliz: en paz y armonía con los demás y disfrutando de cuanto puede ofrecer este mundo. Se trata, evidentemente, de algo muy distinto –de otro orden– a la vida, que no es según la carne, a la que se refiere san Juan. La vida que no nace de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios, es para los hombres la gran novedad desde Jesucristo. Con su venida, y a partir, concretamente, de su muerte y resurrección gloriosa, se nos muestra en misterio pero con neta firmeza, el sentido de la vida humana según el Creador.
Ha querido Dios, por Jesucristo, que seamos hijos suyos, que vivamos vida divina y que, a partir de la meramente humana, siendo racional, logremos el desarrollo pleno –espiritual y sobrenatural– que es nuestro destino según su plan creador. Por eso Jesús se refiere frecuentemente a otra vida distinta y más excelente: Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Esa vida abundanteque, por querer de Dios nos corresponde, no la lograríamos, por consiguiente, mediante el despliegue exuberante de nuestros talentos, por grandiosos que fueran, sin contar con Jesucristo. De hecho, la más gozosa de las vidas de este mundo es nada ante la vida para la que hemos sido creados.
Nos corresponde una existencia sobrenatural, trascendente, pero requiere, de modo necesario, una decisiva intervención divina, que debe ser correspondida por parte del hombre. Jesús, en su diálogo con Nicodemo –que recoge asimismo san Juan–, le explica: en verdad te digo que si uno no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios. Pero Nicodemo no entiende; no puede dejar de pensar en la vida meramente humana, y pregunta a Jesús si acaso hay que volver a nacer de nuevo de la propia madre. A lo que Jesús responde: en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, carne es; y lo nacido del Espíritu, espíritu es. No te sorprendas de que te haya dicho que debéis nacer de nuevo.
El bautismo, ya lo hemos considerado en otras ocasiones, es el nacimiento a la vida de la Gracia, nuestro nacimiento como hijos de Dios, destinados desde ese momento a una Vida Eterna de intimidad con el Padre, con el Hijo, y con el Espíritu Santo. Una vida que alcanza su desarrollo propio únicamente alimentada con el mismo Dios: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí.
Siempre deberíamos tener ante nosotros estas palabras. Le pedimos a Nuestra Madre del Cielo que iluminen e impulsen nuestro caminar para que sea ante todo viaje hasta el Reino de Nuestro Padre.
Evangelio: Mt 28, 16-20 Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y en cuanto le vieron le adoraron; pero otros dudaron. Y Jesús se acercó y les dijo: —Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Destinados a la Trinidad
Ser bautizados supone haber sido destinados, por voluntad de Dios y en virtud de su libre decisión y poder, a su misma vida trinitaria. Los que hemos sido bautizados tenemos un porvenir sobrenatural, recibido gratuitamente, que no tenemos capacidad para comprender del todo ni para explicar, a causa de su inmensa grandeza, pues supera nuestra inteligencia y nuestra capacidad de expresión, pero es, sin embargo, el único capaz de satisfacer plenamente no sólo todos nuestros anhelos personales, sino cualquier expectativa humana posible.
Las últimas palabras de Jesús a los apóstoles, instantes antes de ascender a los cielos, se refieren al bautismo. Son palabras que vienen a resumir toda su enseñanza; serían la esencia de la doctrina que vino a traer al mundo y la razón por la que tomó carne humana. Son, por otra parte, un mandato expreso a los que había escogido junto a Sí para esa misión y preparado durante su vida pública. Es como si Jesús quisiera dejar clara la verdadera y única razón por la que difundir el Evangelio, y el por qué de la vida a la que conducen los mandamientos, que alcanzan su perfección última con sus enseñanzas.
En los pocos versículos de san Mateo que hoy contemplamos, podemos observar algunos detalles en las palabras del Señor que iluminan más aún la enseñanza central. Dice el evangelista que, algunos de los discípulos le adoraron, mientras otros dudaron. Nos viene a decir que la actitud que espera el Señor de sus apóstoles –en nuestros días como entonces– es de fe, es decir, de confianza en El y de reconocimiento expreso de su divinidad: quienes difundamos el Evangelio hemos de hacerlo adorando, por reverencia a su petición y por amor.
Jesús impulsa a sus apóstoles a evangelizar a todos los pueblos. Toda la humanidad es, por tanto, destinataria del bautismo que nos constituye en hijos de Dios por Jesucristo. De todo hombre –de toda mujer– espera amor nuestro creador y Padre, con tal de que haya recibido el bautismo y, con este sacramento, la conveniente instrucción en el Evangelio. Grande es, por consiguiente, la responsabilidad de cuantos ya nos sabemos hijos de Dios. Tenemos, como dice un salmo, el mundo por heredad. Hemos de ver a nuestros semejantes, por lejanos que puedan estar física o moralmente, como candidatos al Reino de los Cielos, que corre de nuestra cuenta animar, hasta que ellos mismos se sientan encendidos en deseos de difundir junto a nosotros el Reino de Dios. ¿Cómo?: como tratamos de atraer noblemente a nuestros conocidos y amigos a nuestra casa, a nuestro negocio, a nuestra diversión; como intentamos captar, incluso a quienes todavía no conocemos, para que apoyen las iniciativas sociales, económicas, políticas... que nos interesan.
Es ser y sentirse apóstoles, mujeres y hombres capacitados por su bautismo –y más por su confirmación– para extender, con el poder de Cristo, el reino de Dios en nuestro mundo: se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, id pues... Así dice Jesús a sus apóstoles, para que se sientan con confianza ante la tarea que les encomienda. Con confianza porque será eficaz su esfuerzo, acrecentado con el poder de Cristo, por insuperables que parezcan los obstáculos o la resistencia a la gracia divina. Esa confianza es, a la vez, seguridad en que, con ese mismo poder de Cristo, que ante todo vivifica al apóstol, será eficaz y capaz de agradar a Dios a pesar de su debilidad.
Mas contemplemos hoy, aparte de la urgente responsabilidad apostólica, por ser el mismo Dios quien nos encomienda la tarea, el contenido de la vida a que nos llama: de comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Ya sabemos que no tenemos capacidad para reconocer adecuadamente el don de Dios; que no podemos, por tanto, valorar sus designios de amor sobre hombre como sería preciso en justicia. Nos esmeraremos, sin embargo, de todo corazón, por agradecer, corresponder y difundir está Buena Nueva: que todo hombre tiene un lugar en el corazón de la Trinidad; que, según la expresión san Josemaría: la Trinidad se ha enamorado del hombre y, siendo erigidos en hijos de Dios, nos encomienda la más honrosa y noble de las tareas: ser difusores de su Amor entre los hombres.
Más de una vez podremos notar desazón o simple cansancio por el trabajo apostólico. Es el esfuerzo que fatiga al bogar contracorriente de una sociedad aburguesada, al hacer rectos –hacia Dios– los caminos retorcidos del egoísmo humano. Es notar incomprensión y hasta agresiva rebeldía, cuando se trata sólo se pretende agradar gratuitamente y favorecer. Recordemos, entonces, a Nuestro Señor cansado, fatigado por el caminar de una ciudad a otra, con sed, como cerca de Sicar pidiendo de beber a la mujer samaritana o, tan agotado de todo el día, que se duerme en la barca, a pesar de la tempestad, y deben despertarle atemorizados los discípulos. Recordemos, en fin, a Nuestro Señor cargando con la Cruz camino del Gólgota, con tanto más amor por la humanidad cuanto mayor es el sufrimiento y la incomprensión que soporta.
No nos han de faltar las fuerzas ni la alegría en el servicio de Dios: sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo, dijo Jesús a sus apóstoles y nos repite ahora a cada uno. Como tampoco echaremos de menos el consuelo de Nuestra Madre, María, que ha de ser además eficaz cómplice en las aventuras que emprendamos para que otros descubran la vida divina. No hemos de tener miedo por sentirnos solos, casi los únicos en la empresa sobrenatural de difundir el evangelio. Ya sabemos, como advirtió el Señor, que son pocos los que pasan por la puerta angosta, que conduce al Reino de los Cielos y muchos, en cambio, los que van a sus anchas por la puerta espaciosa que conduce a la perdición.
El cristiano, hoy como ayer, si es consecuente con su fe, se siente como el fermento entre la masa: con una enorme capacidad de transformación de su entorno, aunque cuantitativamente pueda pasar inadvertido. Su eficacia, como queda dicho, se debe a la vida de Dios que habita en él, de la que vive; la misma que se siente llamado a difundir. Así actuaron los que formaban la primera comunidad cristiana, en un mundo pagano y hostil a la fe. Y antes, la madre de Dios –Nuestra Madre–: hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo, esposa de Dios Espíritu Santo.
Evangelio: Mt 10, 7-13 Id y predicad: «El Reino de los Cielos está cerca». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente. No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras bolsas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el que trabaja merece su sustento. »En cualquier ciudad o aldea en que entréis, informaos sobre quién hay en ella que sea digno; y quedaos allí hasta que os vayáis. Al entrar en una casa dadle vuestro saludo. Si la casa fuera digna, venga vuestra paz sobre ella; pero si no fuera digna, que vuestra paz vuelva a vosotros.
Desprendimiento y celo por las almas
San Bernabé, compañero de correrías apostólicas de San Pablo, durante buena parte de sus ides y venidas, estableciendo, adoctrinando y confirmando en la fe las primeras comunidades de cristianos, se había destacado pronto como un discípulo generoso y de celo ardiente. Se narra en el libro de los Hechos que José, a quien los apóstoles dieron el sobrenombre de Bernabé –que significa «Hijo de la consolación»–, levita y chipriota de nacimiento, tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles. Desde los primeros días, pues, de andadura de la Iglesia Bernabé se manifestó como un cristiano comprometido, que no sólo asentía a la enseñanza de Jesús trasmitida por los Apóstoles, sino que, en coherencia con su fe y con la nueva vida en Dios que había descubierto –el Evangelio de Jesucristo– pone todo lo propio al servicio de ese ideal.
Aquel campo vendido y entregado, para aliviar la vida de los más necesitados, fue sólo el comienzo de su entrega por el Reino de Dios. Enseguida se pone de manifiesto en el nuevo discípulo que estaba del todo disponible, no sólo en sus cosas, sino con toda su vida para la propagación del Evangelio. Goza así de la total confianza de los Apóstoles. Lo demuestra el hecho de que, habiendo sabido de la conversión de Pablo, antes incluso que los que habían sido los Apóstoles de Jesús, él se encarga personalmente de introducirlo en la actividad apostólica en comunión con la Iglesia. De hecho, en la primera comunidad de Jerusalén no se fiaban de quien pretendía ser apóstol después de haber perseguido atrozmente a los discípulos, hasta hacernos encarcelar. Todos le temían, porque no creía que fuera discípulo. Sin embargo, Bernabé se lo llevó con él, lo condujo a los apóstoles y les contó cómo en el camino había visto al Señor, y que le había hablado, y cómo en Damasco había predicado abiertamente en el nombre de Jesús. Entonces entraba y salía con ellos en Jerusalén, hablando claramente en el nombre del Señor.
El resto de la vida de Bernabé, cargada de una intensísima actividad y de mucho fruto, según nos cuenta san Lucas con detalle en el Los Hechos de los Apóstoles, será una permanente aventura, con toda la garantía de Dios que bendecía cada uno de sus pasos, y con todo el abandono humano posible; pues no hubo en este hombre ningún objetivo personal. Como los demás que han comprometido del todo y de modo exclusivo su vida en el Evangelio, la ilusión única de Bernabé era ver a Dios más glorificado por la gente mediante el reconocimiento de Jesucristo como Salvador. La confianza en Dios y el olvido de sí son, de hecho, los soportes que mantienen la vida del apóstol. Podrían parecer, en una primera observación, insuficientes y con todas las garantías de inestabilidad. Pero la vida cristiana y, por consiguiente, la vida entregada por la salvación de las almas, no puede ser sino sobrenatural; tanto en su origen como en su fin; en los medios y en los objetivos.
Recordada el Santo Padre, Juan Pablo II, con ocasión de la canonización de San Josemaría Escrivá un punto de Camino: Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en "tercer lugar", acción. Así van los medios del apóstol de Jesucristo. Y, por si no quedara claro –y por desconcertante que parezca–, insiste: Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel..., La historia de este santo, en compañía de San Pablo, está cargada de incidentes así, que podemos conocer con cierto detalle leyendo la crónica de San Lucas ya citada.
Nos quedamos ante todo con su ejemplo de disponibilidad. Y le pedimos a Dios sepamos redescubrir, como san Bernabé, esa perla de gran valor, que nos lleve a empeñar cualquier otra riqueza por conseguirla. Le pedimos, asimismo, constancia en la adversidad, pues, no nos faltará la Cruz aunque vivamos por un ideal excelso. Es más, será señal segura de que seguimos a Cristo: tome su cruz y sígame, dijo al que quisiera ser su discípulo. Sin medios humanos, con dolor y con toda la fuerza que sólo Dios puede conceder y nunca abandona se construye el Reino de Dios en la tierra. Como lo hizo este apóstol y como debemos hacerlo cada uno.
Contamos, además, con el auxilio de nuestra Madre del Cielo, Reina de los Apóstoles. En san Juan nos la concede su Hijo desde la Cruz, para que no nos abandone nunca.
Evangelio: Jn 20, 19-23 Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: —La paz esté con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. Les repitió: —La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.
La victoria segura
La la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles no se narra en los evangelios sino en otro libro del nuevo testamento, “Los Hechos de los Apóstoles”, escrito por uno de los evangelistas, por san Lucas. Aquel día se cumplió, como Jesús había prometido, el descenso del Paráclito, la segunda de la Santísima Trinidad, sobre los que estaban reunidos en aquel lugar. Yo rogaré al Padre –les había dicho– y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre: el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce.
Como nos sucedería a cualquiera, si estuviéramos a punto de quedarnos sin quien más queremos en la vida, los apóstoles estaban tristes al oírle a Jesús decir que se marchaba. El ambiente de la última cena era especialmente íntimo; diríamos que Jesús se desahoga con los suyos, les manifiesta abiertamente –aunque sin poder evitar el misterio para las inteligencias de ellos, todavía demasiado humanas, poco sobrenaturales– lo que lleva en su corazón en esas últimas horas antes de la pasión. A la vez, sale al paso de la inquietud de los apóstoles, de lo que en esos momentos les preocupa. Se acerca hora triunfo y, aunque no será como ellos se imaginan, va a cumplirse –y a la perfección– la tarea redentora que le llevó a encarnarse.
Una vez consumada la misión del Hijo en favor del hombre, la presencia de Dios junto a nosotros –siempre necesaria para que podamos ser santos– tendrá lugar con la Tercera Persona, el Santificador: Os conviene que me vaya, les dijo, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré. El mismo Dios, en su Tercera Persona, es prometido por Jesucristo antes de su Pasión y de su Ascensión. Y de tal modo sería su venida y su presencia en el mundo que, por duro y misterioso que les pareciera a los apóstoles, era muy conveniente para el hombre esa otra presencia divina en nosotros. Con admirable sencillez, les expone Jesús el plan divino para la santificación de humanidad: Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. También vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. La presencia permanente de Dios Espíritu Santo en el cristiano se manifiesta en un testimonio continuo en él de Jesucristo; de modo que, por la acción del Paráclito, los hijos de Dios tenemos en la mente y en el corazón la vida y las enseñanzas de Jesús. Su doctrina es así una referencia constante para la propia conducta y un ideal de vida para la sociedad: el cristiano, consecuente con su condición, intenta de modo natural, a instancias del Espíritu, implantar con su vida por doquier el ideal del Evangelio.
Os he hablado de todo esto estando con vosotros; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho. Deseemos vivamente, por tanto, ese recuerdo de los sentimientos y afanes de Cristo en nuestro corazón. Se vive así, como El quiere –como se sentía san Pablo–, una vida verdaderamente sobrenatural, porque ya no es únicamente terrena, pues, sin abandonar este mundo, por la acción del Espíritu Santo, vivimos también la vida de Dios, somos otros Cristos. Y de tal manera es esto necesario, que, si prescindiéramos de este nuevo modo de existencia en Jesucristo, seríamos como personas, algo truncado, seres sin terminar, sin lograr la plenitud que propiamente nos corresponde: En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí.
La Santa Misa, con la Comunión Eucarística, constituye la esencia y la raíz de la vida cristiana. De tal modo, que es en unión con el sacrificio de Cristo en la Cruz, que se renueva de modo incruento cotidianamente en nuestros altares, como tienen relevancia sobrenatural cada uno de nuestros pensamientos, palabras y acciones. A esto nos lleva el Espíritu Santo. Esa vida que Jesús quiere para los suyos y que quiere presente en la sociedad, para que sea vivificada desde dentro, es la que de Él brota para los hombres: de su Cruz y su Resurrección. Es la misma que anticipadamente dío a sus discípulos como comida y bebida “la noche en que iba a ser entregado”. El Paráclito, en efecto, impulsándonos suavemente a vivir como Cristo, nos ha enseñado y nos invita a organizar nuestra existencia en torno a la Santa Misa. Así se vive la vida de Cristo y llega a ser una realidad la ofrenda de nosotros a Dios Padre en favor de los hombres.
María, al pie de la Cruz, sigue encarnando el hágase en mí según tu palabra, que pronunció al saberse destina para Madre de Jesús. El Espíritu Santo vendrá sobre ti, le había anunciado Gabriel, y toda su existencia terrena fue un empeño por vivir según el deseo divino. ¡Ojalá que nosotros, dóciles al Paráclito, queramos imitarla.
Mc 16, 15-20 Y les dijo: —Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará. A los que crean acompañarán estos milagros: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes con las manos y, si bebieran algún veneno, no les dañará; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán curados. El Señor, Jesús, después de hablarles, se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Y ellos, partiendo de allí, predicaron por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba la palabra con los milagros que la acompañaban.
Lo que corre de nuestra cuenta
Nuestro Señor asciende a los cielos, entre la admiración y la perplejidad de sus discípulos. Y nosotros, que también somos sus discípulos y queremos cada día desempeñar mejor esta misión, para la que el mismo Cristo cuenta con cada uno, nos ponemos hoy en el lugar de aquellos apóstoles..., junto a ellos. Queremos dar a nuestro Dios, con esta vida que llevamos, la misma respuesta generosa, positiva, que ellos le dieron.
Dice san Marcos que la doctrina que enseñaban los apóstoles quedaba confirmada con los milagros que la acompañaban. Era, indudablemente, como para sentirse felices y llenos de entusiasmo, comprobar que, en efecto, había valido la pena la entrega generosa que hacía ya tres años hicieron de su vida y las incomprensiones que apenas comenzaban a padecer. San Lucas, por su parte, por manifiesta en su evangelio que mientras los bendecía, se alejó de ellos y comenzó a elevarse al cielo. Y ellos le adoraron y regresaron a Jerusalén con gran alegría. Nada más lógico que esa alegría, aunque fuera acompañada de otros sentimientos, incluso de cierto temor, razonable, al sentirse por primera vez separados físicamente del Maestro.
Es preciso que los discípulos del Señor, en nuestro siglo, nos tomemos como aquellos primeros el compromiso cristiano. Predicaron por todas partes, afirma el evangelista. Es lo primero –y lo único– que nos dice san Marcos tras la ascensión del Señor a los cielos, y con lo que concluye su Evangelio. Nos da así a entender que, en adelante, la vida de quienes fueron leales a Cristo consistiría en eso: anunciar por todas partes lo que de Jesús habían aprendido. Pero no estaban solos: el Señor cooperaba y confirmaba la palabra con los milagros que la acompañaban. Era la promesa de Jesús. Se marchaba a los cielos, pero a la vez se quedaba con ellos para siempre: presente en la Eucaristía de modo muy singular; y presente, de modo especialísimo, por la acción del Espíritu Santo, que dentro de pocos días iban a recibir, como Jesús les había anunciado. El Paráclito inundaría de luz las inteligencias de cuantos fueran fieles y de fuerza sus corazones.
Con la misma confianza con que le habían seguido hasta entonces, estaban dispuestos ahora a continuar la misión encomendada. Ya no le verían a su lado, pero no les faltaría su fuerza ni su consuelo ningún día, según recoge san Mateo finalizando su evangelio: —Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Si se refiere el Señor a una presencia suya para siempre, hasta el fin del mundo, quiere decir, por consiguiente, que entonces pensaba ya en nosotros. Ese poder en favor de sus discípulos sigue siendo eficaz hoy para que, en medio de las dificultades de nuestro tiempo, extendamos nosotros su doctrina salvadora, contagiando a muchos más esa alegría de vivir con Dios que es propia de quienes nos sabemos hijos suyos.
No existe tiempo, ni lugar, ni circunstancias imposibles para la Gracia de Dios. Marcharon por todas partes, nos advierte el evangelista; y esa presencia de Jesús sobrenatural, abundante en el cielo y en la tierra en favor nuestro para la tarea que nos pide, es una realidad cada día de nuestra vida y siempre. En verdad no hay ocasión apostólica en la que podamos echar de menos el auxilio divino. Tal vez debamos pedir perdón por nuestra falta de fe, por nuestra debilidad, porque no supimos corresponder a la Gracia que, con la luz del Espíritu Santo, nos hacía descubrir la falta de Dios y nos impulsaba a inculcar el sentido cristiano de la vida en ese ambiente, en esa persona... Quizás luego, en el silencio sincero de nuestra oración, en un examen de conciencia franco, hemos reconocido humildemente la debilidad: que nos pudieron los respetos humanos:, el qué dirán o el qué pensarán; que tal vez nos faltó fe en la promesa divina, o que, fiados sólo en las fuerzas humanas, contemplando el estado general de las cosas, nos parecía imposible el profundo cambio necesario para reconducir a Dios determinada situación.
Pero, ¿nos sentimos positivamente interpelados por quienes no aman a Cristo? ¿Son, esas situaciones o actitudes tan lamentables, y a veces tan próximas, estímulo de nuestra oración, de nuestra mortificación, de nuestra acción, porque deseamos que nuestro Dios sea más amado? ¿Me importa si las personas disfrutan de la amistad divina, o casi sólo me preocupa su salud, su bienestar material, sus relaciones humanas, que son necesidades importantes pero meramente terrenas y transitorias?
La fiesta de hoy nos anima a mirar al Cielo. Jesús asciende a la derecha del Padre, pero nos deja como herencia, para compartir con El todos los días, la fascinante tarea de la santificación del mundo: su misma tarea. Pidamos a Santa María, Reina de los Apóstoles, entusiasmo sobrenatural y humano para acometer la empresa: nuestro Padre Dios confía hoy como ayer en sus apóstoles.
Evangelio: Lc 1, 39-56 Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: —Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor. María exclamó: —Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo; su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen. Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos. Protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia, como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre. María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.
Saber escuchar
La vida cristiana es corriente relacionarla con la oración. Para ser buenos cristianos, en efecto, Jesús recordaba que es preciso orar perseverantemente y no desfallecer. Y nos parece bien, pues, ya sabemos que orar es hablar con Dios. Lo consideramos necesario para poder decir que somos cristianos y, sin embargo, les parece muchos una tarea --la oración-- difícil si no imposible. "Yo le hablo a Dios, sí; pero ¿cómo sé que me atiende?, dicen algunos. Y otros: "yo rezo: le pido a Dios, le doy gracias..., pero no me responde; le pregunto pero nunca le escucho". Ese supuesto silencio de Dios ha llevado a algunos a pensar que la oración es inútil.
En la fiesta de la Visitación contemplamos a María en casa de Isabel, su prima. Ha decidido ponerse en camino rápidamente, nada más que saber --por Gabriel-- que, a pesar de su avanzada edad, va a tener un hijo. María, la esclava del Señor, la que deseaba siempre y en todo cumplir la divina voluntad, decide ponerse en camino hacia Judea, a casa de su prima, en cuanto sabe que ésta está para dar a luz. La esclava del Señor, la que desea hacer siempre según el deseo de Dios, vive con el oído atento a su Creador. Sus decisiones quiere que sean, y son de hecho en cada instante, lo que piensa que Dios espera de Ella. ¿Por qué va a María a visitar a Isabel?: porque Dios se lo pide; porque considera que su prima necesitaría ayuda y ella podía prestársela. Y esa tarea, con el viaje, el tiempo empleado y todo lo demás que incluye el largo desplazamiento imprevisto, queda incluido en la voluntad de Dios para ella.
"Querer es poder", solemos decir. Y ser conscientes lo que espera el Señor de mí, hoy y ahora, tiene bastante de estar verdaderamente interesados por amarle. Necesitamos vivir con una permanente y positiva preocupación por agradar a Dios en todo. Entonces, de la mañana la noche y de la noche a la mañana, escucharemos la voz divina que nos sugiere: esto ahora, no después, sin retrasos; el trabajo que ya aburre, hasta terminar con él, sin abandonarlo anticipadamente; con los que me rodean, de buen humor, animándoles en sus cosas y olvidado de las mías; organizar la jornada para que nunca me falte el Pan nuestro de cada día, que muchos, con más graves obligaciones que yo, consiguen asistir a la Santa Misa diariamente; ¿hago lo que deseas, Señor, mientras voy al trabajo, al regresar a casa...?: ya camine o vaya en mi coche o en un medio público, ¿rezo por quienes me cruzo, por quienes me esperan, por lo que haré al llegar, porque no quiero dejar de amarte, Señor?
No sé si, en una primera valoración, tal vez pensemos que sentir la continua presencia de Dios en nuestra vida puede complicarnos excesivamente. Convendrá, sin embargo, que no dejemos a Dios de lado ni queramos consentir con un inconsciente despiste: "no me acordé de Dios en toda la mañana". No puede ser su presencia, en nuestra mente y nuestro corazón, como un objeto que incomoda cuando se tiene prisa: el típico paquete que nos piden trasportar --¿me ayudas?-- cuando se nos hace tarde, ya llevamos otra cosa y está lloviendo: una complicación inoportuna. Seguro que no pensamos jamás así de Dios. Es posible, sin embargo, que, más de una vez, actuemos así con Él sin darnos cuenta.
Debemos persuadirnos de lo afortunados que somos al poder pensar que tenemos a Dios muy cerca. Muy cerca y con toda la fuerza de su divinidad. Así lo sentía María en todo momento. Lo manifiesta de modo expreso en casa de Isabel: aquella expansión de su espíritu sería, de algún modo, la conclusión de sus pensamientos durante el largo viaje desde Nazaret hasta la casa de su prima: Proclama mi alma las grandezas del Señor --contesta a Isabel--, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo.
María entiende su propia grandeza, gracias al don de Dios y a su espíritu contemplativo. Corresponde al Creador queriendo entender, lo más perfectamente que es capaz, lo que espera de Ella. Así llega a saber, junto a la entrega que Dios le pide de todo su ser para ser la Madre del Verbo encarnado, el dolor que le aguarda: una espada te traspasará el alma, le había anunciado Simeón. Pero María, dispuesta en su sencillez a toda luz de su Dios, entiende, sobre todo, que con toda razón, es la Bienaventurada, habiéndose fijado Dios en Ella de un modo tan singular, y se siente inmensamente agradecida y feliz.
Si tratamos más a esta Madre nuestra, nos enseñará a no tener miedo a la entrega ni al dolor, porque nada debemos temer de Dios, que también y continuamente derrama su misericordia sobre cada uno.
Evangelio: Jn 15, 9-17 Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa. Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando: que os améis los unos a los otros.
El mandamiento del amor
Consideremos en primer lugar que Nuestro Señor quiere que su alegría esté en nosotros. Es necesario asombrarse y llenarse de esperanza ante ese deseo divino de hacernos partícipes de su felicidad, por insólito que nos parezca. Ciertamente insólito, pues habla Jesús de una felicidad imposible para el hombre, que cuenta sólo con sus capacidades humanas, por muy excepcionales que pudieran ser. Para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa, dijo a sus Discípulos. Es, pues, el Amor de Dios origen de esa felicidad imaginable: un bien siempre mejor que cualquiera de nuestros "locos" sueños de este mundo.
Por fabuloso que fuera nuestro sueño sería imposible que nos imaginásemos lo que Dios desea otorgarnos: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman, según afirma san Pablo. Por otra de parte, ya sabemos que jamás llegan a satisfacernos plenamente nuestras más atrevidas ilusiones, ni siquiera si llegan a hacerse realidad: casi inmediatamente sentimos la necesidad de intentar nuevos y sucesivos objetivos que, en la práctica, tampoco serán capaces de satisfacer esas inevitables expectativas de felicidad colmada naturales en todo hombre. Jesús, en cambio, promete a sus apóstoles su alegría, una alegría, para ellos, completa. Todo ha de ser consecuencia del amor de Dios en nosotros; un amor por los hombres como el amor que el Padre eterno tiene por su Hijo, Jesucristo.
Ese amor de Dios, que nos quiere saciar por completo, llega a ser eficaz si es correspondido por nuestra parte: Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Jesús, en efecto, va por delante, se nos anticipa, nos da ejemplo al cumplir en todo la voluntad del Padre: así permanece en su amor; y así debemos cada uno permanecer en el amor de Jesucristo. Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa, declara a los Apóstoles, tras haberles revelado que en adelante podrían vivir su misma vida, su mismo amor, guardando sus mandamientos. Ciertamente no es posible pensar en una felicidad mayor sobre la tierra, que sentirse en posesión de la vida íntima de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, amados por las divinas Personas con un Amor tan inmenso como un dulce y eterno: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
Recordemos además que el amor de Jesús, ese que contemplamos como reflejo del amor trinitario, es de entrega completa en favor de los hombres; así lo había mostrado hasta entonces, durante los tres años de su vida pública junto a sus discípulos, y así, sobre todo, lo iba a consumar inmediatamente, en las largas horas de su Pasión: las úlimas de su vida mortal en este mundo. Su entrega amorosa hasta de ese día, había sido ejemplo y como el preludio de su definitivo anonadamiento. Que os améis los unos a los otros como yo os he amado, dice a sus apóstoles, que queremos ser cada uno. Fijándonos, pues, en su amor: de la entrega de su propia vida en favor de los hombres, aprendemos cual debe ser la medida de nuestro amor por los demás.
Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos, nos recuerda también a nosotros. Pues entendemos que amar mucho a otro supone hacer por él, por su bien, cuanto podamos, desvivirse por él. Y siendo Jesucristo perfecto Dios y perfecto hombre, de Él proviene el mayor amor que podemos pensar. En efecto, al día siguiente de hablar así a sus apóstoles iba a cumplir en sí mismo –dando la vida por la humanidad, sus amigos– ese modo ideal y perfecto de amar.
Ama a los hombres hasta el extremo, dando su vida, porque somos sus amigos. La entrega de Cristo por cada uno –prueba de su amistad– sin merecimiento nuestro, es de un afecto que no hemos buscado los hombres. Tampoco se debe de algún modo a nuestra virtud, como tantas veces sucede en las amistades entre nosotros. Dios nos llama amigos y lo somos por pura iniciativa suya. A partir de esa oferta divina, cada uno es libre para aceptar o no a Dios. Cristo, por propia iniciativa, nos eleva al orden sobrenatural, nos quiere como amigos, y por ello podemos sentirnos con razón por encima del resto de las criaturas de este mundo, que deben atenerse –sin libertad– a unos criterios que le son preestablecidos. Tampoco pueden ofender a Dios ni pueden amarle. Sólo el hombre es en este mundo capaz de la divinidad, aunque también sólo él pueda condenarse.
Que nos enseñe y proteja en nuestro deseo de corresponder al amor divino, la que mejor entendió y correspondió a su Creador: María.
Evangelio: Jn 15, 1-8 Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos.
La única vida verdadera
Presenta la Iglesia para nuestra consideración meditada unas palabras de Nuestro Señor, recogidas en el evangelio de san Juan, con las que manifestó a sus Discípulos –ya en la intimidad del Cenáculo– la imprescindible presencia de su vida divina en la nuestra humana, como estado habitual en el cristiano. De diversos modos se había referido Jesús ya en otros momentos a esta misteriosa e impresionante realidad, que san Pablo sintetiza de diversos modos: para mí, vivir es Cristo... o no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Conviene, pues, que supliquemos al Espíritu Santo –dador de las Gracias, luz de los corazones– nos conceda un encendido deseo de que esa vida divina nutra la nuestra.
Jesús, Jesucristo, es para el cristiano mucho más que alguien necesario. Con este adjetivo no se acaba de expresar la radical exigencia que Jesús hizo ver a sus discípulos: decimos que son necesarios los zapatos, si se trata de caminar por la calle. Pero Jesucristo, para el cristiano, tiene grado mucho mayor de necesidad. Resumidamente les viene a decir: "sin mí nada, conmigo todo". El cristiano sin Jesucristo no existe. Vendría a ser tan sólo un buen ciudadano, en el mejor de los casos. Quedaría sin relevancia cara a la Vida Eterna, porque sin Él, no tiene sentido pensar en salvación, ni en eternidad, ni en gloria. Podría parecer exagerada la afirmación de Jesús: sin mí no podéis hacer nada, sin embargo, así es. Sin Cristo que nos introduce en su divinidad, la vida del hombre queda sin sentido. Como meros animales listos, nuestra vida pasaría eludiendo dificultades y buscando la mayor satisfacción. Eso sería todo: como la vida actual –por desgracia– de algunos de nuestros iguales.
Resulta especialmente gráfica esta alegoría de la vid y los sarmientos. Los sarmientos con la vid forman un todo. Se diría, incluso, que son una misma realidad: la misma sabia los nutre, buscan el mismo fin, son cuidados por el mismo labrador... Pero, lo más significativo de la alegoría es que el sarmiento debe absolutamente su vida y su eficacia a la vid; pues, en efecto, al separarse de la ella, inmediatamente se seca; en cambio, si es cuidado, podado, si persevera unido a la cepa, conserva y aumenta su lozanía y da más fruto.
Los hábitos y la conducta de cada uno nos ponen de manifiesto si, en nuestro caso, Jesucristo es realmente tan fundamental, si es el fundamento que da consistencia a nuestro ser y a nuestro obrar. Podríamos entretenernos ahora en un pequeño examen. Podríamos fijarnos en si contamos con el Señor, con su ayuda, de modo habitual en nuestros quehaceres, importantes o no: esa ayuda sería la sabia que da eficacia a los sarmientos. Podríamos preguntarnos igualmente, si buscamos en las circunstancias de vida lo que le interesa al Señor, así como la vid y los sarmientos tienen el mismo interés: la producción de los racimos. Pero podemos asimismo interrogarnos sobre algo más amplio: ¿Soy consciente, mientras me ocupo de mis cosas, de que la redención es una tarea actual, que corre también de mi cuenta? Es una pregunta más general, pero suficientemente comprometedora para quien tenga la valentía de formulársela. Aunque la respuesta sea también un tanto genérica, si somos sinceros, podremos deducir hasta qué punto es Jesucristo vid de nuestra vida.
Las palabras con las que Jesús finaliza esta alegoría son, de hecho, una auténtica conclusión: la medida que nuestra real fundamentación en Cristo es el fruto: En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos. El fruto apostólico, las almas que acercamos a Dios, nos hablan de la autenticidad de nuestra vida en Cristo. No hay que preocuparse especialmente por ese fruto, que llegará abundante, sin duda, como las uvas a la vid en el tiempo oportuno. Basta con que la planta con su raíz sea de buena especie. De ahí que únicamente queremos vivir de Cristo y rechacemos otros planteamientos vitales que, aunque más atractivos tal vez en una primera apreciación, se acaban mostrando al poco tiempo tan infecundos como amargos.
Nos dirigimos a nuestra Madre del Cielo. ¡Cómo se parecen a veces los hijos a sus madres! Desde la Cruz del Señor somos hijos de María: de quien ha respondido siempre y en todo a Dios, de Aquella que no quiso tener, ni tuvo nunca, otra ilusión que amarle, aunque se ocupara de las mil tareas que llena la vida de un ama de casa. Vamos a pedirle a nuestra Madre del Cielo que nos eduque, que aprendamos a vivir también sólo para Dios, aunque ocupados de nuestros quehaceres de cada día.
Evangelio: Jn 15, 9-17 Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa. Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando: que os améis los unos a los otros.
Dios nos ama
El breve pasaje del evangelio según san Juan, que la Liturgia nos presenta en la festividad de san Matías, ofrece unas palabras de Nuestro Señor durante la Última Cena con sus Discípulos, cargadas de riqueza, que se podrían comentar largamente. Fijémonos, en esta ocasión, en la idea inicial del breve discurso que hoy consideramos: Dios nos ama. Con toda razón hemos de decir que somos objeto del cariño divino. Nuestro Creador y Señor –sin dejar de serlo– nos ama con un amor personal, con un amor a la manera del amor que el Padre eterno tiene a su Hijo unigénito, Segunda persona de la Trinidad Beatísima.
Es de justicia mostrar a Dios, desde lo más profundo de nuestro ser, una gratitud rendida. Ciertamente no hay palabras que pueden expresar como conviene la bondad de Dios con su criatura humana; como tampoco nuestros sentimientos son capaces de vibrar adecuadamente en consonancia con el inapreciable tesoro recibido. Querríamos, sin embargo, saber corresponder; y, bien consientes de la pequeñez nuestra, se lo decimos sencillamente a nuestro Padre Dios, con las torpes palabras que nos broten del corazón al intentarlo; con nuestros pobres sentimientos –toscos, sin duda–, aunque, a veces, nos llenen el alma.
Es necesario pensarlo muchas veces, volver una y otra vez con la imaginación a esas escenas que nos cuentan los evangelios, cuando Jesús insiste en que Dios ha querido hacernos objeto de su amor. En ocasiones las palabras de Jesús muestran una particular ternura –reflejo de los sentimientos de su corazón–, que, en cierta medida, nos ayuda a entender algo de ese amor de Dios inmenso por sus hijos los hombres: no estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir. (...) No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino. Fomentemos la fe; pidamos a Dios esa visión sobrenatural de nuestra vida, que nos haga reconocernos contemplados, protegidos, permanentemente estimulados por un Amor tierno y omnipotente.
—¡Dios es mi Padre! —Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración. —¡Jesús es mi Amigo entrañable! (otro Mediterráneo), que me quiere con toda la divina locura de su Corazón. —¡El Espíritu Santo es mi Consolador!, que me guía en el andar de todo mi camino. Piénsalo bien. —Tú eres de Dios..., y Dios es tuyo.
De esta manera se expresaba san Josemaría, ejemplo de confianza y abandono feliz en Nuestro Señor. "Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte", solía afirmar que vivía, sabiéndose entrañablemente querido por el Señor del mundo y de la historia. Tampoco queremos nosotros abandonar nunca estas consideraciones. Deseemos, por la fe y la esperanza, vivir de ellas. Permaneced en mi amor, aconseja el Señor a los suyos. Claro, que ha de ser un amor con obras, si queremos que sea verdadero amor. Pero antes, posiblemente debemos contemplar a Dios queriéndonos; fijarnos en Él y recrearnos con el pensamiento de que somos objeto de las delicias de un cariño imposible de expresar con palabras, aunque, como auténticos infantes, no tengamos aún capacidad de apreciarlo.
Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos! San Juan, el discípulo amado, animaba así a un grupo de los primeros cristianos. Por sí mismo había tenido buena experiencia del amor de Jesús durante los tres años de su vida pública. Parecía persuadido de que la caridad entre los hombres –signo inequívoco de los buenos discípulos– sería una consecuencia inmediata en la vida de los que valorasen el amor que nos tiene Dios. En efecto, el cariño nos "arrastra" a los hombres. Sentimos el deseo de corresponder al amor recibido y, en la medida en que lo valoramos, nos sentimos también dispuestos a amar cada vez más generosamente, olvidados de nosotros mismos.
El consejo de san Juan: mirad qué amor..., parece bueno y gratificante, pero es necesario –imprescindible– poner atención, detenerse con la pausa necesaria, hasta apreciar adecuadamente, como dice este apóstol, el amor tan grande que nos han mostrado el Padre. Nos hace falta un momento de sosegada contemplación. Si no, por lamentable y triste que resulte, todo lo que Dios nos quiere, puede ser tan infecundo para nosotros, como la lluvia generosa para una roca dura e impenetrable y, por ello, incapaz de fructificar. Necesitamos cada día unos momentos de oración.
Santa María se admira. Atiende sin perder detalle las palabras de Gabriel y comprende muy bien la singular predilección de que ha sido objeto. Luego, agradecida, exulta de gozo: Mi alma alaba al Señor...
Evangelio: Jn 10, 11-18 En aquel tiempo dijo Jesús: —Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. El asalariado, el que no es pastor y al que no le pertenecen las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye -y el lobo las arrebata y las dispersa-, porque es asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen. Como el Padre me conoce a mí, así yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre.
Dios nos anima a confiar en Él
Comenzamos nuestra reflexión meditada –nuestra oración– tomando pie de estas palabras que nos transmite san Juan, y damos gracias a Dios porque nos ha querido tanto, porque nos trata con todo primor para nuestro bien. Jesucristo se compara a un buen Pastor y nosotros seríamos las ovejas de su rebaño. No pensemos, sin embargo, en cualquier tipo de pastor, sino en el pastor que nos describe Jesús: en el buen pastor que la vida por sus ovejas. Así es el Señor: como un pastor bueno, dando su propia vida –del todo– por cada uno de nosotros. ¿Y, por qué da su vida por los hombres?: porque somos suyos, porque le pertenecemos. El es nuestro dueño. Por fuerte y excesiva que a alguno pueda parecerle la expresión, así es; y es, además, la razón de su interés por nosotros. Sino fuéramos suyos, no tendría por qué dar su vida. Pero Nuestro Señor no se interesa por los hombres por encargo, como quien se dedica a algo determinado, pero podría ocuparse igualmente a otra actividad, quizá también satisfactoria.
Nos conviene meditar en lo que es la razón del interés de Dios por cada uno. Que somos suyos: cosa de Dios. No como las cosas nuestras, que muchas veces tratamos con descuido y hasta con desprecio, que son puros instrumentos que utilizamos, a los que damos poco valor por sí mismos y, más bien, los tenemos en cuenta por el servicio que nos hacen. No: que nadie da su vida por algo así.
El que simplemente se ocupa de alguien, por alguna razón, pero sin interés por la persona, sentirá no pocas veces la tentación de despreocuparse. En cambio, ni la incomodidad, ni el cansancio, ni la falta de correspondencia o de resultados, son motivo de desánimo para quien siente como algo suyo, muy suyo, al que debe mejorar. El buen Pastor es así: se demuestra pastor bueno ante las rebeldes, las perdidas o enfermas, ante las flacas, ante las poco valoradas, ante las más necesitadas. No se echa atrás porque la entrega y el sacrificio que su trabajo supone se le haga más difícil. Ante todo tiene presente –es lo que le mueve– el bien de aquellos a quienes puede ayudar.
Resulta ciertamente atractiva la figura evangélica del buen Pastor. Podemos y debemos alimentar nuestra oración meditando repetidamente estas palabras de Jesús. Por una parte, y en primer lugar, podemos fijarnos en que, como cristianos, hijos de Dios, somos cada uno de esas ovejas del Señor, por las que da su vida. ¡Qué honor, imposible de valorar, ser, sin mérito alguno por nuestra parte, de esas ovejas! Aunque de vez en cuando nos rebelemos. De otra parte, el Señor nos da ejemplo, y debemos preguntarnos si sentimos una responsabilidad como la suya, por muchos que están alrededor nuestro. Por la gracia de Dios, tenemos más visión sobrenatural, tal vez; somos más fuertes que otros para vivir una vida cristiana, también por la gracia de Dios; y esto nos compromete con Dios, Nuestro Padre, autor de la gracia.
¿Cómo somos tú y yo buenos pastores? ¿A cuántos procuro conducir suavemente por caminos de fe, intentando que valoren su vida contemplándola de tejas arriba: como Dios la contempla? ¿A cuántos llevo por caminos de esperanza, intentando que se alegren porque les ayudo a ver a Dios y su eternidad, como la felicidad inmensa que les aguarda? ¿A cuántos por caminos de Amor, con mayúsculas, enseñándoles a responder con el quehacer cotidiano a la voluntad de Dios, porque “obras son amores”?
Tal vez comprendemos que cada uno debemos ser la primera oveja de ese rebaño nuestro, si queremos que con el tiempo vaya siendo más numeroso. Comencemos fomentando los actos de fe durante nuestra jornada: unas palabras de cariño a nuestra Madre del Cielo cuando contemplamos su imagen; una visita –basta un instante–, aunque sólo sea una genuflexión, ante el sagrario que nos pilla de paso; un saludo, también al angel de la guarda, cuando nos cruzamos con un conocido, quizá más especialmente en casa, con los nuestros... Del mismo modo, sentiremos como una obligación –dichosa obligación– tener siempre y transmitir una alegría contagiosa, que puede extrañar a los que nos traten y que no nos importará reconocer, que es la alegría de sentirse hijos de Dios: raíz y fundamento de la virtud teologal de la esperanza. La caridad teologal debe ser la cima de la mujer y del hombre cristianos. Confiando en Dios y con la esperanza de poseerle, la vida va concretándose en instantes de amor. Se trata habitualmente de cosas pequeñas que parecen intrascendentes, por lo ordinarias y corrientes que son, pero que están cargadas de toda la trascendencia y la grandeza de Dios: Él las espera, como espera el buen padre un beso de su hijo o que cumpla su pequeño encargo.
En el redil de los hijos de Dios está también Santa María. Su sola presencia anima, comforta, alegra y colma de celo apostólico el corazón. Y entonces nos sentimos con santa inquietud, pensando en esos otros que aún no quieren que Cristo los conduzca.
Evangelio: Lc 24, 35-48 Y ellos se pusieron a contar lo que había pasado en el camino, y cómo le habían reconocido en la fracción del pan. Mientras ellos estaban hablando de estas cosas, Jesús se puso en medio y les dijo: —La paz esté con vosotros. Se llenaron de espanto y de miedo, pensando que veían un espíritu. Y les dijo: —¿Por qué os asustáis, y por qué admitís esos pensamientos en vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo. Palpadme y comprended que un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. Y dicho esto, les mostró las manos y los pies. Como no acababan de creer por la alegría y estaban llenos de admiración, les dijo: —¿Tenéis aquí algo que comer? Entonces ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Y lo tomó y se lo comió delante de ellos. Y les dijo: —Esto es lo que os decía cuando aún estaba con vosotros: es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras. Y les dijo: —Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas.
A pesar todo, esperanza
El evangelio de la Santa Misa nos presenta hoy, en un primer momento, a los apóstoles atemorizados tras la muerte del Señor, desconocedores aún de su resurrección. Todavía Jesús no se había aparecido resucitado a los once que se sienten derrotados, fracasados, con la impresión de que no había valido la pena seguir a Cristo. Los dos de Emaús habían tenido ya la experiencia del encuentro con Jesús y, vueltos incluso a Jerusalén, lo contaban a los demás. Pero seguramente, a pesar de todo: después de la muerte del Señor y de haber sido enterrado; después de tres días de triunfo de sus enemigos y muy conscientes de su culpabilidad habiéndole abandonado; pensarían que el fracaso de Cristo y el de ellos mismos era definitivo e irremediable. Otros razonmientos se hacían inadmisibles.
Muchas veces habrían contemplado los milagros del Señor. Sin embargo, todos esos prodigios, por grandes que hubieran sido, parecían haber fracasado. ¿Llevarían razón los judíos que se burlaban frente a la Cruz? Salvó a otros, y a sí mismo no puede salvarse, declaraban con desprecio. Y ahora, los días transcurridos desde viernes anterior parecían darles la razón: Jesús había sido tan sólo una ilusión, un ideal demasiado hermoso para ser cierto en un mundo lleno de discordias, de rivalidades, de egoísmos; en el que triunfaban como siempre los poderosos, los poderosos de siempre, los que contaban con abundantes medios materiales o con influencia política y social.
Bienaventurados los pobres (...), los mansos (...), los que llorar (...), los que pasan hambre y sed (...), los misericordiosos (...), los limpios (...), los pacíficos (...), los que padecen persecución (...). Esta doctrina de Jesús había llenado de esperanza, de ilusión a muchos: los débiles podrían triunfar por encima de los poderosos, si amaban a Dios y acogiéndose en El. Pero, sin embargo, estando muerto y enterrado Jesús, el desengaño parecía tan evidente como su desaparición. Sin duda que Jesús y su enseñanza habían aparecido como una bocanada de aire puro y fresco en la atmósfera contaminada y viciosa de un mundo judío, olvidado ya casi completamente de la ley del Señor y obsesionado con el cumplimiento de preceptos vacíos. De todas formas su brusca desaparición, tan notoria y humillante, parecía confirmar la autoridad –de siempre, por otra parte– de los escribas y fariseos.
El desánimo en los apóstoles de Jesús no podía ser mayor. Sin embargo, no consintió que permanecieran en ese estado demasiado tiempo. El mismo vino en su ayuda como cuando tuvieron miedo en el lago por la tempestad. Esta vez glorioso ante ellos, confirmando con su presencia el triunfo que echaban de menos, volvía a ser para sus discípulos el de siempre. Eran de nuevo actuales la seguridad que sentían con El y la admiración que se había despertado en ellos tantas veces con ocasión de los grandes milagros. Deseaba Jesús que quedaran bien persuadidos de que era El mismo: el mismo que había sido tan injustamente humillado y muerto. Deseaba que comprendieran cómo todo había sucedido en cumplimiento de las Escrituras que, desde el tiempo de los Patriarcas, se referían a él. Quería, en fin, mostrarles, con la evidencia de su muerte y su resurrección la prueba más definitiva de su divinidad.
Ya no tenían dudas. En adelante confiarían plenamente en la palabra y el poder de Jesús, muerto y resucitado; porque ellos mismos, en persona, eran testigos para siempre de su muerte y de su resurrección. El propio Jesús les hace considerar la gran realidad de la que son testigos: Vosotros sois testigos de estas cosas. Y, una vez más, le recuerda el sentido de su presencia, como Hijo de Dios, en el mundo de los hombres: su pasión, muerte y resurrección, y antes su enseñanza; habían sido para nuestra salvación. Ellos, los discípulos que El había escogido, quedaban con la misión de dar testimonio por todas partes de lo que habían visto y oído. Sobre los apóstoles recayó la responsabilidad de difundir entre la gente que el Creador del mundo ha querido ser el Padre de los hombres; y de persuadir a todos que es responsabilidad de cada uno arrepentirse de lo que no es conforme a su voluntad en la propia vida y convertirse a El.
La madre de Jesús y madre nuestra, Santa María, es la primera testigo –y la más eficaz– de la salvación que quiso Dios traer al mundo: mi alma proclama la grandeza del Señor (...), su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen, proclama gozosa. Y también nosotros, apoyados en su intercesión ante Dios en favor de sus hijos, queremos ser testigos gozosos del Evangelio de Jesucristo.
Evangelio: Jn 14, 6-14 —Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida –le respondió Jesús–; nadie va al Padre si no es a través de mí. Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto. Felipe le dijo: —Señor, muéstranos al Padre y nos basta. —Felipe –le contestó Jesús–, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.
Conocer a Jesús
La festividad de los santos apóstoles Felipe y Santiago que hoy celebramos, nos brinda la oportunidad de meditar en oración acerca de nuestro conocimiento de Jesucristo. Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido?, le reprochó el Señor. No pretenderemos nosotros, sin embargo, lograr una clara comprensión del misterio del Hijo de Dios encarnado a partir de estas consideraciones, siendo imposible para la inteligencia humana la visión acabada de su realidad divina y humana. Invocamos, en cambio, a Dios con humildad para que nos conceda un aumento de la fe: que creamos muy firmemente, para que ese convencimiento se manifieste en vida cristiana a la medida de Jesucristo. La verdad de Jesús de Nazaret: Verbo eterno del Padre y hombre perfecto, al tomar carne de María Santísima, es el ideal para toda persona humana, hombre o mujer.
En Jesucristo, pues, hay dos naturalezas, divina y humana; siendo una única persona: la Segunda de la Santísima Trinidad. Es posible, entonces, que, en ocasiones, se hable con una cierta ligereza de Jesús. Manifestando, eso sí, su condición de persona extraordinaria, pero sin dejar claro que en verdad es el mismo Dios, connatural con el Espíritu Santo y con el Padre. No pocas veces, por un afán mal entendido de presentar a un Jesucristo accesible y próximo a los hombres, se llega a tratar al Hijo de Dios encarnado con irreverente familiaridad. Nos lo muestran, en la literatura y la iconografía, de modo que es difícil pensar que se trata de nuestro Creador y el Señor de cuanto existe. No es extraño, por consiguiente, que su presencia real en los sagrarios carezca, en la práctica, de interés para algunos que transitan por las iglesias; que no se detienen –no le dan importancia– a hacer una genuflexión, según mandan las rúbricas litúrgicas, al pasar ante el tabernáculo.
El mismo Jesús desea que le tratemos con la mayor confianza. De mil modos, durante su vida pública, invita y facilita a los que le rodean, no ya a que le sigan, a que le escuchen, que aprendan de Él; Él mismo se hace el encontradizo, buscando a cada uno, manifestando a las claras su deseo de darse, pues el bien de los hombre consiste en su posesión. El bien, el mejor bien que es posible pensar, sólo lo encontramos en Jesucristo, porque es Dios. Cuando somos conscientes de su majestad y grandeza, crece en cada uno el afán por conocerle mejor y por amarle. Nos sentimos grandes por haber recibido la gracia del Evangelio: anuncio de Dios al hombre y de su Amor ilimitado por él. La reverencia en el trato y el interés efectivo por agradarle con la propia vida, surge como consecuencia de la fe en su divinidad.
¿Con qué detenimiento –manifestación de verdadero interés– nos fijamos en Jesús? No nos suceda que –cansados enseguida– apartemos pronto la mirada y decaiga nuestro interés, por haber contemplado demasiado rápidamente su excelsa figura. Tratemos de insistir, aunque nos sobrevenga al principio una cierta impresión árida por falta de hábito en la meditación. En todo caso, Dios mismo contempla el intento nuestro por conocerle y, como buen Padre, ayuda "enternecido" con su luz al hijo pequeño –tú y yo– que, a duras penas, logra progresar un poco más en Su conocimiento. La lectura repetida de los pasajes evangélicos, meditados con el mayor interés, ayuda a sentirse como un personaje más, acompañando a nuestro Dios mientras pasa por el mundo y nos da lecciones con su sola presencia.
Otras veces hemos considerado el afán apostólico, ese deseo de difundir la doctrina de Cristo propio de todo cristiano. Pero el deseo de dar a conocer las grandezas de Dios, no es la consecuencia de un precepto arbitrariamente impuesto que se acoja con temor. Más bien se trata de un afán impaciente, efecto de la Gracia de Dios y del entusiasmo humano al descubrir la maravilla de Jesucristo. Los Apóstoles, revestidos con la Gracia, declaran orgullosos ante los jefes del pueblo judío: nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído. El apostolado, en efecto, es la consecuencia de haber conocido al Señor.
Así ha sucedido siempre en la vida de los cristianos, y así nos ha llegado a nosotros el tesoro de la Redención: a través de otros cristianos entusiasmados. Tal vez, tan entusiasmados con Cristo, que quisieron poner su vida totalmente al servicio de la extensión de su Reino. Luego, cada uno, según el don recibido de Dios y la propia correspondencia, hemos respondido a la medida de nuestra generosidad. En todo caso, bien consientes de que no es indiferente el comportamiento humano, porque el mismo Dios se ha hecho hombre para mostrarnos su amor y que tengamos también una ocasión permanente de amarle.
Santa María, Madre nuestra por la bondad de Dios, nos recuerda de continuo, si nos acogemos a su cariño, que su Hijo Jesús es nuestro Hermano mayor, el Hijo del Eterno Padre.
Evangelio: Mt 13, 54-58 Y al llegar a su ciudad se puso a enseñarles en su sinagoga, de manera que se quedaban admirados y decían: —¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto? Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: —No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra y en su casa. Y no hizo allí muchos milagros por su incredulidad.
El valor del trabajo
Celebramos hoy con toda la Iglesia a San José, esposo de la Santísima Virgen y, según la ley judía, padre de Jesús, aunque no lo fuera por la generación habitual de la carne. No era, sin embargo, Jesús menos hijo de su corazón que los hijos comunes lo son de sus padres. Sin temor a exagerar, podemos afirmar que José es padre de Jesús, el hijo de María siempre Virgen, con una paternidad excelsa y muy superior a la de los padres que engendran según la carne. Como afirma san Agustín, a José no sólo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a otro alguno (...), ¿cómo era padre? Tanto más profundamente padre, cuanto más casta fue su paternidad. Algunos pensaban que era padre de Nuestro Señor Jesucristo, de la misma forma que son padres los demás, que engendran según la carne, y no sólo reciben a sus hijos como fruto de su afecto espiritual. Por eso dice San Lucas: se pensaba que era padre de Jesús. ¿Por qué dice sólo se pensaba? Porque el pensamiento y el juicio humanos se refieren a lo que suele suceder entre los hombres. Y el Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la Virgen María, que era Hijo de Dios.
José amaba a Jesús como no somos capaces de amar los demás hombres. Entregó al Hijo de Dios encarnado lo mejor de sí mismo, incluyendo el trabajo que llenaba su vida y sustentaba a la Familia que quiso Dios para nacer, crecer y alcanzar su madurez entre los hombres. Por eso Nuestro Señor que era conocido como artesano: el hijo del artesano. Y nos lo imaginamos durante muchos años –tenía Jesús al comenzar unos treinta años, cuando comenzó su vida pública, según nos cuenta san Lucas– en el taller de su padre, José, y más tarde posiblemente al frente del mismo. Jesús pasó la mayor parte de sus días sobre la tierra trabajando, como todos los hombres y mujeres de bien. Se ocupaba en una tarea corriente, sin más relieve la mayoría de las veces que el sobrenatural, por el amor y la perfección que ponía en cada detalle.
El trabajo ocupa la mayor parte de nuestro tiempo. Trabajo no es exclusivamente la ocupación profesional en sentido estricto. Trabajo es asimismo cualquier otra actividad productiva en sentido amplio, que, por lo general, requiere un cierto esfuerzo por parte de quien la realiza: desde responder el correo a leer un artículo cultural que contribuye a la propia formación o charlar con un hijo o con un amigo, tratando de ayudarle.
El esfuerzo: he aquí la dificultad. Dificultad añadida al trabajo como consecuencia del pecado. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, advirtió Dios en nuestros Primeros Padres en el Paraíso Terrenal, después de la desobediencia. Habiendo perdido al desobedecer la inocencia original, el trabajo, desde entonces, es en cierto sentido una pena, un castigo a la rebeldía humana. Ahora trabajar cuesta. Cualquier actividad –hasta la más pequeña– que emprende el hombre en beneficio propio le supone esfuerzo: es trabajosa, decimos, para indicar que de algún modo nos pesa.
De modo espontáneo el trabajo no se realiza con gusto y constancia. Es preciso casi siempre un empeño por mantener la decisión –que cuesta– del orden, de la puntualidad, del cuidado del detalle... Sucede, por el contrario, que lo fácil es generalmente de poco valor y no cubre las expectativas y requerimientos personales. Todo lo que vale cuesta: ningún ideal se hace realidad sin sacrificio..., leemos en Camino. Se trata, en todo caso, de un esfuerzo, de un sacrificio, de una renuncia incluso –si queremos llamarlo así– llevadera. De ordinario, en efecto, lo que se espera de cada persona en el terreno profesional y en sus deberes familiares y sociales es algo posible, razonable.
Sin embargo, el hombre trabajaba antes de pecar. Como dice el libro del Génesis, tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en al jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase. Sólo después del pecado sintió el hombre la dificultad del esfuerzo. El trabajo de la tierra no sería en adelante una tarea confortable: espinas y abrojos te producirá, aseguró Dios a Adán. Lo cual, en modo alguno privó al trabajo de su grandeza original, por la que el hombre había sido constituido Señor de la naturaleza: llenad la tierra y sometedla, dijo Dios al hombre haciéndolo señor de toda la creación terrena. El trabajo aparece, pues, como un designio y don de Dios a los hombres, por el que los constituye en señores del mundo que había creado para ellos.
La actividad humana, por tanto, ya que puede ser trabajo casi siempre, es una permanente ocasión de configurar nuestra existencia según el querer divino, de amar a Dios agradecidamente y del más pleno desarrollo personal: aquel querido desde el principio por nuestro Creador.
Pedimos a Santa María que contemplemos en cada instante esa ocasión irrepetible de vivir según Dios. Con su ayuda maternal no nos faltará la fuerza necesaria y sabremos superar la debilidad y falta de constancia que son consecuencia del pecado.
Evangelio: Jn 20, 19-31 Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: —La paz esté con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. Les repitió: —La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos. Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: —¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió: —Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré. A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: —La paz esté con vosotros. Después le dijo a Tomás: —Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: —¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: —Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído. Muchos otros signos hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no han sido escritos en este libro. Sin embargo, éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
Vivir en la paz de Dios
San Juan nos ofrece en estos versículos una escena verdaderamente pascual. La vida espléndida de Jesús glorioso aparece ante sus discípulos como algo normal. Es la vida propia del Hijo de Dios que nos ha sido prometida en su nombre. De esta vida, lo que hoy meditamos, a partir del texto precedente y todo el Evangelio de este Apóstol, viene a ser únicamente un botón de muestra.
Consideremos tan sólo lo que san Juan nos cuenta de aquella tarde del domingo en que resucitó el Señor. Jesús se presenta ante sus discípulos señor de las leyes físicas. Su cuerpo es glorioso –no podemos imaginar esa corporalidad gloriosa– y, a pesar de que le habían abandonado en su momento más duro, los tranquiliza. No sólo les desea la paz: se la entrega, la paz esté con vosotros, les dice. Ellos se alegran al verlo y nuevamente les dice: la paz esté con vosotros. Consideremos una vez más, llenos de agradecimiento, que el Señor querrá siempre nuestro bien, nuestra felicidad y alegría, a pesar incluso de nuestras infidelidades.
Y dicho esto les mostró las manos y el costado. ¡Qué importante es no cerrar los ojos a la realidad! A la realidad del amor de Dios por los hombres y a la realidad de nuestro pecado. A la vista de esas manos y ese costado no hay nada que decir. Unicamente reconocer con humildad y agradecimiento nuestra condición y la suya. Pero, ni se nos ocurra pensar que con ese gesto Jesús pretende echar algo en cara a los Apóstoles. El Señor no sabe sino amar, por eso, mientras lo contemplan con las huellas frescas de la Pasión, con las pruebas del abandono de ellos y de su amor, se reafirma en su entrega incondicionada a los hombres y los llena de paz.
A continuación el amor de Dios por los hombres llega a su cenit: Jesús despliega para sus discípulos y para toda la humanidad los frutos de su Pasión, prueba fehaciente de su Amor. Y entrega el Espíritu Santo, y configura a unos hombres, simples criaturas, con Él mismo: Como el Padre me envió, así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos. Que no queramos salir en nuestra oración de las acciones de gracias. Nos entrega al Paráclito, nos encomienda su misma misión, nos perdona y garantiza que jamás nos faltará su perdón. ¿Sentimos una imperiosa necesidad de amar: de amar a ese Dios nuestro, Jesucristo, porque no es lógico que tanto amor suyo no sea correspondido?
—¡Dios es mi Padre! –Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración. —¡Jesús es mi Amigo entrañable! (otro Mediterráneo), que me quiere con toda la divina locura de su Corazón. —¡El Espíritu Santo es mi Consolador!, que me guía en el andar de todo mi camino. Piénsalo bien. —Tú eres de Dios..., y Dios es tuyo.
Así se expresaba san Josemaría. Y nosotros vamos a decirle a Jesús que no nos deje ser injustos, que nos abra bien los ojos y nos llene de su luz, para darnos cuenta de lo que somos y valemos; de lo que podemos por que así lo ha querido Dios. Que nos llenemos de afán de corresponder y que muchos, que están a nuestro lado pero tal vez no se enteran, vibren también felices, entusiasmados, con Él: id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, fueron sus últimas palabras, inmediatamente antes de su Ascensión a los cielos.
Pero, estemos en guardia, que en cada uno hay un Tomás desconfiado que "necesita pruebas", que quiere que las cosas le "entren por los ojos". Queramos acostumbrarnos en cambio a lo sorprendente, poniendo los medios humanamente desproporcionados de la que oración y la expiación de cada uno, y el empeño confiado y obediente por extender en el mundo el Reino de Dios. Estaremos de esta forma viviendo el "permanente tiempo Pascual" que comenzó a partir de la Resurrección; un tiempo apostólico: con los mismos medios de los discípulos –sintiéndonos uno de ellos– que siguieron el consejo del Señor: rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.
A la Virgen la llamamos cada día "Reina de la paz" en el rezo del Santo Rosario. A Ella le pedimos la paz que Ella siente, confiada siempre en el amor que Dios le tiene.
Evangelio: Mc 16, 15-20 Y les dijo: —Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará. A los que crean acompañarán estos milagros: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes con las manos y, si bebieran algún veneno, no les dañará; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán curados. El Señor, Jesús, después de hablarles, se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Y ellos, partiendo de allí, predicaron por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba la palabra con los milagros que la acompañaban.
Predicar el evangelio
En la fiesta del evangelista san Marcos, elevamos nuestro corazón a Dios en acción de gracias por tantos beneficios recibidos a partir del designio de Jesucristo, que estableció a ciertos testigos para transmitir en su nombre la Buena Noticia que El mismo vino a traer al mundo. El Hijo encarnado debía ascender a los Cielos –a la derecha de Dios–, según se nos recuerda hoy, y convenía que quedara un testimonio escrito de la vida del Señor, para la humanidad de todos los tiempos. Marcos, compañero en la predicación de los apóstoles Pedro y Pablo, es el autor del Segundo Evangelio, en el que recoge, en buena medida, la predicación del Príncipe de los Apóstoles.
Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. Estas palabras de Nuestro Señor, pronunciadas inmediatamente antes de ascender a los cielos, fueron las últimas que escucharon los discípulos de sus labios. Durante tres años de convivencia con El, le vieron y escucharon cada día anunciar el Evangelio a todos. Finalmente habían sido testigos de su pasión, muerte y resurrección. Se concluía así el plan redentor de Dios. Los hombres podíamos alcanzar la filiación divina por la virtud de Jesucristo muerto y resucitado: el mérito infinito –por ser Dios– de su sacrificio en la Cruz quedaba para siempre como un tesoro a disposición de cada hombre. Su vida entregada en el Calvario era, en verdad, el cumplimiento exacto de las palabras que dirigió Jesús a Nicodemo: Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Insistamos en nuestra gratitud a la Providencia divina, que ha dispuesto de modo tan admirable la transmisión de su mensaje salvador hasta el final de los tiempos. Aquella serpiente de bronce que construyó Moisés para que los los israelitas, al mirarla, sanaran de las mordeduras de las serpientes en el desierto –según cuenta el libro del Éxodo–, era una imagen de Jesucristo crucificado, que salva para la Vida Eterna a los que creen en Él. Era preciso que no viviéramos los hombres de espaldas a esta admirable verdad. Que reconociéramos el amor sin medida de Dios por nosotros, manifestado en que entregó a su Hijo Unigénito, para la salvación de todo el que crea en Él, y sea consecuente con su fe.
Esta festividad es una buena ocasión para tomar viva conciencia de la responsabilidad que a cada uno nos corresponde, como apóstoles y, en cierta medida, también evangelistas en el tiempo presente. Somos, en efecto, discípulos del mismo Jesucristo al que siguieron los Doce Apóstoles y tantos más desde entonces. De palabra y –¿por qué no?– por escrito, como san Marcos, es necesario dar a conocer cada día con más urgencia, la gran noticia de que Dios nos ha creado para una existencia que no es solamente terrena: que, en Jesucristo y por El, llegamos a ser verdaderamente hijos de Dios, capaces de vivir eternamente en la intimidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
No es lo habitual que los hombres tengan como ocupación exclusiva la evangelización. Es cierto que Dios ha escogido siempre a algunos hombres, como escogió a los Doce Apóstoles, para que, libres de otras ocupaciones materiales nobles, se dedicaran exclusivamente a la extensión del Reino de Dios. Pero, esta especial dedicación de unos pocos, en relación con el conjunto de la sociedad, no impide a los demás fieles cristianos la difusión del Evangelio, ni les excusa de la responsabilidad de ser apóstoles; que no es sino manifestar de modo convincente, con la propia vida, que somos hijos de Dios.
Pocas veces es necesario hacer algo especial o que llame la atención. El atractivo del mensaje de Cristo, encarnado en nuestra vida, se manifiesta por la serena paz que no pasa inadvertida en este mundo lleno de tensiones y discordias; por la alegría sincera que se procura difundir, aunque sean evidentes diversas dificultades, incluso el dolor; por la fecundidad a diversos niveles: hijos, amigos, trabajo..., porque el bien de suyo es difusivo y, unida a Dios, como el sarmiento a la vid, la vida cristiana necesariamente fructifica... Sin embargo, el amor a Dios y a sus hijos, los demás hombres, no dejan al cristiano satisfecho con el bien que realiza por su buen ejemplo, y procura hablar de Dios y de la vida que espera de nosotros con sus familiares, con sus amigos, con sus compañeros de trabajo o de diversión; con la misma sencillez y franqueza con que comenta los demás asuntos de mutuo interés.
Le ilusiona ver a todos cerca de Dios, que lo tengan cada día más presente en sus vidas, que lo amen. Desea el apóstol cristiano una sociedad en la que Cristo pudiera vivir a gusto, sin entristecerse hasta llorar, como cuando, contemplando Jerusalén, se lamentaba porque no había reconocido su venida salvadora y pocos años después sería destruida: no dejarán en ti piedra sobre piedra. Le ilusiona, en fin, ver a María Santísima filialmente reconocida por todos sus hijos, los hombres, mientras suavemente nos conduce a la Casa de nuestros Padre.
Evangelio: Jn 20, 1-9 El día siguiente al sábado, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo: —Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto. Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. No entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos. Y los discípulos se marcharon de nuevo a casa.
Resurrección: una alegría sin barreras
El Evangelio según san Juan nos narra con bastante detenimiento lo sucedido el primer día de la semana, el siguiente al sábado, el día en que resucitó el Señor. Este hecho fue de tal trascendencia para la naciente Iglesia que originó el cambio, no poco importante, del día especialmente dedicado a Dios. El día del culto por excelencia no fue ya el sábado para los cristianos, sino el dies domínica, día del Señor, el domingo.
Este cambio era necesario, no sólo para marcar con claridad la diferencia entre la antigua ley –que había preparado la venida del Mesías– y la ley de la fe en el Dios Trino; era preciso, sobre todo, para afirmar sin paliativos la ley de la Gracia, una nueva economía de la salvación, por la cual los hombres, injertados en Cristo, somos verdaderamente familia de Dios. Era importante significar que los preceptos del pasado no eran ya necesarios, toda vez que Jesucristo había saldado sobradamente con su sacrificio la deuda de nuestros pecados. En adelante, aplicándose en el cristiano los méritos de la Cruz, agradamos a Dios como un hijo bueno a su padre.
Hijos de Dios. —Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. —El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna.
Así leemos en "Forja". Esa luz del convencimiento firme de nuestra filiación divina, alumbra a cada uno en primer lugar. Inundar a otros de alegría, transmitirles la propia riqueza, es algo espontáneo, manifestación del esplendor y seguridad que provoca la fe en quien la vive. El fuego no puede sino quemar, como la luz necesariamente ilumina. También es cierto que el agua apaga y la suciedad contamina lo que le rodea. Seamos luz ardiente de Dios, ricos, entusiasmados por gozar del mayor Amor, y con el deseo –que casi no hay que proponerse– de que muchos más sean felices de verdad.
Antes que los Apóstoles, supo de la resurrección del Señor María Magdalena. Por los otros evangelios sabemos de su alegría al conocer que Jesús vivía. Entonces echó a correr, fue a Simón Pedro y al otro discípulo al que Jesús amaba... "Echó a correr...", dice san Juan. Como nosotros cuando descubrimos algo estupendo. Enseguida nos vienen a la cabeza personas queridas y nos apresuramos a compartir la alegría, porque deseamos que sean también muy felices.
Fácilmente nos podemos imaginar el efecto inmediato de la "onda expansiva" provocada por esta mujer y los dos primeros discípulos que se acercaron al sepulcro a primera hora del domingo. En muy poco tiempo, todos: los otros apóstoles y las demás mujeres que acompañaron al Señor, sabrían la noticia. Y, a continuación, otros más que apreciaban a Jesús en Jerusalén, aunque no le siguieron tan de cerca. Era la consecuencia natural de un entusiasmo que se transmite.
Muy pronto, por algunos de la guardia que custodiaba el sepulcro, llegó también la noticia a los que habían planeado y logrado la muerte de Jesús; que, según san Mateo, reunidos con los ancianos, después de haberlo acordado, dieron una buena suma de dinero a los soldados con el encargo de decir: Sus discípulos vinieron de noche y lo robaron mientras nosotros dormíamos. Es muy diferente, como vemos, la reacción de los que han decidido dejar al Señor de lado. El empeño por mantener a toda costa su actitud de siempre les lleva a falsear lo evidente por cualquier medio, no importa si correcto o no.
La verdad incontestable de la resurrección de Jesús, públicamente ejecutado como un malhechor, se imponía necesariamente en el pueblo y confirmaba en la fe a los discípulos tras el desencanto por la aparente derrota del Calvario. Cristo mismo, resucitado, vivifica ya a los suyos. No hay fuerza –no puede haberla– capaz de contener el triunfo del Hijo de Dios actuando en sus fieles: su Reino no tendrá fin, dijo el Ángel a María; y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella, prometió Jesús a Pedro, refiriéndose a la Iglesia. No son nuestros buenos propósitos, nuestras disposiciones de fidelidad, ni la grandes cualidades que puedan tener algunos cristianos, la garantía del triunfo final de los cristianos en la historia. Es el propio Cristo, Dios hecho hombre por amor a los hombres, el garante de nuestra victoria definitiva.
Como María, conscientes de nuestra debilidad y del poder divino en favor de sus hijos, proclamamos que ha hecho en cada uno cosas grandes el que es Todopoderoso y las hará hasta el fin de los tiempos.
Evangelio: Mc 16, 1-8 Pasado el sábado, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y, muy de mañana, al día siguiente del sábado, llegaron al sepulcro cuando ya estaba saliendo el sol. Y se decían unas a otras: —¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? Y al mirar vieron que la piedra había sido removida, a pesar de que era muy grande. Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron muy asustadas. Él les dice: —No os asustéis; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron. Pero marchaos y decid a sus discípulos y a Pedro que él va delante de vosotros a Galilea: allí le veréis, como os dijo. Y ellas salieron y huyeron del sepulcro, pues estaban sobrecogidas de temblor y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque estaban atemorizadas.
Una vida gloriosa también para los hombres
Hemos terminado de conmemorar un año más y de vivir los acontecimientos de la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. El heroísmo de la caridad de Jesús, Dios y hombre, queda patente ante sus discípulos durante la Última a Cena. Un amor de Dios a los hombres más allá de toda comprensión humana. Por los ojos les entró a los Apóstoles que vino a servir, cuando realizó por ellos que la tarea de lavarles los pies propia de los siervos. Pero no podían hacerse cargo –tampoco nosotros ahora– del amor que supone entregarse Él mismo: con su cuerpo, con su sangre, con su alma y con su divinidad, como alimento para todas las generaciones. Así lo había anunciado poco tiempo antes en la sinagoga de Cafarnaún, ante el escándalo de la mayoría de sus oyentes. Sin embargo, nuestro Salvador fue intransigente: En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él, les aseguró.
No tenemos los cristianos, por consiguiente, ninguna duda de que la vida que espera de Dios de nosotros por Jesucristo no puede ser solamente una vida humana de obras perfectas, por el intento tal vez de imitar la conducta de Jesús. ¿Tendría acaso el hombre con sus solas fuerzas, por perfectas e insólitas que fueran, la capacidad de trascender hasta la divinidad? Pues en ese ámbito nos quiere Dios desde el principio como hijos por Jesucristo: Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios. Así se expresa san Juan al comienzo de su evangelio, en una página gloriosa, síntesis insuperable de la realidad de Jesucristo y el sentido genuino de la vida de los hombres.
Los hombres solos no somos capaces de llegar hasta donde Dios espera, por mucha que sea nuestra perfección e incansable nuestro empeño. Pero Jesucristo no deja en todo caso de exigir y el ideal cristiano se presenta como la ilusión de quienes están dispuestos a llevar una vida esforzada hasta el mayor sacrificio. Una vida, pues, que podríamos calificar de heroica e imposible. ¿Acaso no es así la vida de Jesús resucitado? La vida de Jesús de Nazaret que, a partir de esta noche, contemplamos se presenta, en efecto, a los ojos humanos como un extraordinario e incomprensible prodigio: por el tormento de la Pasión y la muerte de Cruz hasta la Vida Gloriosa. Tan sorprendente que, aunque lo había advertido con tiempo, al saber de la Resurrección, las mujeres salieron y huyeron del sepulcro, pues estaban sobrecogidas de temblor y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque estaban atemorizadas, explica el evangelista. Una reacción, sin embargo, podríamos decir, natural. Una vez más el proyecto de Dios nos resulta demasiado grandioso como para aceptarlo sin más.
El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, pero al tercer día resucitará. Las palabras de Jesús parecen inequívocas, pero no sabemos si resultaron a sus discípulos más alejadas de su capacidad de comprender porque anunciaban la muerte de Jesús o su Resurrección. En todo caso, nos dicen los evangelistas que ellos no comprendieron nada de esto: era éste un lenguaje que les resultaba incomprensible, y no entendían las cosas que decía. (...) Y se pusieron muy tristes (...) y temían preguntarle. La Resurrección del Maestro había quedado en sus mentes como un misterio casi olvidado. Hizo falta la innegable realidad del sepulcro vacío, como lo encontraron en la mañana del domingo, para que despertara en ellos y aceptaran el incompresible misterio de la vida resucitada que les había sido anunciado.
—¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, sino que ha resucitado; recordad cómo os habló cuando aún estaba en Galilea diciendo que convenía que el Hijo del Hombre fuera entregado en manos de hombres pecadores, y fuera crucificado y resucitase al tercer día. Entonces ellas se acordaron de sus palabras. Y al regresar del sepulcro anunciaron todo esto a los once y a todos los demás. Así se expresaba san Lucas. Y san Juan, protagonista perplejo de lo que la Magdalena anunciaba, cuenta que entonces entró también el otro discípulo –el proio Juan– que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. No entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos.
El Apóstol manifiesta por extenso a los primeros fieles de Corinto la tremenda relevancia que tiene para el cristiano de la Resurrección de Jesús. Basten ahora que estas palabras suyas: Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primer fruto de los que mueren. Porque como por un hombre vino la muerte, también por un hombre la resurrección de los muertos. Y así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. También hay, por consiguiente, para el hombre una vida resucitada.
¿Cómo, si no, podrían cumplirse en nosotros tantas promesas del mismo Cristo? Recordemos ahora tan sólo una, en aquellos momentos últimos, entrañables, de Jesús con sus discípulos, la víspera de su Pasión: No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.
Llenos de gratitud, mientras contemplamos el mundo y la vida con los ojos de la fe, por encima de estas realidades de ahora, hacemos el propósito de buscar una razón trascendente, unidos a la Madre de Dios –¡Bienaventurada porque has creído!– que en cada cosa que nos ocupe en la vida.
Mt 27, 57-66 Al atardecer vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús. Éste se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato, entonces, ordenó que se lo entregaran. Y José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro, que era nuevo y que había mandado excavar en la roca. Hizo rodar una gran piedra a la puerta del sepulcro y se marchó. Estaban allí María Magdalena y la otra María sentadas frente al sepulcro. Al día siguiente de la Parasceve se reunieron los príncipes de los sacerdotes y los fariseos ante Pilato y le dijeron: —Señor, nos hemos acordado de que ese impostor dijo en vida: "Al tercer día resucitaré". Manda, por eso, custodiar el sepulcro hasta el tercer día, no vaya a ser que vengan sus discípulos, lo roben y digan al pueblo: "Ha resucitado de entre los muertos", y sea la última impostura peor que la primera. Pilato les respondió: —Ahí tenéis la guardia; id a custodiarlo como os parezca bien. Ellos se fueron a asegurar el sepulcro sellando la piedra y poniendo la guardia.
Optimismo en el dolor de amor
Mientras sucedían estas cosas Jesús permanece muerto en el sepulcro. Es el momento de mayor desolación de los Apóstoles, que no terminarían de creer que su Maestro había muerto. Aunque no tenemos noticias de dónde se encontraban este día los discípulos del Señor –sólo sabemos que Juan permaneció junto a María al pie de la Cruz hasta el final–, nos los imaginamos completamente abatidos por la tristeza. Tal vez sus pensamientos irían del remordimiento por haber abandonado a Jesús en el Huerto de los Olivos, con lo que comenzó su Pasión, al recuerdo nostálgico de tantos prodigios vividos de cerca con el Él y de tantas palabras suyas retenidas –de vida eterna, como confesó Pedro–, que habían llenado sus vidas de una esperanza inigualable.
Un dolor imposible de describir hizo presa en ellos, viéndose vacíos y culpables. Un dolor que se afianzaba con el paso de las horas, que les hacía más y más patente la muerte de Jesús, para ellos tan inesperada. Por otra parte, el miedo por el que huyeron dejándolo solo la noche de Getsemaní aún les afectaba. Pedro –aunque luego lloró– había negado conocer al Señor por no correr la suerte de su Maestro. Los demás, si no de palabra, le habían negado también de verdad, con las obras; y, como explica san Juan, estaban escondidos por miedo a los judíos. Los prícipes de los sacerdotes y los fariseos se habían hecho fuertes después de conseguir la condena de Jesús. Hasta lograron que Pilato pusiera a su disposición soldados para guardar el sepulcro. Ser de los de Aquel hombre crucificado y muerto, era peligroso en ese momento. De ser reconocidos, sus vidas no estaban seguras: lo mejor era esconderse...
Sin embargo, no todos se acobardan. En "Via Crucis" lo describe san Josemaría: Nicodemo y José de Arimatea –discípulos ocultos de Cristo– interceden por el desde los altos cargos que ocupan. En la hora de la soledad, del abandono total y del desprecio..., entonces dan la cara "audacter" (Mc XV, 43)...: ¡valentía heroica! Yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor..., lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones..., lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad! Cuando todo el mundo os abandone y desprecie..., serviam!, os serviré, Señor.
No nos interesa establecer comparaciones entre los que dieron la cara en aquellas horas difíciles por el Señor y los que entonces fueron cobardes pero, recuperados por acción de la Gracia, supieron dar toda su vida para que se extendiera su Reino en el mundo. Nosotros deseamos serle fieles siempre y le pedimos fortaleza, lealtad, para los momentos de cobardía y de flojera, que vendrán: no somos perfectos, y le decimos: ¡Perdón, Señor! ¡Ayúdame más, que quiero serte siempre fiel!
¡Que no nos importe reconocernos débiles y por eso pecadores! Lo hemos sido en otro tiempo: bien claras tenemos nuestras traiciones pasadas; y lo seremos en el futuro, aunque sea de ordinario en asuntos menudos, a los que queremos dar importancia, sin embargo, porque son faltas de amor con el Señor. Por eso, dolidos de nuestras faltas, tal vez no tan antiguas..., nos proponemos rectificar con un propósito bien determinado. Querríamos no sentir más la necesidad de pedir perdón, querríamos no ofender más al Señor, aunque deseamos ardientemente reconocerlo arrepentidos –como Pedro– inmediatamente después de cada ofensa.
El dolor de los pecados: dolor por haber ofendido a Dios, es verdadero dolor, pero no es un dolor triste, no puede serlo. Es un dolor optimista, esperanzado, porque Dios lo acoge si contempla que es sincero con el deseo de no apartarnos más de su lado: No despreciarás, Señor, un corazón contrito y humillado, le decimos con el salmo. Por eso el momento del dolor es también el de la paz, el de la seguridad, el del optimismo; e inmediatamente el momento de la gratitud y de la alegría.
Quiere el Señor manifestar su bondad y su poder en sus hijos los hombres y lo hace muchas veces perdonándonos y sanando nuestras heridas, para que llenos de su fortaleza venzamos en la lucha contra nosotros mismos una y otra vez, aunque también de vez en cuando seamos vencidos. Bastará entonces con volver los ojos nuevamente a Dios, que comprende la flaqueza nuestra y quiere otra vez ayudarnos porque no nos ha dejado de querer.
¡Y, qué decir de nuestra Madre! De continuo nos contempla como a hijos siempre pequeños –rebeldes, quizás– y siempre dignos de compasión porque somos suyos. Así se lo decimos cada uno: Mírame con compasión, no me dejes Madre mía.
Evangelio: Jn 18, 1-19, 42 (...) Y, cargando con la cruz, salió hacia el lugar que se llama la Calavera, en hebreo Gólgota. Allí le crucificaron con otros dos, uno a cada lado de Jesús. Pilato mandó escribir el título y lo hizo poner sobre la cruz. Estaba escrito: "Jesús Nazareno, el Rey de los judíos". Muchos de los judíos leyeron este título, pues el lugar donde Jesús fue crucificado se hallaba cerca de la ciudad. Y estaba escrito en hebreo, en latín y en griego. Los príncipes de los sacerdotes de los judíos decían a Pilato: —No escribas: "El Rey de los judíos", sino que él dijo: "Yo soy Rey de los judíos". —Lo que he escrito, escrito está, contestó Pilato. Los soldados, después de crucificar a Jesús, recogieron sus ropas e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y además la túnica. La túnica no tenía costuras, estaba toda ella tejida de arriba abajo. Se dijeron entonces entre sí: —No la rompamos. Mejor, la echamos a suertes a ver a quién le toca –para que se cumpliera la Escritura cuando dice: Se repartieron mis ropas y echaron suertes sobre mi túnica. Y los soldados así lo hicieron. Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre: —Mujer, aquí tienes a tu hijo. Después le dice al discípulo: —Aquí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, como Jesús sabía que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: —Tengo sed. Había por allí un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, cuando probó el vinagre, dijo: —Todo está consumado. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu. (...)
Amando desde la Cruz
La larga lectura de la Pasión del Señor según san Juan, es ocasión inmejorable para meditar en la maldad humana y en la bondad divina. Es ocasión, al mismo tiempo, para alentar más aún nuestra gratitud, reconociendo la misericordia sin límite de Dios con el hombre. La meditación pausada de las escenas "cumbre" de nuestra Redención nos remite necesariamente a la vida cotidiana del hombre de este siglo y de siempre, a la vida personal de cada uno. Los pecados de los que condujeron a Cristo a la muerte, por exagerado que parezca decirlo, se parecen a los nuestros; y el amor de Dios que se entrega perdonando es también siempre actual.
No podemos detenernos ahora en todas las ofensas de flojera, cobardía, orgullo, falsedad, desconsideración, crueldad, desprecio, etc. de la maldad humana que, porque Cristo no hizo alarde de su condición divina –según la expresión de san Pablo–, le ocasionaron la muerte. Son las mismas que tantas veces ahora nos llevan a pecar. ¿Acaso no caemos en la pereza como los discípulos que se durmieron; en la cobardía y los repetos humanos como Pedro, Príncipe de los Apóstoles; no queremos quedar bien con todos como Pilato; no nos burlamos a veces irónicamente de algunos, como los que apresaron a Jesús y más tarde soldados; acaso no nos engañamos a nosotros mismos y engañamos a otros, para disculpar nuestros errores, como se engañaban y engañaron los que mintiendo acusaron a Cristo?
¡Qué bueno es contemplar la Pasión de Nuestro Señor para tener verdadero dolor de los pecados...! No son, sin embargo, las ofensas que Cristo recibió lo más relevante de la Pasión. Mucho más trascendente que acción humana alguna es la correspondencia divina a la ofensa de la criatura, con la que se nos muestra hasta qué punto ha querido Dios valorar al hombre: pues tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga la vida eterna. Dios nos quiere; y, conocedor de que le perdemos al pecar y solos no podemos volver a Él –en Quien está nuestro bien completo–, se pone de nuevo al alcance de cada uno, después de reparar el pecado. Para ello se hace hombre.
Se pone a nuestro alcance quedándose en el mundo realmente presente en los sacramentos, que son otro fruto de la Cruz. Cuando los recibe dignamente, el hombre se llena de Gracia, que es participar de la misma divinidad: del Bautismo a la Unción de los Enfermos, los siete sacramentos son cauces instituídos por Jesucristo para infundirnos eficazmente la vida divina. En la Eucaristía, memorial de la Pasión, el cristiano se alimenta del cuerpo, sangre, alma y divinidad del Señor: comemos al mismo Dios. Hasta tal punto necesita el hombre este alimento y de tal modo es el sentido y razón de ser, de su vida la vida de Dios, que si no coméis de la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su Sangre, no tenéis vida en vosotros, nos dice Jesucristo.
En este día, cuando la Iglesia contempla a Jesús muerto en la Cruz, cuando los fieles adoramos esa Cruz redentora y procuramos amarla más porque está en Ella nuestra salvación, fomentemos desde nuestro interior –sinceramente y con fuerza– afectos de agradecimiento, de correspondencia; propósitos de mejora para que por nosotros no quede sin sentido tanto amor, tanta riqueza generosamente derramada. Pedimos, por tanto, al Señor que nos aumente la fe: para que todo el que crea en El no perezca sino que tenga la vida eterna, nos ha dicho. Y en este día le pedimos fe en su Cruz, y en la que a cada uno le corresponde si quiere vivir dignamente en su presencia en medio de los afanes de un mundo que tantas veces ignora a Dios.
No está de moda la Cruz. Lo que cuesta, a ser posible se evita. Entusiasman en cambio los planes fáciles y agradables –llenos de amor propio–, aunque estén vacíos de fruto: de un bien verdaderamente enriquecedor. La Madre de Dios, mientras la mayoría se burlan de su Hijo o simplemente no se enteran..., permanece junto a la Cruz sufriendo, pero fiel por consolar al Hijo. Allí recibe obediente el encargo de ser nuestra Madre. No queramos aumentar su dolor.
Evangelio: Jn 13, 1-15 La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y mientras celebraban la cena, cuando el diablo ya había sugerido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, que lo entregara, como Jesús sabía que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó la túnica, tomó una toalla y se la puso a la cintura. Después echó agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había puesto a la cintura. Llegó a Simón Pedro y éste le dijo: —Señor, ¿tú me vas a lavar a mí los pies? —Lo que yo hago no lo entiendes ahora, respondió Jesús. Lo comprenderás después. Le dijo Pedro: —No me lavarás los pies jamás. —Si no te lavo, no tendrás parte conmigo -le respondió Jesús. Simón Pedro le replicó: —Entonces, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: —El que se ha bañado no tiene necesidad de lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos –como sabía quién le iba a entregar, por eso dijo: "No todos estáis limpios". Después de lavarles los pies se puso la túnica, se recostó a la mesa de nuevo y les dijo: —¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y tenéis razón, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que, como yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros.
Lección de amor
Podríamos resumir toda la doctrina de Nuestro Señor diciendo que nos enseñó a amar. Dios, que es amor, espera de sus hijos los hombres, ante todo, que amen: que amemos a su manera. Y en este día de Jueves Santo nos recuerda la Iglesia el momento en el que Jesús se ofrece, por amor, sacramentalmente a los hombres, anticipando la entrega que de sí mismo haría al día siguiente en la Cruz.
Como sabemos, san Juan no refiere en su evangelio la institución de la Eucaristía, que es esa anticipación sacramental de la Pasión del Señor. Ese momento ya había sido relatado por los otros evangelistas. Menciona san Juan, en cambio, otros muchos interesantes detalles de la última cena que precedió a la Pasión, entre ellos, el que nos ofrece hoy la liturgia de la Santa Misa. Jesús, entregado a sus apóstoles en la tarea servil de lavarles los pies, parece que quiere aproximarse, con gestos cada vez más evidentes de amor, al momento sublime en que entrega como alimento para el hombre su propio cuerpo y su sangre.
Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin, comenta el evangelista al introducir el detallado relato de aquella Ultima Cena. Hasta el fin los ama, porque ya no se puede más después de dar la vida como hará poco después. Y, a continuación, nos narra san Juan toda una concatenación de manifestaciones del amor de Cristo a sus discípulos, que culmina con su inmolación en la Cruz, entregando, precisamente a Juan, a su propia Madre. La primera de aquellas muestras de amor la víspra de padecer es el lavatorio de los pies a sus discípulos. Un gesto sorprendente en cualquier caso, pero más todavía siento el Señor –el superior por tantos motivos– quien laba los pies a los doce apóstoles; desempeñando una tarea que realizaban en todo caso los siervos.
Ese amor hasta el fin se manifiesta en concretos detalles de servicio. En primer lugar, en algo tan material como lavar los pies, con el cuidado de secarlos también personalmente, lo que contribuye más aún al bienestar físico de los discípulos. Después, nos contará el evangelista, que Jesús sale al paso de sus preocupaciones cuando temen quedarse solos al abandonar Él este mundo; se adelanta a las dificultades que tendrán y les promete su protección para siempre en la tarea que les encomienda –su propia tarea–; ha de corregirles –otro modo de servicio y de amor– cuando, incluso en aquellas circunstancias discuten entre ellos sobre quién sería el mayor; reprende a Pedro –porque lo quiere de verdad– que se considera mucho más fuerte de lo que es; y en el mismo Huerto de los de los Olivos –por amor como siempre– debe corregir a todos, porque no supieron acompañarle en su oración; hasta a Judas, el traidor, llamándole "amigo" le invita, aunque en vano, a rectificar.
A veces se ha dicho que cuando hay amor exigirse no cuesta; con lo que se quiere expresar que es más facil esforzarse por quienes amamos. El cariño mueve al esfuerzo con gusto o sin él y, en general, a toda exigencia en favor de la persona amada. Ese empeño, muchas veces trabajoso y perseverante, es muestra clara de nuestro amor por alguien, de nuestro verdadero interés por un ideal. Y, hasta tal punto, que no nos sentiremos seguros de la sinceridad de nuestro amor mientras no estemos sinceramente dispuestos al sacrificio: la piedra de toque del amor es el dolor.
Los apóstoles dieron testimonio, con la entrega de su vida, de amor a Cristo y fidelidad al Evangelio. San Pablo hace memoria de los muchos padecimientos sufridos por ser leal con la fe y en la difusión del cristianismo, para mostrar a los primeros fieles su condición de apóstol. No está el verdadero amor –el amor con que queremos que nos amen– en manifestaciones de sentimentalismo o poco más. Para amar de verdad es preciso poner lo propio, lo mejor de uno mismo, aquello que apreciamos más, al servicio de ese otro ser, de ese ideal. Sólo estaremos seguros de amar verdaderamente cuando nos sentimos ya sin ningún derecho frente a ese amor.
¿Qué derechos tiene una esclava? Así se siente, así quiere ser María para su Dios. Nada de Ella le importa junto a la Cruz de su Hijo, porque lo ama.