Mario González Plata.
Las guerras del salvaje moderno
En los últimos días y semanas han aparecido en la presa escrita muchos artículos de opinión sobre el posible desenlace bélico en el Medio Oriente. La mayoría de los editorialistas, algunos políticos e intelectuales con diferentes tendencias ideológicas, se han planteado la interrogante que se refiere, como es de esperarse, a la postura que México debe de asumir en el Concejo de Seguridad de la ONU. He de decir que lamento profundamente los argumentos que se han vertido en torno a las opciones que tiene el voto de México. Tanto el voto favorable a la guerra, como el negativo y el de abstención, han estado siendo analizados por los costos y beneficios que pueden traer a los intereses económicos y políticos de nuestro país.
En el tapete de las discusiones sobresale la repugnante lengua de Krauze cuando dice que se debe aprender a negociar y "cobrar lo justo" por nuestro eventual apoyo. Por caso: el acuerdo migratorio y una buena negociación favorable para el campo mexicano, aunque duda que el gobierno de México pueda entender el problema de la guerra dentro la presente circunstancia histórica. Lo que quiere decir en otras palabras, que a nuestro ilustre liberal le importa un verdadero pepino la sangre que se pueda derramar y el sufrimiento del pueblo de Irak. ¡Claro! A cambio obtendríamos un jugoso contrato migratorio con el Levitan norteamericano.
¡Qué descaro! Proponer el crimen etnocida como negocio de otros pueblos a cambio de nuestros intereses. Yo tampoco entiendo esto, aunque los intereses nacionales sean muy legítimos. Hacer a un lado los sentimientos para que impere la razón, como si la razón operara al margen de la conducta humana, como si estuviéramos hablando de una bolsa de papas y no de una guerra motivada por valoraciones sobre el mundo; sentimientos nobles o perversos como pueden ser los esencialismos tribales o los que se fundan en el individualismo económico. Toda regla cultural no se puede medir por números sino por valores que desembocan en la intolerancia, en el oprobio, en el racismo o en su contra parte.
Sencillamente, toda conducta humana es moral o inmoral, pero nunca amoral o si se prefiere usar el término racional como lo consignan los manuales de economía cuando nos hablan de los intereses racionales del utilitarismo hedónico. Creo que todo discurso que nos habla de la guerra es una cuestión vergonzante y de tal brutalidad que degrada la condición humana. Lo sorprendente es que ese lenguaje violento se esconde en unos casos cínicamente y en otros por ignorancia, bajo el espantajo de una pretendida racionalidad. Racionalidad del occidente moderno que siempre apela a la libertad, a la justicia y a la democracia. En nombre de estos principios sagrados no tenemos un mínimo de prudencia ni un poco de recato y, sin el menor pudor hablamos de lo macabro de la guerra, de los holocaustos, del verdadero infierno de la tierra.
En lo particular, me importa un bledo si la pretendida guerra se justifica por fundamentalismos del Islam o por los fundamentos enfermos de un sector del protestantismo y gobierno norteamericano, para el caso es lo mismo. Incluso he de decir lo mismo cuando se aducen argumentos de control geopolítico derivado de los energéticos petroleros. El único caso de justificación legítima de una guerra proviene de la defensa a una agresión y quede claro, el gobierno de Irak con toda la repulsa que a muchos nos puede provocar, no está en la posición de una agresión. Por eso es un rotundo no a la guerra y el gobierno de México debería saber que toda conducta humana se mide por la moral y no por la creencia de intereses racionales y económicos anclados a la demencia de Bush, ni siquiera por un pretendido acuerdo del Concejo de Seguridad en el supuesto caso de que sus miembros permanentes dictaminaran un sí a guerra.
Los intereses no por llamarlos racionales dejan de pertenecer al ámbito de la moral, en todo caso cualquiera de las posiciones que no respondan a la defensa son inmorales y el voto de México debe de ser moral porque la guerra que pretende Estados Unidos no tiene justificación alguna, por donde el voto de México no puede negociarse a cambio del crimen de otros pueblos, aunque nuestros intereses sean muy legítimos.
Y que decir de un académico de medio pelo como es Leo Zuckermann cuando arremete en contra de Camacho Solís, pues este plantea que no debe apoyarse las intenciones guerreras de Estados Unidos, ya que las instituciones de México "no son tan fuertes como para resistir movilizaciones sociales, división profunda de la sociedad, polarización política, riesgos de terrorismo y un clima antiestadounidense exacerbado". El excansiller sugiere que no se apoye por el cuento de nuestra frágil democracia y de posibles riesgos políticos internos, y Zuckermann le reprocha diciendo que "En otras palabras, este gobierno no aguanta nada y, por tanto, más vale mantenerse en la pusilanimidad". ¿Decir no a la guerra es pusilánime? Creo que este joven debería ver el significado de sus propias palabras, pues son realmente medrosas y no se atreven a señalar abiertamente que quieren la guerra.
Como sea, toda la retórica que envuelve a la posible guerra despide aromas mal olientes que parecen salir de una inmunda coladera. Que si hay que esperarse hasta el último momento para que México pueda colgarse de la decisión mayoritaria de los miembros del Concejo, jugando al cálculo político del sí, pero siempre no, como ha dicho Lorenzo Meyer; Que si debemos decir un rotundo no o cuando menos abstenernos, porque así defendemos nuestra soberanía y tradición política de la no-intervención; Que si México debe decir sí, porque de lo contrario nos van a tumbar los dientes y hasta a sacarnos los ojos por desafiar a nuestros amables vecinos del norte.
Perece que no aprendemos, aunque sea un poco y a regañadientes, de la experiencia de la historia, pues con tratados o sin tratados, con nuestra anuencia o sin ella, la "maestra" como la llamó Herodoto nos demuestra que invariablemente nos ha ido de la fregada con los protestantes del otro lado del Bravo. Si no aparece la prudencia y la reflexión del sentido común, el país se manchará con sangre derramada por el pueblo de Irak. ¡Pero que le vamos a hacer! Con un presidente utilitarista e ignorante que un día dice una cosa y al siguiente se contradice, que se le va la boca diciendo que puede arreglar las cosas en quince minutos.
No olvidemos que en ese tiempo puede cambiar la decisión del presidente de México, cambio que ya se ha notado desde el pasado 26 de febrero durante un encuentro con el Comité Empresarial México-Estados Unidos, allí Vicente Fox afirmó que "sólo el desarme de los iraquíes puede asegurar la paz", y añadió que su gobierno "continuará promoviendo" que Irak cumpla las demandas de los inspectores de Naciones Unidas y desmantele en forma inmediata "los misiles prohibidos" que posee.
¡No señores! La intelligentsia de este país no puede justificar la guerra con la ceguera bárbara de la retórica de costos y beneficios, es lastimoso que las opiniones sabias se estén manejando en este sentido y no alcancen la altura de sensatez de algunos intelectuales y de gran parte de la sociedad civil mexicana e internacional que no quieren la guerra. Pues los análisis estúpidos de costos y beneficios, a lo único que contribuyen es a la confusión de esta hora trágica de la humanidad y a estimular la posición de apoyo a Estados Unidos por parte de nuestro imberbe gobierno.
Sé de antemano que México en el concierto de naciones no es nada para detener la guerra, pero eso no implica que la apoye y nos manchemos las manos de sangre. Y digo esto porque en el momento no hay poder humano o sobrenatural que la detenga, porque el único poder que puede hacerlo; el Leviatán estadounidense o el ogro filantrópico según Octavio Paz, es precisamente el mismo poder que quiere derramar ríos de sangre. En la mayoría de los casos, la devastación y consecuencias de una guerra se mide ya no digamos racionalmente, sino por sentido común, por la proporción de violencia en que puede responder el agredido. Para los que padecen migraña y amnesia histórica, toda guerra siempre ha sido injusta, son un mito y una gran mentira las guerras justas, la historia humana nunca ha conocido una guerra justa, por lo regular las guerras genocidas se han hecho en detrimento de los pueblos débiles y casi nunca entre iguales.
Tal parece que nunca nos hemos emancipado de esa conducta bestial que todo ser humano lleva en los huesos y la sangre. Conducta animal que se despierta al llamado de un loco y entonces, todo mundo está dispuesto a inmolar el cuerpo del semejante. Recordemos que la locura de Hitler no abría podido tener eco sin las hordas enfermas del nacional socialismo. Hoy, en este momento de incertidumbre macabra tan bestia es esa cosa con patas erectas que se llama Bus y sus huestes, como bestia es la otra contraparte del medio oriente.
En el fondo, no han servido de nada los más de siete mil años de civilización y creación de la cultura en el Eufrates y el Tigris, como de nada sirve el proceso civilizatorio y cultural de occidente para poder detener nuestra bestialidad que nos carcome en cuerpo y alma, hoy somos tan salvajes como hace veinte mil o treinta mil años, en la prehistoria nos matábamos con instrumentos muy simples como es una piedra o un palo, ahora en la era inventada de la revolución digital, las masacres se perpetran con supuestas bombas inteligentes. Ojalá que la guerra que se avecina sólo estuviera entre los fantasmas de nuestra imaginación y no caminando a pasos agigantados en la realidad de carne y hueso, como siempre construyendo nuestro propio infierno.