Opinión: Cuba-EstadosUnidos: Por donde comenzar OPINION… ARGOS: DICIEMBRE 28 DE 2008… xJorge Gómez Barata* Excepto las Cruzadas, no se recuerda un estado de beligerancia tan dilatado como el mantenido por Estados Unidos contra la Revolución Cubana. Ni siquiera la Guerra Fría duró tanto. El tramo del diferendo cubano-norteamericano iniciado en 1959, constituye una situación sin precedentes. Nunca antes una gran potencia, se comprometió de modo tan profundo, multilateral y prolongado contra un pequeño Estado independiente como lo ha hecho Estados Unidos contra Cuba. Tampoco se conocía de esfuerzo tan infructuoso. La determinación norteamericana por derrocar el gobierno de Fidel Castro, probada con la invasión de bahía de Cochinos, el apoyo a la contrarrevolución interna, el bloqueo con sus connotaciones extraterritoriales derivadas de la ley Helms-Burton, la vigencia del Plan Bush, la existencia de una Comisión para apoyar la llamada transición de Cuba presidida sucesivamente por Colin Powell y Condoleezza Rice, son evidencias de esa voluntad. De tanta fijación, el tema de Cuba dejó de ser un asunto internacional para convertirse en un elemento de política doméstica. A lo largo de cincuenta años, los candidatos presidenciales de ambos partidos, han inscripto en sus respetivas plataformas el endurecimiento de la política contra Cuba y una vez electos, de una u otra manera se han esforzado por cumplir sus promesas. Durante el viraje de la política norteamericana hacía la extrema derecha experimentada con Reagan, el Programa de Santa Fe, al inscribir la realización de emisiones radiales contra Cuba no dejó lugar a dudas: “Si la propaganda falla, la opción es la invasión.” En 1985 salió al aire la llamada Radio Martí a la que en 1990 se sumó una televisora con el mismo nombre. Ambas se mantienen en el aire, han ampliado sus servicios, horarios y frecuencias llegando incluso a utilizar un avión de designación militar para trasmitir desde el espacio aéreo internacional. A lo largo de medio siglo, Estados Unidos ha hecho caso omiso a los gestos y las propuestas de Cuba, ha ignorado las apelaciones de la opinión pública internacional, las resoluciones de la Asamblea General de la ONU, las exhortaciones de reputados literatos, artistas, personalidades sociales, lideres políticos, diplomáticos, periodistas, dignatarios religiosos, entre ellos el Papa, que consistentemente abogan por el levantamiento del bloqueo a Cuba y el cese de las agresiones. Ninguno ha tenido éxito. A las acciones anticubanas realizadas directamente por la Administración, el Congreso y el sistema judicial norteamericano, se suman el apoyo a toda acción, privada u oficial contra ese país. En tal empeño Estados Unidos ha pasado los límites al proteger a terroristas y conceder asilo a personas que llegan a su territorio en embarcaciones y aviones secuestrados después de haber puesto en peligro la vida de pasajeros y dotaciones, incluso de haber asesinado a tripulantes o custodios. La trama de leyes, actos ejecutivos, decisiones políticas y medidas circunstanciales, dan lugar a un clima de intensa hostilidad por parte de Estados Unidos, que configura un virtual estado de guerra donde únicamente faltan las bombas que, por cierto, no han estado del todo ausentes. El aflojamiento de las tensiones entre Cuba y los Estados Unidos, pasa por un comienzo, una serie de pasos iniciales encaminados a fomentar un clima que haga posible la avenencia, el encuentro y el diálogo. Se trata de una especie de tregua, un movimiento adelante, una expresión de buena voluntad que encajaría en el perfil de cambio prometido por el presidente electo a quien corresponde plantear la apertura. Nadie debe pensar que de existir esa voluntad se anunciara con un toque de trompetas al estilo de Jericó, ni como resultado de presiones, negociaciones o acuerdos. Si algo vendría muy bien en este caso es discreción, mínimos de formalismos y sobre todo nada de retórica. Barack Obama, es el primer presidente norteamericano que no fue a Miami a suplicar por el voto, no hizo del anticastrismo un elemento de su campaña, no lanzó bravuconadas contra la Revolución, no utilizó frases ofensivas contra los líderes cubanos, ni denostó del sistema político establecido en la Isla. Esa actitud lo habilita para avanzar en la dirección correcta. En honor la verdad, el presidente electo no ha comenzado mal: señaló disposición a dialogar con autoridades isleñas y expresó voluntad para poner fin a las inhumanas y absurdas medidas dictadas por Bush contra las familias cubanas y los cubanos residentes en Norteamérica. Sólo falta transformar las palabras en hechos y avanzar hasta llegar a la zona de intereses comunes donde hay una mesa, asientos para todos y una agenda mutuamente positiva para los pueblos de Cuba y los Estados Unidos. Dar un chance a la concordia y a la paz siempre será un empeño loable. Una vez desbrozado el camino de obstáculo implantados por el rechazo norteamericano a la Revolución Cubana y sus acciones unilaterales hostiles y que pueden ser removidos sin necesidad de gestos, sin traumas y sin debates, Estados Unidos y Cuba podrán formular una agenda común para una negociación de largo aliento. Todo debe comenzar por tomar nota de una realidad que ninguno puede ignorar ni cambiar: ambos comparten un mismo espacio geográfico. Desde la costa norte del oriente cubano se puede trazar una línea recta desde Miami hasta Maine por el este y desde Pinar el Rió hasta Texas por el oeste. Desde Cuba se abarcan, sin obstáculos casi cinco mil kilómetros de costas norteamericanas para cuya observación y protección no existe un emplazamiento mejor. Desde el punto de vista de intereses mayores de seguridad nacional norteamericana frente a desafíos ajenos ala Isla, excepto México, ningún otro Estado es tan vital para Estados Unidos como Cuba. Un clima de distensión que permita la cooperación de la Habana es más eficaz que varias flotas. El golfo de México, un espacio marítimo de 1 810 000 Km² compartido por: México que le da nombre, Estados Unidos y Cuba que, a mitad de camino entre Centro y Sur América y el Sur de los Estados Unidos, cierra la entrada a esa especie de “Mare Nostrum” por lo que se le conoce como la “Llave del Golfo”. Por las rutas y los puertos del el Golfo de México entra a Estados Unidos el 40 por ciento del petróleo que consume ese país, procedente principalmente de: Venezuela, México, el Mar del Norte y el Golfo Pérsico. Por esas mismas terminales se efectúa casi todo el comercio con América Latina, atracan la mayor parte de los navíos procedentes del canal de Panamá y viceversa y alrededor de cuatro millones de personas que participan en los cruceros que parten de Miami. No menos importante es el tráfico aéreo sobre el golfo por donde circulan decenas de aparatos de compañías aéreas que operan cientos de vuelos diarios, la mayoría de los cuales utilizan corredores que atraviesan los cielos de Cuba o cruzan por espacios aledaños, transportando millones de pasajeros entre Estados Unidos y América Latina. No obstante, la importancia del Golfo de México como espacio de convivencia y cooperación se revelará plenamente cuando en los próximos años esté a plena capacidad la explotación de sus recursos petrolíferos y gasiferos de la zona, cometido que será realizado bajo soberanía de Estados Unidos, México y Cuba y en el cual se interesan más de 50 compañías de todo el mundo. Un clima de hostilidad e incomunicación como el actual haría inviable semejante nivel de actividad. Ningún análisis puede pasar por alto las complejidades de tipo ecológico y medio ambiental que existen y se incrementarán en la medida en que se incremente la explotación económica de los recursos del área, aumente la extracción y el trasiego de petróleo y gas y naturalmente los riesgos de accidentes, a la vez que se haga necesario la concertación común para la protección de costosas y sensibles instalaciones y la seguridad de miles de trabajadores. La mala noticia es que por esa región ingresa más de la mitad de toda la droga consumida en los Estados Unidos y una parte importante de los estupefacientes que, clandestinamente, desde puertos y aeropuertos norteamericanos transita hacía Europa. De hecho el Cartel del Golfo es el más antiguo y uno de los poderosos del hemisferio. Por las aguas y los cielos de ese espacio marítimo compartido, tiene lugar también un vasto comercio de contrabando, abundante tráfico humano y pesca ilícita. Como botón de muestra, basta conocer que como parte de una acción marítima ilícita, siguiendo las rutas y los procedimientos del tráfico de drogas y de personas, por aguas del golfo, a bordo del buque Santrina el más notorio terrorista de occidente, Luis Posada Carriles ingresó en los Estados Unidos, operación descubierta y denunciada por reporteros del diario Por Esto. Es obvio que únicamente un clima de paz y colaboración podrá asegurar la explotación económica del golfo y el libre tránsito por sus cielos y sus aguas. Para acuerdos futuros serviría de ejemplo el entendimiento para la delimitación de las fronteras marítimas suscrito entre Cuba y los Estados Unidos en 1977 durante la administración Carter. La convivencia en torno a este mediterráneo americano es apenas un botón de muestra de la riqueza y trascendencia que, una vez dado los primeros pasos, pudiera tener una agenda común entre Cuba y los Estados Unidos. Entonces si que harían falta negociaciones y encuentros. “El camino más largo, ha recordó Raúl Castro, comienza por los primeros pasos”. Los fenómenos ideológicos no existen en estado sólido y, despojados de las manipulaciones políticas que suelen acompañarlos, pueden resultar sorprendentemente incorpóreos. En cincuenta años de confrontación con Cuba Estados Unidos ha creado lo que parece ser un abismo. Si bien ese diferendo parece excesivamente complicado e incluso insoluble, se trata de una percepción inducida. De ser consecuente con sus palabras y apelar al cambio, Barack Obama pudiera probarlo. Una vez que Estados Unidos asuma como un hecho la condición de Cuba como Estado independiente, cosa reconocida por ellos desde hace más de 100 años y se comporte a tenor con esa realidad, todo será asombrosamente sencillo. En el momento en que el gobierno estadounidense deje de inmiscuirse en los asuntos internos de Cuba, deponga toda intención militar hostil, desmonte las restricciones al comercio y las transacciones financieras bilaterales, levante las prohibiciones a sus ciudadanos y a los cubanos residentes allí y cese las ilegales transmisiones de radio y televisión, Cuba será un país como los demás. Si bien es cierto que cumplido este paso todavía sobrevivirán cuestiones pendientes que asumen la forma de reclamaciones, quejas y criticas; lo cierto es que no existirá ningún asunto con potencial suficiente como para provocar escenarios extremos ni situaciones de violencia o guerra. Todos los ítems caben en la mesa. Para lograr una situación como la anterior, la nueva administración norteamericana no tendría que mover ni una paja, no adquirirá compromiso alguno y nadie podrá imputarle el haber hecho alguna concesión que demerite al país, lo debilite o le reste autoridad. Resuelto lo anterior, cosa asombrosamente fácil, el camino quedaría expedito para formar una agenda de asuntos bilaterales con suficientemente merito para una negociación. ¿Cuáles son? Antes de dar un primer paso sería prudente establecer un acuerdo marco que fije las bases jurídicas y políticas para la negociación. En estos casos lo aconsejable es no acudir a referentes ajenos ni a terceras opciones. Tal vez, en su condición de país más pequeño y perjudicado, como gesto de avenencia y expresión de su buena voluntad, Cuba pudiera sugerir que todos los asuntos fueran ventilados bajo los preceptos jurídico y políticos norteamericanos e inspirarse en la letra y en el espíritu de la Resolución Conjunta del Congreso de los Estados Unidos, de fecha 18 de abril de 1898, sancionada por el presidente William McKinley y que sostiene: “…El pueblo de la isla de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente…Los Estados Unidos por la presente declaran que no tienen deseo ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobre dicha Isla…” Cabe suponer que Estados Unidos no pondrá reparos en aplicar sus propios preceptos. En ese caso los trabajos comenzarían bajo los mejores auspicios. En un clima así, Cuba pudiera ofrecer otro gesto, otorgar la precedencia a los Estados Unidos y cederles la palabra para que exponga sus demandas. Al no existir otras, seguramente los representantes norteamericanos comenzarán por reivindicar sus conocidas reclamaciones acerca de las indemnizaciones a que tienen derecho las compañías y los ciudadanos estadounidenses cuyas propiedades fueron expropiadas por las leyes de nacionalización dictadas por el Gobierno Revolucionario a principios de la década de los sesenta. El gobierno cubano, conocedor de que tales leyes reconocen esa obligación y establecen la forma de honrarlas, seguramente, en principio accedería y mientras los especialistas concilian la multitud de detalles técnicos jurídicos y financieros asociados al asunto, pudiera pasarse a otro tema. Podría ocurrir que, dado las leyes ahora vigentes en Cuba, y que facilitan la presencia del capital extranjero y que de ninguna manera discriminan a las entidades norteamericanas, el gobierno cubano prefiera tratar directamente con aquellas empresas y, bajo reglas nuevas, tal vez invitarlas a considerar su reinserción en el mercado cubano. Tratándose de negocios, es probable que el gobierno norteamericano, fiel a la doctrina liberal, no pretenda inmiscuirse más allá de esta reivindicación. Aunque parezca ocioso, a tenor con la existencia de engendros como la Ley Helms-Burton, la parte cubana pudiera aclarar que por tratarse de un Estado soberano, ninguna ley norteamericana es aplicable en Cuba. Por tal motivo las reclamaciones de personas que, cincuenta años atrás, siendo ciudadanos cubanos y sin serlo todavía norteamericanos, fueron afectadas por las leyes de nacionalización en Cuba, forman parte de una litigio que no conciente a Estados Unidos. Las demandas que tales personas tuvieran al respecto deberán ser ventiladas a la luz de las leyes cubanas y en tribunales cubanos. En este caso, igualmente sería necesario un arduo trabajo de expertos en diferentes materias para establecer la pertinencia y la viabilidad de dichas reclamaciones, entre otras cosas porque algunas de aquellas propiedades, constituidas por inmuebles o bienes perecederos ni siquiera existen. Excepto que haya pasado por alto algún asunto importante, con estos capítulos quedarán virtualmente agotadas las reclamaciones norteamericanas y Cuba pudiera tomar la palabra para exponer sus demandas, cosa que es harina de otro costal o como una vez se dijo: arena de otro Girón. Luego les cuento. Especular acerca de cómo los comentarios sobre Cuba del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama pudieran traducirse en un clima de distensión capaz de aproximar a las partes y formar la agenda bilateral para una negociación, es menos arriesgado que negar esa posibilidad. Esta vez se trata de una especie de Rubicón; si Obama no lo logra, la perspectiva de otro medio siglo en campaña puede dejar de ser una metáfora. Las reservas que alimentan el pesimismo asumen un dato sobrecogedor: todo depende de los Estados Unidos, que en los últimos cincuenta años no ha cedido un milímetro en su actitud intolerante y agresiva contra Cuba. De 1959 a la fecha nadie recuerda un gesto realmente positivo. En tan largo período, lo más parecido a una buena noticia fueron las alusiones a la conveniencia de matizar las políticas; no para dejar en paz a Cuba, sino para doblegarla de otra manera. La idea de que el dinero norteamericano y no sus armas pueden destruir la Revolución, no es un gesto de buena fe sino una maniobra. Por su parte el optimismo es alimentado por la idea de que, en uso de sus facultades presidenciales, Barack Obama puede promover un cambio, cosa que dicho sea de paso no ocurriría por primera vez. Un presidente estadounidense con legitimidad, respaldo popular y el poder que le otorga la Constitución pueden hacer mucho. Estados Unidos no es inmune a las regularidades que determinan el papel de los individuos y las personalidades en la historia. Andrew Jackson retiró la licencia al banco de los Estados Unidos, acto que durante casi 100 años contuvo a la oligarquía financiera, Abrahan Lincoln impidió que el país se dividiera y puso fin a la esclavitud, Woodrow Wilson terminó con el aislacionismo, se involucró en la Primera guerra Mundial y convirtió a Estados Unidos en líder de occidente. Recibió fuego amigo, no pudo lograr la aprobación por el Congreso de la Sociedad de Naciones y el ejecutivo fue castigado con las leyes de neutralidad. Durante la Gran Depresión, Franklin D. Roosevelt confrontó resueltamente a los monopolios, involucró al Estado en la economía, polemizó con el Tribunal Supremo y maniobrando con las leyes de Préstamos y Arriendos evadió las prohibiciones de la neutralidad, dio pasos en la lucha contra el fascismo y después de Pearl Harbor y Normandía lideró la colación antinazi, capitalizó la victoria contra Hitler, Mussoline y Japón y confirió a Estados Unidos una relevancia como nunca antes tuvo. Para Estados Unidos la rectificación no sólo es posible sino que pudiera ser sencilla, basta con admitir que Cuba es un Estado soberano, actuar en consecuencia y dejar de inmiscuirse en su vida interna, lo cual conllevaría a deponer la hostilidad de componente militar. Para Norteamérica basta con la abstención y con dar pasos al encuentro de un escenario de normalización en el cual nada puede perder, sino todo lo contrario. Tal vez para Cuba todo sea más difícil porque se trata de sanar heridas, excusar agravios y maniobrar para negociar reparaciones por daños materiales y humanos considerables, proceso en el cual quizás lo pecuniario no sea lo esencial. Si bien no hay en el vasto territorio norteamericano un solo ciudadano que haya sufrido daños físicos o morales por una acción cubana, no hay allí viudas ni huérfanos a causa de actos terroristas ejecutados desde la Isla o inspirados por ella, ningún avión procedente del reducto antillano ha atacado ninguna instalación norteamericana y ningún terrorista que haya actuado contra ese país disfruta de la protección de las autoridades cubanas, Estados Unidos no puede decir lo mismo. Más de 100 cubanos perdieron la vida durante la invasión por bahía de Cochinos, una operación militar exclusivamente estadounidense contra Cuba que condujo a una derrota y que obligó al presidente Kennedy a reconocer la responsabilidad de su administración. Estimados de las autoridades cubanas consideran que el bloqueo económico, sostenido a lo largo de medio siglo ha ocasionado a Cuba daños por alrededor de 80 mil millones de dólares mientras más de tres mil personas han sido muertas o lesionadas por actos terroristas. Nadie debe esperar que bajo semejantes circunstancias exista una especie de borrón y cuenta nueva o que todo se zanje con algo parecido a un punto final. Para que el entendimiento sea definitivo y no instale motivos para nuevas desavenencias, Estados Unidos deberá comportarse con inequívoca altura. En mí opinión Obama puede hacerlo aunque tendrá que cambiar cambiando. De todos modos queda un tema: Guantánamo que aun cuando deje de ser una cárcel sigue siendo una usurpación sin razón ni legitimidad. Luego les cuento. Con frecuencia se afirma que el diferendo entre Estados Unidos y Cuba es como una reliquia de la Guerra Fría. En realidad el anacronismo es más vetusto. Todo comenzó en el siglo XVIII y se acentúo cuando, durante su expansión territorial, al cruzar el Mississippi y asomarse al golfo de México, los primeros líderes estadounidenses, tomaron conciencia de la importancia estratégica de Cuba. Desde entonces la codiciaron. Se traba de la mayor de Las Antillas, un enclave español, el mayor territorio al sur de las fronteras norteamericanas, formando a la vez que una llave, una atalaya a la entrada del golfo de México desde la cual, sin ningún obstáculo se accede a todo sur, a la costa este y el suroeste del inmenso país. Seguramente en el pensamiento geopolítico de los fundadores de los Estados Unidos influyó el conocimiento de que Cuba fue la base desde donde partieron las expediciones que conquistaron entre otros territorios, México y Florida donde Pedro Menéndez de Avilés, gobernador de La Habana, en 1565 fundó San Agustín, la primera ciudad norteamericana.. Ante el éxito obtenido en los actos de compra de los inmensos territorios habitados de Luisiana (1803), Florida (1810) y Alaska (1867) a Francia, España y Rusia respectivamente, Estados Unidos intentó adquirir a Cuba con dinero, encontrando una negativa de la Corona Hispana que tenía buenas razones para no deshacerse de lo que entonces era ya la “joya más preciada de su corona”, que entre otras cosas, la abastecía de azúcar café y tabaco. En 1868, tardíamente respecto al resto de Iberoamerica, comenzó la lucha por la independencia de Cuba, que con breves períodos de interrupción se prolongó hasta 1898, momento en que aprovechando el agotamiento de España, virtualmente derrotada, usando como excusa una tardía sensibilidad ante el sufrimiento de los cubanos y como pretexto la explosión del acorzado Maine en la bahía habanera, Estados Unidos declaró la guerra a España a la que derrotó, apoderándose de la isla que fue ocupada militarmente hasta 1901. La existencia de una resolución del Congreso norteamericano del 18 de abril de 1898 que inequívocamente se pronunció por el derecho de Cuba a la independencia y ante el rechazo de los patriotas a los intentos de anexión u ocupación permanente, en 1901 Estados Unidos concedió la independencia formal a la Isla, no sin antes imponerle como apéndice a su constitución un acuerdo del Congreso Norteamericano conocido como Enmienda Platt, en virtud de la cual Estados Unidos se abrogó el derecho a intervenir militarmente en Cuba y obligó a la Isla a arrendarle terrenos para establecer bases militares. De ese modo, en 1903 nació la base naval de Guantánamo. Dado lo ofensivo de la Enmienda Platt que cercenó la independencia convirtiendo lo que debió ser un Estado soberano en una factoría norteamericana y el modo brutal como fue impuesta a los patriotas cubanos, a lo largo de toda la historia de Cuba, el pueblo y sus representantes avanzados, lucharon por su abolición, cosa conseguida formalmente en 1934, aunque en virtud del tratado sustitutivo, sobrevivió la presencia de la basa naval de Guantánamo. Con el triunfo de la Revolución en 1959 se creó una situación enteramente nueva y como parte del rescate de la soberanía nacional, el Gobierno Revolucionario demandó la retirada del personal militar de los Estados Unidos y la devolución del territorio ocupado por la base.. En lugar de acceder a la justa reclamación las administraciones norteamericanas convirtieron la base en un agresivo enclave y en una posición adelantada de sus tropas en las amenazas contra la Isla. Durante décadas, desde la base se realizaron cientos de provocaciones contra las tropas que custodian el territorio cubano aledaño, como resultado de las cuales murieron o fueron lesionados combatientes cubanos que en gesto de serenidad y madurez nunca respondieron las provocaciones armadas. La base ha servido también como refugio de personas que han abandonado ilegalmente el territorio cubano. Como parte de su proclamada guerra contra el terrorismo, Estados Unidos concibió la perversa idea de utilizar la base de Guantánamo como prisión, de modo que al no estar en su territorio, a los convictos allí no le eran aplicables sus leyes ni sus prácticas judiciales y podían ser incluso torturados, vejados y maltratados hasta la saciedad. El mundo ha visto horrorizado como el país más legalista del mundo, un lugar donde existen tantos abogados como médicos y se autoproclama defensor de los derechos humanos se han cometido crímenes atroces, defendidos por el presidente y respaldados por el Congreso. En las circunstancias actuales, cuando el presidente electo Barack Obama ha expresado la determinación de cerrar la oprobiosa cárcel instalada en la base, se presenta una ocasión excepcional para resolver no sólo el problema creado por el antro carcelario, sino para poner también fin a la ocupación ilegal de un territorio de un Estado soberano que reclama la integridad del mismo. Ninguna gestión encaminada a aflojar las tensiones con Cuba, poner fin al virtual estado de guerra contra ese país y avanzar hacía la normalización de los vínculos estatales, no será completo hasta que no incluya el fin a la presencia del enclave que, aun cuando deje de ser una cárcel, será una imposición, un acto de fuerza y un baldón para Estados Unidos. Al tramo del diferendo histórico entre Estados Unidos y Cuba comprendido entre 1959 y la fecha actual, no se sumó un tercer elemento, sino que al lado norteamericano se añadió un apéndice constituido por la camarilla contrarrevolucionaria basificada en Miami que hizo del anti castrismo una industria, aprendió a convertir su dinero en influencia política y mediante métodos mafiosos controló la colonia cubana en aquella localidad y usurpó su representación. En la cúspide de la era Reagan-Bush , en la coyuntura asociada a la desaparición de la Unión Soviética , aquella cúpula ultra reaccionaria de origen cubano que convirtió su hostilidad a la Revolución en una actitud antinacional, era recibida en la Casa Blanca , el Kremlin y la Moncloa, la Moneda, la Casa Rosada , Miraflores y otras instancias, como una especie del gobierno en el exilio. La carta de presentación de aquellos agoreros del desastre era la apuesta por la asfixia de Cuba que bloqueada por Estados Unidos y privada de las relaciones económicas y las alianzas políticas con la Unión Soviética y los países ex socialistas, debería colapsar en cuestión de semanas o meses. La Isla con sus habitantes dentro era ofertada a precio de remate sin haberla aun conquistado. Uno de aquellos gobernantes de papel llegó a negociar el abastecimiento de azúcar a la Rusia de Boris Yeltsin.. Con su obsesiva defensa del bloqueo, el respaldo a las leyes Torricelli y Helms-Burton, el apoyo a la agresión militar, la extensión de la ley de Ajuste Cubano, la promoción de las salidas ilegales, la lucha por Radio y TV Martí y la solicitud de tres días de licencia para matar a la caída de la revolución, aquella manga de truhanes, asumió actitudes extremas que terminaron por enajenarle una parte de la emigración. Actualmente sus aberrantes consignas han dejado de ser compartidas por la mayoría de los cubanos radicados en aquella ciudad. El proceso había comenzado desde mediados de la década de los setenta cuando, aunque pagando un elevado costo en vidas y recursos, la Revolución había hecho fracasar las maniobras norteamericanas y las acciones contrarrevolucionarias y su consolidación era un hecho, en el seno de la contrarrevolución comenzaron a aparecer corrientes promotoras de nuevas tácticas de lucha, cosa que coincidió con la llegada al poder de Ronald Reagan.. Por encargo de elementos del equipo de transición de Reagan en el área de la Seguridad Nacional , principalmente Richard Allen, en 1981 apareció la Fundación Nacional Cubano Americana, encargada de cubrir la labor contrarrevolucionaria con un manto de cierta respetabilidad para aproximarla al modo como se hace la política en los Estados Unidos. Lo que en realidad se creó fue un club de millonarios, cuya conducción fue asignada a un grupo de cabecillas contrarrevolucionarios que abandonaron el cometido de intentar unir a la contrarrevolución atomizada en unas 700 organizaciones que la FNCA no se molestó en convocar, sino que las trascendió y las suplantó. En lugar de contar con el exilio y la emigración, aquel cenáculo de nuevos ricos, se impuso sobre ellos y sin consultas ni democracia usurpó su representación. Aunque la intensa actividad terrorista nunca cesó, incluso por momentos se incrementó, asesorado desde la administración, usando financiamiento del gobierno y el dinero de los millonarios cubanos, la FNCA comenzó a realizar la labor contrarrevolucionaria en círculos norteamericanos con dinero, lobby, financiación a las campañas de políticos, congresistas y funcionarios del estado de la Florida, el condado Dade y Miami, controlando el voto cubano, monopolizando la radio y la prensa en español, llegando a constituirse en un virtual poder paralelo en la ciudad. Dado que los procesos sociales son más complejos de lo que pueden contarse en unas cuartillas, en esa misma etapa, en el mismo espacio del ghetto de Miami, se desarrollaban proceso, no sólo paralelos sino en ruta de colisión con tales tendencias. En 1978, al tomar percibir la existencia de sectores de la emigración que tomaban distancia de la agresividad norteamericana y se liberaban de la tutela de la mafia cubana, el Gobierno Revolucionario, en un proceso conducido personalmente por Fidel Castro, convocó a los diálogos del 78, en virtud de los cuales se probó que en torno a ciertos asuntos, sin condicionamientos políticos ni presiones, podían alcanzarse entendimientos entre personas representativas de aquella comunidad y las autoridades cubana para atender intereses legítimos de los emigrados cubanos. Aunque pagando un alto precio al ser objeto de la discriminación y la exclusión, exponiendo sus empleos y la seguridad de sus familias, incluso tributando vidas humanas, los participantes en aquellos encuentros actuaron como una especie de desencadenante que permitió tanto a la sociedad cubana como a la de Miami, visibilizar a elementos y sectores afines al dialogo y ajenos a las tácticas violentas y terroristas de la administración y la contrarrevolución. Aunque entonces fueron rudamente impugnados y “dialoguero” se convirtió en anatema, la historia impone su inapelable veredicto. Esta por escribirse el papel desempeñado por entidades como la Brigada Antonio Maceo , las revistas Areito, Replica y Contrapunto, horarios radiales como Radio Progreso Alternativa y Radio Miami y empresas como Marazul, promotora de los viajes a Cuba. Nunca podrá exagerarse el papel de las actividades de solidaridad, los intercambios académicos, las reuniones de empresarios cubano-americanos, los encuentros de entidades religiosas, incluso de origen judío y afrocubano, los seminarios sobre Democracia Participativa y decenas de actividades que acercaron a los emigrados y la patria, proceso coronado por la Primera Conferencia de la Nación y la Emigración. La madurez y coherencia de los emigrados que antes y ahora asumen posiciones moderadas y favorables al diálogo, por primera vez en mayoría y que consecuentes con su condición de cubanos asumen la idea de que el destino de la Patria en la Patria se define, están a una altura que excluye toda mezquindad protagónica en un dialogo entre Cuba y los Estados Unidos, aunque nadie dude que son un factor de enorme importancia. El hecho de que la emigración cubana haya preferido a Barack Obama, el primer candidato presidencial que gana en la Florida, el condado Dade y Miami sin suplicarle votos a la mafia ni enarbolar una agenda visceralmente anticastrista, evidencia la fuerza, la coherencia y la lealtad a principios nacionales trascendentes. Los otros, los otros no cuentan. Otra vez la contrarrevolución está en el bando perdedor. Son ripios. Están offside. Ellos lo saben. Estoy en deuda con aquellos que pidieron mi opinión sobre la Ley de Ajuste Cubano. Luego les cuento. *Jorge Gómez Barata - Periodista y profesor… Graduado del Instituto Pedagógico y colaborador de medios ‘Cuba-Nos y Extranjeros’. En su columna, el autor incluye —además de artículos exclusivos para ‘CubAhora’— materiales suyos publicados por el diario mexicano !Por Esto!, las emisoras Radio Habana Cuba y Radio Taíno, y otros difundidos por la Agencia ecuatoriana ‘ALTERCOM’ y Director Regional de la Agencia de Contrainformación ArgosIs-Internacional en la República de Cuba…
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